1983 Jaime
Llevaba más de dos
años haciendo trabajo personal en SEXPOL cuando llegó Jaime Del Carmen al
grupo. Estudiaba Psicología en la UNAM, tenía una espléndida y saludable figura
de chico universitario porque además, pertenecía al equipo de futbol americano
de la escuela.
A las pocas semanas me “tacleó” anotándome algunos goles por la retaguardia y un día, sin más, fui expulsado de su cancha. Yo
estaba furioso, no porque hubiera herido mi amor o algo así, sino porque hábilmente
se adelantó a mi clásica jugada de "te uso y te boto". Antonio Cué se percató
inmediatamente de ese enojo hacia Jaime y, sin darme cuenta lo capitalizó para el
propio trabajo terapéutico.
En una sesión se ahondó
sobre aquellos personajes que deseábamos sacar de nuestras vidas, ya sea por el
daño que nos causaron o por lo que representaban. En ese momento ubiqué como villano
de la película a mi papá.
Toño hacía que uno de nosotros se pusiera una chaqueta kimono para Judo, y otro miembro del grupo, el portador de la pugna personal, trataría de sacarlo de la habitación donde trabajábamos (que representaba la mente misma). Solo podía hacerlo tomándolo de la solapa o las mangas de la chaqueta. Después de que pasaron varias parejas que se auto proponían, Antonio decidió que Jaime representaría mi conflicto.
Toño hacía que uno de nosotros se pusiera una chaqueta kimono para Judo, y otro miembro del grupo, el portador de la pugna personal, trataría de sacarlo de la habitación donde trabajábamos (que representaba la mente misma). Solo podía hacerlo tomándolo de la solapa o las mangas de la chaqueta. Después de que pasaron varias parejas que se auto proponían, Antonio decidió que Jaime representaría mi conflicto.
Desde el primer segundo se entabló una limpia
pero feroz lucha entre los dos. Ese “papá” resistía todos mis embates, lo que
provocaba en mí más ira y fuerza, a la que Jaime nunca cedió. Parecíamos dos fieras
moribundas cuando quedamos sobre el piso tras una larga pelea, llenos de raspaduras en
pies, codos y rodillas, jadeando y sudorosos. No creo haber exorcizado a mi
padre, y sí quedó muy claro, que no siempre podría jugar con otro hombre y
salir ileso.
Cabe decir que no todas las
sesiones eran así de intensas; cada una permitía avanzar con su propio ritmo a
los integrantes de la agrupación. Aunque sé que Antonio siempre tuvo el profundo
deseo de que SEXPOL se convirtiera en la fusión de los cerebros, manos, virtudes
y fuerza de todos sus participantes, en una sola entidad.
Es muy probable que yo haya mal interpretado las palabras que su viudo Desiderio mencionara el día que lo visité en el segundo aniversario luctuoso de Toño y platicamos durante horas, pero creo que acariciaba la fantasía de crear algo similar a unos Caballeros Templarios (...se dice que también fueron putos) del siglo veinte, más místicos que políticos como su primera generación que alimentó al Movimiento de Liberación Homosexual.
Es muy probable que yo haya mal interpretado las palabras que su viudo Desiderio mencionara el día que lo visité en el segundo aniversario luctuoso de Toño y platicamos durante horas, pero creo que acariciaba la fantasía de crear algo similar a unos Caballeros Templarios (...se dice que también fueron putos) del siglo veinte, más místicos que políticos como su primera generación que alimentó al Movimiento de Liberación Homosexual.
Mientras eso ocurría,
el eje principal del trabajo de desarrollo en SEXPOL se daba en cuatro técnicas interrelacionadas:
Un método que tenía la intención de suprimir toda actividad
física y mental, que nos acercaría al autoconocimiento y la aceptación.
Me
fascinaba escuchar la base teórica o naturaleza de la meditación en voz de Toño.
Sin darnos cuenta, explicaba, desde pequeños hemos sostenido un diálogo interno que no cesa nunca y se
exacerba con la edad, un diálogo que no nos permite escuchar a nuestra
conciencia o más aún, conectarnos con la esencia del TODO, que no habla, solo
aflora en un estado de total vacío de pensamiento.
Cuando me acusé ante Toño de
no ser lo suficientemente disciplinado para llegar a ese estado, él comentó con
una risita piadosa que no me preocupara tanto por eso, ya que únicamente Buda y
algunos iluminados han podido lograrlo a voluntad. Pero, la mera intención y
atención a esa técnica, muchas veces reportaba grandes beneficios internos. Durante
mucho tiempo, hasta finales de los ochentas, tiempo después de haber salido de
SEXPOL, la meditación formó parte de mi rutina diaria.
¿Por qué la dejé? No
sabría responderlo, aunque tengo la ligera sospecha de que coincidió con la
llegada de una oscura temporada en la que fueron trastocadas todas mis
creencias en la Luz, la Fe, la Honestidad y un largo rosario de virtudes que se
supone son “recompensadas” por la vida, a diferencia de sus hermanas gemelas en
versión sombría.
A todo ese trabajo, Antonio Cué sumó las corrientes psicológicas Gestalt y el Psicodrama, de cuya experiencia hablaré pronto…



