1989 diciembre MARTÍN MARCIAL
Resulta muy difícil recordar a Martín sin sentir en el pecho un aplastante pesar, sin preguntarme cómo pude ser capaz de provocarle tanto dolor a alguien que solo me amaba.
Tal vez por eso he retrasado la publicación de este día.
Una de esas tantas noches en que salí a caminar al Zócalo de la Ciudad de Puebla, vi que Martín estaba sentado platicando con otro chico. Su rostro me pereció tan atractivo que tomé asiento dos o tres bancas adelante pero frente a él. Pronto localizó mi mirada y sonrió. Con el dedo señalaba a su compañero sugiriendo en silencio: "Ya vi que te gusta mi amigo", moví la cabeza en señal de negación y con el índice apunté hacia él, volvió a sonreír, se levantaron y caminaron hasta el final de la plaza, los seguí con la mirada y pronto se perdieron en la oscuridad de la noche.
Suspiré y continué sintiendo sobre la cara, el suave roce del aire invernal durante otro rato en esa banca. En algún momento volteé en dirección a la calle por donde vi alejarse a los chicos, y así mismo vi emerger a Martín sin su acompañante, cruzar la calle y caminar en mi dirección, al pasar frente a mí lo saludé y comenzamos a charlar. Me fascinó su sonrisa y voz. Yo hubiera deseado deslumbrarlo con la invitación a un bar o restaurante, pero para esa etapa de mi estancia en Puebla, ya había renunciado a la UAP (Universidad Autónoma de Puebla) porque la enfermedad de mamá se estaba agravando y requería de mayor atención, así que únicamente pude decirle:
Suspiré y continué sintiendo sobre la cara, el suave roce del aire invernal durante otro rato en esa banca. En algún momento volteé en dirección a la calle por donde vi alejarse a los chicos, y así mismo vi emerger a Martín sin su acompañante, cruzar la calle y caminar en mi dirección, al pasar frente a mí lo saludé y comenzamos a charlar. Me fascinó su sonrisa y voz. Yo hubiera deseado deslumbrarlo con la invitación a un bar o restaurante, pero para esa etapa de mi estancia en Puebla, ya había renunciado a la UAP (Universidad Autónoma de Puebla) porque la enfermedad de mamá se estaba agravando y requería de mayor atención, así que únicamente pude decirle:
—Nada más me alcanza para que tomemos juntos un café y desearía mucho compartirlo contigo.
Después me contó que al escuchar eso, él… se enamoró.
Durante horas escuché embelesado su historia. Nació y creció en Tehuacán (a dos horas de viaje). Su familia era muy humilde y desde los seis años trabajaba como ayudante de zapatero con su padrino. Describía muy divertido la manera en que le arrastraba el mandil, ese que usan los miembros del gremio para protegerse de la filosísima navaja con la que cortan el cuero o hule para remendar las suelas de los zapatos.
Fue muy estudioso y gracias a eso, cuando terminó la secundaria, el Rotary International le otorgó una beca para aprender inglés durante un año en una de sus escuelas al norte de Canadá.
Actualmente cursaba el último año de la carrera de Medicina, donde estudiaba de lunes a viernes. Los sábados y domingos regresaba a Tehuacán para sacar un dinerito extra en la reparadora de calzado por las mañanas, y dar clases de aerobics por la tarde en el gimnasio de un amigo. Con esos recursos pagaba su alimentación y la casa de huéspedes en Puebla. También encontró tiempo para integrarse a la compañía de danza folklórica de la universidad.
No estaba fanfarroneando, pronto comprobaría que Martín era un maravilloso generador de energía vital.
A media noche me encaminó a casa y quedamos de vernos el próximo día, el que vino después, y todos los que le siguieron durante dos años. Desde un inicio supo que yo tenía una relación con Daniel, pero Martín también sabía que los días que estaba en Puebla eran para él.
La relación funcionó relativamente bien, tenía mis aventurillas durante los fines de semana cuando no lo veía a él ni a Daniel. Ojos que no veían… corazón que no sentía.
Hasta que sobrevino el final para mamá [1]. La oscuridad llegó y quedaba confirmada la entrada de un nuevo ciclo en mi vida, la DÉCADA DE LA MUERTE.
Caí en un abismo. De la insensibilidad emocional pasé a la crueldad y de ahí a la indolencia.
A media noche me encaminó a casa y quedamos de vernos el próximo día, el que vino después, y todos los que le siguieron durante dos años. Desde un inicio supo que yo tenía una relación con Daniel, pero Martín también sabía que los días que estaba en Puebla eran para él.
La relación funcionó relativamente bien, tenía mis aventurillas durante los fines de semana cuando no lo veía a él ni a Daniel. Ojos que no veían… corazón que no sentía.
Hasta que sobrevino el final para mamá [1]. La oscuridad llegó y quedaba confirmada la entrada de un nuevo ciclo en mi vida, la DÉCADA DE LA MUERTE.
Caí en un abismo. De la insensibilidad emocional pasé a la crueldad y de ahí a la indolencia.
Martín vivió conmigo en la casa cuando ya no estuvo mi madre. Cumplimos un año juntos y para celebrarlo vinimos de paseo a la Ciudad de México. También aproveché para pasar a Flora y hacerme una vez más el examen de detección para VIH. Ya que estábamos ahí, vimos conveniente que él también se la hiciera.
A quien maneja los hilos del destino de los hombres le pareció que todavía podía divertirse un poco más con mi alma y la de quienes me rodeaban, así que me obsequió un macabro Déjà vu:
...“Fuimos
Luego,
Toqué la puerta de Patricia y le comenté que ese al que acababa de dar un resultado positivo era mi pareja. Muy apurada y profesional hizo una llamada y me pidió regresar en otra semana más, pues volverían a revisar los sueros con una prueba confirmatoria sin posibilidad de error.
