1998 JAIME: parte I
Consejo de la Celestina…
.
“Desconfía del que ama: tiene hambre,
no quiere más que devorar.
Busca la compañía de los hartos,
esos son los que dan”.
Fernando de Rojas, 1499.
Aparte de escribir el nombre de los grandes Amores de mi Vida con MAYÚSCULAS para diferenciarlos del total de hombres enlistados en el índice de Los Nombres De Mis Hombres, al finalizar cada una de las narraciones que describen (injusta y torpemente) en unos cuantos renglones la extraordinaria y por lo tanto inenarrable vivencia junto a ellos, les adjudico un concepto que trata de sintetizar en una sola palabra esa vivencia para mí. Así, es que aparecen los mini epílogos: VICTORIA (FRANCISCO JAVIER), PASIÓN (LUIS), SOLIDARIDAD (DANIEL) y DOLOR (MARTÍN MARCIAL) al final de sus narraciones.
Mi historia con Jaime no ha finalizado… aún. Sin embargo, no encuentro otra palabra que pueda describirla de manera más precisa que: COMPROMISO.
Junto con cualquier otra palabra dentro de un idioma, compromiso es un término con raíces etimológicas muy puntuales, pero similar a mucho en estos tiempos, también ha sido relativizado y ahora tiene tantas equivalencias como formas de pensar hay, por lo que quisiera enmarcar el contexto dentro del que este compromiso se desarrolló y los elementos que lo conformaron:
· Ingrediente #1 - Carlos (Yo)
Para cuando conocí a Jaime, ya había reconstruido en mi mente -no en base a diccionarios sino por vivencia propia- el significado de varios conceptos y sus diferencias:
LEALTAD
AMOR
Siendo muy joven escuché una canción de Violeta Parra que en la frase final decía “Maldigo al vocablo amor, con toda su porquería”……….. y ¡quedé horrorizado! Sobre todo porque para ese entonces había visto, leído, escuchado y asimilado películas, libros y miles de melodías que ensalzaban la pureza, bondad, dulzura y el éxtasis que causaba, el Amor.
La realidad, o al menos mí realidad dentro del mundo gay me obligó a analizar críticamente y a desmontar cada palabra de esas historias románticas, para encontrar en el mejor de los casos, bellos (a veces poéticos) juegos de palabras. Sin embargo la mayoría eran himnos a la traición, al despecho, la posesión y al fracaso por haberse entregado de manera hormonal y nada racional a esa embriagante emoción.
A su tiempo, aprendí a identificar la sutil máscara que encubría de ilusión amorosa al deseo carnal. Muchos Romeos salieron frustrados de mi cama cuando interrumpí su ardiente proclamación de amor, al pedirles que aclararan su mente… lo que ellos amaban era el sexo que teníamos, no a mí, de quien no sabían nada.
Solo se puede amar a quien se conoce. Lo demás son canciones.
El retorcido entramado de lo que DEBE ser una ideal relación amorosa, oculta su perversa intención de que precisamente una relación nunca funcione.
Por otra parte, también se habían incrustado en mi pensar, una serie de sentencias sociales con respecto a quién sí y quién no es merecedor del amor:
O amas o eres puta;
O amas o gozas;
O amas o eres libre;
O amas o piensas…
Tenía entonces 39 años de edad y estaba hastiado de lo que aprendí y luego desaprendí, así que cínicamente modifiqué la fórmula gramatical quitando la O para sustituirla por una Y:
Y amas y eres puta;
Y amas y gozas;
Y amas y eres libre;
Y amas y piensas…
· Ingrediente #2 – Jaime
Muchas veces al viajar del lugar donde vivía, a otro retirado a ocho o más horas de viaje, lo hacía de noche por carro o autobús. Casi siempre terminaba durmiendo. Pero otras veces contemplaba a través de la ventanilla, la carretera, los árboles o el perfil de las gigantescas montañas apenas definido en la negrura nocturna, y de vez en vez alcanzaba a descubrir sobre la ladera de esos montes, incluso en las barrancas al pie de los mismos, un minúsculo enjambre de lucecitas apenas perceptible a los ojos. Entonces, me causaba un gran placer el imaginar que tal vez... quizás, alguna de esas lucecitas era la casa donde había nacido el hombre al que yo amaría de la forma en que soñé cuando fui adolescente.
