jueves, 5 de octubre de 2023

1983 Ezequiel

                                                                                                                              1983 Ezequiel

   Mi encuentro con Ezequiel fue breve, aunque exacerbado por los efectos residuales de mi primera experiencia con hongos alucinógenos [1]. De entrada, lo vi muy atractivo cuando se presentó ante el grupo con el que todos realizaríamos el viaje. Vestía pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, zapatos de gamuza color beige, cargaba un morral y el cabello le llegaba a los hombros. Cualquiera hubiera pensado que era un estudiante con tendencias “izquierdosas” proveniente de algún bachillerato público. La realidad es que tenía 30 años y ¡un Doctorado en Ciencias! Era colega de Alejandro en la Facultad de Química de la UNAM.
 
   Por la noche, cuando la vivencia en la cabaña de los Cué hubo terminado, Ezequiel se ofreció para llevarme a casa, que finalmente no fue a la mía sino a la suya.

   No solo era mi enraizado gusto por los morenos lo que me hacía encontrarlo exquisito, tenía un resplandor mágico en los ojos y en su aliento había un delicado aroma a “carne humana”. Más, lo que encendió mi pasión fue el olor que penetró por mi nariz hasta el centro de mi cerebro cuando besé sus axilas. Era, en el más fiel sentido, concentrado puro de Hombre. Había oído hablar de las feromonas dentro de un contexto mercantil, embotelladas en frasquitos baratos que prometían una atracción irresistible a quien las usara. Sin embargo, eso que nacía de los sobacos de Ezequiel, era la quintaesencia del género XY.
   Cogimos hasta sudar el último microgramo de psilocibina.

   Por la mañana jugábamos un poco sobre la cama cuando sonó el teléfono, Ezequiel respondió y por lo que escuché, supe que era Alejandro. Como si yo fuera un niño que desea hablar con su papá para darle una sorpresa, le hacía señas y aspavientos para que me pasara el teléfono. Ezequiel se puso nervioso, comenzó a tartamudear, algo dijo sobre platicar con calma después y colgó el teléfono.
Al preguntar por qué no me dejó hablar, respondió que "eso no estaba bien", pues Alex era su amigo y yo, su pareja. Por un segundo sentí culpa por lo que había hecho esa noche, lo repensé y le confirmé mi intención de comentarlo con él.
   —Por favor no lo hagas… —negociaba Ezequiel.
   —¿Por qué no?, si no hay razón para callar…
   Se armó un brete, que por último se desenredó entre los tres, con una evidente molestia por parte de Ezequiel y desconcierto de Alex. Yo estaba muy decepcionado por el nivel de inteligencia que mostró el eminente doctor al que Alejandro calificaba de "enciclopedia andante”.
   ¡¡CARAJO!! O sea que, se podía desmenuzar hasta niveles cuánticos un elemento químico X, sin embargo, ¿no se podía hablar de penes, culos y vaginas, de pelos y esas “cosas” por las que se obsesiona la humanidad?
 
   Hoy, tratando de equilibrar esa injusta valoración por la ciencia del deseo, trataré de ponerme en el lugar de aquellos vanguardistas y pioneros estudiosos de la conducta sexual humana, sin el freno que, ya fuera exigido por el gremio científico o auto impuesto, los llevó a reportar de manera fría y aséptica sus observaciones sobre el “sujeto” A y la “sujeta” B:

                                                                   Modelo lineal de Masters y Johnson (1966)


                                                                            Deberá decir [2]:
 

















   Lo sorprendente es que más allá de la mofa que hago del tema, aparte de muchos estudios sobre género o sea, desde una perspectiva social, no he encontrado literatura científica que profundice en el rostro interno del ejercicio sexual de los humanos (en el caso que me interesa, los hombres), aunque hay cientos de referencias que van de lo hilarante a lo patético acerca de lo que nos motiva, en novelas, cuentos, películas y básicamente en las charlas con amigos.
   Qué intrincados mecanismos mentales llevan a un hombre a la obsesión o excitarse hasta el orgasmo cuando ve o toca una parte del cuerpo que para otros ojos es invisible: un pie, ombligo, oreja o pezones; usar o tocar calzones bikes, zapatos de tacón, lencería de encaje, prendas de piel o látex; a jugar el rol de infante, esclavo, animal, o cosa y escalarlo hasta límites insospechados o... "pervertidos", de la manera en que califican esas prácticas el común de la gente, pues lo más que han avanzado los estudios sobre esa área es en llamarlas filias o parafilias, que no solo buscan y disfrutan los hombres gays. Cada vez son más solicitadas por hombres heterosexuales las dominatrices, así lo descubrió por ejemplo Paty, una amiga de la niñez y paisana de Jaime mi pareja, que ha visto duplicados sus ingresos como trabajadora sexual desde que nos pidió la aleccionáramos sobre la forma de ser dominante, la lleváramos a comprar ropa adecuada, dildos de varios calibres (ciertamente no para ella), esposas candado de mano y un fuete para fustigar (sin excederse por supuesto, le advertimos) la ardiente carne de sus clientes. Lo mejor de todo es que, salvo muy raros casos, ya ni siquiera es necesario ser penetrada por ellos, pues la realización de sus fantasías les arrebata impetuosamente el semen y la energía.
   ¿Quiénes serán los próximos William Masters y Virginia Johnson, Havelock Ellis o Alfred Kinsey, esos que darán un paso adelante en el estudio sin dogmas ni limitaciones de la sexualidad humana? Esos que dejarán la cómoda silla ergonómica frente a su PC para visitar y observar de manera imparcial el crudo y revelador comportamiento sexual de los humanos en cines, saunas, orgías, prostíbulos, etc. etc. etc.
   Irónicamente, hace un siglo hubo alguien que lo hizo a un nivel del que únicamente quedan ecos (y aun esos retumban poderosos todavía). Dedicó décadas al estudio del comportamiento sexual desde una visión empírica y humanista, creando una herencia (intestada) de archivos gráficos y documentos invaluables que, por desgracia fueron incinerados, igual que decenas de miles de hombres homosexuales, por las huestes hitlerianas.
Su nombre era Magnus Hirchfeld.           




   El mismo Alejandro me comunicaría años más tarde, que Ezequiel había fallecido de sida comenzando la década de los 90. Q.E.P.D.


 
[1] Ver en la serie BITÁCORA DE VIAJES:
    1983 Septiembre: primer viaje de hongos   MI PRIMERA COMUNIÓN

[2] Para no encender la indignación de los censores del lenguaje misógino y/o sexista, aclaro que los dichos en esta Tabla, en la columna Mujer, surgieron de divertidas pláticas con amigas, excuñadas y hombres bugas.