1987 Leonardo
Esa tarde cumplía casi cuatro meses de haber desembarcado del crucero. Terminaba de estar con un tipo en su departamento cuando sonó el teléfono. Pude escuchar que buscaban a su compañero de cuarto o roomie para darle una cita de trabajo. Les explicó que no se encontraba en ese momento y me pidió anotar una dirección y horarios en un pedazo de papel. Al colgar, me platicó brevemente que se trataba de un proyecto en el que se estaba contratando a personas gays para viajar por todo el país realizando un estudio sobre VIH/sida. Me pareció muy interesante lo que escuché y, sobre todo una excelente oportunidad para profundizar en ese tema, que justo en esos días carcomía mi relación con Daniel. El chico se levantó de la cama para ir al baño y aproveché para copiar los datos que me había dictado minutos atrás.
—Buenos días, ¿qué lo trae por aquí? —preguntó el Dr. Paco Delfín cuando me presenté en el domicilio plagiado a mi ligue días antes.
—Vengo por lo del proyecto de VIH/sida, —respondí con mucha seguridad.
—¿A sí…? ¿Quién lo envía?
—José… —atiné a decir cuando en mi memoria busqué y encontré en fracciones de segundo, el nombre que había escuchado aquella tarde de aventuras— no recuerdo bien su apellido en este momento.
—Solamente recibimos a personas recomendadas por un tercero. ¿Sabe usted de que se trata este trabajo? —cuestionó el Dr. Delfín y agregó—: ¿Por qué le gustaría trabajar con nosotros?
Arme un discursillo sobre la solidaridad y la necesidad de cerrar filas en el ataque contra este mal que NOS afectaba a todos y bla, bla, bla, bla, bla…
La semana siguiente a dicho encuentro, comenzó el curso de capacitación para entrevistadores de la 1ª Encuesta Nacional Seroepidemiológica de la que era responsable el Dr. José Antonio Izazola y miembro del Consejo Nacional Para la Prevención y Control del Sida o CONASIDA. Aprendí muchísimo sobre el VIH en esos días, y finalmente quedó listo un grupo de 20 encuestadores. De esos, tres fuimos seleccionados para además, tomar las muestras de sangre que recolectaríamos en bares, cantinas y discotecas de hombres gays, y de trabajadoras sexuales (antes, llamadas prostitutas) en burdeles y cabarets de todos los niveles sociales. Adicionalmente, se levantarían encuestas y pruebas serológicas en población general como grupo de control. Al equipo lo comandaban dos médicos epidemiólogos no solo muy eficientes en el manejo del diagnóstico o material biológico, también eran hábiles negociadores (claro, con ayuda de un mandato Federal) para conseguir la autorización de funcionarios públicos, propietarios de antros e incluso de las madrotas y proxenetas de los lugares a donde entraríamos.
Fuimos a Acapulco, Mérida, Tijuana, Monterrey y Guadalajara entre otras ciudades, y por supuesto nunca perdí la oportunidad de llevar mi “profundo” mensaje de prevención y amor a algunos de sus habitantes, especialmente aquellos con biotipos dignos de un mayor interés profesional de mi parte.
Si yo pensaba que conocía las motivaciones del comportamiento sexual humano, estaba muy lejos de la realidad. Sobre todo en el terreno de la llamada orientación “normal”, la heterosexualidad.
° El 90% o más de los clientes de las mujeres de la “mala vida” eran hombres CASADOS sin importar su nivel socioeconómico.
° Muchas de ellas habían sido orilladas a la prostitución por su propio padre, madre, familiar o pareja.
° Otras eran amas de casa que aun con marido, apoyaban en la economía del hogar sin que nadie lo supiera.
° Había estudiantes universitarias que trabajaban así para pagar sus estudios.
° Platiqué con mujeres mayores de 60 años que seguían trabajando en el talón a pesar de tener hijos ya maduros, mismos que preferían administrarlas como sus padrotes, antes que trabajar y sacar a su madre de esa vida.
° Mientras una chica en el Callejón de la Soledad (con una de las miradas más inocentes que haya visto en mi vida) me informaba que en un “buen” día llegaba a tener relaciones con ¡17 hombres!, una elegante escort de La Huerta en Acapulco, planeaba trabajar únicamente dos años y retirarse entonces con un costal lleno de billetes a una ciudad lejana para vivir como toda una señorona decente.
