jueves, 5 de octubre de 2023

1986 DANIEL

 
                                                                            1986 octubre DANIEL

   Casi me vengo cuando vi el torso desnudo de Daniel en esa fiesta en la que encontré a Ale Hernández. Había mucha gente, le dio calor y se deshizo de la playera. En ese entonces eran novios y a Alejandro le sorprendió que Daniel hubiera sostenido conmigo una fluida conversación durante la noche. Decía que era muy cortante con todos sus amigos, especialmente con las “locas”.
A los dos meses dejaron de verse y eso fue todo.

   Un año después reconocí a Daniel en el Metro y me lancé con todo para seducirlo. Cuando ya éramos pareja, me confesó que esa vez en el Metro, le parecí tan flaco y feíto que solo estaba esperando a que hiciera alguna insinuación o comentario libidinoso para deshacerse de mí. Pero le invité un helado y caminamos por el Parque de la Ciudadela. Tras otras dos citas con inocentes caminatas, yo le “cantaba” a Daniel para iniciar una relación formal.
   Mi manera de rendir tributo a su cuerpo y poseerlo, me embelleció poco a poco ante sus ojos y un día, él me amaba y yo a él. Tanto así que para cuando le confesé que no era fiel, únicamente me recomendó que no hiciera mis pendejadas delante de él. Nunca las hice, quiero decir, delante de él. Jamás fui agredido por Daniel, aunque por las dudas, procuré ser muy cuidadoso cuando tuve una aventura.

   Daniel caminaba prodigiosamente sobre la línea que dividía al caballero del macho: era fuerte y atlético, le gustaba emborracharse y enredarse en discusiones o madrizas, jugaba futbol llanero, hacía ejercicio junto con sus “valedores” en los aparatos instalados en el parque. Al mismo tiempo, era muy pulcro al vestir para ir al trabajo, le tomaba mucho tiempo acomodar su impecable copete, era educado y cumplía al 100% con las normas internacionales de calidad que se le exigía como offsetista en la imprenta de la sede de Naciones Unidas en México. Su salario estaba fijado en base a los estándares norteamericanos y aunque fuera un nivel “bajo”, cuando se convertía a pesos mexicanos eso era ¡mucho! dinero, que utilizaba para dar a su madre y hermanos una vida decorosa.
   Era una delicia acceder al tibio y húmedo interior de mi amante. Pronto descubrí porqué era tan hostil con otros gays, que estúpidamente terminaban exhibiéndolo de pasivo ante los amigos y conocidos.
   Eso nunca pasaría conmigo (hasta hoy supongo) pues, cada vez que nuestras amistades me preguntaban por su rol sexual, siempre les respondía que ÉL era lo que parecía. Invariablemente decían: ¡golosa!...... mira todo lo que te estás comiendo. Sé que a Daniel le complacía el que yo cuidara su preciada imagen de hombre Alfa.
   Las cosas marcharon bien por un corto y dulce tiempo, hasta que le fue descubierto a mi madre un tumor maligno en el seno izquierdo. El suceso conmocionó de tal manera mi vida que cimbró mis creencias y esquemas sobre el bien y el mal, lo justo, lo estable y lo permanente, entre muchos valores más.



