jueves, 5 de octubre de 2023

1992 Fidel


                                                                                                                                    1992 Fidel



   Incluso cuando milité en el FHAR (1978/1981) y obtuve una aceptable conciencia sobre el complejo entramado entre sexualidad y sociedad humana, yo estaba convencido de que los hombres bisexuales en realidad eran homosexuales que no se aceptaban o que manejaban un juego de apariencias. Estos últimos (de los que he conocido a muchos) limitan la actividad sexual con sus mujeres a una mínima expresión, apenas lo suficiente para embarazarlas y con ello tener a sus hijos. De los tres putos tapados que en este momento recuerdo, puedo decir que eran buenos padres con sus hijos y responsables maridos proveedores, no así compañeros de vida.

   Pedro, un tipo con el que cogí un par de veces, tenía una hija pequeñita a la que adoraba, y él a su vez era adorado por su esposa que, aunque nada más había sido tocada por su “hombre” apenas una ocasión en tres años, sentía que esa privación era más que recompensada con la envidia que despertaba en todas las demás señoras de la vecindad donde vivían. Su marido le daba puntualmente el gasto semanal, nunca se emborrachaba, era educado, limpio, y… ¡retuérzanse perras!: ella había seguido todas las indicaciones que muchas vecinas incrédulas, víctimas de las infidelidades eternas y descaradas de sus maridos, le dieron para caerle en la movida a su esposo. Nunca encontró ropa manchada de lápiz labial, cabellos largos, olor a perfume de mujer, papelitos con números telefónicos y mucho menos sucedió, que una lagartona fuera a tocar la puerta de su propia casa para decirle que era dueña de los quereres de su macho. Pedro mismo se mostraba muy orgulloso de no haber estado nunca con otra mujer.
Si tan solo la ingenua esposa hubiera podido ver el floreado culo de su virtuoso hombre, habría tomado la misma decisión que yo: alejarse.

   De La Osa, un hombre corpulento y tosco, nada más era conocido, platicábamos cuando lo encontraba frecuentemente en los baños Mina.
Tenía un taller de herrería donde laboraba largas jornadas, pues la alta calidad de su trabajo y responsabilidad le habían redituado un vasto directorio de clientes. A sus hijos no les faltaba amor, disciplina, ropa ni alimentos; a su mujer tampoco, excepto lo primero, al que tenía que renunciar cuando intentaba ser seductora y complaciente. La estrategia de La Osa consistía en no asearse durante días y llegar a la cama con un penetrante olor a sobacos rancios, el cabello enredado y con manos, pies y el resto de la piel sucia y grasienta. Ante tan prosaico dilema hamletiano: coger o no coger, tener o no tener, no coger pero tener… la esposa se fue acostumbrando al ayuno forzado y a ver que su hombre una vez a la semana aprovechaba la entrega de algún trabajo para pasar a darse un buen “vaporazo” y desmugrarse, cosa que lo dejaba exhausto y únicamente con ganas de descansar en paz.
Si la ingenua mujer hubiera podido ver el floreado culo de su laborioso hombre……

   De Fernando hablaré luego. Por lo pronto diré que este tipo de maricones que utilizan a las mujeres para montar una farsa unilateral y con ello disfrutar de los “beneficios” de la aceptación social, no tienen el menor respeto de mi parte.



   Sin embargo, el asunto con los bisexuales siempre ha cautivado mi mente. Me pregunto si son ellos los únicos sobrevivientes adultos del perverso polimorfo freudiano cuya primaria pulsión sexual logró evadir los diques sociales de la vergüenza, la normatividad y la moral instaurada por nuestra cultura, incluso en los homosexuales como yo, que fuimos forzados (según el radical, travestido y suicida Mario Mieli en su obra Elementos de crítica homosexual) a la radicalización con fines de autoafirmación y a renunciar a cualquier impulso heterosexual, para así poder sobrevivir en un mundo maniqueo.



   El exponente más puro de este tipo de hombres que yo haya conocido con esta orientación fue Fidel. Tal vez su origen étnico tenía algo que ver, pues era huasteco.

   Se sabe que huastecos y totonacas compartieron una misma zona geográfica, además de una gran apertura respecto a la sexualidad y tolerancia por las prácticas homosexuales. Hay historiadores que a manera de analogía llaman a esta cultura, la Ámsterdam mesoamericana, al menos hasta el arribo de los españoles. Escuché, en alguna de las crónicas hechas durante la conquista, que: "Al llegar Hernán Cortés al señorío de Cempoala, encontró que su rey poseía un harem de jóvenes totonacos, razón por la cual todos fueron pasados por las armas, al quedar horrorizado ante su mucha sodomía".
   Afortunadamente la antigua "tradición" sobrevivió, pues esa región es conocida porque hay muchos mayates que (con relativa indiferencia por parte de sus novias) se tiran a los jotitos durante su juventud hasta que se convierten en respetables padres de familia.