Nuevamente los mismos resultados, que por supuesto rechacé tajantemente porque el promiscuo y único culpable era ¡YO!”…
Sí, copié y pegué un párrafo de la historia de Daniel, lo mismo que la maldita Providencia había hecho con nuestros destinos.
Para Martín, yo era el tercer hombre con el que había tenido relaciones sexuales. El primero fue un chico alemán con quien compartió el dormitorio de la cabaña durante su estancia en Canadá. Regresando a Tehuacán mantuvo una relación de un año con un segundo hombre, y el siguiente fui yo.
Mi energía apenas alcanzaba para cargar el peso de la propia conciencia y no pude confortarlo, aun así caminamos juntos un año más. Él llevaba semanalmente una pequeña despensa de víveres que hacíamos rendir al máximo. Unas veces yo tenía trabajos esporádicos y poco a poco comencé a vender los pequeños tesoros familiares en Los Sapos, un bazar dominical famoso por su venta, compra o cambalache de objetos de arte y antigüedades.
Para Martín, yo era el tercer hombre con el que había tenido relaciones sexuales. El primero fue un chico alemán con quien compartió el dormitorio de la cabaña durante su estancia en Canadá. Regresando a Tehuacán mantuvo una relación de un año con un segundo hombre, y el siguiente fui yo.
Mi energía apenas alcanzaba para cargar el peso de la propia conciencia y no pude confortarlo, aun así caminamos juntos un año más. Él llevaba semanalmente una pequeña despensa de víveres que hacíamos rendir al máximo. Unas veces yo tenía trabajos esporádicos y poco a poco comencé a vender los pequeños tesoros familiares en Los Sapos, un bazar dominical famoso por su venta, compra o cambalache de objetos de arte y antigüedades.
Los buenos momentos se llenaban con caminatas, hacer el amor, charlas sobre sus logros como médico o instructor, salidas al cine, asistir a sus presentaciones de baile…
Los malos… con mis infidelidades descaradas que le despellejaban el espíritu.
Cuando el juicio testamentario sobre los bienes de mamá llegó a su fin en 1991, le anuncié que no viviría más en Puebla. “Afortunadamente” para ambos, Carmelo, un amigo en común comenzó a cortejar a Martín de manera tan formal, que pidió que lo habláramos entre los tres. Mientras le cedía a mi Amor, Martín y yo sellamos con una significativa mirada, un pacto de silencio sobre NUESTRO secreto.
Los malos… con mis infidelidades descaradas que le despellejaban el espíritu.
Cuando el juicio testamentario sobre los bienes de mamá llegó a su fin en 1991, le anuncié que no viviría más en Puebla. “Afortunadamente” para ambos, Carmelo, un amigo en común comenzó a cortejar a Martín de manera tan formal, que pidió que lo habláramos entre los tres. Mientras le cedía a mi Amor, Martín y yo sellamos con una significativa mirada, un pacto de silencio sobre NUESTRO secreto.
Vivieron juntos nueve años hasta que en mayo de 2000 fui avisado de que Martín había muerto por complicaciones de sida poco antes de cumplir los 35 (Carmelo lo alcanzará tres años más tarde). Tomé el autobús a Puebla, pero ya no conseguí ver su cuerpo, solo las cenizas que su madre, una mujer bajita y redonda, me mostraba con el alma destrozada al tiempo que explicaba:
"Mi hijo Martín no era así, mi hijo no era así..."
MARTÍN, Gran Amor mío, durante dos años nunca te cansaste de poner sobre mis manos, una y otra vez tu corazón desnudo, y yo no me cansé de herirlo, de hacerlo sangrar. Aunque nunca quise hacerte ese daño de manera intencional, no habría podido amarte de otra manera. El aura que envolvía a los besos y caricias que te prodigaba, estaba cargada de rabia, sufrimiento y culpa.
Representas el DOLOR y el final del camino para mi búsqueda de amor romántico.
°
[1] Narración: El Final
MARTÍN, Gran Amor mío, durante dos años nunca te cansaste de poner sobre mis manos, una y otra vez tu corazón desnudo, y yo no me cansé de herirlo, de hacerlo sangrar. Aunque nunca quise hacerte ese daño de manera intencional, no habría podido amarte de otra manera. El aura que envolvía a los besos y caricias que te prodigaba, estaba cargada de rabia, sufrimiento y culpa.
Representas el DOLOR y el final del camino para mi búsqueda de amor romántico.
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[1] Narración: El Final
"La muerte no es la mayor pérdida en la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos".
Norman Cousins
Llegué a México los primeros días de febrero de 1989 desde Nueva York (a donde según yo, me había ido a vivir) para tomar un autobús a la Ciudad de Puebla y ver a mi mamá. Estaba internada en el Hospital San José y se veía muy desgastada.
Unos días antes, mi hermano Fidel tuvo que ir a la casa de una “amiga” de mamá llamada Gloria, en la Ciudad de México, para sacarla por la fuerza de ahí. Me platicó que este personaje siniestro e ignorante, la tenía las últimas dos semanas en un programa de desintoxicación, que abarcaba rezos, velas y comer solo lechuga, espinacas, zanahoria e infusiones. El plan englobaba aislamiento del exterior, incluidos sus hijos, pues le aseguraba que formábamos parte de su problema de salud. Hasta que, desesperada y deprimida, habló a escondidas por teléfono con mi hermano para que la fuera a salvar de ese lugar. Perdió mucha masa muscular y su sistema inmunológico se había derrumbado. Siempre he asegurado que eso hizo avanzar la metástasis muy rápido.
