jueves, 5 de octubre de 2023

1992 Félix


                                                                                                                             1992 Félix

                                                                           
   La primera vez que vi a un “loco” fue a los dieciseis años, cuando acompañaba a una tía que estaba haciendo sus prácticas universitarias, y debía realizar a manera de servicio social, una serie de dinámicas con internos del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez.
La gran mayoría se comportaba igual que niños, pero ocasionalmente mis ojos se topaban con miradas que transmitían oscuridad o vacío. En otras había terror y también esas que encontré sumamente perturbadoras, en las que yo leía la acusación: "Estamos aquí por culpa de ustedes…"
   Al salir de la institución estuve llorando un buen rato, recordando sin saber por qué, la condena que aquellos ojos me habían lanzado.

   Años más tarde comprendería que me estaba espejeando, es decir, veía algo de mí reflejado en las pupilas de esas personas. Reconozco que hay mucho de locura entre los materiales con los que está construida mi personalidad y al mismo tiempo sé que he aprendido a equilibrarlos de manera cotidiana con los rasgos “normales”, hasta hacer funcional mi estancia en este mundo.

   Aunque hay ciertos comportamientos que con los años ha resultado muy difícil >>>CONTROLAR<<<
La sola palabra ya define uno de mis problemas.

   No me lo ha diagnosticado ningún especialista, pero yo digo que tengo Trastorno Obsesivo; definido como la interpretación de alerta hacia todo lo que es imprevisible y la consecuente respuesta de cautela excesiva ante un posible peligro, y si en un principio puede ser sano para anticipar y prepararse ante ciertas situaciones, su repetición se convierte en patología y provoca ansiedad, estrés e insomnio.
   ¿Ventajas?, sí las hay. Desde hace años vendo mis servicios para administrar inmuebles con la elegante denominación de Gestor de Riesgos. Funciona “casi” al cien, cuando se trata de contratos de arrendamiento, fianzas o audiencias. Sin embargo, con las cuestiones menos técnicas y más mundanas, frecuentemente los resultados me son frustrantes. Cuando descubrí que para un plan no bastaba con incluir una opción B, introduje la variable C, y una D al ver que tampoco resultaba. Sin importar cuán prevista tenga una hipótesis sobre lo que sucederá en un determinado momento, la realidad me sorprende.
   La madre de todas las palizas, y deseo con toda el alma que trascienda cual efectiva vacuna para mi mal, la recibí después de haber invertido ¡cientos! de horas sentado frente al monitor de mi PC para organizar uno de los proyectos cumbre de mi vida, y del que doy cuenta en la narración:
El Viaje de Nuestras Vidas.

   Otro inevitable y personal rasgo conductual (creo que muy ligado al anterior) es mi manía paranoide; una desconfianza y recelo permanente hacia las personas. Alimentada gota a gota por minúsculos hechos cotidianos: la amabilísima charla y saludo del taxista que al llegar al destino señalado, te cobra el doble de tarifa... el sonriente desconocido que pregunta cualquier cosa y termina pidiendo dinero...    la noble mujer indígena que ofrece su “artesanía” a sobreprecio y descubres que ni siquiera le quitó la etiqueta de made in China... los compasivos “voluntarios” que piden cooperación para otros caídos en desgracia... o los centros de acopio para los damnificados de catástrofes, que terminan llenando las bodegas de abarroteros, almacenes de vivales, políticos o cuarteles militares.
Mi hermano ha vivido décadas en Oaxaca y sabe de fuentes fidedignas que ahí existen ¡1000! ONG sustentadas por el dinero de mucha gente de buena fe, destinadas para ayudar a agrupaciones de mujeres, niños o agricultores indígenas de todas las regiones del Estado, y también le consta que hasta el 80% de esos fondos se destina para cubrir la espléndida nómina de sus “solidarios” integrantes… el resto del dinero apenas alcanza para justificar la existencia de dicha organización, con productos de una calidad intelectual o social ínfima.
   Esta constante durante días, meses y años, terminó por llevar la suspicacia a niveles extremos en todos los terrenos de mi vida laboral, emocional, incluso sexual.




   En algún momento de mi recién ingreso al mundo gay, llegué a sentirme halagado (y hasta excitado) por los celos o la exigencia de cuentas por parte de un galán, pero al mismo tiempo escuchaba anécdotas sobre otros chicos que habían sido lastimados brutalmente, incluso asesinados por sus parejas, y pronto aprendí a acotar los límites del terreno al que un hombre podría entrar. Muchos chicos lindos no pasaron de la primera escenita de celos. Luego, ni siquiera esperé a que llegara, al dejar claro desde un principio que no estaba buscando dueño y no me interesaba ser dueño de nadie.





 Eso no impidió que a lo largo de los años me involucrara ocasionalmente con tipos "locos".
A Félix de 35 años, costeño y cachondo, lo ligué en el Metro, dijo ser bisexual y casado que no buscaba ningún enredo o drama más allá del acostón.
Caminaba a cuatro patas sobre la alfombra de mi recámara fingiendo ser un perro, le gustaba que yo fuera atrás lamiéndole el culo y que le jugara los pezones de manera muy ruda hasta venirse.
Lo llamé el psyko del teléfono, pues cuando me aburrió y dejé de acostarme con él, durante meses me hizo llamadas por teléfono. Fingía una voz cavernosa y pedía que le comiera el trasero, que quería “volver” conmigo. Parecía que se estaba masturbando mientras gemía y jadeaba. Aunque el macho realmente me gustaba, nunca volví a estar con Félix.




   Por otra parte, pienso que fui afortunado al venir a este mundo justo en la época y lugar donde nací. De suceder tan sólo veinte años antes, aun en la Ciudad de México, mi historia estaría ligada más bien a psiquiatras, antidepresivos o golpes de mea culpa en el pecho, incluso a haber sido ingresado en una institución psiquiátrica donde cualquier tarde de visitas, algún adolescente habría podido ver reflejada en mis pupilas, esa locura de la que él sería dispensado.