1983 Desiderio
Estaba seguro de que mi “noviazgo” con Desiderio había sido más largo, unas semanas quizá, pero quedé sorprendido cuando él mismo dijo que nada más estuvimos juntos una vez.
Tengo presente la vista
nocturna desde la ventana de su departamento en un cuarto piso, la infinidad de
lucecitas que indicaban cientos de viviendas, nuestras charlas a lo largo de los días,
la familiaridad con sus hermanas y esa sensación de estar al lado de alguien
con quien has caminado un buen rato. No dudo ni tantito de que dijo la
verdad; aun así, quien se ha acercado a Desiderio sabe de lo que hablo y ha sentido que
lo conoce desde hace años… o ¿siglos?
Desiderio me
platicó que ya había conectado con Cué antes de ir al grupo y por alguna razón
perdió contacto con él, así que pecando de soberbia, puedo presumir que yo los
reconecté.
Ellos formaron
una alianza bioenergética y yo continué buceando, hurgando en el complejo
mecanismo donde se generaba mi bioenergía.
Aseguré dos cuentos atrás, que hablaría sobre nuestro
trabajo con Gestalt y Psicodrama. Estoy muy lejos de conocer la base teórica o
de pretender explicar la forma en que se aplicaron estas técnicas terapéuticas
en SEXPOL. Sin duda lo sabía Antonio y eso bastaba para mí. De la Gestalt nada más entendí que, si bien no se centraba en el pasado, sí lo utilizaba para ser resuelto
en el presente, y con ello hacerse responsable de los propios actos, aquí y ahora sin
culpar a nadie más.
Mi mamá ha sido protagonista en varias de las
narraciones de esta antología (y lo seguirá siendo en muchas más); la he
dibujado una mujer práctica, firme, estoica, incluso fálica. Nada de lo
que no pudiera sentirme orgulloso. Sin embargo, aquella sesión revelaría que no todo
lo que veía en ella eran virtudes.
Iniciamos durante diez o quince minutos con ejercicios
respiratorios, y esa vez se llevarían a un nivel extremo. Toño pidió al
grupo formar parejas: uno de nosotros se tendería en el piso boca arriba y el
otro se sentaría sobre nuestro tórax. La idea era cancelar la respiración con
el pecho y forzar a nuestro diafragma a bajar para obtener una respiración
desde el vientre. Mi pareja fue Arturo Rodríguez, un hombre alto y corpulento
al que intentaba levantar con la fuerza del aire que aspiraba con mi pecho.
Cada vez lo lograba menos, pero ni así relajaba el diafragma, lo que me hubiera
permitido recuperar el aliento. Arturo hacía exhortos para que yo modificara la
técnica respiratoria, y al ver mi cerrazón comenzó a gritarme de manera
imperativa para luego reírse de mi terquedad. En ese momento, ante mis ojos su
rostro comenzó a transfigurarse en el de mi madre. Una corriente de rabia y
desprecio invadió mi cerebro, luché para no desfallecer y el poco aire que logré
obtener, lo usé para gritarle:
—¡¡¡Putaaaaa!!!, ¡eres una puta! —Arturo/Mamá reía a carcajadas y se arremolinaba sobre mi pecho.
—¡Puta, puta,
puta! —ladraba mi boca, ahogado en llanto mientras olas de vergüenza
golpeaban toda mi mente.
Mi compañero se levantó y alejó, respetando la
catarsis provocada por esa nueva información que el sótano de mi cabeza ponía a
disposición de la conciencia. Durante un largo rato sollocé en posición fetal,
tirado sobre la alfombra.
Obviamente mi madre sabía el efecto que causaba en los
hombres y durante mi adolescencia vería desfilar a sus pretendientes o amantes.
En alguna ocasión me platicó que durante las olimpiadas de 1968, cuando
nosotros estábamos en un internado en Puebla, ella y otras amigas rondaron por
la Villa Olímpica que albergó atletas de todo el mundo, y se dieron el gusto de
tirarse a los campeones de varias disciplinas y nacionalidades. Pertenecía a la
primera generación de mujeres de la posguerra, de los anticonceptivos, de la
libertad sexual abanderada por el movimiento hippie,
y de la rebelión contra el yugo matrimonial por dependencia.
Tal vez una de esas mamás mustias, frígidas y abnegadas que yo veía en las juntas de la secu, se infiltró a mi
sistema moral… o peor aún; el macho que vivía adentro, ese que se instaló
antes de que llegara el puto… o ¡qué horror!, el macho puto dentro de mí,
escapó de su prisión y corrió para juzgar inclemente a su heroína.
AQUÍ y AHORA lo sabía, y debería decidir qué hacer con ello:
·
Culpar a mi madre por ser lo que hoy yo era… o
·
Una vez descubierta la probable génesis de mi vida libertina,
me redimiría en la “decencia”… o
·
Me hacía el pendejo… o
·
Tomaba responsabilidad de mis actos y emociones más
allá de juicios de valor.
Mientras alguna de las opciones se materializaba, seguiría compartiendo esa
oportunidad única de aprendizaje al lado de mis compañeros en SEXPOL.
La mente de Desiderio con los años, dio
a luz a un sabio chamán, a un bailarín, a un cazador de peyote, a un
estudioso de la lengua Otomí, a un activista social, a un terapeuta, a un………………………………..



