jueves, 5 de octubre de 2023

1984 Felipe

                                                                                           1984 Felipe


   Felipe cumplía con los requerimientos físicos suficientes para desearlo, y adicionalmente, poseía unos suculentos labios carnosos. Llegaba a mi casa por lo menos una vez a la semana y disfrutábamos sin ninguna limitación uno del otro. Con ese ritmo nos mantuvimos varios meses hasta que “algo” comenzó a inhibir su entusiasmo: primero fue su resistencia a penetrarme o que yo lo hiciera con él, luego alejó poco a poco su boca de mi verga y las últimas veces apretaba los labios al querer besarlo. Cuando acariciaba mi cuello, las ingles, o el pene, parecía que los estuviera explorando una enfermera.

   No lo expresó nunca, sin embargo comprendí que, igual que en otros hombres gays, el terror se estaba apoderando de él y día a día se apagaba el resplandor de nuestra recién conquistada libertad sexual.

   El sida estaba en México.

   Para entonces en mi carnet (imaginario) de salubridad, ya se habían marcado los cuadritos que indicaban sífilis, gonorrea y ladillas, enfermedades de transmisión sexual de las cuales conocía la prescripción médica que invariablemente recetaban los doctores. También sabía de, y llegué a ver (sin padecerlas), otras afecciones nombradas condilomas y crestas. Detectadas y tratadas a tiempo, todas eran curables y las consecuencias no iban más allá de la vergüenza o ser comidilla de los amigos.


   Pero de este nuevo mal comenzaron a llegar noticias de otras regiones donde la devastación era terrible; que únicamente atacaba a personas como nosotros, que se trataba de un flagelo divino, que era un experimento de laboratorio con tintes genocidas, que algunos gobiernos improvisaban campos de concentración disfrazados de “granjas” para los afectados, que las víctimas eran consumidas en semanas y que la capacidad de contagio flotaba alrededor del infectado.

   Aun así, faltaban varios años para que toda nuestra comunidad se infectara de ese miedo que incipientemente mostraba Felipe, quien de manera definitiva, suspendió sus visitas a mi cama.         

 

   No dudo ni tantito de que Antonio Cué ya hubiera percibido la nueva atmósfera reinante y se adelantó para trabajar sobre el tema, y así lo hizo con el grupo a mediados de año [1].

 

[1] Ver en la serie de relatos BITÁCORA DE VIAJES:    1984 Mayo segundo viaje de ketamina     SEMINARIO DE MUERTE