Nos turnamos por las noches para acompañarla en el hospital durante dos semanas hasta que mejoró y la pudimos llevar a su casa.
Ya estando ahí, acondicioné un cuarto para mí, pues decidí quedarme a cuidarla.
A pesar de su delicadísimo estado de salud, ella seguía negándose a la quimioterapia o a la radioterapia. Decía que, en sus 17 años de trabajo en el Hospital de Cancerología del Centro Médico Nacional, se había cansado de ver a cientos de mujeres de todas las edades, sufriendo el infierno de esas terapias, de verlas vomitar, gritar, quedarse calvas, quemadas, mutiladas y consumidas hasta el límite, todo a cambio de una minúscula esperanza de sobrevivir, y que el resultado siempre era el mismo: la mitad de ellas no lo lograban. Incluso, algunas de las que habían escapado de la muerte, regresarían para una nueva batalla contra las metástasis.
Pero su doctora le habló de un nuevo tratamiento que había aprendido durante su especialidad en Francia, le llamaba Hormonoterapia y le aseguraba que no era agresivo, mi mamá aceptó.
Tres meses después, para su cumpleaños, ya podía sostenerse sola y caminar por la casa.
Se mantuvo así el resto del año. Hubo incluso ocasiones en las que pudimos salir a tomar café y pastel en alguna de las terrazas de Los Arcos, para contemplar los jardines del Zócalo y la Catedral.
Hasta que en enero del 90 volvió a sentir molestias en las articulaciones entre la cadera y las piernas. Las placas de rayos X mostraron que no solo los cartílagos, sino la misma cabeza de los fémures estaba carcomida y el roce al mover las piernas era muy doloroso, así que tuvo que usar una silla de ruedas.
También aceptó que le dieran una sesión semanal de radioterapia para atacar el nuevo tumor en uno de sus riñones.
Unos días antes, mi hermano Fidel tuvo que ir a la casa de una “amiga” de mamá llamada Gloria, en la Ciudad de México, para sacarla por la fuerza de ahí. Me platicó que este personaje siniestro e ignorante, la tenía las últimas dos semanas en un programa de desintoxicación, que abarcaba rezos, velas y comer solo lechuga, espinacas, zanahoria e infusiones. El plan englobaba aislamiento del exterior, incluidos sus hijos, pues le aseguraba que formábamos parte de su problema de salud. Hasta que, desesperada y deprimida, habló a escondidas por teléfono con mi hermano para que la fuera a salvar de ese lugar. Perdió mucha masa muscular y su sistema inmunológico se había derrumbado. Siempre he asegurado que eso hizo avanzar la metástasis muy rápido.
Nos turnamos por las noches para acompañarla en el hospital durante dos semanas hasta que mejoró y la pudimos llevar a su casa.
Ya estando ahí, acondicioné un cuarto para mí, pues decidí quedarme a cuidarla.
A pesar de su delicadísimo estado de salud, ella seguía negándose a la quimioterapia o a la radioterapia. Decía que, en sus 17 años de trabajo en el Hospital de Cancerología del Centro Médico Nacional, se había cansado de ver a cientos de mujeres de todas las edades, sufriendo el infierno de esas terapias, de verlas vomitar, gritar, quedarse calvas, quemadas, mutiladas y consumidas hasta el límite, todo a cambio de una minúscula esperanza de sobrevivir, y que el resultado siempre era el mismo: la mitad de ellas no lo lograban. Incluso, algunas de las que habían escapado de la muerte, regresarían para una nueva batalla contra las metástasis.
Pero su doctora le habló de un nuevo tratamiento que había aprendido durante su especialidad en Francia, le llamaba Hormonoterapia y le aseguraba que no era agresivo, mi mamá aceptó.
Tres meses después, para su cumpleaños, ya podía sostenerse sola y caminar por la casa.
Se mantuvo así el resto del año. Hubo incluso ocasiones en las que pudimos salir a tomar café y pastel en alguna de las terrazas de Los Arcos, para contemplar los jardines del Zócalo y la Catedral.
Hasta que en enero del 90 volvió a sentir molestias en las articulaciones entre la cadera y las piernas. Las placas de rayos X mostraron que no solo los cartílagos, sino la misma cabeza de los fémures estaba carcomida y el roce al mover las piernas era muy doloroso, así que tuvo que usar una silla de ruedas.
También aceptó que le dieran una sesión semanal de radioterapia para atacar el nuevo tumor en uno de sus riñones.
Estaba consciente de que se acercaba el fin. Esa actitud me llenaba de orgullo y aliento. Si ella, que estaba en el umbral de la entrada al reino de lo eterno se mantenía entera, no se podía esperar menos de mí.
Una noche, me pidió que le ayudara a escombrar varias cajas con papeles y fotos. Yo le iba mostrando uno por uno y ella me decía "rómpelo, o guárdalo". Muchas veces trataban sobre algún pariente lejano o de su trabajo; sin embargo en otras ocasiones, las más divertidas y haciendo una expresión de fingida inocencia, contaba alguna anécdota sobre el galán que aparecía en la foto, de la tarjeta o carta de un pretendiente, de un amorío. Otra noche, hicimos un listado de cómo debía yo repartir sus muebles y libros, también me dio instrucciones de la manera en que deseaba que se llevara a cabo su funeral. Parecía que preparábamos una fiesta, un último Gran Acto, y yo tendría el honor de ser el anfitrión, el maestro de ceremonias de tan espléndido evento.
Los siguientes dos meses la metástasis avanzó muy rápido. En las radiografías se veían manchas negras en todo su esqueleto y vísceras, decía en tono chusco, que parecía un leopardo.
