jueves, 5 de octubre de 2023

1988 Raúl

 

                                                                                                                                          1988 Raúl


   Recuerdo que hace años se usaba la palabra chichifo para nombrar a un tipo particular de hombre.
Juan Jacobo Hernández lo define de manera muy divertida dentro de su Locabulario en el número 2-3 de Nuestro Cuerpo, publicación del difunto FHAR.

   Aparte de referirse a alguien que le gusta sacar provecho económico de quienes le rodean, también tenía una connotación (con más tono descriptivo que despectivo) algo clasista y racial. Con los años ese componente fisonómico se independizó del vividor para definirse por su propia cuenta; y al hombre de apariencia masculina, cuerpo fuerte (no necesariamente musculoso), rasgos faciales rudos, atrevido, nada afeminado, preferentemente moreno y de clase trabajadora (insisto, no exclusivamente), se le calificaría de CHACAL (también con K), término que muy pronto tendría su propia descendencia dependiendo del énfasis en alguno de sus ingredientes:

   ° Todos esos atributos pero blanquito: se ve medio chacal.

   ° Todos esos atributos exacerbados: se ve BIEN chacal o chacalón.

   ° Cuando solo se parece a uno de ellos: se ve "tipo" cháka.

   ° Todos esos atributos pero en un puto: es chakaloca.


   Tan es así, que el término lo uso con frecuencia en esta antología.
   Tal es el caso de ese tipo delgado, moreno oscuro y de rasgos afilados, al que yo observaba en el sauna seco de los Baños Cuitláhuac mientras hacía unas lagartijas en el piso, mojado en sudor, cubierto con una pequeña sábana en la cadera, al que se le marcaban las fibras musculares en el pecho, brazos y espalda, que saludaba a sus compas con voz de oboe y un marcado acento de barrio, y a quien podría calificarse de chacalón. Aunque cuando sus machines amigos salían de la húmeda y candente sala, quedábamos solos, entonces él se ponía delante de mí, mostrando su trasero, se quitaba la sábana y sin doblar las rodillas hacía unas flexiones agachándose para tocar con las manos los dedos de sus pies, dejándome ver el hoyo de su culo. Los machos regresaban y el chacal cambiaba de rutina, salían y volvía a tentarme con ese fruto florido.

   Raúl pertenecía al barrio bravo de Tepito, tenía 32 años, un puesto de antigüedades en La Lagunilla y cogimos varias veces en su casa. Él sería el último hombre con el que tuve contacto sexual antes de partir a Nueva York.[1]



                                                                                                                                                       °



   Daniel acumulaba dos meses de vacaciones que no había querido tomar en años de trabajo, pero dados los recientes acontecimientos, el saberse infectado con VIH, lo hacía desear despejar su mente y aprovechó que una hermana y dos de sus cuñados estaban trabajando (de "mojados") en Long Island, a unos 40 minutos en tren, de la ciudad de Nueva York.


   El plan consistía en que él llegaría primero, y estudiaría el mercado laboral y el de las rentas. Yo lo alcanzaría cinco semanas después para establecerme y en unos meses más, él pediría licencia para ausentarse de su centro de trabajo por uno o dos años, tiempo suficiente para saber si nuestro nuevo hogar sería la Gran Manzana.

   Esa ciudad representaba para mí, indiscutiblemente la cúspide de la civilización occidental, y si la cuenta regresiva para el final de nuestras vidas ya estaba corriendo, TODO lo que había para vivir sobre cultura, sociedad, incluso sexualidad gay, nacía ahí 10 o 20 años antes de que se exportara al resto del planeta. Para cuando la Muerte nos alcanzara, nosotros ya le habríamos exprimido días a las horas... años a los meses.



   Daniel me esperaba en la sala de arribo del aeropuerto JFK y un taxi nos llevó a Great Neck en Long Island. La típica ciudad/pueblo que aparece en las películas hollywoodenses, limpísima, gringuísima y mortalmente aburrida, pero… ahí había trabajo y hospedaje barato, un diminuto cuarto con baño compartido en el basement o sótano de la casa de una familia mexicano/americana por 220 dólares al mes.

   Si el restaurante tipo deli en el que trabajaría de ayudante de cocina me iba a dar 250 dólares a la semana, me quedaría una buena cantidad para ahorrar y conocer poco a poco el movimiento dentro de mi objetivo principal, Nueva York.



   Quedaban diez días para que Daniel regresara a México y antes de que yo fuera contratado, decidimos visitar juntos algunos de los puntos emblemáticos de la ciudad.
   Daniel trabajó esas semanas previas y no había ido a la gran ciudad. Además, sus cuñados le platicaron que aquello era un lugar muy peligroso, pues en la única ocasión que intentaron visitarlo, apenas habían caminado dos calles cuando unos “negros” los asaltaron. Intenté recrear la imagen: mis paisanos muy bien arreglados y peinados como si fueran a Chapultepec en domingo, salieron del metro, caminaban apretaditos y mirando con la boca abierta hacia el cielo donde terminaban los techos de mil rascacielos, unos dealers de la calle 42 los identificaron en tres segundos y ¡zaz!, regresaron apretaditos y desplumados al metro y a la estación de tren que los devolvió a Great Neck.




