1978 Aristóteles
—“¿Que tal compañeros? somos militantes del FRENTE HOMOSEXUAL DE ACCIÓN REVOLUCIONARIA y venimos a ofrecerles nuestro órgano impreso de información, donde damos a conocer el eje de acción en torno al cual gira nuestra plataforma política y las estrategias que……………….” El rollo que tira Fernando Esquivel ya lo conozco y se va haciendo inaudible para mí conforme lo desarrolla. Lo que me tiene con la adrenalina al mil es la reacción que causa en quienes lo están escuchando.
—¡Ay no!, ahí viene —pienso, y Fernando anuncia:
—Van a pasar a sus lugares unas guapas edecanes para quien desee obtenerlo.
Se oye una franca carcajada de los alumnos. Varios chicos con
ejemplares del periódico en los brazos, nos distribuimos por el salón mientras quiero morir de la vergüenza y pido que me trague la tierra.
Por ahí alguien
menciona con tono burlón,
"Ya se puso rojo el güerito".
Cada que tengo la oportunidad de asistir después del trabajo a una jornada como esta, a una reunión o pinta (pegar en los muros de las calles carteles, o plasmar con pintura nuestras consignas políticas) lo hago, es parte de mi formación.
Según Fernando,
presentarse así públicamente, cimbra la conciencia machista de una sociedad
mexicana que utiliza este término como estigma para el nivel más bajo en el que
puede encontrarse un hombre.
Decir Soy puto, delante de un macho (o macha)
los deja en la orfandad, hace sentir que les ha sido arrebatada su arma mortal, esa con la que durante siglos se ha degradado, no solo a un hombre homosexual, también alcanza para hundir el honor del enemigo de contienda política o de
competencia por el favor de las mujeres.
A lo largo de mi vida, comprobaré el
efecto demoledor de esta afirmación en los ámbitos laboral, familiar o
policial. Recuerdo cuando:
…Vamos un grupo de siete militantes en el carro de un amigo. Un agente de tránsito hace señales para detenernos, el auto para, se baja La Chicuela y saluda amablemente al policía. En lo que se revisa la documentación requerida, el resto de nosotros está joteando y reclamando prontitud, pues venimos sentados uno sobre otro.
El policía detiene la revisión, se asoma al interior del vehículo y pregunta:
—¿Lleva usted a unnnnnn…? —La Chicuela se adelanta respondiendo, —Sí señor oficial… todos somos putos.
El hombre da un paso hacia atrás, la investidura se le descuadra, sonríe y se recompone numerosas veces.
—¿Ya nos podemos ir? —Pregunta La Chicuela y el agente le entrega los papeles.
Mientras nos vamos, alguien baja la ventanilla para corresponder la atención: "Gracias señor policía, está usted muy guapo". El hombre queda inmóvil y con la sonrisa congelada.
...Lucina es directora de la Biblioteca de México, yo trabajo ahí, en la Sala
Infantil y me ha llamado a su oficina. Hay un grupo de machines del sindicato
que se sienten incómodos con mi presencia.
Ella quiere saber si yo…
—Sí Lucina,
soy puto. Aparte de eso ¿Hay alguna queja sobre el desempeño de mi trabajo? ¿He
molestado a alguno de ellos? —pregunté.
Lucina sonríe y dice que puedo
retirarme.
...Estamos en el aeropuerto mi pareja y yo, listos para tomar un
vuelo, es el último retén y un par de agentes de la Policía Federal (sí, esa
corporación en la que se matan entre ellos mismos para obtener el control de la
“plaza”) nos están interrogando. No es porque Jaime sea moreno, esté rapado y
luzca tatuajes en sus brazos, no, lo hacen de manera “aleatoria”. Quieren saber
a qué se dedica, por qué vamos a Hermosillo y dónde vive. Revisan las
credenciales de elector de ambos, las escanean en un aparatito e intercambian
mensajes por radio. En cualquier momento retirarán el túnel que conduce a la
puerta del avión, pero eso a ellos no les importa porque “están haciendo su
trabajo”.
Los interrumpo y les propongo:
—Señores, ¿por qué no comenzamos desde
el principio? Me llamo Carlos y él es Jaime, en nuestras credenciales
verán que vivimos en el mismo domicilio. ¿Saben por qué? Porque somos pareja.
Para que me entiendan en su idioma, somos putos y vamos de viaje para celebrar
nuestro aniversario.
No terminaba la frase cuando uno de ellos estiró la mano
para entregarme las identificaciones y ambos dicen con voz de autómatas, —pueden abordar, que tengan buen viaje.