Además de las articulaciones, el cáncer comenzaba a dañarle toda la columna vertebral, por lo que fue necesario usar un corsé y un collarín para sostener su torso y cuello.
En poco tiempo empeoró tanto que no podía levantarse al baño y llevaba días en que todo lo que ingería, lo devolvía su estómago.
Una mañana a finales de marzo, me comunicó que ya había hablado con su doctora.
Le había dicho que el dolor era insoportable y que no deseaba seguir así. La única opción era una sedación profunda, que le evitaría mayor sufrimiento mientras la etapa terminal de la enfermedad llegaba a su fin. Yo debía pasar al hospital por una caja con los medicamentos necesarios.
La doctora llegaría el 6 de abril, al medio día.
En los días de víspera, habló por teléfono con algunas personas y me encargué de avisarle a mis hermanos. Daniel mi pareja, fue unos días antes para despedirse. Fidel llegó desde la Ciudad de México. Cada uno a solas, mis hermanos Víctor, Miguel Ángel y Fidel hablaron con ella. Yo no lo hice, supuse que no era necesario dada la estrecha cercanía que tuvimos esa temporada, además del acuerdo que habíamos hecho días atrás.
No era nada nuevo lo que mamá me pidió. Desde hace muchos años la oía decir que era muy triste ver a los pacientes morir sobre una fría plancha de quirófano o en una cama rodeada de máquinas, tubos y pitidos. Excepcionalmente, el final llegaba en horas de visita familiar, la norma (en el mejor de los casos) era morir solo en la habitación del hospital, cuando no lo era, el irse entre shocks de resucitadores, maniobras extremas, jaloneos y el estrés del equipo médico.
Mientras ella pudiera, su vida jamás terminaría de esa manera. Siempre decía que si llegara a ser hospitalizada, no permitiéramos intubaciones o respiradores o nada que la mantuviera viva de manera artificial. Ella deseaba lucir digna, cuando la Muerte llegara por ella y su alma se fundiera con el cosmos.
Cuando hablamos, me hizo jurarle que no la sacarían de su casa bajo ninguna circunstancia, a menos que fuera para ser cremada.
Hoy es el día de la cita. Ella se encuentra sentada, recargada sobre el respaldo de su cama reclinable. Se ve serena, en paz con el mundo y su destino. Estamos sus cuatro hijos, la tomo de la mano y le sonrío. La doctora inyecta en la bolsa de suero, varias ampolletas con diferentes sustancias, le pregunta si está lista y mamá asiente con la cabeza. Fija el catéter en la vena de su brazo y abre la pequeña llave que deja caer gota a gota el suero que dará paz y alivio a su dolor.
Una noche, me pidió que le ayudara a escombrar varias cajas con papeles y fotos. Yo le iba mostrando uno por uno y ella me decía "rómpelo, o guárdalo". Muchas veces trataban sobre algún pariente lejano o de su trabajo; sin embargo en otras ocasiones, las más divertidas y haciendo una expresión de fingida inocencia, contaba alguna anécdota sobre el galán que aparecía en la foto, de la tarjeta o carta de un pretendiente, de un amorío. Otra noche, hicimos un listado de cómo debía yo repartir sus muebles y libros, también me dio instrucciones de la manera en que deseaba que se llevara a cabo su funeral. Parecía que preparábamos una fiesta, un último Gran Acto, y yo tendría el honor de ser el anfitrión, el maestro de ceremonias de tan espléndido evento.
Los siguientes dos meses la metástasis avanzó muy rápido. En las radiografías se veían manchas negras en todo su esqueleto y vísceras, decía en tono chusco, que parecía un leopardo.
Además de las articulaciones, el cáncer comenzaba a dañarle toda la columna vertebral, por lo que fue necesario usar un corsé y un collarín para sostener su torso y cuello.
En poco tiempo empeoró tanto que no podía levantarse al baño y llevaba días en que todo lo que ingería, lo devolvía su estómago.
Una mañana a finales de marzo, me comunicó que ya había hablado con su doctora.
Le había dicho que el dolor era insoportable y que no deseaba seguir así. La única opción era una sedación profunda, que le evitaría mayor sufrimiento mientras la etapa terminal de la enfermedad llegaba a su fin. Yo debía pasar al hospital por una caja con los medicamentos necesarios.
La doctora llegaría el 6 de abril, al medio día.
En los días de víspera, habló por teléfono con algunas personas y me encargué de avisarle a mis hermanos. Daniel mi pareja, fue unos días antes para despedirse. Fidel llegó desde la Ciudad de México. Cada uno a solas, mis hermanos Víctor, Miguel Ángel y Fidel hablaron con ella. Yo no lo hice, supuse que no era necesario dada la estrecha cercanía que tuvimos esa temporada, además del acuerdo que habíamos hecho días atrás.
No era nada nuevo lo que mamá me pidió. Desde hace muchos años la oía decir que era muy triste ver a los pacientes morir sobre una fría plancha de quirófano o en una cama rodeada de máquinas, tubos y pitidos. Excepcionalmente, el final llegaba en horas de visita familiar, la norma (en el mejor de los casos) era morir solo en la habitación del hospital, cuando no lo era, el irse entre shocks de resucitadores, maniobras extremas, jaloneos y el estrés del equipo médico.
Mientras ella pudiera, su vida jamás terminaría de esa manera. Siempre decía que si llegara a ser hospitalizada, no permitiéramos intubaciones o respiradores o nada que la mantuviera viva de manera artificial. Ella deseaba lucir digna, cuando la Muerte llegara por ella y su alma se fundiera con el cosmos.
