1990 Enrique
Me fascinó la forma en que el agua corría por la perfectamente lisa y brillante piel de Enrique mientras se bañaba en una de las regaderas de los baños La Limpia. Esos labios sustanciosos, el cuerpo macizo, los pies grandes y anchos, las nalgas firmes, me recordaban a alguien… ¿Quién era?, ¿Quién era?
Lo supe en el momento en que, una vez que le hice plática, me dijo que era de Tlaxcala. ¡Por supuesto! Mi imaginación le hizo un rápido y efectivo retoque de Photoshop y apareció ante mis ojos, con todo su esplendor, mi versión personal del exquisito guerrero Tlahuicole.
En la media docena de veces que estuve con Enrique, me gustaba besar y disfrutar todo su cuerpo, especialmente sus nalgas, culo, pezones y boca durante un largo tiempo antes de que me penetrara, ya que una vez adentro, se movía (rápido, rápido) como si un cortocircuito le hubiera sobreestimulado la cadera y paralizado el resto del cuerpo. Me daba cuenta de que se estaba viniendo cuando se detenía de golpe, me clavaba la mirada y ponía los ojos bizcos.
Aun así, era una delicia coger con él.
Mi hermano Víctor lo vio salir en dos ocasiones de la recámara rumbo al baño para asearse y, desde entonces se refería a él preguntando por mi novio "el chimpancé”.
Cuando murió mi madre, Víctor y yo habitamos ese departamento hasta el día en que se vendió. Víctor había vivido casi toda su vida con ella. Mamá lo amaba más que a nada en este mundo, igual que a su padre.
A finales de 1968, lo conoció cuando ella tenía treinta años y Víctor (grande) veintidós. Suenan pocos, no obstante a esa edad, una mujer madura ya lo había llevado a pasear por Europa y Estados Unidos. Él medía 1.90 metros de estatura, era delgado, rubio y con ojos azules, participó en una película y en varios anuncios para televisión. Mamá no era rica, pero sí una excelente amante. Lo colmó de amor, de placer y de mimos.
A finales de 1968, lo conoció cuando ella tenía treinta años y Víctor (grande) veintidós. Suenan pocos, no obstante a esa edad, una mujer madura ya lo había llevado a pasear por Europa y Estados Unidos. Él medía 1.90 metros de estatura, era delgado, rubio y con ojos azules, participó en una película y en varios anuncios para televisión. Mamá no era rica, pero sí una excelente amante. Lo colmó de amor, de placer y de mimos.
Parte de la educación que recibió siendo una "señorita decente" incluía el saber coser y bordar, y no le resultó difícil hacerle ropa a la medida, sobre todo esos jumpers que estaban tan de moda entonces. Ella misma me contó que le hacía muy feliz vestir (y desvestir) a su “muñequito”. Obviamente, el muñequito necesitaba (y conseguía) más atención que la otorgada por mi madre. La relación cumplió tres años y a pesar de que mamá estaba adictamente enamorada de Víctor, decidió que eran suficientes. Lo único que le daría fuerzas para poner fin a ese vínculo (además de años de psicoterapia) era saber que llevaba en sus entrañas una parte de su amado.
La noticia nos llegó a través de La Madre Universal vía güija. Nadie dudó de su palabra o de que era un bello obsequio de Dios, sobre todo porque sería una niña con el nombre de Narda.
Cada minuto de su embarazo mamá lo usó para bordar pañales, suéteres, mamelucos, vestiditos, calcetas, gorritos, sábanas, colchas y toallas con su nombre, con ositos, flores o corazones.
Y Narda nació, pero con pito como todos sus hermanos, así que se llamó Víctor. Igual lo amaríamos.
El niño causaría en mi mamá el mismo efecto que su padre. Solo viviría para adorarlo, nada de escuelas públicas, nada de disciplina rígida, castigos físicos o sacrificios. Esta vez, sí haría las cosas bien.
Desde los ocho años, Víctor inició su largo rosario de hurtos y mentiras.
La noticia nos llegó a través de La Madre Universal vía güija. Nadie dudó de su palabra o de que era un bello obsequio de Dios, sobre todo porque sería una niña con el nombre de Narda.
Cada minuto de su embarazo mamá lo usó para bordar pañales, suéteres, mamelucos, vestiditos, calcetas, gorritos, sábanas, colchas y toallas con su nombre, con ositos, flores o corazones.
Y Narda nació, pero con pito como todos sus hermanos, así que se llamó Víctor. Igual lo amaríamos.
El niño causaría en mi mamá el mismo efecto que su padre. Solo viviría para adorarlo, nada de escuelas públicas, nada de disciplina rígida, castigos físicos o sacrificios. Esta vez, sí haría las cosas bien.
Desde los ocho años, Víctor inició su largo rosario de hurtos y mentiras.
Echando mano de un desgarrador esfuerzo [1], mamá le entregó al adolescente por diez y ocho meses a mi hermano Miguel para que trabajara de ayudante de chofer con él y lo enseñara a ser un hombre de bien. Luego regresó al hogar.
Tal vez con la muerte de nuestra madre, Víctor renunció a cualquier intención de control sobre sí mismo, utilizando su habilidad y gran atractivo de "baby face" para manipular a las personas, hundirlas y hundirse en un profundo pozo de delincuencia y adicción a las drogas, que lo llevaron incluso a ir en contra de su propia sangre: nosotros sus hermanos.
Después de entregarle la parte correspondiente a la herencia de la abuela, dejé de verlo algunos años, lo visitamos en Acapulco en 2015 y pude ver que aquella negra historia había quedado en el pasado.
Tal vez con la muerte de nuestra madre, Víctor renunció a cualquier intención de control sobre sí mismo, utilizando su habilidad y gran atractivo de "baby face" para manipular a las personas, hundirlas y hundirse en un profundo pozo de delincuencia y adicción a las drogas, que lo llevaron incluso a ir en contra de su propia sangre: nosotros sus hermanos.
Después de entregarle la parte correspondiente a la herencia de la abuela, dejé de verlo algunos años, lo visitamos en Acapulco en 2015 y pude ver que aquella negra historia había quedado en el pasado.
En SU pasado.
Tristemente descubrí durante el viaje con hongos mágicos que hice en 2019 lo que Víctor ya significaba para mí, y así se lo hice saber:
[1] Poema que mamá escribió para Víctor durante la temporada que estuvo lejos de ella:
Me embarga una sensación extraña,
un deseo de tenerte entre mis brazos,
de sentir tu pelo entre marañas
y estrechar muy firmes nuestros lazos.
Como duele sentirte tan lejano,
cuando todo al rededor está impregnado
de tu risa, tu mirada, de tu enfado,
y no estar tu mano con mi mano.
Solo el tiempo podrá calmar mi anhelo,
de saberte triunfante y orgulloso,
con tu frente mirando hacia el cielo
y muy firme empezar a ser dichoso.

