1989 Sabino
La Limpia.
Cuando entró a la sala de vapor y nos vimos, hubo una conexión inmediata, salimos de ese lugar y fuimos a un hotel.
Era maestro bilingüe en una comunidad náhuatl aledaña al municipio de Tehuacán. Un poco más alto, atlético y con rasgos indígenas muy bellos, bígamo, bisexual y sexómano, mi atracción por él fue tan fuerte que en una sola tarde pude entrar en él cinco veces, todas con vehementes momentos culminantes. Por lo que platicamos supe que estaba casado y tenía un hijo pequeño además de otra amante. Tal vez estaba siendo jactancioso, espero que sí. Un buen amigo, encargado del laboratorio de análisis químicos en el Hospital del IMSS San José, en algún momento conoció y enloqueció de deseo por Sabino. Tres años después lo reencontré y me comunicó que ese hermoso hombre había contraído y desarrollado sida, Toño mismo (mi amigo) había examinado su sangre y dado seguimiento a la evolución de la enfermedad hasta que Sabino falleció. Que tristeza fue saberlo, por él y otros hombres se hicieron más llevaderos los tres años que viví en la Ciudad de Puebla.
Llegué a esa ciudad en febrero de 1989 tras renunciar al sueño de ser hijo de Nueva York.
A causa de los terremotos del 85, el Centro Médico Nacional, lugar donde mamá había trabajado los anteriores diecisiete años, quedó convertido en una montaña de escombros ensangrentados.
La institución ofreció a los trabajadores sobrevivientes, una oportunidad para cambiar la ubicación de su centro de trabajo, no solo dentro de la Ciudad de México sino a cualquier otro estado del país. A cambio, les daría un bono por tres meses de salario y uno de gracia en el que no se presentarían a laborar para poder establecerse con calma. Mi madre escogió irse a Puebla; dos años después, el instituto le otorgó a ella y a otros de sus compañeros facilidades para un crédito que les permitiría adquirir vivienda.
Cierto día, mamá me invitó para que fuera a orientarla y pudiera decidir entre varias opciones.
Llegué a esa ciudad en febrero de 1989 tras renunciar al sueño de ser hijo de Nueva York.
A causa de los terremotos del 85, el Centro Médico Nacional, lugar donde mamá había trabajado los anteriores diecisiete años, quedó convertido en una montaña de escombros ensangrentados.
La institución ofreció a los trabajadores sobrevivientes, una oportunidad para cambiar la ubicación de su centro de trabajo, no solo dentro de la Ciudad de México sino a cualquier otro estado del país. A cambio, les daría un bono por tres meses de salario y uno de gracia en el que no se presentarían a laborar para poder establecerse con calma. Mi madre escogió irse a Puebla; dos años después, el instituto le otorgó a ella y a otros de sus compañeros facilidades para un crédito que les permitiría adquirir vivienda.
Cierto día, mamá me invitó para que fuera a orientarla y pudiera decidir entre varias opciones.
El mejor departamento estaba ubicado a tres calles del Zócalo de la ciudad y con el monto de su crédito podría adquirirlo… aunque, "por no dejar", le pidió a la persona dueña del edificio, que nos mostrara la vivienda del último piso. Tenía tres enormes recámaras, sala con un colorido muro de cristal pulido que servía como tragaluz, comedor, baño con tina, cocina y desayunador, patio trasero con una escalera que conducía a un cuarto de servicio con su propio baño y una jaula para el tendido de ropa; en total eran ¡120 metros cuadrados! —¿Verdad que está precioso? —recalcaba mi madre mientras me miraba con ojitos de ilusión. —Lo “malo” es que cuesta tanto ma$$$ —añadió.
Eran justo mis ahorros y mamá estrenó casa. Aconteció lo que he narrado en los pasados tres cuentos y ahora llegaba aquí para cuidar de ella. Mis hermanos no podían hacerlo; uno era mi joven y protodelincuente hermano Víctor, y para los otros dos resultaba imposible pues ya habían formado sus propias familias.
Comencé a trabajar y logré imprimir a mi habitación, el nuevo estado de ánimo que me dominaba. La idea la robé de uno de los aparadores del Macy´s de la 6ª y 34 St. en Manhattan. Consistía en llevar la decoración monocromática a su máxima expresión. Compré metros y metros de tela con un estampado de flores sobre un fondo gris oscuro; con ella tapicé tres de los cuatro muros del cuarto y la base sobre la que descansaba el colchón. Con la misma tela mandé a coser las cortinas que caían del techo hasta el suelo, el edredón y las fundas para las almohadas. La gasa del mosquitero que rodeaba la cama era de color negro, los burós y la mesa tocador estaban hechos de cristal, lo que los hacía mimetizarse con la tela; por último, el techo se pintó y el piso se alfombró del mismo tono gris.
Si quedaba alguna duda del luto que yo guardaba, se disiparía cuando alguien me viera vestir con pantalones, camisas, playeras, calzoncillos, zapatos, tenis y calcetines, o ¡toalla! todo de color negro.
Por un instante llegué a pensar que mamá y yo lograríamos arrancarle unos frutos extra al árbol de la vida, pero eso no sucedió. A veces la tensión sobre la rama de lo cotidiano llegaba a un punto en que se quebraba y yo le recriminaba su fragilidad.
¿Por qué gritaba?
¿Por qué era débil y no era coherente con las enseñanzas que me dio?
Una vez que nuestras almas se purgaban, podía hacerse frente a la siguiente… y a la siguiente… y a la siguiente mañana.
Ella encontraba de día, consuelo en un libro o telenovela y yo, en la humeante sala de vapor de los baños La Limpia, donde se cocinaban en su jugo los sabrosos cuerpos con los que podría deleitarme. Por la noche, después de arropar a mamá y besarle la frente, salía a dar una vuelta por el Zócalo para caminar, contemplar la Catedral o para ser sorprendido nuevamente por el amor.

