jueves, 5 de octubre de 2023

1983 Jaime

                                                                                                                                        1983 Jaime


   Llevaba más de dos años haciendo trabajo personal en SEXPOL cuando llegó Jaime Del Carmen al grupo. Estudiaba Psicología en la UNAM, tenía una espléndida y saludable figura de chico universitario porque además, pertenecía al equipo de futbol americano de la escuela.


   A las pocas semanas me “tacleó” anotándome algunos goles por la retaguardia y un día, sin más, fui expulsado de su cancha. Yo estaba furioso, no porque hubiera herido mi amor o algo así, sino porque hábilmente se adelantó a mi clásica jugada de "te uso y te boto". Antonio Cué se percató inmediatamente de ese enojo hacia Jaime y, sin darme cuenta lo capitalizó para el propio trabajo terapéutico.



   En una sesión se ahondó sobre aquellos personajes que deseábamos sacar de nuestras vidas, ya sea por el daño que nos causaron o por lo que representaban. En ese momento ubiqué como villano de la película a mi papá.
   Toño hacía que uno de nosotros se pusiera una chaqueta kimono para Judo, y otro miembro del grupo, el portador de la pugna personal, trataría de sacarlo de la habitación donde trabajábamos (que representaba la mente misma). Solo podía hacerlo tomándolo de la solapa o las mangas de la chaqueta. Después de que pasaron varias parejas que se auto proponían, Antonio decidió que Jaime representaría mi conflicto.

   Desde el primer segundo se entabló una limpia pero feroz lucha entre los dos. Ese “papá” resistía todos mis embates, lo que provocaba en mí más ira y fuerza, a la que Jaime nunca cedió. Parecíamos dos fieras moribundas cuando quedamos sobre el piso tras una larga pelea, llenos de raspaduras en pies, codos y rodillas, jadeando y sudorosos. No creo haber exorcizado a mi padre, y sí quedó muy claro, que no siempre podría jugar con otro hombre y salir ileso.
 
   Cabe decir que no todas las sesiones eran así de intensas; cada una permitía avanzar con su propio ritmo a los integrantes de la agrupación. Aunque sé que Antonio siempre tuvo el profundo deseo de que SEXPOL se convirtiera en la fusión de los cerebros, manos, virtudes y fuerza de todos sus participantes, en una sola entidad.
   Es muy probable que yo haya mal interpretado las palabras que su viudo Desiderio mencionara el día que lo visité en el segundo aniversario luctuoso de Toño y platicamos durante horas, pero creo que acariciaba la fantasía de crear algo similar a unos Caballeros Templarios (...se dice que también fueron putos) del siglo veinte, más místicos que políticos como su primera generación que alimentó al Movimiento de Liberación Homosexual.

   Mientras eso ocurría, el eje principal del trabajo de desarrollo en SEXPOL se daba en cuatro técnicas interrelacionadas:

·         Los ejercicios bioenergéticos eran estiramientos, movimientos pélvicos y arcos diafragmáticos, que tenían el propósito de anclarnos a la tierra y enriquecer la energía vital de los cuerpos. También desbloqueaban grupos musculares específicos que, semejando una represa, almacenaban antiguas emociones (casi siempre negativas o paralizantes). Estos ejercicios los realizábamos en calzoncillos o desnudos si así lo deseaba un integrante.

·         Respiración. La tensión muscular suele manifestarse en patrones respiratorios, que al modificarse solían desbloquear conflictos emocionales. Toño la llamaba respiración baja, ya que por lo general lo hacemos a nivel del pecho, lo que limita el volumen de aire (oxígeno) que ingresa a nuestro cuerpo y por consiguiente, a la sangre. Lo ideal era relajar el diafragma y así los pulmones podrían duplicar su carga. Para que tomara conciencia de cual era mi diafragma, tuve la tarea de inducirme el vómito todas las mañanas mientras lavaba mi boca. Introducía el mismo cepillo de dientes hasta el fondo de la garganta, lo que provocaba fuertes contracciones en mi estómago, específicamente de los músculos diafragmáticos, que curiosamente se encuentran en esa área donde sentimos mariposas, o miedo, o ansiedad. Si todo salía bien, aprendería a desarrollar mi capacidad pulmonar y, de paso regurgitaría emociones rancias.
      
·         Masajes, que apoyaban manualmente el proceso iniciado por los ejercicios bioenergéticos, además de estimular el flujo sanguíneo y energético que fortalecía las funciones inmunitarias.

·         Meditación, una herramienta para alcanzar un estado de tranquilidad exterior e interior.
Un método que tenía la intención de suprimir toda actividad física y mental, que nos acercaría al autoconocimiento y la aceptación.
Me fascinaba escuchar la base teórica o naturaleza de la meditación en voz de Toño.
Sin darnos cuenta, explicaba, desde pequeños hemos sostenido un diálogo interno que no cesa nunca y se exacerba con la edad, un diálogo que no nos permite escuchar a nuestra conciencia o más aún, conectarnos con la esencia del TODO, que no habla, solo aflora en un estado de total vacío de pensamiento.

   Cuando me acusé ante Toño de no ser lo suficientemente disciplinado para llegar a ese estado, él comentó con una risita piadosa que no me preocupara tanto por eso, ya que únicamente Buda y algunos iluminados han podido lograrlo a voluntad. Pero, la mera intención y atención a esa técnica, muchas veces reportaba grandes beneficios internos. Durante mucho tiempo, hasta finales de los ochentas, tiempo después de haber salido de SEXPOL, la meditación formó parte de mi rutina diaria.
¿Por qué la dejé? No sabría responderlo, aunque tengo la ligera sospecha de que coincidió con la llegada de una oscura temporada en la que fueron trastocadas todas mis creencias en la Luz, la Fe, la Honestidad y un largo rosario de virtudes que se supone son “recompensadas” por la vida, a diferencia de sus hermanas gemelas en versión sombría. 


     A todo ese trabajo, Antonio Cué sumó las corrientes psicológicas Gestalt y el Psicodrama, de cuya experiencia hablaré pronto…