jueves, 5 de octubre de 2023

1978 Aristóteles

 

                                                                       1978 Aristóteles


   —“¿Que tal compañeros? somos militantes del FRENTE HOMOSEXUAL DE ACCIÓN REVOLUCIONARIA 
y venimos a ofrecerles nuestro órgano impreso de información, donde damos a conocer el eje de acción en torno al cual gira nuestra plataforma política y las estrategias que……………….  El rollo que tira Fernando Esquivel ya lo conozco y se va haciendo inaudible para mí conforme lo desarrolla. Lo que me tiene con la adrenalina al mil es la reacción que causa en quienes lo están escuchando.
   Se han cumplido diez años de la matanza de estudiantes a manos del Ejército Mexicano sobre la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Honestamente, yo apenas estoy comenzando a desarrollar conciencia política, pero aquí en la Universidad Nacional Autónoma de México es el pan diario. Durante todos los días del ciclo escolar, cada clase, cada profesor y estudiantes son interrumpidos por representantes de organizaciones políticas, sindicales y campesinas, que pretenden dar un mensaje, distribuir un panfleto o botear, término con que se conoce al acto de pasar con un bote y pedir dinero, esto con el fin de financiar su movimiento.
   Desde hace años, para la comunidad universitaria no hay nada nuevo que escuchar y los haga apartar la vista de sus libros o cuaderno de notas. Sin embargo, en este momento pareciera que un poderoso mago ha congelado el tiempo. Los alumnos (todos) están inmóviles, dejaron de escribir o leer, igual que el profesor. Jamás se ha escuchado algo así en ninguna aula de todo el campus universitario.
   Lentamente, levantan las cabezas para mirar a Fernando, que comienza a dar una concisa declaración sobre el porqué de nuestra lucha. Termina la presentación e incita a los oyentes para que planteen sus dudas. Una vez que surge una interrogante, le siguen todas. Fernando las responde tal y como le llegan. Las primeras preguntas suenan ingenuas, pero conforme avanza la discusión el tono sube, los prejuicios afloran, las “verdades absolutas” en boca de algunos profesores que han salido al quite de sus pasmados educandos, nos son lanzadas sin miramiento alguno.
   Fernando resplandece, sus argumentaciones son (calificadas por él mismo) lapidarias. No importa en qué escuela suceda esta escena, para las facultades de Medicina, Derecho, Ciencias Políticas o Antropología tiene respuestas médicas, jurídicas, ideológicas, sociales, incluso teológicas. ¡¡Sabe todo!! pienso mientras discretamente me resguardo atrás de él. Sé que algunas veces la visita ha terminado en agresiones, pero por suerte no es el caso de hoy.
   Una vez que se ha relajado el debate, invita a todos a que compren el primer número de Nuestro Cuerpo, publicación del FHAR.

   —¡Ay no!, ahí viene —pienso, y Fernando anuncia:

   —Van a pasar a sus lugares unas guapas edecanes para quien desee obtenerlo.

   Se oye una franca carcajada de los alumnos. Varios chicos con ejemplares del periódico en los brazos, nos distribuimos por el salón mientras quiero morir de la vergüenza y pido que me trague la tierra.
   Por ahí alguien menciona con tono burlón,
   "Ya se puso rojo el güerito".

   A veces, cuando ha terminado la clase, nos alcanzan por los pasillos algunos estudiantes para hacer más preguntas. El rey de la tarde es Esquivel; responde, bromea, alburea… También participan mis otros compañeros militantes. Yo no he obtenido tanta soltura a pesar de que he venido varias veces.
Cada que tengo la oportunidad de asistir después del trabajo a una jornada como esta, a una reunión o pinta (pegar en los muros de las calles carteles, o plasmar con pintura nuestras consignas políticas) lo hago, es parte de mi formación. 
Debo aprender a ser fuerte, orgulloso de mi preferencia, de ser PUTO.