De 1934 a 1940 se llevó a cabo el más grande reparto agrario de tierras para comuneros, ejidatarios y pueblos indígenas que haya habido hasta entonces en el país. En alguna parte de la monumental Sierra Norte de Puebla, cien familias fundaron el ejido de María Andrea y tres décadas después nació ahí Jaime. Estudió la primaria en uno de los dos salones multigrado, porque el gobierno envió solamente a dos maestros, así que uno formó a los niños de 1°, 2° y 3er grados simultáneamente y el otro a los de 4°, 5° y 6° también juntos. Doña Cirila, su mamá, se negó a hablarles a sus seis hijos en lengua totonaca hasta que incluso ella misma la olvidó, pues ni entonces ni nunca fue una ventaja ser señalado como indígena. Su papá Don Pilo, por su parte hizo lo conducente al regalarle a sus hermanos la propia parcela de tierra para no condenarse y condenar a sus hijos a ser campesinos, a quienes los intermediarios y funcionarios corruptos desangraban hasta dejarles apenas para comer. Si iban a vivir con lo mínimo, al menos no dejarían la vida en los surcos de siembra. Don Pilo se hizo artesano y salía junto con su esposa a vender su producto a pueblos y ferias regionales…... eso sí era divertido.
“Desconfía del que ama: tiene hambre,
no quiere más que devorar.
Busca la compañía de los hartos,
esos son los que dan”.
Fernando de Rojas, 1499.
Aparte de escribir el nombre de los grandes Amores de mi Vida con MAYÚSCULAS para diferenciarlos del total de hombres enlistados en el índice de Los Nombres De Mis Hombres, al finalizar cada una de las narraciones que describen (injusta y torpemente) en unos cuantos renglones la extraordinaria y por lo tanto inenarrable vivencia junto a ellos, les adjudico un concepto que trata de sintetizar en una sola palabra esa vivencia para mí. Así, es que aparecen los mini epílogos: VICTORIA (FRANCISCO JAVIER), PASIÓN (LUIS), SOLIDARIDAD (DANIEL) y DOLOR (MARTÍN MARCIAL) al final de sus narraciones.
Mi historia con Jaime no ha finalizado… aún. Sin embargo, no encuentro otra palabra que pueda describirla de manera más precisa que: COMPROMISO.
Junto con cualquier otra palabra dentro de un idioma, compromiso es un término con raíces etimológicas muy puntuales, pero similar a mucho en estos tiempos, también ha sido relativizado y ahora tiene tantas equivalencias como formas de pensar hay, por lo que quisiera enmarcar el contexto dentro del que este compromiso se desarrolló y los elementos que lo conformaron:
· Ingrediente #1 - Carlos (Yo)
Para cuando conocí a Jaime, ya había reconstruido en mi mente -no en base a diccionarios sino por vivencia propia- el significado de varios conceptos y sus diferencias:
Ligada intrínsecamente a mi forma de vida, en la que hago saber a aquellos que me rodean lo que pueden o no esperar de mí. Lo he sido desde siempre con mi familia o mis empleadores, y en el momento en que les pierdo el respeto o confianza, termina para con ellos mi lealtad.
En el ámbito emocional, la última vez que le fui desleal a quien yo amaba fue con LUIS(1985), cuando me reservé el “derecho” de informarle que yo no era fiel, hasta estar seguro de que ya estaba enamorado de mí, y lo lamento. Desde entonces, a todo aquel con quien he tenido un encuentro íntimo más de dos veces, le dejé saber que no pido, ni tendría exclusividad sexual conmigo, incluso cuando la relación pasara a nivel de noviazgo.
Irónicamente, en mi ideal de lealtad sí existe la exclusividad en el plano emocional y en la intención de construir una vida junto a quien amo, por encima de la bonanza o desgracia, enfermedad o placer. No se dio con DANIEL o MARTÍN pues el alud de acontecimientos que nos aplastó en esos momentos fue superior a todo. Hubo que esperar a que el tiempo y una serie de circunstancias coincidieran para que ese ideal, igual que racimo maduro, dejara mostrar sus frutos de comunicación, establecimiento de acuerdos, de asentimiento, apoyo y trato entre iguales.
