jueves, 5 de octubre de 2023

1999 Faustino


                                                                                                                              1999 Faustino

   Caminaba apurado con rumbo al mercado cerca de donde abrí mi propio negocio a inicios de 1999, iba a comprar víveres. En el trayecto, recordaba la prolongada víspera para llegar hasta ese momento… antes que nada, decidir cuál de las dos ideas que mayor entusiasmo me había provocado sería la elegida:

   La primera era Maya, palabra con un “ingenioso” (en mi opinión) doble sentido que hacía alusión a la cultura precolombina, y principalmente a su significado en lengua sánscrita: ilusión.
   La celebración de los quince años de las adolescentes es toda una institución en México, que lleva a muchas familias sin importar su nivel socioeconómico, a despilfarrar fortunas completas en una fiesta.
El formato siempre es idéntico... en un salón para eventos se presenta ante familiares y amigos a la festejada que “deja de ser niña para convertirse en mujer”, comparte una comilona y agasaja a los presentes con dos o tres bailables previos al vals principal, mismos que durante décadas han tenido fama de terminar en ridículo dada la torpeza con que se mueven la quinceañera y sus chambelanes.
En cambio, Maya ofrecería a los invitados el espejismo de estar ante una fresquísima “Rafaella Carrá”, camuflada hábilmente entre la coreografía desplegada por bailarines y bailarinas profesionales, mientras ella (la quinceañera) fastuosa vestiría de Afrodita, de Faraona, de Emperatriz, contando una serie de simples pasos para allá y para acá… y luciendo al mismo tiempo, DIVINA.
Maya Producciones se haría cargo de montar el espectáculo, sugerir el salón, el banquete, las flores,    la música, al maestro de ceremonias o de todo aquello que el anfitrión deseara, y pudiera $olventar.
Siendo sincero, ignoro si ese ha sido alguna vez el sueño de una adolescente, aunque definitivamente sí el de una loca.


   Me incliné por el segundo proyecto. Durante semanas cociné una y otra vez el medio centenar de platillos que diseñé, quitando o adicionando ingredientes, mejorando y transcribiendo las recetas, los gramajes y su costo. Además, la carta incluiría (adelantándome una década a la normatividad exigida por la Secretaría de Salud) los nutrimentos y el contenido calórico de cada manjar. Llegó un momento en el que realmente creí lo que mamá, mis hermanos y buenos amigos decían de mí… Yo, era un buen cocinero.

El concepto sería sin duda un parteaguas en cuanto a originalidad y nobleza. Mi comida sabía a México, solo que sin la grasa animal, vegetal o láctea que nos había llevado a competir reñidamente contra los estadounidenses, para obtener el nada honroso primer lugar entre los países con mayor índice de obesidad en adultos e infantil, y su deplorable impacto sobre la salud.





   Venía de regreso al restaurante tras hacer mis compras y providencialmente crucé la mirada con Faustino de 25 años. Nació y creció en el norte del país, lucía algo flaco, de piel morena y rasgos muy finos. Caminamos hasta la entrada del negocio y dos horas más tarde fuimos a mi casa para tener sexo.
Al terminar, recostados en la cama me enteré que era cocinero y estaba buscando empleo. De inmediato le ofrecí trabajo en O´Light  y una habitación independiente en mi casa (no más sexo). Él estaba muy contento. Cuarenta y ocho horas después llegó al restaurante con una maleta grande.
Tal como lo hacía todos los días cerré el local a las 11 de la noche. Tomamos un taxi para ir a la casa y a unas calles el auto repentinamente “se descompuso”. En ese momento abordaron el carro dos hombres que se sentaron al lado de cada uno de nosotros, sacaron un cuchillo y lo presionaron contra nuestros estómagos, advirtiendo que si hacíamos algún movimiento o levantábamos la cara nos matarían, mientras ordenaban que entregáramos el dinero o cualquier otro valor.
El auto volvió a funcionar milagrosamente, perdí la noción del tiempo y la distancia, pues de repente estábamos hasta Cabeza de Juárez (en la periferia de la ciudad), nos dijeron que bajáramos, y a pesar del terror que yo tenía, le pedí a los ladrones, sin mirarlos, que me dieran 10 pesos para nuestro pasaje, uno de ellos hizo la finta de querer enterrarme el cuchillo y me aventó el dinero. El taxi se alejó. Faustino comenzó a temblar y sollozar de una manera desgarradora, decía que en esa maleta iba toda la ropa que tenía y $4000.00 que había logrado ahorrar durante los dos años que trabajó en el restaurante anterior.
   Dado mi oficio de autoflagelante, no pude evitar que cruzara por mi mente una chispa de culpabilidad, fue solo un instante, porque en ese momento urgía salir de un lugar quizás más peligroso que los ladrones. Luego de rondar un rato por las calles pudimos tomar un microbús que nos llevó hasta Chapultepec y de ahí caminar hasta mi casa. Llegamos después de medianoche. Faustino no paró de llorar durante todo el camino. No pudo recuperarse del horrendo suceso y después de trabajar unos días conmigo, juntó el dinero suficiente para el pasaje que lo regresaría a su pueblo y desaparecer para siempre de esta ciudad.


