jueves, 5 de octubre de 2023

1979 Genaro

                                                                        1979 Genaro


   Mi relación con Pancho había terminado, no obstante, me sentía entero. Cumplía un año trabajando en la tienda y estaba muy contento, pues eso me permitía, con una adecuada administración del salario, vivir de manera independiente y estable.
   El edificio donde habitaba mi amigo (y exnovio) Guillermo, se encontraba a diez minutos caminando con paso rápido desde la tienda. La conserje del mismo, me había visto subir y bajar muchas ocasiones de la azotea.
   Saludando a doña Lupe, supe que también preparaba comida, la cual vendía en la propia conserjería y comencé a comer con ella. Uno de esos días, ella hizo mención de que Memo pagaba muy poco por el alquiler del cuarto que ocupaba y “casualmente” comenté que yo podría dar el doble de dinero si encontrara algo así.
   Sé que suena horrible, pero una semana después mi amigo era notificado de que debía entregar el lugar.
   En cuanto tomé posesión de la pieza, comencé a trabajar en su remodelación. La alfombré, tapicé los muros (en uno de ellos puse el fotomural de un paisaje montañoso), diseñé sobre papel una pequeña cama y clóset, fui a una maderería y compré la madera cortada a la medida para construirlos. 
   La siguiente quincena le puse cortinas a la ventana y adquirí un estéreo con tocadiscos. Mi hogar estaba completo.

   En la azotea estaban ocupados algunos cuartos y vivíamos: en uno, una empleada doméstica con su pequeño hijo, yo en otro y Genaro en un tercero. La relación era cordial y nos habíamos organizado para el uso y limpieza del único baño. En varias ocasiones, al cruzarnos por el pasillo, charlaba brevemente con Genaro. Supe que estaba en la universidad realizando su maestría en Ciencias Biológicas. Estudiaba el comportamiento de unos bichitos o algo así. 
   La confianza fue creciendo al grado en que a veces platicábamos en cualquiera de nuestros cuartos. Para mí no era ni feo ni atractivo; era heterosexual.

   Hasta entonces yo solo había tenido relaciones sexuales con hombres abiertamente gays y mi recién adquirida educación político-sexual me hacía creer (o malinterpretar) que ambas preferencias no se mezclaban, al menos en la cama.
   Una tarde en mi cuarto, conversábamos sobre su novia y los planes que tenía para casarse una vez que terminara la maestría. Preguntó si tenía alguna relación afectiva, respondí que salía de una, y agregué que había sido con un hombre. Le confesé mi orientación sexual y más que sorpresa, mostró curiosidad. Hablé sobre el FHAR, hojeó un ejemplar del periódico Nuestro Cuerpo y le describí el mundo gay. Él estaba atento y receptivo a todo lo que decía, y yo, muy satisfecho con ese encuentro lleno de respeto y tolerancia por ambas partes. Pasada la medianoche se retiró para dormir en su lugar. 
   Tres días después, mientras dormía, alcancé a oír que corrían el pasador que aseguraba la puerta de mi cuarto. Antes de que abriera bien los ojos, vi que alguien estaba jalando la cobija que me cubría, y devoraba con ansiedad mi verga. Entre la oscuridad alcancé a ver que era Genaro. Lo retiré mientras le preguntaba qué estaba haciendo, no respondió porque nuevamente metía mi pito a su boca. Lo separé con más fuerza y le grité:
   —¡Qué te pasa! —Genaro me miró sorprendido, se levantó y salió apresuradamente del cuarto.



   En ningún momento alguien del FHAR sugirió que bugas (heteros) y putos éramos enemigos. El ideal de nuestra revolución pretendía lo contrario. Pero yo traduje nuestra lucha en una fiera resistencia contra aquellos que deseaban eliminarnos desde todos los ángulos y esferas de la sociedad, y esos eran los heterosexuales.
   La batalla por la reafirmación de mi ser no solo se daba en la calle, desde hacía unos meses también la había llevado a la casa de mi madre. Las visitas para “saludarla” se tornaban pronto en feroces discusiones que comenzaban con argumentaciones de tipo intelectual y terminaban con dardos hacia el corazón, sobre todo de mi parte.
   Mamá también fue mi amiga y como tal, me confió sus secretos, sus sueños rotos y dolor.
   La retaba a explicarme por qué, si el mundo estaba hecho a la medida de los heterosexuales, eran tan infelices, de la manera en que lo había sido ella misma con mi padre y otros hombres, o la mayoría de mis antepasados, consumidos por la traición y las farsas.
   La desafiaba a abrir su mente, a llevar hasta sus límites la práctica de esa carrera que ahora estaba estudiando (Psicología). Emulando a mi tutor Fernando Esquivel, le arrojaba a la mesa el libro Homosexualidad sin prejuicios de George Weinberg.

   El recuento de daños después de esas batallas resultaba en muchas lágrimas y corazones sangrantes. Sin embargo, poco a poco fueron perdiendo su virulencia y adquiriendo un tono de entendimiento. 
   Pronto… la historia nos pondría a prueba.

 



   Había transcurrido una semana desde que mi vecino huyó con su identidad zarandeada y la boca frustrada. No sabía nada de él y cuando vi que se dibujaba una delgada línea de luz por arriba de su puerta, me atreví a tocarla. Genaro abrió, pregunté qué tal estaba y si podíamos charlar. Aceptó y tan pronto tome asiento pidió disculpas; no sabía qué fue lo que pasó. Retomé esa última frase y lo invité a descubrir entre ambos, qué había sucedido.
   Él nunca había escuchado hablar con tanto convencimiento a un maricón que, según dijo, no parecía maricón y no sentía culpa o complejos por serlo. Las noches posteriores a nuestra plática, lo habían atormentado con dudas y tentación. La tercera noche fue a mi cuarto para probar que se sentía estar con un igual. A mí me gustaban los hombres, así que dio por descontado que si él era hombre, pues cogeríamos y punto.
   Después de una buena plática, regresó la camaradería. Le sugerí que si todavía quería continuar con su “investigación” y asintió.
   Ninguno se cogió al otro, pero si le enseñé lo que era un 69 entre hombres. Por la dureza de su verga me quedaba claro que al “buga” no le estaba causando ningún conflicto atascarse la boca con la mía.

   Por Memo no hubo que sentirse mal. Seguimos siendo amigos, aunque el tipo que le daría posada y lo ayudó a sacar sus posesiones el día que desocupó MI nuevo hogar, le aseguró que yo era:
   —Una perra malagradecida.