FIDELIDAD
Más allá de que alguien al leer las primeras narraciones de esta antología, y con justa razón, pudiera rebatirme con un —¡Pues claro que no crees en la fidelidad por cómo te fue en la feria! pero la fidelidad existe.
¡Por supuesto que existe! Más no es un gen. El resto de las millones de especies con las que compartimos el planeta están predeterminadas genéticamente sobre la forma en que DEBEN relacionarse sexualmente, incluidas la monogamia vitalicia, la poligamia, el incesto, la bipartición, la clonación, vaya… hasta la reproducción asexual. Sin embargo, en los humanos el ejercicio de la actividad sexual lo determina y regula la colectividad en la que vive, y durante milenios, aún en este momento, esa cuestión es tan relativa que coexisten tantas normas al respecto como nombres de galanes en mi antología.
Siendo una construcción cultural, la fidelidad es el ingrediente primordial dentro de un modelo ideal de relación afectivo/sexual llamada monogamia, a la que se ciñen dos personas de manera voluntaria o a través de un ritual social (matrimonio).
Cuándo y por qué surgió la monogamia ha sido debatido durante siglos. Se dice que marcó el final del más puro de los sistemas comunistas… el matriarcado prehistórico; se dice que nació junto con el patriarcado que a su vez dio lugar a la propiedad privada, y con ello la preocupación por parte del macho para asegurarse de la transmisión de sus bienes materiales y genéticos a SUS hijos; y dicen, muchas otras teorías al respecto.
Lo que me provoca verdadera picazón es el hecho de que en todas y cada una de las ciencias exactas o sociales, ha llegado alguien que cuestiona a sus incuestionables “vacas sagradas”: dentro de la Economía (sería a Smith), en la Física (a Einstein), Psicología (a Freud), en las artes o las religiones, pero pareciera que nadie quiere tocar los fundamentos que sostienen el dogma de la monogamia.
Irónicamente, en mi ideal de lealtad sí existe la exclusividad en el plano emocional y en la intención de construir una vida junto a quien amo, por encima de la bonanza o desgracia, enfermedad o placer. No se dio con DANIEL o MARTÍN pues el alud de acontecimientos que nos aplastó en esos momentos fue superior a todo. Hubo que esperar a que el tiempo y una serie de circunstancias coincidieran para que ese ideal, igual que racimo maduro, dejara mostrar sus frutos de comunicación, establecimiento de acuerdos, de asentimiento, apoyo y trato entre iguales.
FIDELIDAD
Más allá de que alguien al leer las primeras narraciones de esta antología, y con justa razón, pudiera rebatirme con un —¡Pues claro que no crees en la fidelidad por cómo te fue en la feria! pero la fidelidad existe.
¡Por supuesto que existe! Más no es un gen. El resto de las millones de especies con las que compartimos el planeta están predeterminadas genéticamente sobre la forma en que DEBEN relacionarse sexualmente, incluidas la monogamia vitalicia, la poligamia, el incesto, la bipartición, la clonación, vaya… hasta la reproducción asexual. Sin embargo, en los humanos el ejercicio de la actividad sexual lo determina y regula la colectividad en la que vive, y durante milenios, aún en este momento, esa cuestión es tan relativa que coexisten tantas normas al respecto como nombres de galanes en mi antología.
Siendo una construcción cultural, la fidelidad es el ingrediente primordial dentro de un modelo ideal de relación afectivo/sexual llamada monogamia, a la que se ciñen dos personas de manera voluntaria o a través de un ritual social (matrimonio).
Cuándo y por qué surgió la monogamia ha sido debatido durante siglos. Se dice que marcó el final del más puro de los sistemas comunistas… el matriarcado prehistórico; se dice que nació junto con el patriarcado que a su vez dio lugar a la propiedad privada, y con ello la preocupación por parte del macho para asegurarse de la transmisión de sus bienes materiales y genéticos a SUS hijos; y dicen, muchas otras teorías al respecto.
Lo que me provoca verdadera picazón es el hecho de que en todas y cada una de las ciencias exactas o sociales, ha llegado alguien que cuestiona a sus incuestionables “vacas sagradas”: dentro de la Economía (sería a Smith), en la Física (a Einstein), Psicología (a Freud), en las artes o las religiones, pero pareciera que nadie quiere tocar los fundamentos que sostienen el dogma de la monogamia.
