1979
Diciembre: primer viaje de Marihuana PRIMER VIAJE
Estamos
en casa de Pancho, sentados sobre la cama. Él comienza a armar un cigarro
de marihuana de la manera en que lo hace normalmente, lo enciende e inserta en el
orificio que le hizo a una manzana, le da unas chupadas y de pronto me ofrece. Hace meses que el característico olor a hierba quemada me remite a los momentos de intenso placer que viví junto a Pancho, así que yo simplemente tomo el cigarro y fumo. Explica que debo aguantar con el humo dentro de
mis pulmones lo más que pueda. Al sacarlo, siento una horrible resequedad en la garganta y toso varias veces; la tos es seca y rasposa. Menciona que es normal
y vuelvo a fumar otras dos veces. Pasan unos minutos sin sentir nada y de
pronto llega esa visión “gelatinosa” que me acompañará cada vez que fume marihuana.
Pancho
dice algo que no escucho, se da cuenta de que mi viaje será interior. Con mucha
discreción se levanta, sale del cuarto y va a caminar a la calle. Mi vista se
hace más clara, aunque todo se mueve como en un oleaje muy suave. Sin
proponérmelo, hago una aspiración muy profunda y relajada (otro rasgo que
siempre me anunciará que la hierba "ya prendió").
Lo
primero que viene a mi mente es preguntar: ¿De esto se trata? ¿Esto es lo que
tanto debo rechazar? ¿Es lo que mamá dijo que es malo? ¿Debo despreciar a los
que hacen y sienten esto? Todo este tiempo he estado peleando en contra de algo
que nunca imaginé fuera tan íntimo.
Siento mucha tranquilidad, estoy bien
conmigo y con el mundo, observo mis manos, toco mi cara. En algún momento
recuerdo que alguien dijo que las pupilas se dilataban, voy hacia el
espejo y miro mis ojos, las pupilas son enormes y tengo un poco de risa.
La experiencia es muy buena y de repente me
viene a la mente la idea de que en cualquier momento se puede acabar, así que
regreso a la cama, tomo el medio cigarro que Pancho había apagado antes de irse
y quiero encenderlo de nuevo. Deseo más, pero pienso...
—¡NO! Ésa es la trampa.
Dejo
el cigarro en su lugar.
Ya no
recuerdo bien que más pasó, supongo que seguí pensando y sintiendo. Creo que el
viaje duró poco pues de repente me sentí “normal”. Salí a caminar, subí a un
camión en la Avenida Insurgentes con rumbo al sur. Tomé asiento y miraba por la
ventanilla sin observar nada en particular. Pensaba en lo que mis ojos y cabeza
habían vivido unos minutos antes. Lentamente entendía que había otra manera de
ver el mundo.
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