Escuchar a Juan Jacobo, siempre es
para mí una cátedra de conocimiento teórico, pero también de estrategia
práctica. Es cordial, aunque no menos valiente o intrépido. Una tarde, Aristóteles
me contó sobre una incursión del Frente unos meses atrás. No sé con certeza si
así sucedió, pero no lo dudaría.
En respuesta a las constantes
razias en lugares de reunión de hombres homosexuales por parte de la corrupta
policía del Distrito Federal, solo con el fin de extorsionarnos, el FHAR
decidió hacer una parada en el edificio donde se encontraban los separos,
también llamado Torito, lugar infame donde “quinceneaban” (pasar quince días)
aquellos que no pagaban la multa; unos, porque preferían el encierro a verse
arruinados ante sus familias o trabajo; y otros, simplemente no tenían los
recursos, aunque muchas veces eran los propios amigos los que financiaban la
salida del detenido.
Juan Jacobo y otros compañeros se pararon frente a la puerta
de la corporación para exigir que los encarcelaran, pues ellos también eran
homosexuales, igual que aquellos que tenían cautivos. Lo único que se pedía a
cambio, era que se le explicara a una serie de periodistas nacionales y
extranjeros que cubrían la noticia del acto, con base en qué código o ley se
hacían tales detenciones. Nunca dio la cara ninguna autoridad, pero parece que
después de unos minutos se abrieron las puertas del lugar y fueron liberados
todos los “infractores”.
Hablando de Aristóteles, ya llevaba un rato integrado
al Frente, creo que era estudiante de la Licenciatura en Derecho, venía de Campeche y lo había visto participar activamente en las reuniones.
Sus ojos grandes,
muy abiertos y con pestañas rizadas, le hacían parecer un niño asustado. Me
gustaba su bigote negro y la gran manzana de Adán que asomaba de su garganta
(misma que le daba ese tono grave de voz). Teníamos un tiempo intercambiando
miraditas sin pasar de ahí, tal vez porque él sabía que yo era pareja de
Francisco.
Durante las vacaciones de diciembre Pancho se fue a Sonora; eso lo
sabían todos en el grupo, pero no la ubicación de mi trabajo. Aristóteles
consiguió la información y una tarde se apareció en la tienda. Antes de que
pudiera darme por sorprendido, mostraba un folleto con la programación del cine
Bella Época y preguntaba si querría yo acompañarlo, pues se presentaba un ciclo
de películas del director italiano Ettore Scola.
Por aquel entonces, siempre
que tenía una invitación a salir, acostumbraba llevar en mi mochila una botella
de vino blanco Liebfraumilch (y no es que yo fuera muy fino, era porque en la
tienda me costaba lo mismo que una caguama y disfrutaba mucho de su sabor
dulzón).
En tres días vimos Nos amábamos tanto, Un día especial y Feos, sucios
y malos. No ubico bien en qué orden, pero sí recuerdo que, una a una, me dejaban profundamente conmovido. Obviamente yo deseaba estar con Aristóteles, y rumbo a
su departamento ambos platicábamos sobre el impacto que el filme había tenido
en cada uno. Esa mezcla de emoción a flor de piel con vino, daba por resultado
exquisitos encuentros amorosos llenos de besos y caricias suaves.
Ninguno de
los dos teníamos la intención de ocultar el romance ante los demás miembros del
grupo, aun así, esta “película de amor” duró el número de días que
Pancho tardó en regresar.
No recuerdo en qué momento dejé de ver a Aristóteles
en las juntas del FHAR. Quizás terminó sus estudios, o tal vez se alejó después
de un encuentro muy fuerte con el grupo. En una reunión, presentó, después de
trabajar muy duro en ello, algo así como una Constitución para la Nueva Nación
Jota. Contenía un perfecto articulado, con incisos y todo, de la forma en que debería
regirse la sociedad una vez que se hubiera conquistado la batalla por la que
luchábamos. Era un documento de peso (incluido su número de hojas), por lo que
después de 30 o 40 minutos de lectura, Carlos Toimil lo interrumpió
bruscamente. Juan Jacobo intentó ser más diplomático, aún así Aristóteles no dejaba
de recitar su texto, al tiempo que elevaba más y más la voz para acallar los
nuevos exhortos que le pedían otro momento donde el escrito fuera analizado
en tiempo y forma.
Juan Jacobo logró frenarlo y le dijo que estaba teniendo un
“ego shock”… ¡Mierda! ¿Qué era eso? (una nueva razón para mirarlo alto, muy
alto).
Aristóteles se retiró muy frustrado y… creo que no volví a verlo más.

