jueves, 5 de octubre de 2023

1984 Fernando

                                                                                                                     1984 Fernando

   “Estoy sentado frente a un escenario oscuro del que cuelgan cortinas semitransparentes. Me levanto y subo la escalinata que lleva al foro. Parado frente al público comienzo a bailar de manera muy sensual y provocativa. No se ha abierto el telón, pero puedo ver a través de la gasa mi exquisita silueta apenas iluminada por una luz rojiza y suave. Hay un acercamiento a mi cara, que luce como si fuera de mármol y veo que de la boca escurre un hilo de sangre. Termino de bailar, hago a un lado la cortina y regreso a la silla, solo que ahora estoy flaco y desabrido, hay un nuevo close up y tengo la cara de ¡la Chilindrina!
¿A caray, qué pasó?, va de nuevo… regreso por las escaleras, cruzo la cortina que no se abre, me planto en el escenario y vuelvo a ser seductor, peligroso, fatal. Bajo las escaleras, no he tomado asiento todavía cuando ese personaje ha poseído nuevamente mi cuerpo. Lo extraño es que no me provoca desagrado, porque sé que resguarda todo lo bueno que hay en mi interior.”

 

   Estoy una vez más, sentado en el centro de la habitación, pero esta ocasión es el lugar donde se llevan a cabo las sesiones de SEXPOL. Hace unos minutos narré al grupo el sueño que tuve unas noches atrás y Antonio quiere ahondar en el mismo. Todos hemos hecho previamente ejercicios bioenergéticos y respiratorios, pide que cierre mis ojos y comienza a preguntar sin rodeos:

—“Hola Chilindrina, ¿puedes platicarnos sobre ti?... queremos conocerte”.

Pasan unos segundos y mi única respuesta es inclinar la cabeza hacia un costado y pegarla al hombro (del mismo lado) que he subido. Aprieto los ojos, que no he abierto desde que comenzó la “platica”, y cierro con fuerza la boca, tratando de impedir la salida de algo que desea escapar. Siento mucha vergüenza al imaginarme en la escena, vulnerable, infantil, feo. Toño insiste en saber sobre esas cosas buenas que dice preservar y cuál es su relación con ese ser ensangrentado y misterioso.

   Sesión tras sesión, no dejaba de maravillarme el complejo mecanismo que es la mente.

 

   Dos semanas después, todo SEXPOL íbamos a una casa de campo con alberca en Cuautla, Morelos, para realizar una serie de dinámicas en el agua. Antes de llegar ahí, se descompuso el auto donde una parte del grupo viajábamos. En lo que se arreglaba el desperfecto, hablaba de trivialidades con Fernando cuando de repente me dijo que le gustaba más “La Chili” que mi otro yo defensivo. Cuando lo miré a los ojos supe que no lo decía un simple compañero de grupo, era una flecha lanzada directo a la incauta Chilindrina.

   Esa noche el grupo salió a dar una vuelta por el pueblo y decidí quedarme para lavar los trastes de la merienda y descansar. Mientras lo hacía, estaba sonando en el reproductor de casetes de música una pieza de Vangelis, especialmente sensual y sutil. Cada nota que entraba por los oídos se instalaba en mi corazón, no sin antes pasar y acariciarme las entrañas. ¡Upss! Estaba enculado de Fernando.

 

   Fernando había estudiado psicología mas no la ejercía (al menos profesionalmente) porque tenía un puesto de cajero en NAFINSA, un banco perteneciente al Estado Mexicano y cuyos líderes sindicales habían logrado sueldos y prestaciones económicas principescas. Tenía un departamento propio, amueblado con excelente gusto en una linda colonia, un automóvil de lujo, buena ropa y la apariencia de un exitoso joven ejecutivo. Apariencia que le preocupaba más que cualquier otra cosa.

 

   Pese al buen acuerdo con Alejandro, en el que yo tendría aventuras pasajeras y estaría con él emocionalmente, no pude controlar el deseo de dar “todo” a mi nuevo amor e inicié un romance con Fernando que terminaría cinco semanas después de manera abrupta. El galán llevaba una relación algo tortuosa con su madre. No había tenido los huevos para decirle que era gay, le hizo creer que tenía una novia (y a la misma novia también) a la que incluso embarazó e hizo abortar. Cuando iniciamos lo “nuestro”, tenía un vínculo amoroso con Omar a quien dijo adiós.