   Conocí a Fidel en la estación del Metro Hidalgo y, a cambio de muy poco dinero accedió a entrar conmigo a una sauna privada. Entonces tenía 19 años y un exquisito cuerpo robusto, construido a lo largo de dos años como integrante de las Fuerzas Armadas de México, de donde desertó para dedicarse a la albañilería y obtener en poco tiempo el grado de maestro losetero. Durante diez años visitó y salió de mi cama con intervalos que iban desde unos días hasta meses. A pesar de que él trabajaba, yo le seguía regalando dinero, pero puedo asegurar sin ser jactancioso, que ese detalle no habría influido para ganarse a pulso, un lugar dentro del top ten de las mejores cogidas de mi vida.
La facha de macho bravío de este hombre me provocaba una mezcla de híperexcitación y ansiedad, tanto así que las primeras veces que lo penetraba no podía controlar mi capacidad para retardar la eyaculación y disfrutarlo por más tiempo, lo que se fue compensando al alargar la fase de juegos preliminares que Fidel aprovechaba para felarme con un entusiasmo único. Pocas veces he visto a alguien besar y chupar con tanta devoción una verga; la miraba con embeleso, lamía mi glande suavemente sin descuidar un milímetro, mordisqueaba el tronco, la tragaba hasta asfixiarse mientras las venas del cuello y frente se le hinchaban igual que mangueras. Fugazmente levantaba la cara para mirarme con esos ojillos refulgentes de picardía… y yo pensaba "¡Mi Dios! me la está mamando un real MACHO".

   Una vez desfogados, las sobrecamas con Fidel también eran para mí un banquete auditivo. Narraba con una vehemencia que desechaba cualquier duda sobre su veracidad, sus líos amorosos con la hermana de su mujer, de la forma en que disfrutaba chuparle los pechos a ambas, de mamarles el “bizcocho” y jugar a trenzarles el vello púbico. Me parecía estar escuchando a un veleidoso y lascivo fauno de la mitología romana.

   Cierta ocasión después de coger y retirarse, me di cuenta de que había tomado un billete de 20 dólares que guardaba en una cajita sobre el buró. La siguiente vez que llamó por teléfono, descolgué, pero fingí que no oía bien, —¿bueno?... ¿bueno? No se oye, vuelva a marcar. Y dejaba descolgado el aparato por horas. Durante ¡un año! castigué al amigo de esa manera y en algún momento la frustración lo llevó a gritarme: —¡Hijo de perra!, no te hagas wey, sé que me escuchas. Pero no cedió y siguió intentándolo.
   Finalmente, volví a recibirlo cuando dijo que únicamente quería hablar. A través del portón enrejado de mi casa nos vimos y permanecí en silencio, esperando a que hablara, pero la voz se le quebró y noté que sus ojos comenzaban a humedecerse. Decidí que era suficiente y solo le pedí, —no vuelvas a hacerlo ¿vale?
En la tina del baño, llena de agua tibia, lo aseé (cauto y anhelante) de la misma manera en que lo haría con un joven lobo, y ya en la cama descargué sobre él, doce meses de deseo madurado.

   Igual que en un juego de lotería, cada parte de su cuerpo representó para mí una carta, y durante miles de segundos pude jugar con múltiples combinaciones: mamada de pito con besos, chupada de pezón con olida de axilas, lengua en el culo y huevos, más besos en labios y pies, incluso repetir todo lo anterior, pero ahora con mi verga adentro de sus entrañas. Fidel pedía que le prestara un espejo de mano para ver con sus propios ojos, a mi cincel perforando su fundillo. Por primera y única vez con él, pude controlar mi eyaculación todo el tiempo que así lo quise hasta que se agotaron las jugadas, justo al momento en que el alma se me vaciaba a través de la uretra y oía dentro de mi cabeza un sonido de fanfarreas con el grito de ¡¡¡BINGO!!! ¡LOTERÍA!

   Por supuesto, hubo sobrecama
 y ¡lástima! eso determinó el destino de nuestra “relación”.
Tenía dos noticias importantes que darme. La mala: en una riña le habían cercenado la mitad del dedo índice con un machete, dijo mientras mostraba la mano, y sus dientes bajo el espeso bigote negro cuando sonrió. La buena... pronto sería papá de una pequeñita.

   Yo también le di noticias, la buena era que no lo volvería a ver, y la más buena era porque no podría vivir con la culpa de saber que yo lo hubiera infectado de cualquier cosa que pusiera en riesgo su vida, la de su compañera o peor aún la de su bebita. Le recordé que no me cuidaba cuando tenía sexo con otros hombres y no comenzaría a hacerlo por él.
Ese último encuentro era ideal para un final perfecto y estuvo de acuerdo.
Lo que le pasara a partir de ese momento era su responsabilidad, y parece que no lo hizo tan mal.
   Reencontré en el Metro a Fidel con 40 años de edad y 40 kilos de sobrepeso en su haber, pero estaba vivito y de pie, gracias a Dios……. y a la vida.