jueves, 5 de octubre de 2023

1983 Desiderio

                                                                                                                               1983 Desiderio


   Estaba seguro de que mi “noviazgo” con Desiderio había sido más largo, unas semanas quizá, pero quedé sorprendido cuando él mismo dijo que nada más estuvimos juntos una vez.

   Tengo presente la vista nocturna desde la ventana de su departamento en un cuarto piso, la infinidad de lucecitas que indicaban cientos de viviendas, nuestras charlas a lo largo de los días, la familiaridad con sus hermanas y esa sensación de estar al lado de alguien con quien has caminado un buen rato. No dudo ni tantito de que dijo la verdad; aun así, quien se ha acercado a Desiderio sabe de lo que hablo y ha sentido que lo conoce desde hace años… o ¿siglos?

   Es un espíritu antiguo, aunque cuando lo conocí su cuerpo lucía fresco, igual que el higo, la tuna o la granada, esas ricas frutas del Mezquital. A pesar de que tenía una naturaleza menos impetuosa que la mía, supe que era el candidato ideal para ingresar a SEXPOL. Hablé sobre él con Toño Cué y no solo se integró con nosotros, sino que acompañaría a Toño durante tres décadas hasta su salida de este mundo.

   Desiderio me platicó que ya había conectado con Cué antes de ir al grupo y por alguna razón perdió contacto con él, así que pecando de soberbia, puedo presumir que yo los reconecté.

   Ellos formaron una alianza bioenergética y yo continué buceando, hurgando en el complejo mecanismo donde se generaba mi bioenergía.

 

   Aseguré dos cuentos atrás, que hablaría sobre nuestro trabajo con Gestalt y Psicodrama. Estoy muy lejos de conocer la base teórica o de pretender explicar la forma en que se aplicaron estas técnicas terapéuticas en SEXPOL. Sin duda lo sabía Antonio y eso bastaba para mí. De la Gestalt nada más entendí que, si bien no se centraba en el pasado, sí lo utilizaba para ser resuelto en el presente, y con ello hacerse responsable de los propios actos, aquí y ahora sin culpar a nadie más.

 

   Mi mamá ha sido protagonista en varias de las narraciones de esta antología (y lo seguirá siendo en muchas más); la he dibujado una mujer práctica, firme, estoica, incluso fálica. Nada de lo que no pudiera sentirme orgulloso. Sin embargo, aquella sesión revelaría que no todo lo que veía en ella eran virtudes.

 

   Iniciamos durante diez o quince minutos con ejercicios respiratorios, y esa vez se llevarían a un nivel extremo. Toño pidió al grupo formar parejas: uno de nosotros se tendería en el piso boca arriba y el otro se sentaría sobre nuestro tórax. La idea era cancelar la respiración con el pecho y forzar a nuestro diafragma a bajar para obtener una respiración desde el vientre. Mi pareja fue Arturo Rodríguez, un hombre alto y corpulento al que intentaba levantar con la fuerza del aire que aspiraba con mi pecho. Cada vez lo lograba menos, pero ni así relajaba el diafragma, lo que me hubiera permitido recuperar el aliento. Arturo hacía exhortos para que yo modificara la técnica respiratoria, y al ver mi cerrazón comenzó a gritarme de manera imperativa para luego reírse de mi terquedad. En ese momento, ante mis ojos su rostro comenzó a transfigurarse en el de mi madre. Una corriente de rabia y desprecio invadió mi cerebro, luché para no desfallecer y el poco aire que logré obtener, lo usé para gritarle:

   —¡¡¡Putaaaaa!!!, ¡eres una puta! —Arturo/Mamá reía a carcajadas y se arremolinaba sobre mi pecho.

   —¡Puta, puta, puta! —ladraba mi boca, ahogado en llanto mientras olas de vergüenza golpeaban toda mi mente.

   Mi compañero se levantó y alejó, respetando la catarsis provocada por esa nueva información que el sótano de mi cabeza ponía a disposición de la conciencia. Durante un largo rato sollocé en posición fetal, tirado sobre la alfombra.



 

   Mientras veía con desdén a las madres de mis compañeros de la secundaria, cuando iban a firmar documentos o a hacer un trámite, mi pecho se inflaba engreído por el voluptuoso cuerpo de mamá, con esas piernas fuertes y torneadas, las nalgas grandes y firmes, unidas a una cintura pequeña y un abdomen plano, el cuello fuerte y elegante, el cabello cortísimo, lo que le daba un aire de guerrera amazona. Yo mismo escogía el vestido y calzado con el que debería ir. Las otras “señoras” apenas llegarían a los treinta y tantos años; no obstante, con esa falda debajo de la rodilla, el suéter escurrido, el delantal, las chanclas, ¡los tubos! para rizarse el cabello, jamás serían observadas con los ojos lúbricos y la boca babeante de mis profesores.

   Obviamente mi madre sabía el efecto que causaba en los hombres y durante mi adolescencia vería desfilar a sus pretendientes o amantes. En alguna ocasión me platicó que durante las olimpiadas de 1968, cuando nosotros estábamos en un internado en Puebla, ella y otras amigas rondaron por la Villa Olímpica que albergó atletas de todo el mundo, y se dieron el gusto de tirarse a los campeones de varias disciplinas y nacionalidades. Pertenecía a la primera generación de mujeres de la posguerra, de los anticonceptivos, de la libertad sexual abanderada por el movimiento hippie, y de la rebelión contra el yugo matrimonial por dependencia.

 




   Tal vez una de esas mamás mustias, frígidas y abnegadas que yo veía en las juntas de la secu, se infiltró a mi sistema moral… o peor aún; el macho que vivía adentro, ese que se instaló antes de que llegara el puto… o ¡qué horror!, el macho puto dentro de mí, escapó de su prisión y corrió para juzgar inclemente a su heroína.

 

   AQUÍ y AHORA lo sabía, y debería decidir qué hacer con ello:

 

·         Culpar a mi madre por ser lo que hoy yo era… o

·         Una vez descubierta la probable génesis de mi vida libertina, me redimiría en la “decencia”… o

·         Me hacía el pendejo… o

·         Tomaba responsabilidad de mis actos y emociones más allá de juicios de valor.   

 

   Mientras alguna de las opciones se materializaba, seguiría compartiendo esa oportunidad única de aprendizaje al lado de mis compañeros en SEXPOL.

 

   La mente de Desiderio con los años, dio a luz a un sabio chamán, a un bailarín, a un cazador de peyote, a un estudioso de la lengua Otomí, a un activista social, a un terapeuta, a un………………………………..