Se puede ser capitalista, marxista, anarquista, hinduista, gótico, negacionista o vegano, más en este terreno todo queda en discurso o disfraz, porque siempre se apuesta por la monogamia; ya sea la deseada genuinamente o, la preferida por cientos de millones de personas, y cuyo tácito contrato indica con letras chiquitas: Cláusula Única- Puedes cacarear en ti y exigir en otros fidelidad, pero bajo el amparo de la doble moral y un mínimo (a veces ni eso) de discreción, es posible ser infiel siempre y cuando seas hombre. Si perteneces al género femenino también puedes hacerlo, con la advertencia de que si eres descubierta se te cobrará la “factura” propia y la de los caballeros.
AMOR
Siendo muy joven escuché una canción de Violeta Parra que en la frase final decía “Maldigo al vocablo amor, con toda su porquería”……….. y ¡quedé horrorizado! Sobre todo porque para ese entonces había visto, leído, escuchado y asimilado películas, libros y miles de melodías que ensalzaban la pureza, bondad, dulzura y el éxtasis que causaba, el Amor.
La realidad, o al menos mí realidad dentro del mundo gay me obligó a analizar críticamente y a desmontar cada palabra de esas historias románticas, para encontrar en el mejor de los casos, bellos (a veces poéticos) juegos de palabras. Sin embargo la mayoría eran himnos a la traición, al despecho, la posesión y al fracaso por haberse entregado de manera hormonal y nada racional a esa embriagante emoción.
A su tiempo, aprendí a identificar la sutil máscara que encubría de ilusión amorosa al deseo carnal. Muchos Romeos salieron frustrados de mi cama cuando interrumpí su ardiente proclamación de amor, al pedirles que aclararan su mente… lo que ellos amaban era el sexo que teníamos, no a mí, de quien no sabían nada.
Solo se puede amar a quien se conoce. Lo demás son canciones.
El retorcido entramado de lo que DEBE ser una ideal relación amorosa, oculta su perversa intención de que precisamente una relación nunca funcione.
Por otra parte, también se habían incrustado en mi pensar, una serie de sentencias sociales con respecto a quién sí y quién no es merecedor del amor:
O amas o eres puta;
O amas o gozas;
O amas o eres libre;
O amas o piensas…
Tenía entonces 39 años de edad y estaba hastiado de lo que aprendí y luego desaprendí, así que cínicamente modifiqué la fórmula gramatical quitando la O para sustituirla por una Y:
Y amas y eres puta;
Y amas y gozas;
Y amas y eres libre;
Y amas y piensas…
· Ingrediente #2 – Jaime
Muchas veces al viajar del lugar donde vivía, a otro retirado a ocho o más horas de viaje, lo hacía de noche por carro o autobús. Casi siempre terminaba durmiendo. Pero otras veces contemplaba a través de la ventanilla, la carretera, los árboles o el perfil de las gigantescas montañas apenas definido en la negrura nocturna, y de vez en vez alcanzaba a descubrir sobre la ladera de esos montes, incluso en las barrancas al pie de los mismos, un minúsculo enjambre de lucecitas apenas perceptible a los ojos. Entonces, me causaba un gran placer el imaginar que tal vez... quizás, alguna de esas lucecitas era la casa donde había nacido el hombre al que yo amaría de la forma en que soñé cuando fui adolescente.
De 1934 a 1940 se llevó a cabo el más grande reparto agrario de tierras para comuneros, ejidatarios y pueblos indígenas que haya habido hasta entonces en el país. En alguna parte de la monumental Sierra Norte de Puebla, cien familias fundaron el ejido de María Andrea y tres décadas después nació ahí Jaime. Estudió la primaria en uno de los dos salones multigrado, porque el gobierno envió solamente a dos maestros, así que uno formó a los niños de 1°, 2° y 3er grados simultáneamente y el otro a los de 4°, 5° y 6° también juntos. Doña Cirila, su mamá, se negó a hablarles a sus seis hijos en lengua totonaca hasta que incluso ella misma la olvidó, pues ni entonces ni nunca fue una ventaja ser señalado como indígena. Su papá Don Pilo, por su parte hizo lo conducente al regalarle a sus hermanos la propia parcela de tierra para no condenarse y condenar a sus hijos a ser campesinos, a quienes los intermediarios y funcionarios corruptos desangraban hasta dejarles apenas para comer. Si iban a vivir con lo mínimo, al menos no dejarían la vida en los surcos de siembra. Don Pilo se hizo artesano y salía junto con su esposa a vender su producto a pueblos y ferias regionales…... eso sí era divertido.