   El día que le comenté a una estimada compañera del trabajo, que iba a renunciar a mi plaza de Jefe de Departamento en la SEP, los ojos se le querían salir a causa del shock, no podía entender por qué yo dejaba un trabajo seguro, protegido por el sindicato, que “garantizaba” mi futuro. Explicaba que a ella solo le faltaban ¡19 años! para jubilarse, tenía 27 años de edad, y una vez que obtuviera su pensión tendría 46, entonces sí disfrutaría de viajes y esas cosas. La reencontré tres décadas después cuando llevé a mi sobrina política a la Biblioteca de México para surtir la bibliografía necesaria en la preparación de su examen de admisión al Colegio Militar. Estaba en el mismo cubículo de trabajo donde charlamos aquella ocasión. Había retrasado el trámite para retirarse, ya que a su hija la abandonó hacía años su esposo, dejándola con dos criaturas, la pobre no sabía hacer nada y desde entonces mi amiga, al ser madre y abuela se hacía cargo de toda la familia. Me animaba para que pasara a saludar a fulanita, a zutano y a perenganito, que también seguían laborando ahí, y les daría mucho gusto saber de mí.
   Pasaron ¡30 años! y seguían sentados frente a sus escritorios colocando sellitos, organizando credenciales de préstamo y sacando fotocopias para los usuarios. Aclaro… si considero mejor o peor lo que ellos escogieron hacer con su vida es una apreciación personal, seguramente la estabilidad a ultranza debió parecerles tan excitante, igual que a mí la filosofía del momento.
   En marzo del 87 decidí que mi ciclo en esa institución terminaba. El detonante fue una plática con un ligue que se aprestaba para abordar un barco en unos días, desempeñando en el mismo la función de auxiliar de servicios a pesar de que había egresado como Licenciado en Turismo. Comentaba lleno de entusiasmo que obtener una carta donde constaba que cumplió un contrato con esa línea de cruceros, valía más que cualquier maestría en tierra. Le dije que yo sabía cocinar y sugirió que me presentara a una entrevista. Fui a las oficinas de Cruceros Princess en Polanco, cubrí los requisitos administrativos, asistí a una Trattoría Romana en la colonia Condesa para ser calificado por su dueño después de exigirme cocinar una salsa de tomate y picar dos cebollas en el mínimo tiempo posible.
   La siguiente ocasión que regresé a las oficinas fue para llevar mi documentación pues podría desempeñar el puesto de assistant cook.
   En tres o cuatro semanas me llamarían para abordar el Pacific Princess, mejor conocido como el “Crucero del Amor” cuando fue utilizado de locación para la serie televisiva del mismo nombre.

   Aproveché ese inter para pasar ocho días en Miami, Florida. Gracias a la generosidad de Oswaldo y Juanito, unos amigos cubanos gays que conocí aquí en la Ciudad de México y con los que hice una buena amistad, pude ahorrarme el hospedaje y alimentación, mismos que ellos me brindaron.
   Parece que el dicho ese de que la fortuna llama fortuna funciona, porque un día fui con Oswaldo para conocer a su sobrina, una mulata bellísima que salió de la isla por el éxodo del Mariel y se había casado con un cubano/americano. Al enterarse de que yo sabía moverme en Cuba, propuso pagarme una excursión de ocho días a la Habana más 400 dólares para gastos personales, a cambio de llevar treinta kilos de ropa, calzado y 2000 dólares en efectivo para su familia.
   Yo no podría realizar ese encargo, aun así lo acepté sabiendo que Daniel lo haría con gusto. El dinero de los “viáticos” se lo di a Mamá para que también comprara su paquete. Mi madre y Daniel partieron hacia Cuba juntos para cumplir la encomienda.
   Apenas alcancé a verlos cuando regresaron. Todo había salido exitosamente y consideré que ese era un buen momento para realizar con Daniel un pacto de fidelidad, no por ser una virtud en la que yo creyera, sino como un recurso efectivo para alejarnos del VIH, que había emigrado a México justo de aquellos lugares a los que el barco se dirigiría.  Sabiéndome un coleccionista de orgasmos, no dejaría ir ninguna oportunidad para salir a cosechar amor en puertos, playas o en los mismos camarotes de la tripulación.