Cuando hablamos, me hizo jurarle que no la sacarían de su casa bajo ninguna circunstancia, a menos que fuera para ser cremada.
Hoy es el día de la cita. Ella se encuentra sentada, recargada sobre el respaldo de su cama reclinable. Se ve serena, en paz con el mundo y su destino. Estamos sus cuatro hijos, la tomo de la mano y le sonrío. La doctora inyecta en la bolsa de suero, varias ampolletas con diferentes sustancias, le pregunta si está lista y mamá asiente con la cabeza. Fija el catéter en la vena de su brazo y abre la pequeña llave que deja caer gota a gota el suero que dará paz y alivio a su dolor.
Dormiría plácidamente mientras llegaba su último suspiro. Esa idea me consuela y da fuerza para ver cerrar lentamente los ojos de la guerrera más valiente que yo hubiera conocido.
Al despedirse, la doctora da las indicaciones para la elaboración del coctel de sedantes que debe prepararse cada 24 horas: una ampolleta de Morfina, dos de Nubain y 4 de Valium en un litro de suero intravenoso. Me deja una receta que deberá llevarse en dos días a la farmacia del hospital. Ella confía en que a pesar de que son días de Semana Santa, los trabajadores estarán ahí para surtirla. El suero será desechado por vías urinarias, así que bastará con que siempre lleve puesto un pañal para adulto.
Este primer día transcurre sin cambios notables, aunque su respiración comienza a hacerse más pesada, parece que no le bastan las fosas nasales y comienza a respirar con la boca abierta.
Por alguna razón no ha orinado en toda la jornada, seguro lo hará esta noche.
Es el día dos de la sedación y mamá sigue sin orinar, la respiración es completamente bucal y acompañada de un sonido rasposo en la garganta. Parece que tiene flemas, por lo que decido improvisar un aspirador con una jeringa muy grande a la que he adaptado una manguera de goma suave con la que extraigo durante todo el día, un moco viscoso del fondo de su boca.
Ha comenzado a flotar un ligero olor a rancio por la habitación.
Tercera jornada... voy muy temprano a la farmacia del hospital por las ampolletas de morfina. Es Domingo de Pascua y no hay nadie en el lugar. La dosis de mamá terminará al medio día, me lleno de temor, no puedo localizar a la doctora y se me ocurre pedirle a Martín (un chico pasante de la carrera de Medicina con el que llevo unos meses de romance) que me ayude a conseguir la morfina. De alguna manera la adquiere y me la da.
Atardece y mamá todavía no orina, el olor que inunda el cuarto es muy penetrante y añejo, tal vez nos hemos acostumbrado a él, porque cuando un primo de mamá que ha venido a visitarla, entra a la habitación, se detiene en el marco de la puerta como si fuera golpeado en la nariz.
Creo que algo anda muy mal.
La respiración es cada vez más seca y forzada, el moco que extraigo de su garganta varias veces al día es denso y verdoso. Tomar aire por la boca sin cerrarla, le ha resecado la lengua hasta el extremo de hacerla parecer un callo duro y áspero. Sigo pensando que en cualquier momento llegará su liberación.
Es lunes, por fin puedo surtir la receta con los sedantes. Es el cuarto día en que mamá se entregó a la promesa de un descanso que no llega. Son cuatro días en que no orina y se lo hago saber a Pily, una compañera enfermera del hospital donde trabajaba mamá, que vive en el mismo edificio. Sé que ella y otros vecinos respetan y aprecian mucho a mi madre, pues fue gracias a su liderazgo y gestión, que un grupo de trabajadores del hospital consiguió un buen crédito para comprar sus departamentos. Asegura que después de salir del trabajo, irá para atenderla. Así lo cumple y llega con otras dos compañeras.
Desde el primer momento en que la manipulan para cambiarle la ropa, comienza el martirio.
Pily consigue introducirle una sonda por la uretra y en unos minutos llena con orina una bolsa con capacidad para tres litros. Están sorprendidas de que no le haya estallado la vejiga.
Ahora deben asearla, no es fácil, de alguna manera mi mamá logra atravesar el espeso muro de inconciencia que la mantiene anestesiada, tiene los ojos cerrados y no se puede mover, pero pide que la dejen en paz. Primero suplica de forma lastimera, luego grita, ordena que se detengan.
Me consta que ellas la tratan con todo el profesionalismo y suavidad posibles, pero el menor movimiento en piernas o rodillas produce chasquidos dentro de la carne. Son fracturas espontáneas de los huesos devorados por el cáncer.
Los gritos de mamá taladran mi cerebro, me quiebran el espíritu. Cuanto dolor debe estar sufriendo para neutralizar los efectos de toda esa bomba de sedantes.
Solo fueron unos minutos para sus amigas, mas un tiempo sin fin para mí.
Se retiran, dicen que no me preocupe, que regresarán nuevamente en dos días para asistirla.
Los lamentos de mamá se van apagando. Me aproximo a su oreja para prometerle que eso no volverá a pasar.
Son las 2 o 3 de la mañana del martes, Fidel duerme en un catre al lado de la cama de mamá, Víctor está en su recámara. Yo no he podido dormir, no he dejado de pensar en lo que pienso hacer. Necesito un mensaje, una señal.
Mientras llega, coloco sobre una mesita enfrente de donde ella duerme, una fotografía donde aparece mi abuela muy joven, junto con sus 11 hermanos, son los tíos y tías de mamá, su sangre. Frente a la foto coloco una veladora encendida.
Hay un silencio sepulcral… que se desgarra con los alaridos de una mujer. Me asomo por la ventana hacia la calle y alcanzo a ver a una indigente en harapos que sigue gritando mientras se aleja por la avenida. Quizás está mirando el futuro. Levanto la cara hacia el cielo y veo que hay luna, es llena, resplandece, sus rayos iluminan la noche, iluminan la habitación, sé lo que debo hacer.
