jueves, 5 de octubre de 2023

1978 FRANCISCO JAVIER

 

                                             1978 FRANCISCO JAVIER

                                                                                                                                   Una niña de 17 años, se deja amar;
                                                                                                                                                                              Una mujer de 30, se hace amar.

   ¡Wow!, pensé cuando leí esta oración en una revista. No porque me sintiera niña o mujer (sujetos), sino por las dos afirmaciones que hacía en sus predicados. El primero se acomodaba perfectamente a la experiencia que yo había vivido hasta este día. Desde que salí de casa, solo tropezaba o simplemente aparecía inmerso de repente en el amor; yo apenas era parte circunstancial de esos momentos.
   Pero ahora descubría que el amor se podía CONSTRUIR. ¿Se podía hacer eso? ¡Cómo!




   En marzo del 78, comencé a trabajar (gracias a una amiga de mamá) desempeñando el puesto de abarrotero en un Superama ubicado en la colonia Condesa. Mi función era surtir de mercancía los anaqueles de la sección de productos para el hogar y avisar a la supervisora cuando hubiera que hacer nuevos pedidos al proveedor.
   Mientras mejoraban mis finanzas, seguí viviendo en la casa vacía de Alfonso XIII, pero pude comprar ropa y comer mejor.
   
   Hice nuevos amigos y con alguno asistí en el mes de junio a una fiesta a la que también llegaron un par de chicos. Uno de ellos atrapó de inmediato mi atención. Me acerqué para hacerles plática, uno se llamaba Fernando, y quien captó mi interés, Francisco.
   Terminar ese sábado en la cama de Pancho no fue difícil para mí. Salir de su casa el domingo por la tarde me hizo experimentar por primera vez, un tironcito en las entrañas que no había sentido antes.
   La noche anterior había disfrutado mucho con él, pues ambos resultamos ser muy “besucones”. Luego, por la mañana, desperté primero y pude contemplar con más calma a ese hombre mientras seguía durmiendo. Yo quería entender por qué provocaba tanta atracción en mí. Debía medir al menos 1.80 de altura. A pesar de ser delgado pude ver en sus piernas y antebrazos que poseía una estructura ósea muy fuerte, miré sus tenis y calculé que eran al menos tres tallas mayores que los míos. Las facciones de su cara me parecieron únicas: una barbilla afilada, pómulos prominentes, labios gruesos y nariz grande, tenía el cabello largo y ondulado.  Abrió los ojos y pude mirar que tenían forma de almendra, con el iris de color café muy claro, parecidos a los de un gato. Era realmente un imán sexual.
   En algún momento me enteraría de que su abuela fue una india perteneciente a la tribu Yaqui, y su abuelo hijo de españoles, pero ya nacido en México.

   Francisco era cuatro años mayor que yo, llegó del Estado de Sonora para estudiar Odontología y estaba próximo a graduarse. Además del acento norteño, fiel a su raíz sonorense pronunciaba "sh" en lugar de "ch", así que decía palabras como: mushasho, musho, osho, shico, shamarra, bishi (bichi, que en lengua yaqui significa desnudo).
   Ese domingo fuimos en un "coshe" con otros dos amigos al Cerro del Ajusco para pasear a unos perros, correr y almorzar. De regreso a su casa, todo el grupo escuchó música y platicamos. Antes de irme cogimos otra vez.
Lo busqué los siguientes dos fines de semana y nuevamente lo pasé espléndido (aunque ahora las ñáñaras en las vísceras me daban al llegar y al despedirme de él indistintamente).
   Cuando regresé por cuarta ocasión, no salió a abrirme. Entonces recordé el comentario de que pronto iría a su casa porque iniciaban las vacaciones intersemestrales y allá, pasaría su cumpleaños.
   Las siguientes dos semanas no pude dejar de pensar en él. Hice cuentas sobre la fecha estimada en que regresaría y fui a donde vivía para arrojar por el cristal roto de su puerta una bolsa con dulces tradicionales acompañada de un mensaje.

