1992 Nicolás
Caminando un domingo por la Alameda encontré a Nicolás. A pesar de que llevaba puesta una camisa de mangas cortas, todavía se las arremangaba para lucir sus macizos bíceps. Con voz rasposa, me platicó que practicaba lucha libre, pude notar que tenía muchas cicatrices en la frente y supe que se infligía esas heridas intencionalmente con una pequeña navaja durante las peleas, esto con la finalidad de que brotara sangre y le diera un efecto más dramático al espectáculo.
Después de caminar un rato, lo invité a darnos un regaderazo cerca de ahí en los Baños Mina. Pagué por un yacusi especial que a lo largo de dos horas haría el papel del ring donde se efectuaría un duelo a tres caídas.
El primer round se alargó mucho porque lo destiné para conocer los puntos débiles de mi rival. Fui muy meticuloso en revisar el potencial peligro que pudiera surgir de cada punto de su rudo cuerpo. Sus patotas podrían sentarme con una patada; los chamorros y muslos estaban hechos para hacerlo brincar sin descanso; sus nalgas eran una fortaleza impenetrable que impedían meterle mi "gancho" al estómago; en sus tetas pude advertir algo de vulnerabilidad al ser chupadas y tomé nota de ello. Una sola vista a sus brazos me bastó para saber que ahí me llevaba ventaja, así que mejor exploré con mis labios su boca. Sé que eso casi siempre los hace cerrar los ojos, tal vez para soñar o volar, y entonces aprovecharía la oportunidad... pero no sucedió y torpemente fui yo quien en un suspiro se ablandó. Por suerte, sonó la campana y se declaró un empate.
Quizás a la concurrencia no le gustó el resultado porque comencé a escuchar que gritaban —¡Fuera!... ¡Fueraaaaaa!............ —afiné bien el oído, y pude identificar al bañero que nos avisaba tras la puerta:
—¡Afuera amigos! desocupen el cuarto que ya se acabó su tiempo.
El primer round se alargó mucho porque lo destiné para conocer los puntos débiles de mi rival. Fui muy meticuloso en revisar el potencial peligro que pudiera surgir de cada punto de su rudo cuerpo. Sus patotas podrían sentarme con una patada; los chamorros y muslos estaban hechos para hacerlo brincar sin descanso; sus nalgas eran una fortaleza impenetrable que impedían meterle mi "gancho" al estómago; en sus tetas pude advertir algo de vulnerabilidad al ser chupadas y tomé nota de ello. Una sola vista a sus brazos me bastó para saber que ahí me llevaba ventaja, así que mejor exploré con mis labios su boca. Sé que eso casi siempre los hace cerrar los ojos, tal vez para soñar o volar, y entonces aprovecharía la oportunidad... pero no sucedió y torpemente fui yo quien en un suspiro se ablandó. Por suerte, sonó la campana y se declaró un empate.
El segundo asalto “lo perdí”, pues con sus grandes y callosas manos me tomó de los hombros e inmovilizó, haciéndome quedar hincado ante su pubis y no tuve más remedio que defenderme con la lengua hasta que comenzó a gemir, pero se recompuso y lanzó en contra mía una serie de palabrotas:
"mámala putito…", "atáscate cabrón…", "lámbeme los wevos...", y otros improperios.
Pensé que el arbitraje fallaría en mi favor, no obstante quedó claro que, en esta lucha estorbaban los escrúpulos.
La ferocidad del tercer y último combate fue épica, el vapor se mezclaba con la saliva y el sudor que no dejaba de escurrir por el cuerpo de ambos. Hubo llaves y lances, tirabuzones, cangrejos, desnucadoras, cavernarias y guillotinas. Finalmente logré someterlo, acostarlo boca arriba sobre el piso y montarme encima de él. Entonces apliqué con mi culo una llave estranguladora alrededor de su camote y él respondió castigando mis nalgas con tantas embestidas como pudo, pero no contaba con una última jugada: mi verga lanzó un potente disparo de leche que le picó un ojo. No sé si exageró un poco, porque comenzó a tener fuertes espasmos en el estómago y volteó los ojos hacia arriba, hasta que, resoplando se rindió...
—¡¡Tómala!! ahí tienes a tu Santo, a tu Bludemon y a tu Perro Aguayo juntos. —Pensé.
Quizás a la concurrencia no le gustó el resultado porque comencé a escuchar que gritaban —¡Fuera!... ¡Fueraaaaaa!............ —afiné bien el oído, y pude identificar al bañero que nos avisaba tras la puerta:
—¡Afuera amigos! desocupen el cuarto que ya se acabó su tiempo.


