jueves, 5 de octubre de 2023

1995 Ismael


                                                                                                                                       1995 Ismael

   Hace muchos años quedé muy impresionado al ver la película Frances, basada en la vida de la actriz estadounidense Frances Farmer, famosa en los años 40 y 50 del siglo XX. Rebelde, atea y “comunista”, aparte de bella, vivió una terrible y tóxica relación con su madre, una mujer dominante y manipuladora que no descansaría hasta doblegar la voluntad de su hija… aunque para ello debiera internarla repetidamente en instituciones psiquiátricas donde recibió terapia de electroshocks y finalmente una lobotomía que la “curó”, volviéndola dulce y receptiva a los nobles proyectos que por su bien, tenía para ella su “amorosa” madre.
   Se dice que el guionista se tomó algunas licencias para hacer más atractiva y extrema la historia, pero eso no significa que en la vida real no sucedan esas cosas. Con frecuencia se escucha a gente famosa hablar sobre las enfermizas relaciones que guardaron con sus madres, llevándoles a adicciones o impulsos autodestructivos. Sin embargo, creo que por cada uno de estos casos visibles hay docenas de biografías anónimas y no menos crudas donde el papel protagónico lo tiene una madre sobreprotectora, controladora o narcisista.

   En otra ocasión cuando viví en la Ciudad de Puebla, Lulú, una compañera de trabajo en la Universidad, muy bien politizada, feminista y brillante, comentaba que le daba mucho miedo perder a su único hijo (varón) cuando este creciera y entonces quedar sola. Me preguntó qué podía hacer al respecto y le respondí de manera burlona que entonces debería “hacerlo” maricón y culpabilizarlo por ello. Con seguridad, estaría con ella hasta el fin de sus días.




   A Ismael de 27 años, lo ligué en el Metro. Era guardia de seguridad privada, moreno claro, delgado y con rasgos finos, la piel de su pecho era tersa y tenía una cicatriz muy aparatosa en el esternón, probablemente producto de una quemadura. Era pasivo y maleable en la cama. Conforme seguíamos viéndonos me sorprendió agradablemente su conversación; manejaba información sobre cultura y música, aseguró no perderse la transmisión de la temporada del Metropolitan Opera House de Nueva York en la estación de radio OPUS94.

   Mientras iba tomando mayor forma una posible relación, comenzó a llegar más y más tarde a las citas, a veces aparecía alcoholizado, y si no, aprovechaba cuando íbamos a tomar “una” copa para emborracharse. Como yo disfrutaba de su compañía le daba otra oportunidad:

   —Entiendo que las distancias y el tráfico son un problema y debes considerarlo para la siguiente cita. Te aviso que no esperaré más de 20 minutos, ¿vale? —le advertí, aunque volvió a retrasarse.

   —No hagas eso Ismael, no puedes jugar con el tiempo de las personas… esta ocasión nada más esperaré 10 minutos. —Cedí otra vez. No llegó.

   —¡5 minutos no más! estaré parado en el lugar de la cita —consentí nuevamente ante la suplicante voz del auricular y gracias a que intercedieron ante mi imaginación sus suaves y anchas areolas de color rosa pálido. 
No llegó.

   Después de dos semanas de ignorar sus llamadas fui benevolente, pero amenacé:
   —Si no estás a las cinco en punto en el lugar de encuentro, me iré sin esperar ni un minuto. —Regresé a casa sin compañía.

   Nunca he conocido a alguien con tanta capacidad para autosabotearse. Por alguna razón seguimos manteniendo charlas a través del teléfono (solo eso) e invariablemente salía a colación la relación destructiva que tenía con su madre, quien organizaba su tiempo y vida de manera obsesiva. No obstante, tampoco se había atrevido a decirle abiertamente que era homosexual.
Así que con ese perfil no había mucho que construir.

   Unos años después salimos a tomar cerveza. Ese día el Ismael que vi llegar era un hombre con sobrepeso, el rostro abotagado por el alcoholismo y la actitud de alguien exageradamente cortés e infantilizado. 

   Y así podría yo hablar del amigo que le dio (a petición de su madre) cobijo a su hermana abandonada por el padre de sus hijos y le permitió compartir una de las dos habitaciones de su casa; pocos años después, su sobrino creció y la hermana le pidió la otra recamara para que el joven tuviera privacidad, así que mi amigo durmió desde entonces en el sofá de la sala de su propia casa. ¡¿Por qué hizo eso?!  le pregunté, y tras una retorcida justificación terminé entendiendo que sentía culpa y rechazo por ser homosexual y esa era una manera de pagar por la "aceptación" de su familia.     

   No puedo decir que la proverbial relación edípica que muchísimos homosexuales guardamos con nuestras madres nada más sea monopolio de los gays, creo que también son víctimas de ello las hijas y en menor escala los hombres heterosexuales.
   ¿Y por qué no tendría que ser así?, cuando ellas, antes que madres, han sido hijas de una sociedad insana, de una civilización donde todos (especialmente homosexuales y mujeres) somos culpables y por ello debemos ser castigados.

   En teoría, sobreproteger, responder de manera inmediata a las demandas o cubrir todas las necesidades de un hijo sin considerar su propio potencial para que este sea capaz de desarrollar autoconfianza e independencia, es el origen de muchas desavenencias sociales en una persona y la manera en que construye sus relaciones afectivas, laborales y consigo mismo. En teoría, el resultado de este tipo de relaciones es la codependencia emocional, un apego tóxico y discapacitante para todas las partes. E igualmente en teoría… una dinámica opuesta a la anterior, creará seres “saludables” y socialmente funcionales.

   Mi madre, lejos de ser sobreprotectora, estaba convencida de que entre más autosuficientes emocional y financieramente fuéramos, mejor preparados estaríamos para sobrevivir en este mundo. Para ello economizó la administración de caricias y promovió el establecimiento de normas prácticas de convivencia dentro y fuera del ámbito familiar. Por muchos años justifiqué y lo seguiré haciendo, la educación que recibí de ella. Lo cuestionable es que los resultados no fueron uniformes en nosotros sus cuatro hijos, y cada uno debió aplicar lo que aprendió de ella, de diferentes maneras.
   Hasta los 30 años de edad, era indudable que la buena relación que construimos yo y mamá, marchaba. Y habría marchado satisfactoria y estadísticamente al menos dos décadas más, hasta que pasó lo que pasó en abril de 1990 y ahí sí lo reconozco, se patologizó nuestra conexión, y convirtió a tan amado vocablo, mamá (con su inconmensurable carga emocional), en llaga y ácido simultáneos, en tragedia griega, en condena.

   ¿Es mamá culpable de lo que haya o no hecho con mi vida? ¿Soy culpable de lo que pasó con mi madre? A ella, la culpa la infestó desde todos los ángulos posibles, convirtiéndose en carne… carne maligna y mortal. ¿Debo seguir justificando mis actos a partir de la culpa?








 * Se invita a leer la narración perteneciente a la serie BITÁCORA DE VIAJES: 1995 Enero cuarto viaje de mariguana    TE VAS A MORIR