   Según Fernando, presentarse así públicamente, cimbra la conciencia machista de una sociedad mexicana que utiliza este término como estigma para el nivel más bajo en el que puede encontrarse un hombre.
   Decir Soy puto, delante de un macho (o macha) los deja en la orfandad, hace sentir que les ha sido arrebatada su arma mortal, esa con la que durante siglos se ha degradado, no solo a un hombre homosexual, también alcanza para hundir el honor del enemigo de contienda política o de competencia por el favor de las mujeres.
   A lo largo de mi vida, comprobaré el efecto demoledor de esta afirmación en los ámbitos laboral, familiar o policial. Recuerdo cuando:


   …Vamos un grupo de siete militantes en el carro de un amigo. Un agente de tránsito hace señales para detenernos, el auto para, se baja La Chicuela y saluda amablemente al policía. En lo que se revisa la documentación requerida, el resto de nosotros está joteando y reclamando prontitud, pues venimos sentados uno sobre otro.
El policía detiene la revisión, se asoma al interior del vehículo y pregunta:
—¿Lleva usted a unnnnnn…? —La Chicuela se adelanta respondiendo, —Sí señor oficial… todos somos putos.
El hombre da un paso hacia atrás, la investidura se le descuadra, sonríe y se recompone numerosas veces.
—¿Ya nos podemos ir? —Pregunta La Chicuela y el agente le entrega los papeles.
Mientras nos vamos, alguien baja la ventanilla para corresponder la atención: "Gracias señor policía, está usted muy guapo". El hombre queda inmóvil y con la sonrisa congelada.


   ...Lucina es directora de la Biblioteca de México, yo trabajo ahí, en la Sala Infantil y me ha llamado a su oficina. Hay un grupo de machines del sindicato que se sienten incómodos con mi presencia.
   Ella quiere saber si yo…
   —Sí Lucina, soy puto. Aparte de eso ¿Hay alguna queja sobre el desempeño de mi trabajo? ¿He molestado a alguno de ellos? —pregunté.
   Lucina sonríe y dice que puedo retirarme.

   ...Estamos en el aeropuerto mi pareja y yo, listos para tomar un vuelo, es el último retén y un par de agentes de la Policía Federal (sí, esa corporación en la que se matan entre ellos mismos para obtener el control de la “plaza”) nos están interrogando. No es porque Jaime sea moreno, esté rapado y luzca tatuajes en sus brazos, no, lo hacen de manera “aleatoria”. Quieren saber a qué se dedica, por qué vamos a Hermosillo y dónde vive. Revisan las credenciales de elector de ambos, las escanean en un aparatito e intercambian mensajes por radio. En cualquier momento retirarán el túnel que conduce a la puerta del avión, pero eso a ellos no les importa porque “están haciendo su trabajo”.
   Los interrumpo y les propongo:
   —Señores, ¿por qué no comenzamos desde el principio? Me llamo Carlos y él es Jaime, en nuestras credenciales verán que vivimos en el mismo domicilio. ¿Saben por qué? Porque somos pareja. Para que me entiendan en su idioma, somos putos y vamos de viaje para celebrar nuestro aniversario.
   No terminaba la frase cuando uno de ellos estiró la mano para entregarme las identificaciones y ambos dicen con voz de autómatas, —pueden abordar, que tengan buen viaje.