   Abordé el barco en Vancouver y pasaría los próximos siete meses alternando castidad con pajas, desembarcando en Valdez, Skagway, Juneau y Ketchican en el Estado de Alaska, admirando el desgajamiento de los colosales muros de hielo del Glacier Bay o del Columbus Glacier, provocado por el verano polar también responsable de las auroras boreales. Mis ojos se maravillaron con los tótems centenarios de las diversas tribus Kolosh, pude pasear en Vancouver y en Victoria; en
San Francisco y San José California; navegar hacia el sur hasta Panamá para pasar del Océano Pacífico al Mar Caribe, comer arepas y conocer la ciudad amurallada de Cartagena Colombia, gozar de la surrealista imagen de los molinos de viento holandeses en Aruba y de las playas de Martinica e Islas Vírgenes. No, no lo hacía vestido con modelito de “buena marca" ni con un Pánama Hat en mi cabeza, bajaba corriendo con mi uniforme de cocinero, rodeado de un orgánico aroma a cebolla o pescado. Apenas contábamos con unas horas y no iba a desperdiciarlas en un baño o cambios de ropa. Esos mágicos, aunque apurados paseos y ser parte de la preparación de los platillos más suculentos y sofisticados que haya visto y saboreado en mi vida, hacían tolerables las catorce horas que duraba la jornada laboral.
   El “amor” del crucero nunca alcanzó para crear vínculos amistosos con los tripulantes de otras nacionalidades. En realidad funcionábamos como guetos:

   En el fondo de esa sociedad náutica estaban los paquistanís, responsables del mantenimiento general del barco y la lavandería, tenían su propia cocina y ganaban en promedio 200 dólares al mes, que en su tierra se convertía en una fortuna capaz de posibilitarles el tomar una segunda esposa, cosa permitida por el islam.
Eran unos 50 y llegué a ver a algunos morenos con el porte y galanura de un príncipe hindustaní.

   Seguíamos 250 mexicanos, éramos los encargados de la limpieza de pisos, de toda la loza o enseres de cocina y también ayudantes de los cocineros. Los más “bonitos” y además hablantes del idioma inglés o italiano alcanzaban a ser ayudantes de mesero. Ganábamos 500 dólares mensuales.
Y por supuesto… llegué a ver a algunos morenos con el porte y galanura de un príncipe azteca.

   Los jefes y subjefes de las diferentes cocinas: sopas, entradas, carnes, pescado, pastas, buffet frío, repostería, etcétera, y los meseros ganaban desde 900 (incluso los ayudantes de cocina con nuestro mismo puesto y funciones) hasta 2000 dólares dependiendo de su jerarquía. Todos eran italianos. En las horas pico de trabajo se les veía correr, manotear y gritar ¡¡Dio porco!!, ¡¡Porca madona!!, ¡¡Que casso fai!!
Claro… llegué a ver a algunos con el porte y ¿galanura? de los integrantes de las primitivas y devastadoras huestes romanas.

   En la cúspide se encontraba la tripulación inglesa ocupada por los oficiales al mando, el equipo administrativo, médico y a los responsables del área recreativa (casinos, tiendas, bares, teatro, amenidades), incluso las camaristas eran británicas que a pesar de recibir un salario nominal bajo, con las propinas podían igualarlo con el de un jefe de cocina. Supe que unos años atrás ese trabajo lo realizaban lindas mujeres acapulqueñas, muy diestras en su desempeño y más todavía con los “servicios personales” que ofrecían a la tripulación de élite, lo cual equiparaba a fin de mes, sus honorarios con los del capitán. Fueron sustituidas por insípidas y gélidas inglesas.

   Con alguno de los 1500 pasajeros que cruzaban los mares jamás tuve contacto, estaba estrictamente prohibido, y ni falta hacía. A causa de la serie televisiva, todo el mundo (en tierra) creía que las cubiertas, casinos y albercas estaban inundados de hombres guapos y mujeres bellísimas… créanme, eso nunca pasó. El 90% de los pasajeros eran ancianos o ancianas de Estados Unidos o Europa ya jubilados y que deseaban realizar su último (con suerte penúltimo) sueño, antes de despedirse de este mundo. Recuerdo un día cuando bajé con alguno de mis compañeros por mercancía a los congeladores ubicados en los sótanos del navío y preguntó si quería asomarme para conocer la frigo/morgue del barco, pensé que me estaba cabuleando y cuando le iba a revirar: no jodas… ¿crees que soy pendejo?, me señaló la placa en la puerta de la cámara de congelación que decía MORGUE. Era sabido que con frecuencia algún viejito llevaba la premisa del Todo Incluido hasta sus últimas consecuencias, y si había pagado una prima adicional al seguro de viajero que le garantizaba la repatriación, pues... 
"a vivir y morir feliz, que más daba".

