1983 Alejandro
"...Miro la vida con mortal enojo,
Y todo esto me pasa, dueño mío,
Porque hace una semana que no cojo".
último
párrafo de: Pienso,
mi amor, de Salvador Novo
Alex era tío de unos niños que asistieron ese año, al taller de verano que se organizó en la sala infantil de la Biblioteca de México donde yo tenía casi dos años trabajando con mi compañera María (un verdadero Ángel de la guarda en esta tierra). Los niños nos invitaron a comer en su domicilio.
Al convivio asistió
Alejandro, al que inmediatamente identifiqué como un hombre (además de gay)
fascinante y culto. Después de darme un aventón a casa, intercambiamos números
de teléfono e iniciamos una relación.
Teníamos la misma edad (25), pero Alex no solo ya se había graduado de Químico Fármaco Biólogo, también iniciaba una maestría, hablaba inglés, francés y ruso.
Sosteníamos intensas y estimulantes charlas durante horas, hablábamos de cine, de SEXPOL, de chismes científicos, de cualquier cosa. Puedo decir con seguridad que con él tuve los mejores orgasmos…….....…….....……… intelectuales de mi vida. Nada más esos.
Alex me
atraía físicamente, no obstante era lo que yo definiría un “etéreosexual” (acabo de
inventar el término… ¿ven? incluso cuatro décadas después vuelve a excitar
mis sesos). Luego de dos o tres veces en la cama con él, me dejó perfectamente
claro que las ciencias carnales no eran lo suyo y que no le causaba ningún
conflicto el que mi verga siguiera anexando más méritos curriculares. Fue tan
claro en su exposición que ni siquiera intenté ahondar en sus motivos, después
de todo no era el primer genio inapetente de sexo. El acuerdo era bueno, él
sería mi Dalí tropical, y yo su testosteronizada Gala. Mis dos cabezas estarían
satisfechas.
Parafraseando la canción, yo necesitaba coger, igual que las flores, de la lluvia. Ni siquiera era una opción el decidir que no tendría relaciones sexuales durante algún periodo de tiempo. Antes de una semana mis sueños ya estaban acicateándome con fantasías y situaciones que provocaban poluciones nocturnas que, si ignoraba bajo el argumento de que ya me había descargado, regresaban con mayor ímpetu y urgencia de ser resueltas con alguien más carnoso que Morfeo.
Siendo testigo de ello esta antología, mi necesidad
de estar con otros hombres controló mi vida durante cuarenta años y no tiene
ningún caso fingir pena por eso; superó con mucho mis deseos de conocimiento
científico, artístico, político o de cualquiera otra índole.
Por suerte, a
lo largo de los años pude llegar al convencimiento de que así como he dejado
cabalgar por las llanuras del deseo a mi potro salvaje, también lo dejaría echarse
al pie de un apacible volcán apagado cuando llegara el momento. No habría
jinetes azules para obligarlo a seguir trotando, pero… aún quedaban muchas cabalgatas.
Mientras tanto cada uno se hizo fan del otro y cómplices de correrías. Alex escuchaba divertido los detalles de mis accidentados enredos amorosos con otros galanes (Jaime, Ezequiel, Abel, etcétera), al tiempo en que lo nuestro se nutría de eventos culturales. Ahora mismo recuerdo la histórica puesta en escena de Carmina Burana en el Palacio de Bellas Artes por la Compañía Nacional de Danza, cuya calidad en la dirección y superproducción (entre adultos y niños, tan solo el coro se integraba por más de un centenar de voces) no ha vuelto a ser superada en temporadas posteriores.
Otros viajes que compartí con él, de manera oral porque solo los realicé yo, fueron los de Ketalar [1] y hongos alucinógenos (niñitos santos) en SEXPOL, del que Alex tenía muy buena opinión.
No volví a ver a Alex hasta que lo encontré por casualidad meses después, platicamos brevemente y lo actualicé sobre el resultado de mi apuesta sentimental; el idilio duró cinco semanas y tuvo un final dramático.
A pesar de que advertí en Alejandro un viso de enojo contenido, se portó todo lo sabio que se podría esperar de él. Nunca hizo mención sobre la poca asertividad de mi decisión o acerca de un reintento en la relación.
Lo vi en algunas marchas del orgullo y llegó a visitar mi restaurante a finales de los noventa, iba acompañado de un chico que también estudiaba Química en la universidad. Creo que era su pareja.
1983 Mayo primer viaje de ketamina EL HEROE MÍTICO o LA DESINTEGRACIÓN DEL YO