   Se oye simple, pero me llevó sesudos cálculos decidir entre una tarjetita tipo “novia tonta” con florecitas y frases cursis, o algo más “masculino”... un simple pedazo de hoja cuadriculada con una nota que decía:

   Pasaron otros diez días y una tarde al salir de trabajar, Francisco estaba ahí esperándome. Quería obsequiarme unas coyotas, una especie de empanadas de harina rellenas de piloncillo, típicas de su tierra. Caminamos un rato por el parque y terminamos en su casa. Cuando nos despedíamos, me invitó el siguiente sábado por la noche a una reunión de trabajo ¡político! Bien, ahí estaría entonces.

   Realmente no recuerdo dónde estaba o de quién era la casa, pero ese encuentro otra vez lanzaría a mi ser, como si se tratara de una bala de cañón.

   Sentados sobre el piso de madera, discutían acaloradamente Juan Jacobo, Ignacio, Aristóteles, Hugo, Arturo, Jorge, Mario y Carlos, entre otros. También estaba Fernando (quien acompañaba a Pancho el día que lo conocí), que evaluaba el impacto de la reciente aparición del ¿FHAR? en las calles.
   Les escuchaba hablar con mucha pasión de conceptos nuevos en mi mente: lucha, derechos para los homosexuales, libertad, socialismo, represión. Observé la manera en que hablaba cada uno de ellos, sus argumentaciones y propuestas, hacia quienes se dirigían o quien les respondía. Otros participaban brevemente y muchos (igual que yo) solo escuchábamos.
   Según mi apreciación, parte del cerebro de ese grupo eran Ignacio y Fernando, pero indiscutiblemente el líder era Juan Jacobo. Nunca imaginé que un hombre homosexual pudiera tener tanta información y claridad sobre la situación que vivíamos en este país.
   Cuando terminó la junta, Fernando se acercó a nosotros. Me dio gusto ver que recordaba mi cara.

   A los encuentros amorosos con Pancho se sumó mi asistencia a esas reuniones donde fui conociendo de manera más personal a cada integrante, aunque, con quien hice clic fue con Fernando. Dicen que las personas buscamos acercarnos a aquellos con quienes sentimos afinidad.
   Yo estaba a años luz de la elocuencia y capacidad de liderazgo de Juan Jacobo Hernández, a miles de kilómetros de la disciplina y solidaridad de Nacho Álvarez, pero Fernando Esquivel estaba loco, era explosivo, apasionado, cínico, retador y además manejaba la vasta información que los otros. Yo quería ser así o al menos lo intentaría.
   Por alguna (afortunada) razón, me invitó a vivir en su casa junto con sus hermanas.

   A la par de estar dentro de la fiesta revolucionaria, aunque fuera tangencialmente, vivía un fuerte (con miras a truculento) romance con Pancho, porque no era el único que lo encontraba deseable.
   El rumor de que tenía una hermosa y enorme verga, ya se había regado mucho antes de que yo llegara. Cuando le comenté a un “compañero de lucha” que yo estaba con Pancho, me afirmó arrogante:
   —Ya todos, estuvimos con Pancho.
   ¡Loca estúpida! que atrevida. Pero era verdad.

   La mitad de las veces, después de las reuniones de trabajo político, se armaba una fiesta en casa de alguien, o íbamos a algún antro. Invariablemente, luego de algunas copas, a Pancho le daba por responder a los halagos de otros. Si éstos otros eran jóvenes delgados o bonitos, entonces terminaba besándolos. Yo, representando el papel del machín dueño de sus emociones, lo miraba con rostro impasible y pose de no pasa nada, sé que son cosas de borracho. Apretando los maxilares, sentía que un puño de brazas hirvientes quemaba el interior de mi pecho.
   Para mí era preferible eso, a hacer una escenita y quedar fuera de su juego. Al fin y al cabo, siempre terminábamos juntos en la cama. La combinación de despecho y deseo, potenciaba la fuerza de las embestidas que yo daba a su culo (para entonces ya intercambiábamos roles), de los besos y las caricias que desembocaban en intensos orgasmos con efectos adictivos.
A veces no podía controlarme, así pasó en esa fiesta en casa de Esquivel donde, para no variar, Francisco comenzó a besar a un chico. Corrí a la recámara y me tiré en un rincón sobre el piso, Fernando entró y al verme así con esa actitud de perro, gritó:
   —¡¿Qué te pasa?! ¡Levántate y sube a la cama!
   —¿Que no tienes otra cosa que ofrecer, mas que los esfínteres?
   Se dirigió a un mueble, tomó un libro y lo aventó a la cama. —¡Lee esto!
   Era La Revolución Sexual, escrito por Wilhelm Reich.