El pueblo era un paraíso, había una cascada, arroyos que desembocaban en un ancho y manso río a un kilómetro de la casa. A unos pasos había árboles de mango, nanche, pitayas, plátano y papaya… y enormes ceibas, igual a esa que estaba inclinada, a la que Jaime niño trepó y de la que resbaló haciéndose tres profundas cortadas en la carne de una de sus piernas a causa de las espinas con forma de diente de tiburón, de hasta dos centímetros de largo que nacen sobre el tronco de ese árbol. Aunque no fue nada comparado con la huella dejada por la cirugía que le practicó un compasivo médico radicado a horas de camino.
Jaime jugaba con otros niños. Subió a una piedra, perdió el equilibrio, cayó dos metros hacia abajo y su estómago golpeó a su vez sobre otra roca. Por la noche le comentó a su mamá que le dolía la panza. A la mañana siguiente lo llevó con una señora para que lo “sobaran”, dos días después su vientre parecía pelota y su cuerpo ardía en fiebre. Recorrieron tres pueblos; los doctores veían el estado del niño y se negaban a atenderlo pues era cosa de horas para que muriera, al adivinar que traía un estallamiento interno de vísceras. Al último doctor le partió el alma oír al delirante niño de ocho años decirle que lo único que quería era que le compraran una Coca-Cola bien fría. Se entiende que el hombre sí era médico y no carnicero como lo aseguraría cualquiera que observara la brutal cicatriz a un costado de su ombligo, porque Jaime sobrevivió.
Durante la adolescencia, y debido al peregrinar de sus padres por las fiestas patronales de ranchos y pueblitos que los hacía ausentarse por días, Jaime ofreció sus servicios para lavar los camiones de carga que incesantemente transportaban productos del campo de un lado a otro, y en ocasiones se detenían en la orilla de la carretera (donde nacía su pueblo) para almorzar. Pronto se hizo de clientes y dinero con el que compraba comida para sus hermanos menores, ropa y calzado a su gusto.
A los 16 años, su tío le enseño a manejar tractores agrícolas, pero a pesar de que resultó un oficio bien pagado, dos años después saldría de su pueblo que ya había alcanzado una población de 1500 habitantes para dirigirse a la Ciudad de México y sentir por primera vez en su vida, el terror de ser devorado por ese gigantesco monstruo de cemento que apareció atrás de la ventana del autobús y cuyos límites se perdían en el horizonte.
Yo había leído y escuchado que la región del Totonacapan y la Huasteca era famosa por sus mayates y la relajada percepción que se tenía sobre las relaciones sexuales entre hombres. Y si yo presumía de mi récord en cuanto aventuras con hombres, Jaime no tenía nada que envidiarme, pues su vida sexual inició desde los 14 años y para el día que lo conocí ya se había despachado a TODOS los galanes (que le gustaron) del pueblo y sus alrededores. Puedo jurar que no exagero, lo he constatado por más de dos décadas y sin rodeos digo que Jaime es una leyenda en María Andrea, Puebla, y no por haber cogido con sus pobladores… y veinte años después con los hijos de sus pobladores.
Jaime jugaba con otros niños. Subió a una piedra, perdió el equilibrio, cayó dos metros hacia abajo y su estómago golpeó a su vez sobre otra roca. Por la noche le comentó a su mamá que le dolía la panza. A la mañana siguiente lo llevó con una señora para que lo “sobaran”, dos días después su vientre parecía pelota y su cuerpo ardía en fiebre. Recorrieron tres pueblos; los doctores veían el estado del niño y se negaban a atenderlo pues era cosa de horas para que muriera, al adivinar que traía un estallamiento interno de vísceras. Al último doctor le partió el alma oír al delirante niño de ocho años decirle que lo único que quería era que le compraran una Coca-Cola bien fría. Se entiende que el hombre sí era médico y no carnicero como lo aseguraría cualquiera que observara la brutal cicatriz a un costado de su ombligo, porque Jaime sobrevivió.
