jueves, 5 de octubre de 2023

Bitácora de viajes

1988 Noviembre: tercer viaje de Marihuana                          ME MARCHO A NUEVA YORK



   Tiene poco más de dos años que salí del grupo SEXPOL.

   —“Ya no vislumbro un camino común con ustedes y no puedo aportar más al grupo.”

   Según Fernando Almanza, esto es lo que debí haber dicho el domingo que se los comuniqué. Pero no fue así. Con un tono altanero les dije a todos que ya me daba flojera ir, que “todo” el grupo se había estancado y que no encontraba nada ahí.
   Juan Worner se mostró muy indignado, Antonio Cué solamente asintió con la cabeza.
   Quizás no le afectó mucho. Me gusta pensar que él sabía, que SEXPOL ya corría por mi sangre, que apuntalaba mis huesos y era la linterna con la que yo me alumbraría en adelante.


   La primera prueba vendría en enero de 1987.
   Le encuentran a mamá un tumor maligno en un seno. Por ser carcinoma (un tipo muy agresivo de cáncer) le realizan una mastectomía.
   El primer día que la visito al hospital la veo en bata y luce “normal”. Al intentar enderezarse para platicar, su rostro se desfigura y hace una mueca que jamás había visto en ella. Era dolor, nunca la había visto expresar ni un poquito de dolor.
   Algo se rompe y desmorona dentro de mí. Mi heroína, súper mujer e ídolo, mi modelo a seguir…
¡sufre dolor!
   Claro que ya lo había visto en la tía abuela, mi papá y mis hermanos, en el resto de los mortales, mas no en mi madre.
   En unas semanas, ella está recuperada. Regresa a la Ciudad de Puebla a donde se fue a vivir dos años atrás, después de los sismos que azotaron a la capital.
 
   En marzo de ese año renuncio a mi plaza en la SEP y me embarco para trabajar de ayudante de cocinero en el "Crucero del Amor" el Pacific Princess, no sin antes hacer junto a Daniel (con quien llevo 5 meses de relación) un pacto de fidelidad para no contraer el VIH.
   Desembarco en Acapulco a finales de octubre. Esa noche mientras hacía con Daniel el amor, le acaricio la nuca y noto unas bolitas en la parte trasera de su cuello. Luego, en la Ciudad de México saco una cita para que nos realicen una prueba en el Hospital de la Raza. Yo salgo negativo, pero él sale positivo a VIH.
 
   Trabajo durante los primeros meses de 1988 con José Antonio Izazola en CONASIDA, para un estudio epidemiológico por varios estados del país.

   El 30 de septiembre cumplo treinta años de edad. La temática de la fiesta es mi propio funeral.
   Ha muerto Carlos, ¿cuál de ellos?: el idealista, la quinceañera, el soñador, no lo sé a bien, pero mi visión del mundo ya es otra.

   En octubre, remato mis muebles y, junto con los ahorros que tengo, compro un boleto de avión para Nueva York, apenas queda dinero para llevar unos dólares, cosa que no me preocupa.


 
   Dos semanas antes de viajar, visito a Raúl, un tipo con el que he estado cogiendo el último mes y surge la ocasión para una fumada de mota.
   En este viaje de marihuana, se auto presenta una “amiga”, que me acompañará los próximos 10 años.
   Raúl me lleva a conocer su guarida secreta en el corazón de La Lagunilla, es una casa vieja y enorme. La sala, el comedor, un patio techado y todos los cuartos se hallan llenos de cosas antiguas que vende o compra. Una de las recamaras se ha acondicionado para poder dormir ahí. Platicamos y tenemos sexo sobre un enorme sofá estilo Luis XV. Después de terminar, enciende un viejo televisor de bulbos. La imagen es en blanco y negro, pide que me recueste en una cama cercana para ver mejor. Estoy desnudo y él en trusa.
   La cama huele a creolina, aun así asegura que es una joya con más de un siglo encima.
   Enciende un toque de marihuana, fuma y extiende la mano para que yo haga lo mismo. No me gusta fumar con compañía, sin embargo me encuentro relajado, así que le doy unas fumadas.

   Él mueve varias cosas y yo veo la tele. Hay un programa que presenta vedettes o bailarinas y escucho a Raúl diciendo que se ven muy “buenotas” pero es por la forma en que se paran. Volteo a verlo; dobla una rodilla y levanta las nalgas, como imitando una pose. Comienzo a reír cuando noto que se lo ha tomado muy en serio y sigue insultando a las chicas.
   Regreso la mirada hacia la cama, veo su color, checo la estructura y su olor se manifiesta más intenso. Pienso en el hecho de que es una cama de hospital, que a lo largo del tiempo enfermaron y murieron muchas personas sobre ella y ha visto infinidad de almas partir.
   Hasta entonces noto que los resortes que sostienen al colchón han perdido su resistencia, lo que ha hecho que se hunda mi cuerpo. Trato de incorporarme mas no puedo, tomo impulso con los dos brazos y tampoco lo logro. Por un lado no tengo fuerzas y por otro, es la misma cama la que me absorbe hacia el fondo.

   Llamo a Raúl, viene y se sienta en la orilla, pregunta si me encuentro bien, trato de responder pero no puedo hablar, él se acerca lo suficiente, de manera que nuestras bocas quedan separadas por unos centímetros y con voz baja asegura:
   —Tranquilo, todo está bien.
   Cierro los ojos y el contorno de su cara queda impreso en mi mirada sobre un fondo oscuro. La silueta comienza a rodearse de pequeños rayos de luz azul y va tomando la forma de un cráneo, el resplandor se hace más grande, abro los ojos y su cara luce muy flaca, con la piel pegada al hueso. Aprieto de nuevo los ojos y la imagen sigue ahí, ahora más nítida, es una calavera que irradia rayos de luz, especialmente de su boca, aunque mirándolo bien (aun con los ojos cerrados) no sale; está entrando una corriente de energía luminosa que viene de abajo y nace de mi boca.

   Creo que... ¡Se roba mi energía! Debo pararlo.
   Hago un esfuerzo y empujo su cara. Continúa tranquilizándome al tiempo en que pone su mano sobre mi hombro. No necesito cerrar los ojos para sentir perfectamente como cada uno de sus dedos comienzan a jalar mi energía y yo a debilitarme. Con un último impulso lo separo de mi piel y le insisto que me siento mal. Se levanta y menciona que va por algo de comer.
   O es un cocinero muy veloz o perdí la noción del tiempo porque en un instante aparece. Trae un plato con carne asada, dos huevos fritos encima y un vaso de leche. Devoro todo y en poco tiempo me recupero.


 
   Unos días después llama por teléfono. Quiere compartir algo muy importante y despedirse pues sabe que me iré de viaje. Nos vemos por el centro, trae una expresión de pesadumbre, lo abrazo y le pregunto qué pasó. Totalmente descompuesto y sin rodeos, revela con lágrimas en los ojos que tiene sida, que se lo acaban de comunicar un día antes. Platicamos un momento porque debe regresar al trabajo.
   De camino a casa, recuerdo nuestro último encuentro. Después del viaje con marihuana en su casa, me preguntaba si él era un vampiro energético. Ahora, pensaba en la posibilidad de que en ese estado de conciencia, yo hubiera podido ver a través de su piel, a la Muerte ya instalada dentro de él.





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