   El resultado de la relación fue: cogidas estándar y poca comunicación, y menos con alguien como yo con un pasado escabroso y colectivo. En una ocasión salió a la plática el tema de los tríos, le conté que Pepe Muñoz (otro integrante del grupo) y yo habíamos hecho un ménage à trois con otro chico. Se puso furioso "porque no soportaba la idea de que alguien más me hubiera tocado", aunque luego salió a colación que Pepe había cogido con Omar en una de las cíclicas rupturas que (Fernando y Omar) tenían, y desde entonces lo odiaba. En semana santa hicimos un insípido viaje a Puerto Escondido, una noche bebió de más y estrelló la copa de cristal sobre la mesa del restaurante.

Todo terminó después de una fiesta de máscaras que un compañero SEXPOL organizó y en la que no habló conmigo, porque tuve el desacierto de complementar mi antifaz con los labios pintados.

 

   Jugando a que soy psicólogo podría especular sobre Fernando:

 

   * Que tenía un conflicto de homosexualidad egodistónica. Ya que esta historia ocurrió antes de que la Asociación Estadounidense de Psiquiatría lo retirara de su DSM-III-R, mi diagnóstico vale. Ahora solo se le diría:
“angustia persistente y marcada por la propia orientación sexual” (DSM-IV).

 

   * Tenía una lucha contra el sexo mismo. Supongo que lo consideraba “sucio” y se inventaba nuevos enamoramientos cuando la presión en su vesícula seminal aumentaba. Al emparejarnos rompió con Omar, pero ya había tenido varios rompimientos anteriores con él. Luego, después de mí se enredó con Diego (Fernando mismo me lo comunicó), terminaron y hasta ahí me quedé.

 

   * Unos años adelante nos toparíamos en algún evento cultural y me diría que después de mí, encontró el verdadero amor, o sea, regresó con Omar y luego de romper con él, cogió con Diego, y luego de romper con él, reencontró el amor con Omar, y luego de………..          

 

   Digo, tampoco estoy hablando de un “caso” notable. Esta civilización se caracteriza por manejar la dualidad Sexo/Amor (culpa/redención) a su conveniencia para controlar y capitalizar el deseo y la energía vital de sus integrantes. Algunas personas pueden llevarlo a niveles insospechados, lo que me recuerda una anécdota de Antonio Cué sobre alguna de sus pacientes:

   Esta mujer estaba feliz de haber encontrado al hombre ideal, era un exitoso artista plástico, cuarentón, culto y con buen sentido del humor, pero lo “mejor” de todo es que tenía parálisis desde la cintura hacia abajo, lo que incluía al pene y su capacidad para tener erecciones. Eso le daba dos certezas; quedaba liberada del desagradable compromiso sexual, y si bien el hombre no podría tener relaciones carnales con ella, lo importante es que tampoco podría tenerlas con OTRAS mujeres. Una tarde (típico) regresó a casa antes de lo esperado y descubrió que su amado había encontrado un sustituto perfecto para su pito, una agilísima lengua que hacía retorcer de gusto a una de sus alumnas. Ella, con mucha frustración entendió que la pulsión sexual es, tal cual la definiera Papá Freud: poderosa e irrefrenable. 

 

   Continuando con el juego de roles “Soy psicólogo”, aclaro que no pretendo culpar a Fernando de nuestro malogrado intento de relación. A estas alturas de la presente antología es obvio que tengo una fuerte adicción a la feniletilamina, la hormona del amor. Estoy atrapado en un ciclo de enamoramientos y desenamoramientos. Vivo, enamorado del amor.

   Este es el momento ideal para decir: "¡Ajááá! Te pillé cabrón, tú también disfrazas calentura con amor." No obstante, reviso las estadísticas y encuentro que, aunque el “amor” es el leitmotiv (???) o sea el tema reiterado en muchos de mis cuentos, para estas fechas ya he estado con al menos 200 tipos, sin más justificación que decirles… ¿Quieres coger?