   Durante los siguientes meses trataría de aprender cuanto me fuera posible de Fernando.
   El raudal de la (mi) revolución comenzó a correr. En alguna conferencia en la que Nancy Cárdenas hablaba sobre los orígenes del Movimiento Homosexual, Pancho me presentó ante Carlos Monsiváis como “su niño”. Poco a poco me hacía fuerte y orgulloso. Por primera vez en una reunión oí hablar del trabajo de Antonio Cué.
   Nunca destaqué de la manera en que lo hicieran La Nieves u otros jóvenes integrantes del Frente, llenos de luz y dones, pero siempre procuraba estar cerca de Nacho, Fernando o Juan Jacobo.

   Aparte de eso, mi principal objetivo era conquistar el amor de Pancho, que pronto llevaría su diversión al siguiente nivel.
   En una borrachera ¡por supuesto! Pancho comenzó la rutina de besos y abrazos con la concurrencia. Yo no estaba de humor para participar por enésima vez de la escena. Entré a la recámara de esa casa y me tendí en una de las dos camas, estaba desvelado y quería descansar. Apenas estaba cerrando los ojos cuando Pancho apareció, se sentó a mi lado y comenzó a decir que todo marchaba bien, aunque a veces se pasaba un poco. Estaba contento conmigo, incluso a pesar de que “todos” le preguntaban qué es lo que veía en mí. Agregó a manera de respuesta, que yo tenía “esto”, mientras golpeaba repetidamente con el dedo índice su cabeza. Antes de que yo decidiera si eso significaba un piropo o un favor, se levantó y salió para seguir con el festejo.
   El sueño terminó por vencerme. Ni idea tengo de cuánto había dormido. Hasta que una serie de gimoteos comenzaron a sacarme del ensueño. Sonaban lejanos al principio, pero fueron cobrando más sonoridad hasta que abrí los ojos. Al girar la cabeza hacia donde se encontraba la otra cama, vi que Pancho estaba tendido boca arriba; encima de él, montaba sobre su verga un individuo que arqueaba la espalda y cuello hacia atrás, movía el culo en forma de remolino y miraba hacia el techo con la boca abierta (justo de ahí nacían los pujidos).
   Me incorporé de la cama, durante unos segundos miré fijamente los ojos de Francisco y dejé el cuarto. En la estancia, dormían recostados en los sillones dos o tres personas, caminé hasta la ventana para mirar hacia afuera y comencé a llorar.
   Pero algo no cuadraba, las lágrimas no sabían a dolor, ni a desamor, tampoco a abandono. Empecé a reconocer que tenían un gusto a… enojo. ¿Dirigido a Pancho? No. Era rabia hacia MÍ.
   Una vez que lo supe, dejé salir tanto llanto como pude. Cada lágrima representaba el número de veces que se habían cagado sobre mi amor, sobre mis sueños, sobre todo lo bueno que intentaba dar y, sobre todo, por lo que permití que le hicieran a mi corazón.

   El sol salía, al mismo tiempo que Francisco de la habitación. Tomó asiento en una silla y me miró con carita de niño castigado. Caminé hacia él y le di unas servilletas para que limpiara el lubricante que traía embarrado en las ingles.
   Ante mis ojos no había perdido ni un ápice de atractivo, lo deseaba igual que el primer día y no tenía ninguna intención de privarme de su cuerpo. La única diferencia era que, a partir de entonces, 
yo sabía que si me amaba o no, ya no importaba.