° Supe de parejas de chicas lesbianas que vivían juntas y consideraban el prostituirse como un mero empleo.
° En el caso de las chicas del Mercado de La Merced y muchísimas más por todos lados, la tarifa solo incluía 8 minutos desde que se entraba a la habitación hasta que el hombre terminaba. De hecho, ellas no se desnudaban ni permitían besos en la boca o caricias en los senos. Si el macho se pasaba de tiempo, volvía a pagar; si tentaba de más, el servicio terminaba y pagaba el doble o se las vería con los simiescos padrotes.
Paco Delfín, uno de nuestros jefes y también un reconocido sexólogo, nos platicó que la casi nacional costumbre que los padres de familia tenían de llevar a sus hijos varones con estas mujeres para “estrenarse”, y luego de seguirlas visitando una vez que se casaban, era el origen de su bajísimo desempeño como amantes, a causa de su eyaculación precoz (dado el mínimo tiempo con el que contaban para venirse) y la consecuente frigidez en sus compañeras de vida.
° Aun con todo lo anterior, en la etapa más crítica de la epidemia, mis jefes llegaron a decir en tono de broma que “ser ama de casa era más peligroso que ser prostituta”. Estas últimas recibían educación preventiva y condones, y llegó el momento en que excepcionalmente alguna accedía a ser penetrada sin preservativo. En cambio, muchas esposas fieles no podían exigir de su marido el uso del condón sin el riesgo de ser acusadas por sus putañeros o bisexuales esposos, que muy indignados volteaban en su contra cualquier sospecha. Pero los índices de prevalencia de infección por VIH siempre salieron más altos en las mujeres puras, que en las “impuras”.
Era el resultado de la universal doble moral del macho mexicano, a veces patética y otras irónica, tal y como califiqué la historia de Leonardo, un joven tapatío fornido y con mirada asustadiza. Lo conocí en el Monica´s, uno de los bares en que levantamos encuestas y pruebas serológicas, y donde terminamos temprano, así que quien deseara podía quedarse. Alquilé una habitación en otro hotel y pasé el resto de la noche y parte de la mañana del día siguiente con él. Lejos de tener un encuentro frenético o pasional, con Leonardo experimenté el gusto de ser tierno y paciente. Los besos suaves y duraderos parecían excitarle más que los juegos genitales; en ese tono llegamos ambos al orgasmo y mientras lo abrazaba, le pregunté si se encontraba bien. Afirmó con la cabeza que sí, e inmediatamente añadió que deseaba preguntar algo, para que yo le diera un consejo.
Por alguna razón que desconocía, su mamá los abandonó a él y su padre, y casi de manera inmediata terminó en un internado donde fue educado y capacitado en el oficio que actualmente le permitía vivir de manera independiente. Su padre al principio lo visitaba una vez al mes, luego con los años llegó a verlo solo en contadas ocasiones. Incluso una vez que dejó esa institución tres años atrás, lo había visto un par de veces.
Un amigo lo invitó a conocer la Ciudad de México, fueron a un bar gay y en la pista encontró a su papá besuqueándose con otro hombre mientras bailaban al ritmo de las melosas coplas de una canción de Daniela Romo.
Leonardo regresó a Guadalajara y antes de una semana su papá lo buscaba para explicarle todo.
El hombre siempre supo que era maricón, no obstante, en una borrachera o jugando a que era muy macho se enredó con la madre de Leonardo, la embarazó y cuando el niño tenía tres años, la mujer se lo fue a botar. Él jamás dejaría su forma de vida y lo mejor que podía hacer era alejarse tanto como pudiera del pequeñito para no “contagiarle” su homosexualidad.
El niño creció como un huérfano, sin el amor de su desencantada madre o de su "protector" aunque puto padre, y de cualquier manera Leonardo descubrió en su adolescencia que era gay.
Y aun con esa historia a cuestas, se asumió dignamente como tal.
La pregunta era: —¿Qué harías tú… lo perdonarías?
La pregunta era: —¿Qué harías tú… lo perdonarías?