Durante la adolescencia, y debido al peregrinar de sus padres por las fiestas patronales de ranchos y pueblitos que los hacía ausentarse por días, Jaime ofreció sus servicios para lavar los camiones de carga que incesantemente transportaban productos del campo de un lado a otro, y en ocasiones se detenían en la orilla de la carretera (donde nacía su pueblo) para almorzar. Pronto se hizo de clientes y dinero con el que compraba comida para sus hermanos menores, ropa y calzado a su gusto.
A los 16 años, su tío le enseño a manejar tractores agrícolas, pero a pesar de que resultó un oficio bien pagado, dos años después saldría de su pueblo que ya había alcanzado una población de 1500 habitantes para dirigirse a la Ciudad de México y sentir por primera vez en su vida, el terror de ser devorado por ese gigantesco monstruo de cemento que apareció atrás de la ventana del autobús y cuyos límites se perdían en el horizonte.
Yo había leído y escuchado que la región del Totonacapan y la Huasteca era famosa por sus mayates y la relajada percepción que se tenía sobre las relaciones sexuales entre hombres. Y si yo presumía de mi récord en cuanto aventuras con hombres, Jaime no tenía nada que envidiarme, pues su vida sexual inició desde los 14 años y para el día que lo conocí ya se había despachado a TODOS los galanes (que le gustaron) del pueblo y sus alrededores. Puedo jurar que no exagero, lo he constatado por más de dos décadas y sin rodeos digo que Jaime es una leyenda en María Andrea, Puebla, y no por haber cogido con sus pobladores… y veinte años después con los hijos de sus pobladores.
Lo respetan porque se enfrentó desnudo a la sanguinaria capital, y regresó triunfante como dueño de un negocio, un automóvil y un esposo.
· Ingrediente #3 – El Acuerdo
Encontré a Jaime en la estación del Metro Balderas. Regresaba yo de visitar a mi cuñada (la viuda de mi hermano Miguel) y a mis sobrinos en la Ciudad de Puebla. Lo hallé atractivo, sonrió y comenzamos a platicar. Supe que trabajaba en una maquiladora de ropa como costurero, tenía 25 años y los últimos cuatro en una relación de pareja que agonizaba por la indiferencia y falta de comunicación de Esteban… tal vez de ambos.
· Ingrediente #3 – El Acuerdo
Encontré a Jaime en la estación del Metro Balderas. Regresaba yo de visitar a mi cuñada (la viuda de mi hermano Miguel) y a mis sobrinos en la Ciudad de Puebla. Lo hallé atractivo, sonrió y comenzamos a platicar. Supe que trabajaba en una maquiladora de ropa como costurero, tenía 25 años y los últimos cuatro en una relación de pareja que agonizaba por la indiferencia y falta de comunicación de Esteban… tal vez de ambos.
Una vez que aceptó ir a mi casa, me advirtió con audacia:
—Pero te aviso que solo te voy a utilizar sexualmente…
—Claro… —respondí sonriente.
Estuvimos encerrados y cogiendo por dos días. Cuando regresó a “su” casa, Esteban había cambiado la combinación de la llave para la cerradura de la puerta y apenas si accedió a darle una bolsa con sus pertenencias. Llamó para relatarme lo sucedido y sin que mediaran suspicacias en mi mente le ofrecí quedarse conmigo. Estuvo un mes. Él salía por las mañanas a trabajar, regresaba, cogíamos y charlábamos por horas de mil cosas. Siempre había soñado con estudiar para peluquero, aunque Esteban le advirtió tajante que si lo hacía se acabaría la relación porque “eso” era para maricones travestidos.
Consiguió un cuarto donde vivir, allá por la mítica Ciudad Nezahualcóyotl, conurbada con la capital del país y semillero de exquisitos chacales, mayates, pillos, sexoservidoras, bailes callejeros, travestis, y sobre todo habitada por mucha, mucha gente luchando encabronádamente para construirse un futuro digno.
Sí… desde un principio dejé clara mi no fidelidad y a los tres meses de habernos encontrado se despidió de mí. Semanas después sonó el teléfono de casa, era Jaime que contento me comunicaba su ingreso a una academia para estudiar peluquería, la cual pagaría con la venta de tortas y sándwiches que él mismo preparaba levantándose a las 5 de la madrugada y luego vendía entre sus compañeros de la fábrica de ropa.
