—“Hola Chilindrina, ¿puedes platicarnos sobre ti?... queremos conocerte”.
Pasan unos segundos y mi única respuesta es inclinar la cabeza hacia un costado y pegarla al hombro (del mismo lado) que he subido. Aprieto los ojos, que no he abierto desde que comenzó la “platica”, y cierro con fuerza la boca, tratando de impedir la salida de algo que desea escapar. Siento mucha vergüenza al imaginarme en la escena, vulnerable, infantil, feo. Toño insiste en saber sobre esas cosas buenas que dice preservar y cuál es su relación con ese ser ensangrentado y misterioso.
Sesión tras sesión, no
dejaba de maravillarme el complejo mecanismo que es la mente.
Dos semanas después, todo SEXPOL íbamos a una casa de campo con alberca en Cuautla, Morelos, para
realizar una serie de dinámicas en el agua. Antes de llegar ahí, se descompuso
el auto donde una parte del grupo viajábamos. En lo que se arreglaba el
desperfecto, hablaba de trivialidades con Fernando cuando de repente me dijo que
le gustaba más “La Chili” que mi otro
yo defensivo. Cuando lo miré a los ojos supe que no lo decía un simple compañero de
grupo, era una flecha lanzada directo a la incauta Chilindrina.
Esa noche el grupo
salió a dar una vuelta por el pueblo y decidí quedarme para lavar los
trastes de la merienda y descansar. Mientras lo hacía, estaba sonando en el
reproductor de casetes de música una pieza de Vangelis, especialmente sensual y sutil. Cada nota que entraba por
los oídos se instalaba en mi corazón, no sin antes pasar y acariciarme las
entrañas. ¡Upss! Estaba enculado de Fernando.
Fernando había
estudiado psicología mas no la ejercía (al menos profesionalmente) porque tenía
un puesto de cajero en NAFINSA, un banco perteneciente al Estado Mexicano y
cuyos líderes sindicales habían logrado sueldos y prestaciones económicas
principescas. Tenía un departamento propio, amueblado con excelente gusto en
una linda colonia, un automóvil de lujo, buena ropa y la apariencia de un
exitoso joven ejecutivo. Apariencia que le preocupaba más que cualquier otra
cosa.
Pese al buen acuerdo con Alejandro, en el que yo tendría aventuras pasajeras y estaría con él emocionalmente, no pude controlar el deseo de dar “todo” a mi nuevo amor e inicié un romance con Fernando que terminaría cinco semanas después de manera abrupta. El galán llevaba una relación algo tortuosa con su madre. No había tenido los huevos para decirle que era gay, le hizo creer que tenía una novia (y a la misma novia también) a la que incluso embarazó e hizo abortar. Cuando iniciamos lo “nuestro”, tenía un vínculo amoroso con Omar a quien dijo adiós.
El resultado de la relación fue: cogidas estándar y poca comunicación, y menos con alguien como yo con un pasado escabroso y colectivo. En una ocasión salió a la plática el tema de los tríos, le conté que Pepe Muñoz (otro integrante del grupo) y yo habíamos hecho un ménage à trois con otro chico. Se puso furioso "porque no soportaba la idea de que alguien más me hubiera tocado", aunque luego salió a colación que Pepe había cogido con Omar en una de las cíclicas rupturas que (Fernando y Omar) tenían, y desde entonces lo odiaba. En semana santa hicimos un insípido viaje a Puerto Escondido, una noche bebió de más y estrelló la copa de cristal sobre la mesa del restaurante.
Todo terminó después de una fiesta de máscaras que un
compañero SEXPOL organizó y en la que no habló conmigo, porque tuve el
desacierto de complementar mi antifaz con los labios pintados.
Jugando a que soy psicólogo podría especular
sobre Fernando:
* Tenía una lucha contra el sexo mismo. Supongo
que lo consideraba “sucio” y se inventaba nuevos enamoramientos cuando la presión
en su vesícula seminal aumentaba. Al emparejarnos rompió con Omar, pero ya
había tenido varios rompimientos anteriores con él. Luego, después de mí se
enredó con Diego (Fernando mismo me lo comunicó), terminaron y hasta ahí me
quedé.
* Unos años adelante nos toparíamos en algún
evento cultural y me diría que después de mí, encontró el verdadero amor, o
sea, regresó con Omar y luego de romper con él, cogió con Diego, y luego de
romper con él, reencontró el amor con Omar, y luego de………..
Digo, tampoco estoy
hablando de un “caso” notable. Esta civilización se caracteriza por manejar la
dualidad Sexo/Amor (culpa/redención) a su conveniencia para controlar y
capitalizar el deseo y la energía vital de sus integrantes. Algunas personas
pueden llevarlo a niveles insospechados, lo que me recuerda una anécdota de
Antonio Cué sobre alguna de sus pacientes:
Esta mujer estaba feliz de haber encontrado al hombre ideal, era un exitoso artista plástico, cuarentón, culto y con buen sentido del humor, pero lo “mejor” de todo es que tenía parálisis desde la cintura hacia abajo, lo que incluía al pene y su capacidad para tener erecciones. Eso le daba dos certezas; quedaba liberada del desagradable compromiso sexual, y si bien el hombre no podría tener relaciones carnales con ella, lo importante es que tampoco podría tenerlas con OTRAS mujeres. Una tarde (típico) regresó a casa antes de lo esperado y descubrió que su amado había encontrado un sustituto perfecto para su pito, una agilísima lengua que hacía retorcer de gusto a una de sus alumnas. Ella, con mucha frustración entendió que la pulsión sexual es, tal cual la definiera Papá Freud: poderosa e irrefrenable.
Continuando con el
juego de roles “Soy psicólogo”, aclaro
que no pretendo culpar a Fernando de nuestro malogrado intento de relación. A
estas alturas de la presente antología es obvio que tengo una fuerte adicción a
la feniletilamina, la hormona del amor. Estoy atrapado en un ciclo de enamoramientos
y desenamoramientos. Vivo, enamorado del amor.
Este es el momento ideal para decir: "¡Ajááá! Te pillé cabrón, tú también
disfrazas calentura con amor." No obstante, reviso las estadísticas y encuentro que,
aunque el “amor” es el leitmotiv (???) o sea el tema
reiterado en muchos de mis cuentos, para estas fechas ya he estado
con al menos 200 tipos, sin más justificación que decirles… ¿Quieres coger?



