1983 Pedro
—“A ver…….. los putos se pasan de este lado y los que se cogen a los putos de este otro” —señalaba con el dedo índice a su costado derecho o izquierdo, el agente de la Policía Municipal, mientras organizaba al grupo de personas que su corporación había ido a arrestar a El Olímpico, una cantina gay en el centro de la fronteriza Ciudad Juárez, en Chihuahua.
Hasta allá, a 1300 kilómetros de distancia, el huracán de la liberación homosexual, no había alcanzado ni siquiera a despeinar a las machistas y corruptas autoridades municipales.
Yo tenía que ser muy cuidadoso para escoger en cuál bando debería ubicarme, pues a los mayates [1] se les trataría como hombres y a los pasivos con mayor consideración. Cuando iba a escoger la opción light, Pedro, un compañero de redada, me sugirió que sería mejor estar con los “machos”. Minutos después supe por qué. Un grupo de policías arrastraban varias cajas grandes de cartón y las ubicaban en el centro del patio de la comandancia, al tiempo que el oficial al mando pedía a los jotitos que se tranquilizaran, pasaran a escoger su vestuario y se pusieran “guapas” porque no tardaban en llegar los reporteros y quería que se colocaran en la escalinata del lugar para posar. Con algo de suerte y la peluca correcta, se harían famosas en uno o dos días gracias a la plana principal del infame periodicucho.
Era diciembre y un
grupo de compañeros de la Dirección General de Bibliotecas habíamos
viajado hasta allá para hacer el montaje de la primera feria del libro que se
llevaría a cabo en esa ciudad. Tal vez algo de cultura ayudaría a mejorar la
imagen de ese lugar ubicado entre la frontera de los derechos humanos y el
desierto.
De todas maneras, estaba muy emocionado, pues el puente limítrofe sobre el Río Bravo que
conectaba con El Paso, Texas, estaba a unas calles del centro. Había tenido
la precaución de tramitar en la Ciudad de México mi pasaporte y en la misma
oficina de control de cruces internacionales obtuve una visa temporal. Esa
tarde María (una compañera de trabajo) y yo cruzamos la frontera. Estaba muy entusiasmado… ¡mi estatus como trotamundos subía a un nivel internacional! Lo primero que
hicimos fue correr a un McDonald´s para probar las casi míticas hamburguesas
que todavía tardarían dos años en abrir su primera sucursal en México. Mi
hermanito casi enloquece cuando le llevé la envoltura, el recipiente de las
papas fritas y del pay de manzana, y además el vaso con los logotipos de McDonald´s (su categoría
dentro del salón de clases también subió varios puntos). Luego fuimos a comprar
ropa, chocolates y lociones.
Hasta la última década del siglo XX se abrirán las fronteras comerciales entre las naciones de Norteamérica y cualquier producto podrá circular en la región, pero entonces se consideraba contrabando y actividad ilegal el pasar mercancía gringa a este país.
Los nervios me
devoraban cuando pasábamos por la aduana del aeropuerto, al pensar que podían
ser descubiertos los dulces que llevaba para mamá, la ropa “americana” para
Fidel o el reloj transformer para mi
hermano menor. Por supuesto que no hubiera pasado nada, aunque los carteles en el
aeropuerto hacían creerme un delincuente.
Estaba aterrado porque a la celda donde nos metieron a los “pica pulpos”,
también ingresaron raterillos, inmigrantes ilegales y borrachos peleoneros.
Comenzaba a arrepentirme de no haber seleccionado el género correcto, al que
por cierto le importaba muy poco el atropello de las autoridades. Las loquitas
traían un desmadre buenísimo en el calabozo de enfrente, había cantos,
carcajadas y un improvisado certamen de "Miss Presidiaria”.
Cuando intentaba
dormir, comenzaron a oírse gritos que solicitaban ayuda de los policías porque
uno de mis compañeros prisioneros se había provocado graves heridas en la
muñeca de la mano, al frotarla con fuerza sobre una sección de hierro oxidado y
filoso de la reja. El chico estaba sangrando, no pude o quise hacer algo y
entré en shock. Nuevamente Pedro recomendaba calma… por mi bien. Se acuclilló a
un lado y así estuvimos por horas. Fueron 36 horas en total hasta que oí mi
nombre, abrieron la celda y salí, no sin antes memorizar el número
telefónico que mi protector me daba. Debía llamar y avisar que él estaba ahí,
para que fueran a pagar la multa.
El jefe del equipo que veníamos de la Ciudad de
México me esperaba en la sala de la comisaría, salimos del lugar, subimos a un
auto y cuando intentaba darle una explicación, pasó su brazo por mi espalda
mientras mencionaba que no necesitaba ninguna aclaración, lo importante era que
ya estaba afuera. No pude parar de llorar durante todo el trayecto al hotel.
Una vez en la habitación, hice la llamada a la
gente de Pedro.
Dos días después, por
la tarde me encontré con Pedro en la Plaza de Armas de Ciudad Juárez.
¿Cómo? ¿Qué cómo pasó eso? Ah sí, perdón… no había dicho que allá adentro de la cárcel quedamos de vernos en ese lugar y día para platicar. Olía a loción, estaba afeitado y lucía muy sexy con ese sombrero y hebilla ancha en el cinturón. Era un rancherote, con los mismos rasgos característicos de la gente mestiza del sur del país, aunque más alto y fuerte. Se sabe que los antepasados de muchos de los habitantes de aquellas ciudades en el extremo norte del país, emigraron desde Oaxaca, Guerrero o Puebla, para encontrar fuentes de trabajo mejor pagado, y después de muchas generaciones de alimentarse con una dieta rica en trigo, lácteos y proteína animal (característica de aquella región) su desarrollo físico había alcanzado un óptimo nivel. Muchas veces he fantaseado con la idea de que así debería verse toda mi raza, si el Estado se ocupara de una política alimentaria más asertiva y digna, complementaria al maíz, el frijol y el chile.
A propósito de chile… fuimos
a mi hotel y Pedro hizo un loable esfuerzo durante esa noche para tratar de
reivindicar la imagen de su tierra.
Sospecho que una maldición
me perseguía, pues meses después se repitió el incidente en Mexicali, otra
ciudad fronteriza con el estado de California, U.S.A.
Fuimos a dar unos cursos para echar a andar la biblioteca infantil. Después de que terminé el encargo, salí a buscar
diversión, entré a una cantina pueblerina, llegó la policía y enjauló a los
parroquianos durante un día. Alejandro, mi compañero de trabajo, pagó la multa y
fui liberado.
Desafortunadamente, esta vez no hubo un final
“feliz” como en Chihuahua.
[1] Se cree que la palabra mayate, y su adjudicación
a los hombres que sin ser gays les gusta penetrar a otros hombres, viene de ese
escarabajo con color verde metálico al cual se le ve frecuentemente por el
jardín empujando bolas de caca.