Me acerco a mamá y le digo al oído que la ayudaré, que frente a la luz de la vela, la esperan. Le beso los ojos.
Introduzco en el suero dos ampolletas más de morfina, abro toda la llave del gotero y presiono con fuerza la bolsa, en menos de un minuto se vacía. Escucho como mamá inhala y exhala profundamente, los ronquidos desaparecen, respira apacible… pero respira.
Volteo hacia el catre donde duerme mi hermano y descubro que tiene los ojos abiertos, me ha estado observando, se endereza y queda sentado, no dice nada, únicamente nos miramos.
Mamá respira en paz, pero me parece que solo está esperando un último paso… en el que debo acompañarla. Tomo un apósito de algodón y lo coloco en la base de su nariz y boca para taparlas, presiono un poco. El pecho de mamá trata de jalar el aire que no entra, me parece una eternidad y lo que miro está despedazando mi alma, entre lágrimas le suplico "ayúdame mi amor, ayúdame". No puedo seguir más, me estoy derrumbando, aflojo la presión de mi mano para retirarla, entonces Fidel pone su mano sobre la mía. Unos segundos más y todo termina. Tengo mi otra mano sobre su pecho y alcanzo a sentir perfectamente su último latido.
Eres libre mamita.
Lo que haré durante las siguientes horas, lo haré como si fuera un zombi, un muerto animado.
Bajo corriendo las escaleras hasta el primer piso donde vive Pily, toco la puerta y al abrir le digo que mamá no respira, me pide que la esperemos unos minutos en lo que se viste, regreso a la casa, Fidel ya ha despertado a Víctor. Yo llamo por teléfono a la doctora, me pide que le pase el auricular con la enfermera, Pily le confirma que mamá ya no tiene signos vitales y nos avisa que la doctora viene para acá. Una hora más tarde llega. Certifica la causa de defunción: Metástasis múltiple derivada de un cáncer primario de mama, agravado en las últimas horas por neumonía aguda.
Arturo, un médico y buen amigo de mamá, me lleva en su automóvil a primera hora para hacer todos los trámites necesarios para el traslado, arreglo del cuerpo, velación y posterior cremación.
Por la tarde, ya en el velatorio, comienzan a llegar los amigos y parientes, presentan sus condolencias ante mí y mis hermanos, aunque apenas respondo con monosílabos, soy amable y estoy atento de que no falte nada durante la velada: café, té, pan de dulce, repartir a cada asistente una pequeña flor de seda tal y como me lo había indicado ella. Esa flor la representaría y sería un recuerdo vivo.
Es el único punto del guión que elaboramos mamá y yo con tanto detalle, que sale bien.
La mayor parte del tiempo estoy ausente, reproduciendo en la mente esa escena final y sus probables consecuencias, no las que vivirá mi ser interior el resto de mis días, no esas, sino las de este plano terrenal. Imagino que en cualquier momento entrará por la puerta de la funeraria la doctora acompañada de la policía. Al devastador dolor que me ahoga, no solo se suma el terror, ahora, a causa de las frases que de manera ordinaria repiten muchos de los visitantes, una rabia encabronada me va inundando:
—Qué bueno que Dios la recogió.
—Bendito el Señor que se apiadó de ella.
—Gracias al Altísimo que no sufrió más…
Quiero gritarles: ¡IMBÉCILES! ¡A Dios le importó una mierda su dolor! ¡Dios es un puto sádico o un pobre paralítico que solo puede mirar babeante desde su “paraíso”, como se arrastra patéticamente por el fango su gloriosa creación! ¡El “Todopoderoso” no movió ni un maldito dedo para salvarla! ¡Fui yo quien la rescató, pendejos! ¡Yo tuve que interponerme entre su Misericordioso Señor y mi madre, para que no le arrebatara los últimos gramos de dignidad que le restaban, apenas suficiente para pagar su anhelada entrada al cielo!
Sus cuatro hijos vamos cargando el ataúd hacia el crematorio, donde su carne, el vehículo que en esta tierra contuvo su espíritu, será convertida en cenizas.
Unas horas más tarde regresamos a la casa mis hermanos y yo, que abrazo contra el pecho la urna con sus restos.
Daniel, que ha permanecido a mi lado en todo momento, y cada uno de mis hermanos, regresan a sus casas, a su vida diaria. Es 10 de abril de 1990, mamá tenía 51 años de edad. Estaré aquí hasta finales de 1991 cuando venda la casa.
Sobreviviré… que no es lo mismo que salvarse, porque algo me dice que el costo de lo que he hecho, no puedo ni siquiera imaginarlo.
Algunos días entro a tu recamara mamá, anhelo con toda mi alma escucharte decir que hice lo correcto, que ahora eres Luz, que formas parte de la Madre Universal, la guía de nuestra familia. Pero no respondes. Entonces me invade una gran tristeza y el deseo de tenerte cerca me hace destapar la urna con tus cenizas, hundir mis manos en ellas, tallar mi pecho con ellas mientras el llanto drena mi espíritu hasta quedar vacío.
Al despedirse, la doctora da las indicaciones para la elaboración del coctel de sedantes que debe prepararse cada 24 horas: una ampolleta de Morfina, dos de Nubain y 4 de Valium en un litro de suero intravenoso. Me deja una receta que deberá llevarse en dos días a la farmacia del hospital. Ella confía en que a pesar de que son días de Semana Santa, los trabajadores estarán ahí para surtirla. El suero será desechado por vías urinarias, así que bastará con que siempre lleve puesto un pañal para adulto.