   El mismo día que visitamos Manhattan, conseguí y aprendí a usar un mapa del metro.
   Tuve la enorme dicha de conocer esa semana junto a Daniel, El Museo de Historia Natural, donde quedé sorprendido por el concepto museográfico de la Sala de Mineralogía. Al lado de una muestra física del mineral del que se hablaba, se mostraba un objeto elaborado con dicho elemento... lo increíble era que se trataba de piezas históricas o invaluables:

   ° Junto a una pepita de oro, aparecía una exquisita filigrana perteneciente a alguna cultura precolombina.
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   ° Para ejemplificar la plata, había monedas milenarias usadas durante el Imperio Romano.
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   ° Junto a rubíes, diamantes, zafiros o esmeraldas en bruto, lucían joyas de monarcas de todo el mundo.
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   ° Al elemento calcio lo representaba una venus paleolítica tallada en marfil hace 17000 años.
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   ° Un simple cristal de roca se había metamorfoseado en un alucinante huevo Fabergé.
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   ° O la urna funeraria de algún emperador chino decía estar hecha de jade.
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   ° En el centro de una gruesa columna cilíndrica de material plástico transparente flotaba una roca traída desde ¡¡¡la Luna!!!


   En la sala principal de la sección de Paleontología vimos la escena reconstruida con sus fósiles,       de una pequeña manada de Triceratops perseguida por un Tiranosaurio Rex.




   Subimos al mirador del piso 110 de las Torres Gemelas del World Trade Center.




   El vestíbulo del Museo Metropolitano de Arte, nos recibía con un árbol de navidad de al menos seis metros de altura decorado con 150 ángeles de porcelana con atuendos de seda, perlas y brocados, venían de Venecia y eran del ¡Siglo XVI! Sala tras sala, hora tras hora, mis ojos contemplaron la obra de los artistas más grandes de todos los tiempos y culturas que representaban a la humanidad.
   A la mitad del recorrido comenzó a invadirme una indignación por lo que estos gringos habían tomado de todo el mundo, mas al finalizar el tour ya sentía un enorme respeto por este lugar, sobre todo cuando recordé que durante las últimas décadas, los tesoros culturales de mi país no habían sido saqueados por este museo, sino por los corruptos y ambiciosos funcionarios (compatriotas) encargados de resguardarlos.

   Imaginaba que si algún día la especie humana desaparecía, este lugar podría contar completa su gloriosa y efímera historia.



   El mero hecho de subir al metro ya era toda una experiencia. Aparte de las personas de obvia raza blanca, negra e hispanos, yo trataba de adivinar otras mezclas maravillosas: chino con negro, hindús con ojos claros. Con base a sus rasgos faciales especulaba sobre el origen eslavo, judío, indochino, medio oriental o melanesio de algún pasajero. También echaba una ojeada a el periódico que iban leyendo para reconocer el idioma en el que estaban escritos: ruso, chino, hebreo, portugués, urdu…      Y
 luego los cortes de cabello ¡wow! No necesitaba pagar la entrada a ningún Fashion Hair Show para deleitarme con tantas formas, colores y texturas.



   Recorrimos la 5ª Avenida, el Central Park y varios puteros gays. Nos fascinó el Spike, un bar leather en la 8ª en el que sus concurrentes ya habían materializado los fetiches y filias que todavía yo tardaría en explorar una década más tarde.
   Aunque nuestro antro favorito fue La Escuelita, a donde íbamos los hispanos, principalmente portorriqueños. Cualquiera que haya asistido a ese lugar a finales de los 80 podrá asegurar como yo, que los pasos que hicieron tocar la inmortalidad a los bailarines de Madonna en Vogue, nacieron ahí.

   Una vez que Daniel regresó a México, visité ese sitio cada fin de semana, y un sábado hice amigos portorros. Uno de ellos tenía plata y estaba reclutando personal para un antro que pretendía abrir atrás de la calle 42. Le comenté que trabajaba en un deli y me ofreció trabajo; ganaría 200 dólares los sábados y 100 más los otros días según se fuera aclientando el lugar. Sería el responsable de preparar y colocar en el centro de las mesas a manera de botana, tazones con tiras de hortalizas frescas o crudités, como pepino, zanahoria, apio y pimiento.
   ¡Que puta buena suerte por Dios! las cosas empezaban a acomodarse a mi favor porque también en La Escuelita conocí a un hombre peruano y cuarentón que era contador de un italiano rico. Hicimos buenas migas al grado de que el 25 de diciembre salí a caminar a Manhattan, lo llamé de un teléfono público para saludarlo y lo primero que preguntó fue, ¿Cómo vienes vestido? —todo de negro (como todo buen neo-neoyorkino) le respondí y agregó —¡perfecto!, paso por ti en taxi, dime dónde estás.

   Llegamos a un rascacielos sobre Park Avenue, subimos hasta el piso 40 y nos recibió su jefe, un hombre gay muy amable que ofrecía a sus amigos y colaboradores un brunch espléndido. Comí y bebí a reventar. En algún momento en el que el vino espumoso burbujeaba en mi cerebro, salí a tomar aire frío al balcón y puedo asegurar que ese fue uno de los momentos más perfectos que he vivido.
Delante de mí se veía Central Park, luego el Empire State, en un tercer plano las Torres Gemelas y en el horizonte la Estatua de la Libertad.

   Solo en una ciudad como esta me podía estar pasando algo tan mágico. Era sin duda un gran presagio y con lágrimas en los ojos sentí que Nueva York… estaba a mis pies.




   Antes de que terminara enero recibí una llamada de mi hermano Fidel. Mamá había recaído y una metástasis la devoraba lentamente. Nada más quería avisarme, la decisión de regresar a México o permanecer en aquella ciudad, sería mía.




   * Se invita a leer la narración perteneciente a la serie BITÁCORA DE VIAJES: 1988 Noviembre tercer viaje de mariguana ME MARCHO A NUEVA YORK