De nuevo, a seis meses de frecuentarnos volvió a despedirse, ahora porque un muchacho muy formal le propuso iniciar una relación “seria”. De hecho, tuve chance de verlo una vez que fui por Jaime a la academia. El chico era una delicia… solo eso, ya que de nuevo llamó Jaime con la noticia de que había dejado la fábrica, seguía estudiando y estaba haciendo sus prácticas en el salón de belleza de un amigo. Preguntó si podíamos vernos, acepté.
Por tercera ocasión el ciclo se repitió al siguiente semestre; él deseaba algo menos volátil y dijo adiós. Pasaron cuatro meses, llamó, y entonces anunció que YA tenía su propio salón de belleza y deseaba que yo lo conociera; lo conocí y de ahí pasamos a su cama.
Desde hacía muchos años yo no acostumbraba a reiniciar con nadie una relación finiquitada; sin embargo había algo en este hombre que me hacía admirar su perseverancia. Parecía que cada vez que regresaba lo hacía potenciado, como diciendo: “mira, ahora soy mejor y más fuerte que antes” y no podía resistirme a la posibilidad de seguirlo viendo crecer, de participar en su crecimiento, de crecer juntos. Nada más era necesario dejar de una vez por todas, bien claro un asunto.
Estuvimos encerrados y cogiendo por dos días. Cuando regresó a “su” casa, Esteban había cambiado la combinación de la llave para la cerradura de la puerta y apenas si accedió a darle una bolsa con sus pertenencias. Llamó para relatarme lo sucedido y sin que mediaran suspicacias en mi mente le ofrecí quedarse conmigo. Estuvo un mes. Él salía por las mañanas a trabajar, regresaba, cogíamos y charlábamos por horas de mil cosas. Siempre había soñado con estudiar para peluquero, aunque Esteban le advirtió tajante que si lo hacía se acabaría la relación porque “eso” era para maricones travestidos.
Consiguió un cuarto donde vivir, allá por la mítica Ciudad Nezahualcóyotl, conurbada con la capital del país y semillero de exquisitos chacales, mayates, pillos, sexoservidoras, bailes callejeros, travestis, y sobre todo habitada por mucha, mucha gente luchando encabronádamente para construirse un futuro digno.
Sí… desde un principio dejé clara mi no fidelidad y a los tres meses de habernos encontrado se despidió de mí. Semanas después sonó el teléfono de casa, era Jaime que contento me comunicaba su ingreso a una academia para estudiar peluquería, la cual pagaría con la venta de tortas y sándwiches que él mismo preparaba levantándose a las 5 de la madrugada y luego vendía entre sus compañeros de la fábrica de ropa.
De nuevo, a seis meses de frecuentarnos volvió a despedirse, ahora porque un muchacho muy formal le propuso iniciar una relación “seria”. De hecho, tuve chance de verlo una vez que fui por Jaime a la academia. El chico era una delicia… solo eso, ya que de nuevo llamó Jaime con la noticia de que había dejado la fábrica, seguía estudiando y estaba haciendo sus prácticas en el salón de belleza de un amigo. Preguntó si podíamos vernos, acepté.
Por tercera ocasión el ciclo se repitió al siguiente semestre; él deseaba algo menos volátil y dijo adiós. Pasaron cuatro meses, llamó, y entonces anunció que YA tenía su propio salón de belleza y deseaba que yo lo conociera; lo conocí y de ahí pasamos a su cama.
Desde hacía muchos años yo no acostumbraba a reiniciar con nadie una relación finiquitada; sin embargo había algo en este hombre que me hacía admirar su perseverancia. Parecía que cada vez que regresaba lo hacía potenciado, como diciendo: “mira, ahora soy mejor y más fuerte que antes” y no podía resistirme a la posibilidad de seguirlo viendo crecer, de participar en su crecimiento, de crecer juntos. Nada más era necesario dejar de una vez por todas, bien claro un asunto.
Por la mañana antes de despedirme para regresar a mi casa le manifesté:
—Jaime, deseo que sepas que sigo siendo exactamente el mismo que era hace seis meses o hace un año…
A lo que él respondió —Ya lo sé.
