1979 Genaro
Mi relación con Pancho había terminado, no obstante, me sentía entero. Cumplía un año trabajando en la tienda y estaba muy contento, pues eso me permitía, con una adecuada administración del salario, vivir de manera independiente y estable.
El edificio donde habitaba mi amigo (y exnovio) Guillermo, se
encontraba a diez minutos caminando con paso rápido desde la tienda. La
conserje del mismo, me había visto subir y bajar muchas ocasiones de la azotea.
Saludando a doña Lupe, supe que también preparaba comida, la cual vendía en la
propia conserjería y comencé a comer con ella. Uno de esos días, ella hizo
mención de que Memo pagaba muy poco por el alquiler del cuarto que ocupaba y
“casualmente” comenté que yo podría dar el doble de dinero si encontrara algo
así.
Sé que suena horrible, pero una semana después mi amigo era notificado de
que debía entregar el lugar.
En cuanto tomé posesión de la pieza, comencé a
trabajar en su remodelación. La alfombré, tapicé los muros (en uno de ellos
puse el fotomural de un paisaje montañoso), diseñé sobre papel una pequeña cama
y clóset, fui a una maderería y compré la madera cortada a la medida para
construirlos.
La siguiente quincena le puse cortinas a la ventana y adquirí un
estéreo con tocadiscos. Mi hogar estaba completo.
En la azotea estaban ocupados
algunos cuartos y vivíamos: en uno, una empleada doméstica con su pequeño hijo, yo en otro y Genaro en un tercero. La relación era cordial y nos habíamos
organizado para el uso y limpieza del único baño. En varias ocasiones, al
cruzarnos por el pasillo, charlaba brevemente con Genaro. Supe que estaba en la
universidad realizando su maestría en Ciencias Biológicas. Estudiaba el comportamiento
de unos bichitos o algo así.
La confianza fue creciendo al grado en que a veces
platicábamos en cualquiera de nuestros cuartos. Para mí no era ni feo ni
atractivo; era heterosexual.
Hasta entonces yo solo había tenido relaciones
sexuales con hombres abiertamente gays y mi recién adquirida educación
político-sexual me hacía creer (o malinterpretar) que ambas preferencias no se
mezclaban, al menos en la cama.
Una tarde en mi cuarto, conversábamos sobre su
novia y los planes que tenía para casarse una vez que terminara la maestría.
Preguntó si tenía alguna relación afectiva, respondí que salía de una, y agregué que había sido con un hombre. Le confesé mi orientación sexual y más que sorpresa,
mostró curiosidad. Hablé sobre el FHAR, hojeó un ejemplar del periódico Nuestro Cuerpo y le describí el mundo gay. Él estaba atento y receptivo a
todo lo que decía, y yo, muy satisfecho con ese encuentro lleno de respeto y
tolerancia por ambas partes. Pasada la medianoche se retiró para dormir
en su lugar.
Tres días después, mientras dormía, alcancé a oír que corrían el
pasador que aseguraba la puerta de mi cuarto. Antes de que abriera bien los
ojos, vi que alguien estaba jalando la cobija que me cubría, y devoraba con
ansiedad mi verga. Entre la oscuridad alcancé a ver que era Genaro. Lo retiré
mientras le preguntaba qué estaba haciendo, no respondió porque nuevamente
metía mi pito a su boca. Lo separé con más fuerza y le grité:
—¡Qué te pasa! —Genaro me miró sorprendido, se levantó y salió apresuradamente del cuarto.
En
ningún momento alguien del FHAR sugirió que bugas (heteros) y putos éramos
enemigos. El ideal de nuestra revolución pretendía lo contrario. Pero yo traduje nuestra lucha en una fiera resistencia contra aquellos que
deseaban eliminarnos desde todos los ángulos y esferas de la sociedad, y esos
eran los heterosexuales.
La batalla por la reafirmación de mi ser no solo se
daba en la calle, desde hacía unos meses también la había llevado a la casa de
mi madre. Las visitas para “saludarla” se tornaban pronto en feroces
discusiones que comenzaban con argumentaciones de tipo intelectual y terminaban
con dardos hacia el corazón, sobre todo de mi parte.
Mamá también fue mi
amiga y como tal, me confió sus secretos, sus sueños rotos y dolor.
La retaba a
explicarme por qué, si el mundo estaba hecho a la medida de los heterosexuales,
eran tan infelices, de la manera en que lo había sido ella misma con mi padre y otros hombres, o la mayoría de mis antepasados, consumidos por la traición y
las farsas.
La desafiaba a abrir su mente, a llevar hasta sus límites la
práctica de esa carrera que ahora estaba estudiando (Psicología). Emulando a mi
tutor Fernando Esquivel, le arrojaba a la mesa el libro Homosexualidad sin prejuicios de George Weinberg.
El recuento de daños después de esas batallas
resultaba en muchas lágrimas y corazones sangrantes. Sin embargo, poco a poco
fueron perdiendo su virulencia y adquiriendo un tono de entendimiento.
Pronto…
la historia nos pondría a prueba.
Había transcurrido una semana desde que mi
vecino huyó con su identidad zarandeada y la boca frustrada. No sabía nada de
él y cuando vi que se dibujaba una delgada línea de luz por arriba de su
puerta, me atreví a tocarla. Genaro abrió, pregunté qué tal estaba y si
podíamos charlar. Aceptó y tan pronto tome asiento pidió disculpas; no sabía qué fue lo que pasó. Retomé esa última frase y lo invité a descubrir entre
ambos, qué había sucedido.
Él nunca había escuchado hablar con tanto
convencimiento a un maricón que, según dijo, no parecía maricón y no sentía culpa
o complejos por serlo. Las noches posteriores a nuestra plática, lo habían
atormentado con dudas y tentación. La tercera noche fue a mi cuarto para probar que se sentía estar con un igual. A mí me gustaban los hombres, así que
dio por descontado que si él era hombre, pues cogeríamos y punto.
Después de
una buena plática, regresó la camaradería. Le sugerí que si todavía quería
continuar con su “investigación” y asintió.
Ninguno se cogió al otro, pero si
le enseñé lo que era un 69 entre hombres. Por la dureza de su verga me quedaba
claro que al “buga” no le estaba causando ningún conflicto atascarse la boca con la
mía.
Por Memo no hubo que sentirse mal. Seguimos siendo amigos, aunque el tipo
que le daría posada y lo ayudó a sacar sus posesiones el día que desocupó MI
nuevo hogar, le aseguró que yo era:
—Una perra malagradecida.