   Excepcionalmente tuve trato con los ingleses, no así con muchos italianos (meseros y cocineros).
   Italia había sido para mí hasta ese momento un referente de moda, arte renacentista y sofisticados gigolós, pero ESOS que conocí tenían el comportamiento de rufianes, eran estridentes y bravucones, consumían cocaína, gastaban su dinero con las sexoservidoras de los países donde llegábamos y lo peor… eran racistas e ignorantes. Escuché a varios decirle con desprecio, misto o mescolato a uno de mis paisanos cuando pasaba cerca. El único con el que me entendía bien era un mesero que trataba de disculpar a sus compatriotas explicando que, a pesar de lucir idénticos a modelos de revista, solo eran montañeses o pastores analfabetos.
Luchiano, mi amigo el mesero era… obviamente gay y venía de Florencia, donde habían nacido
(en sus propias palabras), "los más grandes: Leonardo, Dante y Michelangelo".

   No pude cumplir con la totalidad del contrato y cuando el barco regresaba con el propósito de recorrer la Riviera del Pacífico Mexicano, aproveché para desembarcarme en Acapulco.


   Esa tarde de octubre, Daniel estaba esperándome en el muelle, pasamos dos días más en el puerto, aunque Acapulco nunca se enteró de que estuvimos ahí.
Apenas si salíamos a comer algo, pues yo deseaba regresar a la habitación, regresar a su piel, a sus entrañas, a navegar los mares y terrenos de su geografía.
   De hecho, si mi memoria no fallaba, había un nuevo accidente topográfico en su cuerpo, dos pequeños montículos en la parte trasera de su cuello, justo atrás y hacia abajo de las orejas. Agendé mentalmente una cita para asistir al único lugar donde en ese entonces se realizaban pruebas de detección para VIH, el Hospital General de la Raza, y continué con la actualización
(a través de mis dedos y lengua) de los datos biométricos de Daniel.






                                                                                           °


   "Me envía el Doctor fulano por unos resultados, está saturado de pacientes y le pide de favor que los envíe conmigo, son el número X y el número Y", le informé al encargado del laboratorio el día que regresé a la Raza para saber cómo habían salido nuestras pruebas de sangre dentro del protocolo de investigación en hombres homosexuales, que se llevaba a cabo en ese hospital.

   —Mire, el número X (el mío) es negativo, y el número Y (los resultados de Daniel) salieron positivos —dijo.

   La sangre se me congeló, pensé que caería desmayado al piso, pero pude controlarme y regresé al consultorio para informar al doctor, que miraba de forma alterna los papeles y mi cara con expresión de terror al decirle que Daniel era mi pareja sentimental y sexual. Pidió que lo esperara en lo que iba a hablar con el laboratorista, regresó en unos minutos y confirmó la información. Me sugirió regresar en seis semanas, ya que era muy probable que para entonces también diera positivo. Yo estaba con seguridad, en algo que se llamaba el periodo de ventana.

   Esa misma tarde pasé por Daniel a su trabajo y lo invité a caminar por el Bosque de Chapultepec hasta una sección poco transitada de gente, tomamos asiento en una banca, le sonreí y dije:
   —Quiero que sepas que te amo mucho……………. También debes saber que tu prueba salió mal, o sea… que tienes SIDA.
   —¿Tú también? —preguntó él…
   —No, yo soy negativo…
   Y ante la mirada desencajada de Daniel, inmediatamente añadí —aunque pronto saldré positivo porque yo tuve la culpa, YO te contagié.