 
   Apenas tenía unas semanas de haber inaugurado el restaurante cuando esto sucedió, y jamás habría podido interpretarlo como ese negro augurio que marcó el inicio de la lenta agonía para el proyecto más importante en mi vida.
   De verdad no sé qué hice o calculé mal. La gente llegaba, mas no la suficiente para obtener un margen de ganancia superior al costo de operación, pensé que bastarían nueve meses sin utilidades ni pérdidas para despegar y por fin cosechar el fruto de tanto esfuerzo. Pero día tras día se abarató mi producto, se abarató mi fe en esa gente “humilde y buena” a quienes ofrecí un empleo. Muchas veces los escuché quejarse de la poca amabilidad o confianza otorgada por el antiguo patrón, aunque nunca supieron identificar el trato respetuoso que les brindé y confundieron con estupidez de mi parte (aquí deseo honrar la lealtad y solidaridad que Hayke, mi hermosa mesera y amiga, mostró hasta el último día en que abrí el negocio).



   El final de O´Light  fue patético y degradante. Igual que ratas abandonando el barco próximo a hundirse, uno a uno los trabajadores dejaron de asistir y yo mismo cubría las vacantes…... ahora lavaba loza y cacerolas, la siguiente hora picaba vegetales para la guarnición al tiempo que preparaba una malteada, al cerrar por la noche fregaba el piso de la cocina y los excusados.
Hasta que recibí el tiro de gracia. Una mañana, el cocinero ya no se presentó y con estoica actitud de “The Show Must Go On” comencé a preparar los platillos que Hayke solicitaba con urgencia.

 La presión era brutal y casi lo logro, si no fuera porque sentí un hormigueo por toda la cara y peor aún, sin poderlo controlar, la boca se me fue chueca hacia el lado derecho…..................……. ¡O´Light estaba MUERTO! Lo comprendí en un segundo [1].

   Ni siquiera pude darle un sepelio honorable. Hubiera querido recuperar mediante un justo traspaso comercial, buena parte de los $300,000.00 (equivalentes en ese entonces a 30,000 dólares) que invertí para darle vida.
¡Era todo el puto dinero del mundo! Y pensar que mi hermoso departamento en Tlatelolco costaría siete años en el futuro, menos que eso.

   Pronto recibí otra lección; a nadie le interesaba adquirir un negocio apestado. Según he leído, en mi país 7 de cada 10 pequeños comercios que se abren fracasan antes de dos años, y los pocos interesados en los despojos de mis sueños de grandeza (Maya=Ilusión) fueron vivales que pagaron una miseria por un montón de sillas y mesas, trastos, manteles y electrodomésticos usados.

   Regresé a casa con el 8% de mi tesoro, y TODO mi futuro arrojado al aire cual moneda de la suerte.
   ¿De qué lado caería?





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Se invita a leer de la serie BITÁCORA DE VIAJES:  1999 Noviembre undécimo viaje de mariguana   X (MUERE O´LIGTH)