1983 Mayo: primer viaje de Ketamina EL HÉROE MÍTICO o LA DESINTEGRACIÓN DEL YO
Este
viaje, el segundo de ketalar y los
dos primeros viajes con hongo, serían en la cabaña de los Cue.
La
entraba era por una reja que daba acceso al primer lote, justo donde comienza
la carretera que sube hasta el 4° dinamo en La Reserva de los Dinamos, Pueblo
de Magdalena Contreras.
Ya
adentro del terreno, se llegaba a la casa después de unos minutos manejando en
carro o a pie por una vereda cercada por árboles. Estaba aislada del resto
de las casas. En la parte trasera se levantaba un enorme risco, hacia el frente
y por ambos costados había más árboles y un sembradío grande de maíz.
El único
acceso a la propiedad era por el lado izquierdo, después de cruzar un puente de
piedra sobre el río. La cabaña estaba sobre una base elevada de dos
metros, era de piedra, techo alto a dos aguas, con dos cuartos, cocina, baño, sala amplia con chimenea y una terraza sin muros pero techada.
Para entonces, en el grupo no solo había trabajado con Bioenergética, también habíamos experimentado con grupos de concientización o Awarness, Psicodrama y Terapia Gestalt. Seré honesto, ahora mismo no sabría definir cuando comenzaba una técnica o la otra.
El trabajo era muy dinámico e intenso. En una sesión se
ponía énfasis en desbloqueos físicos, en la siguiente, con las emociones, y en
otra, aprendíamos a meditar (no siempre iban en ese orden).
La sesión siempre se cerraba integrándola con una explicación teórica de lo que se había hecho y con los testimonios de quienes desearan hablar sobre su experiencia.
Desde hace unos meses, Antonio anunció que pronto iniciaríamos una nueva etapa de experimentación con sustancias llamadas psicodislépticas, así que se puso mucho énfasis en trabajar con nuestros monstruos, aquellos temores que no permitían a nuestro ser avanzar.
Claro, primero teníamos que saber cuáles eran.
En mayo del 83 se realizó el taller Yo, el héroe mítico y en la tercera sesión, tuve mi primera experiencia con ketamina.
Estamos casi todo el grupo y algunos invitados más en la sala de la cabaña, sentados en círculo.
El lugar es amplio y podemos mantener un metro o más de distancia entre cada uno. Estoy encima de un cojín grande, recargado en la pared y mirando cómo se comienza a inyectar en la vena del brazo a cada uno de nosotros. Toño aplica las dosis y Leo lo asiste; cargan una cajita metálica (después me platicará Toño que era un resucitador… por si se ofrecía), veo que seré el tercero o cuarto en la fila.
Parece que surte efecto rápido porque cuando inyectan a Zenaido, en unos segundos escucho que da un gran suspiro, pone los ojos en blanco y exclama muy lentamente:
—¡Santo Dios!
Arturo Rodríguez también ve la escena, tiene una expresión de sorpresa y nos miramos fugazmente.
Llega mi turno, me inyectan, estoy pendiente de las sensaciones.
El lugar es amplio y podemos mantener un metro o más de distancia entre cada uno. Estoy encima de un cojín grande, recargado en la pared y mirando cómo se comienza a inyectar en la vena del brazo a cada uno de nosotros. Toño aplica las dosis y Leo lo asiste; cargan una cajita metálica (después me platicará Toño que era un resucitador… por si se ofrecía), veo que seré el tercero o cuarto en la fila.
Parece que surte efecto rápido porque cuando inyectan a Zenaido, en unos segundos escucho que da un gran suspiro, pone los ojos en blanco y exclama muy lentamente:
—¡Santo Dios!
Arturo Rodríguez también ve la escena, tiene una expresión de sorpresa y nos miramos fugazmente.
Llega mi turno, me inyectan, estoy pendiente de las sensaciones.
Comienza a sonar un pequeño ruido desde mi interior y, antes de que lo identifique, todo empieza a dar vueltas alrededor. El entorno adquiere un color rojizo y puedo distinguir una forma. Es la base de una enorme chimenea industrial, es de ladrillos y me encuentro en el centro. La chimenea ha comenzado a girar y el ruido que no identifico se intensifica, suena mecánico, al principio lo hace despacio pero va acelerando más y más al mismo tiempo que volteo hacia arriba. Veo el hoyo de salida hacia el cielo, asciendo por el tubo de la chimenea mientras esta sigue girando sobre sí misma. En ese momento ya no sé si soy yo quien sube por la chimenea o soy la chimenea. Se acerca la salida y de repente todo es luminoso. La luz se disipa lentamente y me veo hincado frente a la cama de mi tía abuela, tengo seis o siete años y le rezo a la vieja imagen del Ángel de la Guarda que ella tiene en la pared, lo hago de la forma en que me han enseñado desde que tengo memoria.
Todo dura unos pocos minutos y la finalidad, nos dice Antonio, es experimentar la dislocación del Yo; paradójicamente, un buen inicio para saber quiénes somos.
ir a
Índice de Bitácora