   Mi pasión se dirigió entonces hacia esa nueva forma de vida que buscaba el FHAR, no obstante mi relación amorosa marchaba mejor que nunca. En septiembre cumplí veinte años y no sé si fue coincidencia o un regalo, pero Pancho me pidió vivir con él, así que salí de la casa de Fernando.



   La vida al lado de él resultó muy placentera y constructiva. El día a día en pareja era una experiencia nueva. Yo gozaba de los convivios dominicales en casa, en compañía de Reynaldo y Sandra (amigos heteros de él), de Héctor y otros para comer, tomar vino, oír música y... fumar marihuana.
   Esa faceta de la vida de Pancho era la única que seguía causando conflicto en mi mente. Desde pequeño escuché decir a mi madre (con total menosprecio) que las drogas eran un medio para escapar de la realidad, que solo la gente débil de mente las necesitaba y quien las consumía siempre terminaba mal. Aunque la evidencia contradecía esa presunción. Todos ellos la fumaban, habían terminado la universidad y eran autosuficientes. En todo caso no eran más ni menos diferentes que yo mismo, que no la fumaba.
Pasará un año para que yo acceda a probarla, y qué mejor que Francisco para enseñarme a hacerlo [1].



   Fuera de eso, Pancho seguía obsequiando entre brincos y música, besos en las fiestas. Solo que ahora me ocupaba (con una técnica más sutil) en tejer y tender las redes con las que atrapaba mis propias presas. Tarde o temprano reparó en ello y comenzó a poner atención en mis movimientos. Poco a poco la historia se invertía, comenzaba a recuperar el control de mis emociones y eso provocaba gusto en mí.
   Diciembre llegó junto con las vacaciones navideñas y Pancho partió rumbo a Sonora. Yo cuidaría la casa, pero también retozaría a mi antojo esas semanas. Fernando se dio cuenta que yo tenía un fugaz romance con Aristóteles y preguntó si pensaba dejar a Pancho. Le respondí que para nada. Simplemente nos divertíamos.

   La noche de fin de año, hice una actualización del inventario de mi vida con el siguiente saldo:
   ° Estaba bien en mi trabajo.
   ° Iba camino hacia la radicalización.
   ° Creía firmemente en que hacía lo correcto.
   ° Mi esquema de romanticismo estaba salvajemente dañado.
   ° No había un ideal de amor del cual agarrarme.
   ° La fidelidad había perdido su sentido para mí.
   ° Comenzaba a cautivarme el sexo y la seducción como deporte.

   Los primeros meses del año nuevo trajeron mucha felicidad. Pancho se esforzaba por ser complaciente y estar cerca de mí. En febrero, pasamos un maravilloso fin de semana en el balneario de Las Estacas. Ahora, quien se portaba frívolo en las reuniones era yo. En una de ellas, celoso, Pancho comenzó a reclamar que no hubiera estado a su lado. Ya en la calle, seguía tratando de arreglar las cosas y yo estaba extasiado al verlo lleno de angustia y tan diligente por mi causa.
   En el punto más álgido de la discusión, declara que me quiere, y le contesto con tono altanero...
   —¡Pero yo no! —a lo que reaccionó gritando:
   —¡¡¡Que sí me quieres!!! —mientras me daba con su (algún día amada) manota, una tremenda bofetada que mandaba mis anteojos e ínfulas a varios metros de distancia.
   Quedé paralizado, de sus ojos salía fuego y de mi sacudida mente la absoluta confirmación de que me amaba. Francisco, por fin era MÍO.


   Durante los días de vacaciones que obtuve por haber trabajado un año, ambos fuimos a acampar a Playa Azul en Michoacán. 
   El mar, el cielo estrellado y los sonidos de la noche, no bastaron para rescatar nuestro amor o fundir dentro de mí, ese hielo que hizo alejarlo de mi piel.
   Algunas semanas después de regresar, yo abandonaba su casa.



   FRANCISCO, fuiste el primer gran Amor de mi Vida. Plasmar en unas páginas lo que viví a tu lado es imposible. No hay manera de reunir las suficientes palabras para llenar los once meses de nuestra historia.
   Representas la VICTORIA y la triste enseñanza de saber que justo cuando renuncié al amor, cupido se enamoraría de mí.