jueves, 5 de octubre de 2023

1983 Alejandro

                                                   1983 Alejandro

 

                                                                                                       "...Miro la vida con mortal enojo,
                                                                                                                                                                                      Y todo esto me pasa, dueño mío,
                                                                                                                                                                            Porque hace una semana que no cojo".
                                                                                                                                                     último párrafo de: Pienso, mi amor, de Salvador Novo
 

   Alex era tío de unos niños que asistieron ese año, al taller de verano que se organizó en la sala infantil de la Biblioteca de México donde yo tenía casi dos años trabajando con mi compañera María (un verdadero Ángel de la guarda en esta tierra). Los niños nos invitaron a comer en su domicilio.

Al convivio asistió Alejandro, al que inmediatamente identifiqué como un hombre (además de gay) fascinante y culto. Después de darme un aventón a casa, intercambiamos números de teléfono e iniciamos una relación.

   Teníamos la misma edad (25), pero Alex no solo ya se había graduado de Químico Fármaco Biólogo, también iniciaba una maestría, hablaba inglés, francés y ruso.

   Sosteníamos intensas y estimulantes charlas durante horas, hablábamos de cine, de SEXPOL, de chismes científicos, de cualquier cosa. Puedo decir con seguridad que con él tuve los mejores orgasmos…….....…….....……… intelectuales de mi vida. Nada más esos.

   Alex me atraía físicamente, no obstante era lo que yo definiría un “etéreosexual” (acabo de inventar el término… ¿ven? incluso cuatro décadas después vuelve a excitar mis sesos). Luego de dos o tres veces en la cama con él, me dejó perfectamente claro que las ciencias carnales no eran lo suyo y que no le causaba ningún conflicto el que mi verga siguiera anexando más méritos curriculares. Fue tan claro en su exposición que ni siquiera intenté ahondar en sus motivos, después de todo no era el primer genio inapetente de sexo. El acuerdo era bueno, él sería mi Dalí tropical, y yo su testosteronizada Gala. Mis dos cabezas estarían satisfechas.


   Parafraseando la canción, yo necesitaba coger, igual que las flores, de la lluvia. Ni siquiera era una opción el decidir que no tendría relaciones sexuales durante algún periodo de tiempo. Antes de una semana mis sueños ya estaban acicateándome con fantasías y situaciones que provocaban poluciones nocturnas que, si ignoraba bajo el argumento de que ya me había descargado, regresaban con mayor ímpetu y urgencia de ser resueltas con alguien más carnoso que Morfeo.

   Siendo testigo de ello esta antología, mi necesidad de estar con otros hombres controló mi vida durante cuarenta años y no tiene ningún caso fingir pena por eso; superó con mucho mis deseos de conocimiento científico, artístico, político o de cualquiera otra índole.

   Por suerte, a lo largo de los años pude llegar al convencimiento de que así como he dejado cabalgar por las llanuras del deseo a mi potro salvaje, también lo dejaría echarse al pie de un apacible volcán apagado cuando llegara el momento. No habría jinetes azules para obligarlo a seguir trotando, pero… aún quedaban muchas cabalgatas.


   Mientras tanto cada uno se hizo fan del otro y cómplices de correrías. Alex escuchaba divertido los detalles de mis accidentados enredos amorosos con otros galanes (Jaime, Ezequiel, Abel, etcétera), 
al tiempo en que lo nuestro se nutría de eventos culturales. Ahora mismo recuerdo la histórica puesta en escena de Carmina Burana en el Palacio de Bellas Artes por la Compañía Nacional de Danza, cuya calidad en la dirección y superproducción (entre adultos y niños, tan solo el coro se integraba por más de un centenar de voces) no ha vuelto a ser superada en temporadas posteriores.
De igual modo ambos gustábamos de viajar.
   El más memorable de estos paseos fue al sureste mexicano. Visitamos en Yucatán: Mérida, Progreso, Uxmal y Chichén Itzá. Bajamos a Chiapas para conocer Palenque, donde tuvimos la extraordinaria suerte de poder trepar al Templo de las Inscripciones y descender por la estrecha y sofocante escalinata interna que conduce hasta la tumba del Rey Pakal, con su prodigiosa lápida, que dio motivo a una divertida y acalorada discusión sobre si el protagonista era o no un protocolega científico de Alejandro y superstar de la astronáutica, presentado en la película La nave de los dioses por Erich Von Däniken.
   Pasamos a Simojovel para visitar a un gran amigo suyo, luego fuimos a San Cristóbal de las Casas, al Cañón del Sumidero y llegamos hasta Huixtla, cerca de la costa del Pacífico para encontrarnos con otro compañero suyo.

   Otros viajes que compartí con él, de manera oral porque solo los realicé yo, fueron los de Ketalar [1] 
y hongos alucinógenos (niñitos santos) en SEXPOL, del que Alex tenía muy buena opinión.
   Mi mamá y hermanos lo conocieron y estimaban, sin embargo nuestra travesía como pareja terminaría a los diez meses de iniciada. Un enamoramiento fulminante asaltó mi corazón por sorpresa, se lo comuniqué a Alejandro y cuando me decía que no había problema, que entonces compartiría mi amor con el otro amigo, con actitud de protagonista de película romántica le aclaré que NO pensaba compartir nada.

   No volví a ver a Alex hasta que lo encontré por casualidad meses después, platicamos brevemente y lo actualicé sobre el resultado de mi apuesta sentimental; el idilio duró cinco semanas y tuvo un final dramático.
   A pesar de que advertí en Alejandro un viso de enojo contenido, se portó todo lo sabio que se podría esperar de él. Nunca hizo mención sobre la poca asertividad de mi decisión o acerca de un reintento en la relación.
   Lo vi en algunas marchas del orgullo y llegó a visitar mi restaurante a finales de los noventa, iba acompañado de un chico que también estudiaba Química en la universidad. Creo que era su pareja.

                 
[1] Ver en la serie BITÁCORA DE VIAJES:
     1983 Mayo primer viaje de ketamina      EL HEROE MÍTICO o LA DESINTEGRACIÓN DEL YO



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