jueves, 5 de octubre de 2023

1997 Juan


                                                                                                                 1997 Juan


                                                                                                                               “Respuesta a evangelizador callejero:
                                                                                              -No. Gracias, no estoy interesado en la vida eterna. Ya tuve suficiente con ésta…”



   Seguro que suena artificiosa la conexión que hago de mi relación con Juan, el oficio en que él trabajaba y el hecho de que se convirtiera en la última persona etiquetada como (ai) amor imposible, dentro de mi sistema de clasificación para los hombres con los que cogía.

   Juan, un jovencísimo plomero (o también llamado fontanero), encendió mi pasión en cuanto vi su torso desnudo en una de las legendarias y candentes fiestas del cuarto sábado de mes, en El Taller.


   Yo lucía en aquel entonces muy atractivo y seguro de mí mismo, por lo que no dudé en lanzarle mis dardos empapados en lisonjería. No obstante, y a pesar de que para la tercera cita con él, ya le había llevado a mi cama, Juan se encargaba de recordarme con frecuencia que yo tenía 20 años más que él; tal cual lo hizo en aquella noche de cervezas cuando sonaba una rica cumbia por las bocinas de la cantina adonde lo invité, y me decía —
Mira, esa es tu canción, —al tiempo que se escuchaba un coro canturrear:
......♪♫te están matando los años, ya perdiste tu esplendor♪♫...... bla, bla, bla, y de golpeteo en golpeteo minó lentamente los cimientos de mi autoimagen, lo que se tradujo en una creciente obsesión por su culo y piel, y en constantes escenas de celos (que erróneamente presumía desterrados de mi conducta). En la escena final ya de regreso en casa, yo lo acariciaba en la cama y sin rodeos, cortó conmigo.

   Juan era un entusiasta seguidor de la música gótica que, aunque no era de mi total agrado como género musical, debo aceptar que algunas piezas del grupo Lacrimosa me cautivaron. Él lo sabía, así que cada vez que nos veíamos llevaba consigo un casete grabado con esas melodías, y a manera de consuelo, me lo regaló antes de salir de mi casa para no volver más.
Regresé a la sala, lo puse de inmediato en el reproductor de música y mientras lloraba (hoy creo que de manera algo melodramática), lamentaba por primera vez en mi vida el paso de los años.
Comenzaba…………. a envejecer.








   Tenía 24 años cuando miré en el cine, la película El Ansia y al instante supe que yo DEBÍA ser vampiro. ¡Por Dios!... ¡Cuánto poder, cuánta belleza, cuánto placer, cuánta vida por encima de las leyes naturales y sociales! Aunque en aquel entonces vivía “casi” de esa manera. La diferencia era que la oscuridad no había tocado ni de lejos, a mi espíritu.
En ese tenor, me reprendería mamá en alguna ocasión:
—¡Bájale! Vives aislado en tu nube de sensualidad y fantasía.

   Mi visión del mundo cambió con la llegada de la siniestra dupla VIH/Cáncer, arrasando, extinguiendo todo rastro de luz dentro de mi ser.

   Dada la respuesta repelente de mi organismo hacia el VIH, la primera reacción fue confirmar mi condición de “inmortal”. Era un vampiro (con alma vacía y todo) y de igual manera me alimentaría de la energía y el amor de otros.

   ¡Todo salía bien!, en el amor, el sexo, el dinero y la salud, así que no parecía que estuviera errando mi proceder para con el mundo. Con tal suerte que encontré, pude comprar y modificar para que se pareciera a la mostrada en la película El Ansia,        una cruz Ankh de oro, símbolo egipcio de la vida eterna y con la que llegué a realizar mágicos rituales de luna y sangre.

   Pero, a pesar de la buena fortuna que me seguía, muchos muertos (y no precisamente por vampirización alguna de parte mía sino por microscópicos patógenos), se acumularon sobre mi corazón, colmándolo de un dolor y tristeza persistentes.

   Ahora, agradezco que la inmortalidad solo haya sido una fantasía egocéntrica en mi vida. La interminable secuencia de ver morir a todos aquellos quienes se ama sería por el contrario, un eterno limbo de pesadumbre.



   El penar crónico, se fue acomodando con los años en algún lugar de mi interior, para dejar espacio a esa oportunidad forjada a partir de mi relación con Juan, que insisto, sin saberlo llevó su oficio de fontanero a una nueva dimensión. Parece que la frustración que surgió de mi rompimiento con él, simplemente funcionó igual que un potente limpiador que eliminó los temores y reservas que obstruían los vasos comunicantes entre mi cerebro y corazón, para estar abierto nuevamente a la posibilidad de amar, usando como material de construcción todo cuanto hube aprendido de la vida hasta entonces.