   El virus llegó a nuestras vidas y todo apuntaba hacia mí, incluso yo apuntaba hacia mí. Era evidente. Una vida vivida de la forma en que lo había hecho, siempre terminaba en las manos de un verdugo, en este caso, una plaga. Y no solo eso, arrastraría a quien se me acercara. Eso lo sabía TODO el mundo.

   Mientras Daniel comenzaba a decir, primero en voz baja y luego a gritos "
no… no… No… NO… NOOOO…" le juraba que jamás lo abandonaría y estaría con él hasta el final. Era lo menos que podía proponer al ser responsable de esa injusticia. Yo pecador, cargaría con la vida de ese inocente.

   Otra víctima mía sería mamá, que al enterarse de lo sucedido susurró: —¡Oh! Ya no iré a vivir a Nicaragua y estaré aquí contigo.
   Había entregado su documentación para servir de voluntaria en ese país donde unos años atrás naciera una nueva oportunidad de justicia y equidad para el pueblo, después del derrocamiento del dictador Somoza.

   Sin embargo, algo no estaba marchando conforme a mi lógica de la obviedad. Los resultados del Hospital de la Raza casi dos meses después eran idénticos a los primeros.
   Por aquel entonces comenzaba a funcionar un centro o pequeña clínica, cuya única especialidad era el estudio y diagnóstico del VIH/sida, estaba sobre la calle de Flora en la colonia Roma. Fuimos Daniel y yo, cada uno se registró por separado, sin avisar que éramos pareja. A las dos siguientes semanas pasé al consultorio de Patricia, la psicóloga encargada de entregar los resultados. Era negativo.
Luego, Daniel entró y recibió la noticia de que era positivo.
Toqué la puerta de Patricia y le comenté que ese al que acababa de dar un resultado positivo era mi pareja. Muy apurada y profesional hizo una llamada y me pidió regresar en otra semana más, pues volverían a revisar los sueros con una prueba confirmatoria sin posibilidad de error.
   Nuevamente los mismos resultados, que por supuesto rechacé tajantemente porque el promiscuo y único culpable era ¡YO!
   Platicó a solas con mi pareja, salió, me pidió entrar a su oficina y tomar asiento al lado de Daniel, entonces aseveró dirigiéndose a él: —Daniel, Carlos no está infectado y no te infectó… creo que deben hablar.

   "Te juro que solo fue uno", aseguraba Daniel cuando comenzamos a rastrear el posible origen de la infección, después de convencerle que lo último que me interesaba era juzgarlo. Únicamente quería entender.
   Estando en Cuba recibió como era de esperar, los embates de galanes de todos los colores, pero a ese blanquito ni Dios lo habría podido rechazar, era un sueño de carne y hueso (con un formidable hueso carnoso), hicieron el amor tres veces y ya estando aquí, a dos meses del retorno a México, tuvo un repentino ataque masivo a su salud; fiebre, sudores, diarrea y gripe. Días después todos los síntomas desaparecieron.
   No hubo nadie más, insistió con un gesto de amargura en su expresión al confirmarlo. Tal vez quería decir "¿cómo pudo pasarme esto a mí? que nada más cogí con uno, en cambio tú…"

   Dos semanas atrás, cuando hice el amor con él usé condón, sin embargo noté en Daniel mucha angustia y nada de placer. Se disculpó alegando que necesitaba tiempo para que sus ideas se acomodaran mejor. Nunca se acomodaron, dejamos de tener relaciones sexuales coitales y dirigimos nuestra energía hacia la comunicación y la compañía. Yo no tenía trabajo y Daniel me entregaba una remesa semanal para que pudiera comer o moverme sin limitaciones por la ciudad.
Nunca dejé de acariciar y besar su boca o piel, de hacerle sentir que era hermoso y amado.