   Escuchar a Juan Jacobo, siempre es para mí una cátedra de conocimiento teórico, pero también de estrategia práctica. Es cordial, aunque no menos valiente o intrépido. Una tarde, Aristóteles me contó sobre una incursión del Frente unos meses atrás. No sé con certeza si así sucedió, pero no lo dudaría.
   En respuesta a las constantes razias en lugares de reunión de hombres homosexuales por parte de la corrupta policía del Distrito Federal, solo con el fin de extorsionarnos, el FHAR decidió hacer una parada en el edificio donde se encontraban los separos, también llamado Torito, lugar infame donde “quinceneaban” (pasar quince días) aquellos que no pagaban la multa; unos, porque preferían el encierro a verse arruinados ante sus familias o trabajo; y otros, simplemente no tenían los recursos, aunque muchas veces eran los propios amigos los que financiaban la salida del detenido.
   Juan Jacobo y otros compañeros se pararon frente a la puerta de la corporación para exigir que los encarcelaran, pues ellos también eran homosexuales, igual que aquellos que tenían cautivos. Lo único que se pedía a cambio, era que se le explicara a una serie de periodistas nacionales y extranjeros que cubrían la noticia del acto, con base en qué código o ley se hacían tales detenciones. Nunca dio la cara ninguna autoridad, pero parece que después de unos minutos se abrieron las puertas del lugar y fueron liberados todos los “infractores”.


   Hablando de Aristóteles, ya llevaba un rato integrado al Frente, creo que era estudiante de la Licenciatura en Derecho, venía de Campeche y lo había visto participar activamente en las reuniones.
   Sus ojos grandes, muy abiertos y con pestañas rizadas, le hacían parecer un niño asustado. Me gustaba su bigote negro y la gran manzana de Adán que asomaba de su garganta (misma que le daba ese tono grave de voz). Teníamos un tiempo intercambiando miraditas sin pasar de ahí, tal vez porque él sabía que yo era pareja de Francisco.
   Durante las vacaciones de diciembre Pancho se fue a Sonora; eso lo sabían todos en el grupo, pero no la ubicación de mi trabajo. Aristóteles consiguió la información y una tarde se apareció en la tienda. Antes de que pudiera darme por sorprendido, mostraba un folleto con la programación del cine Bella Época y preguntaba si querría yo acompañarlo, pues se presentaba un ciclo de películas del director italiano Ettore Scola.
   Por aquel entonces, siempre que tenía una invitación a salir, acostumbraba llevar en mi mochila una botella de vino blanco Liebfraumilch (y no es que yo fuera muy fino, era porque en la tienda me costaba lo mismo que una caguama y disfrutaba mucho de su sabor dulzón).
   En tres días vimos Nos amábamos tanto, Un día especial  y Feos, sucios y malos. No ubico bien en qué orden, pero sí recuerdo que, una a una, me dejaban profundamente conmovido. Obviamente yo deseaba estar con Aristóteles, y rumbo a su departamento ambos platicábamos sobre el impacto que el filme había tenido en cada uno. Esa mezcla de emoción a flor de piel con vino, daba por resultado exquisitos encuentros amorosos llenos de besos y caricias suaves.
   Ninguno de los dos teníamos la intención de ocultar el romance ante los demás miembros del grupo, aun así, esta “película de amor” duró el número de días que Pancho tardó en regresar.

   No recuerdo en qué momento dejé de ver a Aristóteles en las juntas del FHAR. Quizás terminó sus estudios, o tal vez se alejó después de un encuentro muy fuerte con el grupo. En una reunión, presentó, después de trabajar muy duro en ello, algo así como una Constitución para la Nueva Nación Jota. Contenía un perfecto articulado, con incisos y todo, de la forma en que debería regirse la sociedad una vez que se hubiera conquistado la batalla por la que luchábamos. Era un documento de peso (incluido su número de hojas), por lo que después de 30 o 40 minutos de lectura, Carlos Toimil lo interrumpió bruscamente. Juan Jacobo intentó ser más diplomático, aún así Aristóteles no dejaba de recitar su texto, al tiempo que elevaba más y más la voz para acallar los nuevos exhortos que le pedían otro momento donde el escrito fuera analizado en tiempo y forma.
   Juan Jacobo logró frenarlo y le dijo que estaba teniendo un “ego shock”… ¡Mierda! ¿Qué era eso? (una nueva razón para mirarlo alto, muy alto).
   Aristóteles se retiró muy frustrado y… creo que no volví a verlo más.