· Ingrediente #4 – La cereza
Hasta antes de que Jaime apareciera, mi relación con las mascotas era inflexible. Primero cuando viví en casa de mi madre en Puebla y luego en la casa de Alfonso XIII. Los únicos animales de compañía que tuve fueron gatitas, así, con “as”… supongo que la cacería nocturna, el orinar territorios y ser dominante, no era posible para dos machos en una misma casa. Además, era una maravilla lo económico en términos de tiempo y cuidados lo que la Bicha me demandaba: un puñado de croquetas, agua, un agujero en el muro para que pudiera entrar y salir al patio para defecar, y algunas sobadas en el lomo por la noche antes de dormir sobre mis pies y brindarme al mismo tiempo calorcito. Así sería durante los 19 años que me acompañó.
A mediados del año 2000 mientras visitaba a Jaime en su salón, allá en Neza, señaló hacia un rincón sobre el piso del local en donde se encontraban formando una pequeña bola de pelos blancos tres bebes perritos, al tiempo que preguntaba si podía quedarse con uno. En realidad ya me lo había avisado antes, y le aseguré fríamente que no movería un puto dedo por un animal tan absorbente en cuidados, atención, educación y energía como lo era un perro. Jaime insistía en que yo escogiera a uno de los cachorros adormilados, cuando de repente saltó del grupo uno de ellos y corrió directo hacia Jaime…
· Ingrediente #4 – La cereza
Hasta antes de que Jaime apareciera, mi relación con las mascotas era inflexible. Primero cuando viví en casa de mi madre en Puebla y luego en la casa de Alfonso XIII. Los únicos animales de compañía que tuve fueron gatitas, así, con “as”… supongo que la cacería nocturna, el orinar territorios y ser dominante, no era posible para dos machos en una misma casa. Además, era una maravilla lo económico en términos de tiempo y cuidados lo que la Bicha me demandaba: un puñado de croquetas, agua, un agujero en el muro para que pudiera entrar y salir al patio para defecar, y algunas sobadas en el lomo por la noche antes de dormir sobre mis pies y brindarme al mismo tiempo calorcito. Así sería durante los 19 años que me acompañó.
A mediados del año 2000 mientras visitaba a Jaime en su salón, allá en Neza, señaló hacia un rincón sobre el piso del local en donde se encontraban formando una pequeña bola de pelos blancos tres bebes perritos, al tiempo que preguntaba si podía quedarse con uno. En realidad ya me lo había avisado antes, y le aseguré fríamente que no movería un puto dedo por un animal tan absorbente en cuidados, atención, educación y energía como lo era un perro. Jaime insistía en que yo escogiera a uno de los cachorros adormilados, cuando de repente saltó del grupo uno de ellos y corrió directo hacia Jaime…
—Bueno, alguien ya escogió primero —concluí.
Era una hembrita, se llamaría Cher y cambiaría para siempre la forma en que miraría a los perros. Se dice que la esencia de los ángeles está hecha de amor, lealtad, devoción, luz e incondicionalidad entre otras virtudes. Nunca he visto a un ángel, pero si hay un ser que se les parece esos son los perros. ¡Cuanto los envidio! Ellos pueden ver, oler y tocar a su Dios viviente, incluso... ajustar cuentas con Él.
También puedo asegurar sin reserva, que Cher tuvo una invaluable función de cohesión dentro de la relación de pareja entre Jaime y yo. Fue lo que ahora se define como una “perrhija”, que disolvió poco a poco o al menos desvió hacia afuera nuestro egocéntrico foco de atención y permitió la construcción compartida de ese largo camino que iniciaba para ambos.
Era una hembrita, se llamaría Cher y cambiaría para siempre la forma en que miraría a los perros. Se dice que la esencia de los ángeles está hecha de amor, lealtad, devoción, luz e incondicionalidad entre otras virtudes. Nunca he visto a un ángel, pero si hay un ser que se les parece esos son los perros. ¡Cuanto los envidio! Ellos pueden ver, oler y tocar a su Dios viviente, incluso... ajustar cuentas con Él.
También puedo asegurar sin reserva, que Cher tuvo una invaluable función de cohesión dentro de la relación de pareja entre Jaime y yo. Fue lo que ahora se define como una “perrhija”, que disolvió poco a poco o al menos desvió hacia afuera nuestro egocéntrico foco de atención y permitió la construcción compartida de ese largo camino que iniciaba para ambos.
Continuará...