   Trabajé en CONASIDA durante seis meses, y con el dinero que gané organicé en septiembre de 1988, una gran fiesta para celebrar que cumplía 30 años de edad… y al mismo tiempo, mi sepelio.

   En unos meses los materiales con los que había construido los cimientos, muros y techo del edificio de mi vida, se habían resquebrajado: el amor, la bondad, la verdad pura, el trabajo, la honestidad y el placer. Esas virtudes cultivadas, algunas por mí y muchas por aquellos a los que amaba, no parecían bastar para otorgarles la felicidad. La Muerte llegó descarada con sus prosaicos manoseos sobre mi madre y ahora hacia Daniel. Pero a mí no me iba a sorprender la muy cabrona, primero me mataría yo mismo antes de que viniera a arrebatarme el poco o mucho idealismo que pudiera quedar en mi alma.

   Quedaban todos invitados, a mis regias exequias.









   Esta vida, esta ciudad, me quedaba ya muy chica y en veinte días más, partí hacia Nueva York.


   Tres meses después renuncié a Nueva York para vivir en la Ciudad de Puebla y cuidar a mamá. Daniel llegaba allá dos fines de semana al mes. Eso nos dejaba mucho tiempo libre para hacer lo que quisiéramos.
Él lo usó para beber alcohol y jugar “retas” de basquetbol con sus amigos del barrio. Yo decidí emplearlo para enamorar a, y enamorarme de… Martín.
   En una de sus visitas a Puebla, platicábamos sobre cualquier cosa y en algún momento lo nombré Martín, no dijo nada, la charla continuó y en pocos minutos volví a llamarlo con ese nombre.
   —¡Que no soy Martín carajo! —gritó.
   Al ver mi expresión de temor se tranquilizó e instantes después preguntó sereno:
   —¿Quién es Martín?
   Le conté toda la historia… esa que contaré más adelante.


   Regresé a la Ciudad de México a principios de 1992, para entonces Daniel ya encontraba mucho más estimulante la compañía de sus amigos que la mía, o eso creo. ¿Me ayudan a dilucidar si era así o únicamente estaba especulando?

   ° Al inicio de nuestra relación, él pasaba hasta cuatro días a la semana conmigo.

   ° Cuando llegué de Puebla, aparecía los viernes por la noche y se iba de casa los lunes temprano para ir a trabajar. Salíamos al cine, a comer y a beber cerveza.

   ° Dos meses después, ya solo nos encontrábamos el sábado por la tarde para ir a alguna cantina. Dormía conmigo y el domingo al atardecer regresaba a su casa.

   ° Para el siguiente mes, nada más nos reuníamos para un paseo dominical en el centro y comer. Ya no dormíamos juntos.

   ° La última vez llamaba por teléfono y decía: —¿Cómo ves si te acercas acá al metro por donde vivo, para platicar un ratito, no? Incluso a esa cita llegó tarde y borracho.

   ° En la siguiente “cita” fui yo quien llegó en taxi a su casa, le entregué una caja con su ropa y pertenencias. Hablamos, lloramos y nos liberamos para siempre uno del otro.



   En mayo de 2008 su hermana Rosa me avisará que después de haber vivido quince años en Nueva York, Daniel regresó a México para recibir los amorosos cuidados de su madre y morir en su hogar a los 49 años. Con el espíritu sosegado, contemplaré su rostro inerte a través de la ventanilla del ataúd.



   DANIEL, el tercer gran Amor de mi Vida, fuiste un invaluable soporte emocional para mi alma y me colmaste de felicidad durante cinco años y medio, eras un hombre total en esencia y presencia.
   Me habría gustado retribuir a tu generosidad con más fuerza de mi parte, cuando ambos quedamos flotando a la deriva en el mar del destino.
   Representas la SOLIDARIDAD.