Este primer día transcurre sin cambios notables, aunque su respiración comienza a hacerse más pesada, parece que no le bastan las fosas nasales y comienza a respirar con la boca abierta.
Por alguna razón no ha orinado en toda la jornada, seguro lo hará esta noche.
Es el día dos de la sedación y mamá sigue sin orinar, la respiración es completamente bucal y acompañada de un sonido rasposo en la garganta. Parece que tiene flemas, por lo que decido improvisar un aspirador con una jeringa muy grande a la que he adaptado una manguera de goma suave con la que extraigo durante todo el día, un moco viscoso del fondo de su boca.
Ha comenzado a flotar un ligero olor a rancio por la habitación.
Tercera jornada... voy muy temprano a la farmacia del hospital por las ampolletas de morfina. Es Domingo de Pascua y no hay nadie en el lugar. La dosis de mamá terminará al medio día, me lleno de temor, no puedo localizar a la doctora y se me ocurre pedirle a Martín (un chico pasante de la carrera de Medicina con el que llevo unos meses de romance) que me ayude a conseguir la morfina. De alguna manera la adquiere y me la da.
Atardece y mamá todavía no orina, el olor que inunda el cuarto es muy penetrante y añejo, tal vez nos hemos acostumbrado a él, porque cuando un primo de mamá que ha venido a visitarla, entra a la habitación, se detiene en el marco de la puerta como si fuera golpeado en la nariz.
Creo que algo anda muy mal.
La respiración es cada vez más seca y forzada, el moco que extraigo de su garganta varias veces al día es denso y verdoso. Tomar aire por la boca sin cerrarla, le ha resecado la lengua hasta el extremo de hacerla parecer un callo duro y áspero. Sigo pensando que en cualquier momento llegará su liberación.
Es lunes, por fin puedo surtir la receta con los sedantes. Es el cuarto día en que mamá se entregó a la promesa de un descanso que no llega. Son cuatro días en que no orina y se lo hago saber a Pily, una compañera enfermera del hospital donde trabajaba mamá, que vive en el mismo edificio. Sé que ella y otros vecinos respetan y aprecian mucho a mi madre, pues fue gracias a su liderazgo y gestión, que un grupo de trabajadores del hospital consiguió un buen crédito para comprar sus departamentos. Asegura que después de salir del trabajo, irá para atenderla. Así lo cumple y llega con otras dos compañeras.
Desde el primer momento en que la manipulan para cambiarle la ropa, comienza el martirio.
Pily consigue introducirle una sonda por la uretra y en unos minutos llena con orina una bolsa con capacidad para tres litros. Están sorprendidas de que no le haya estallado la vejiga.
Ahora deben asearla, no es fácil, de alguna manera mi mamá logra atravesar el espeso muro de inconciencia que la mantiene anestesiada, tiene los ojos cerrados y no se puede mover, pero pide que la dejen en paz. Primero suplica de forma lastimera, luego grita, ordena que se detengan.
Me consta que ellas la tratan con todo el profesionalismo y suavidad posibles, pero el menor movimiento en piernas o rodillas produce chasquidos dentro de la carne. Son fracturas espontáneas de los huesos devorados por el cáncer.
Los gritos de mamá taladran mi cerebro, me quiebran el espíritu. Cuanto dolor debe estar sufriendo para neutralizar los efectos de toda esa bomba de sedantes.
Solo fueron unos minutos para sus amigas, mas un tiempo sin fin para mí.
Se retiran, dicen que no me preocupe, que regresarán nuevamente en dos días para asistirla.
Los lamentos de mamá se van apagando. Me aproximo a su oreja para prometerle que eso no volverá a pasar.
Son las 2 o 3 de la mañana del martes, Fidel duerme en un catre al lado de la cama de mamá, Víctor está en su recámara. Yo no he podido dormir, no he dejado de pensar en lo que pienso hacer. Necesito un mensaje, una señal.
Mientras llega, coloco sobre una mesita enfrente de donde ella duerme, una fotografía donde aparece mi abuela muy joven, junto con sus 11 hermanos, son los tíos y tías de mamá, su sangre. Frente a la foto coloco una veladora encendida.
Hay un silencio sepulcral… que se desgarra con los alaridos de una mujer. Me asomo por la ventana hacia la calle y alcanzo a ver a una indigente en harapos que sigue gritando mientras se aleja por la avenida. Quizás está mirando el futuro. Levanto la cara hacia el cielo y veo que hay luna, es llena, resplandece, sus rayos iluminan la noche, iluminan la habitación, sé lo que debo hacer.
Me acerco a mamá y le digo al oído que la ayudaré, que frente a la luz de la vela, la esperan. Le beso los ojos.
Introduzco en el suero dos ampolletas más de morfina, abro toda la llave del gotero y presiono con fuerza la bolsa, en menos de un minuto se vacía. Escucho como mamá inhala y exhala profundamente, los ronquidos desaparecen, respira apacible… pero respira.
Volteo hacia el catre donde duerme mi hermano y descubro que tiene los ojos abiertos, me ha estado observando, se endereza y queda sentado, no dice nada, únicamente nos miramos.
Mamá respira en paz, pero me parece que solo está esperando un último paso… en el que debo acompañarla. Tomo un apósito de algodón y lo coloco en la base de su nariz y boca para taparlas, presiono un poco. El pecho de mamá trata de jalar el aire que no entra, me parece una eternidad y lo que miro está despedazando mi alma, entre lágrimas le suplico "ayúdame mi amor, ayúdame". No puedo seguir más, me estoy derrumbando, aflojo la presión de mi mano para retirarla, entonces Fidel pone su mano sobre la mía. Unos segundos más y todo termina. Tengo mi otra mano sobre su pecho y alcanzo a sentir perfectamente su último latido.
Eres libre mamita.
Lo que haré durante las siguientes horas, lo haré como si fuera un zombi, un muerto animado.
Bajo corriendo las escaleras hasta el primer piso donde vive Pily, toco la puerta y al abrir le digo que mamá no respira, me pide que la esperemos unos minutos en lo que se viste, regreso a la casa, Fidel ya ha despertado a Víctor. Yo llamo por teléfono a la doctora, me pide que le pase el auricular con la enfermera, Pily le confirma que mamá ya no tiene signos vitales y nos avisa que la doctora viene para acá. Una hora más tarde llega. Certifica la causa de defunción: Metástasis múltiple derivada de un cáncer primario de mama, agravado en las últimas horas por neumonía aguda.
Arturo, un médico y buen amigo de mamá, me lleva en su automóvil a primera hora para hacer todos los trámites necesarios para el traslado, arreglo del cuerpo, velación y posterior cremación.
Por la tarde, ya en el velatorio, comienzan a llegar los amigos y parientes, presentan sus condolencias ante mí y mis hermanos, aunque apenas respondo con monosílabos, soy amable y estoy atento de que no falte nada durante la velada: café, té, pan de dulce, repartir a cada asistente una pequeña flor de seda tal y como me lo había indicado ella. Esa flor la representaría y sería un recuerdo vivo.
Es el único punto del guión que elaboramos mamá y yo con tanto detalle, que sale bien.
La mayor parte del tiempo estoy ausente, reproduciendo en la mente esa escena final y sus probables consecuencias, no las que vivirá mi ser interior el resto de mis días, no esas, sino las de este plano terrenal. Imagino que en cualquier momento entrará por la puerta de la funeraria la doctora acompañada de la policía. Al devastador dolor que me ahoga, no solo se suma el terror, ahora, a causa de las frases que de manera ordinaria repiten muchos de los visitantes, una rabia encabronada me va inundando:
—Qué bueno que Dios la recogió.
—Bendito el Señor que se apiadó de ella.
—Gracias al Altísimo que no sufrió más…
Quiero gritarles: ¡IMBÉCILES! ¡A Dios le importó una mierda su dolor! ¡Dios es un puto sádico o un pobre paralítico que solo puede mirar babeante desde su “paraíso”, como se arrastra patéticamente por el fango su gloriosa creación! ¡El “Todopoderoso” no movió ni un maldito dedo para salvarla! ¡Fui yo quien la rescató, pendejos! ¡Yo tuve que interponerme entre su Misericordioso Señor y mi madre, para que no le arrebatara los últimos gramos de dignidad que le restaban, apenas suficiente para pagar su anhelada entrada al cielo!
Sus cuatro hijos vamos cargando el ataúd hacia el crematorio, donde su carne, el vehículo que en esta tierra contuvo su espíritu, será convertida en cenizas.
Unas horas más tarde regresamos a la casa mis hermanos y yo, que abrazo contra el pecho la urna con sus restos.
Daniel, que ha permanecido a mi lado en todo momento, y cada uno de mis hermanos, regresan a sus casas, a su vida diaria. Es 10 de abril de 1990, mamá tenía 51 años de edad. Estaré aquí hasta finales de 1991 cuando venda la casa.
Sobreviviré… que no es lo mismo que salvarse, porque algo me dice que el costo de lo que he hecho, no puedo ni siquiera imaginarlo.
Algunos días entro a tu recamara mamá, anhelo con toda mi alma escucharte decir que hice lo correcto, que ahora eres Luz, que formas parte de la Madre Universal, la guía de nuestra familia. Pero no respondes. Entonces me invade una gran tristeza y el deseo de tenerte cerca me hace destapar la urna con tus cenizas, hundir mis manos en ellas, tallar mi pecho con ellas mientras el llanto drena mi espíritu hasta quedar vacío.
Han pasado seis meses desde su partida, Fidel me habla por teléfono y dice que lo han contratado para hacer un trabajo en Cancún, que es una excelente oportunidad para dejar en el mar Caribe sus cenizas, tal y como lo deseaba. Bueno, la verdad es que ella ansiaba terminar en la Cuba de Castro, que tanto amaba. Eso sería muy difícil de hacer, pero seguro las corrientes marinas le llevarán hasta allá.
No tengo dinero para acompañarlo, pero sé que lo hará bien.
Mi hermano me platica que escuchó sobre un hermoso ojo de agua que nace justo dentro del mar, en las playas de Puerto Morelos. Dice que llegó ahí, preguntó por la ubicación del manantial, alquiló una tabla de surf, visor y un par de aletas, nadó unos 100 metros mar adentro y que efectivamente encontró un lugar rodeado de corales y peces multicolores donde brotaba el agua desde el fondo arenoso, que destapó la urna y dejó caer los últimos vestigios materiales de la existencia de nuestra madre en este mundo.
No tengo dinero para acompañarlo, pero sé que lo hará bien.
Mi hermano me platica que escuchó sobre un hermoso ojo de agua que nace justo dentro del mar, en las playas de Puerto Morelos. Dice que llegó ahí, preguntó por la ubicación del manantial, alquiló una tabla de surf, visor y un par de aletas, nadó unos 100 metros mar adentro y que efectivamente encontró un lugar rodeado de corales y peces multicolores donde brotaba el agua desde el fondo arenoso, que destapó la urna y dejó caer los últimos vestigios materiales de la existencia de nuestra madre en este mundo.
Adiós mamacita, descansa en paz.
¿Lo haré yo algún día?

