jueves, 5 de octubre de 2023

1979 Alberto

                                                                                                                                   1979 Alberto

   Estamos en un auditorio donde se lleva a cabo el encuentro entre grupos de tendencia leninista, anarquista, feminista, trotskista y más. Juan Jacobo y otros ideólogos del FHAR siempre se las arreglan para presentar su posición política ante todos los presentes en este tipo de eventos.
   Afuera del recinto, en la explanada, un grupo de jóvenes militantes hacemos trabajo político. Vendemos ejemplares de Nuestro Cuerpo, boteamos para conseguir recursos monetarios y repartimos volantes informativos para anunciar el próximo evento que se hará, a una escala sin precedentes en este país.
   Llevamos más de veinte minutos argumentando y defendiendo con vehemencia nuestros principios ante un grupo de alumnas de la Facultad de Ciencias Políticas, hablamos de lucha, de derechos, represión y socialismo. 
   Las chicas han dejado de cuestionarnos. Seguro hemos vencido en el debate, cuando una de ellas nos pregunta muy preocupada:
   —Pero ¿sí se van a casar y tener hijos, verdad?
   Todos nos miramos, no sabemos si llorar o soltar una carcajada.
   Seguimos siendo invisibles para la población común y una teoría para los “estudiados”.
   Alberto y yo, entre risas retomamos con brío nuestra comisión. Somos novios desde hace dos semanas. Alberto es de estatura bajita, es universitario, siempre viste de mezclilla, calza huaraches y porta un morral, aunque con esa piel clara y hermosos ojos azules, es difícil convencernos de que es de extracción humilde. Pero sí es “chapaneco”… de “Chapas”, como le dice Juan Jacobo para fastidiarlo porque sabe que invariablemente Alberto lo corregirá con mucha seriedad:
   —Chiapaneco, ¿si? Y se dice Chiapas.

   El ritmo de las asambleas o reuniones de trabajo dentro del FHAR se ha intensificado los últimos días. Sabemos que se acerca el décimo aniversario de la rebelión de Stonewall en junio 28 de 1969. La fecha se está adoptando en muchos lugares del mundo pues es referente del inicio de la lucha por los derechos civiles de los homosexuales.
   Nuestra primera Marcha por la Dignidad Homosexual será el próximo viernes 29.


   De un tiempo para acá, las visitas o llamadas telefónicas a mi madre se centran más en saber cómo nos va en el trabajo, de salud o en quejas sobre mi hermano menor. También pregunta si se arreglaron las cosas con Francisco, al que conoció meses antes de que terminara la relación. Me gusta nuestro nuevo nivel de comunicación, sin embargo, desearía saber si su actitud es muestra de aceptación, resignación o tolerancia.
   Es jueves y yo he acomodado mi horario de trabajo de manera que mañana viernes pueda salir a las tres de la tarde. Por un simple impulso, llamo por teléfono a mi madre. Responde y luego de los sabidos saludos y chismes, le pregunto:
   —¿Estás lista para la marcha de mañana?
   —¿Cuál marcha? —indaga curiosa.
   —La primera marcha del orgullo homosexual —le afirmo tranquilamente.
   —¿Quéééééé? ¿La marcha de qué? —exclama impresionada.
   Yo con toda calma le repito el nombre del evento y antes de que diga nada, añado...
   —Es importante que vayas, serás la primera madre en México que marcha al lado de su hijo.
   Ella ha enmudecido, solo habla palabras entrecortadas y termino la llamada agregando...
   —Te veo mañana mamá, a las tres, en la entrada de mi trabajo.
   Cuelgo el teléfono, sonrío para mis adentros (confieso que con malicia) y no pienso más en el asunto.

   Son las tres de la tarde en punto, camino hacia el reloj marcador de tarjetas de mi trabajo. Salgo a la calle y ahí está mi mamá recargada en una jardinera. Los dos estamos nerviosos, mas ninguno quiere demostrarlo así que iniciamos la caminata hacia la entrada al Bosque de Chapultepec, a unos quince minutos de la tienda. Llegamos y reconozco a los integrantes de las otras agrupaciones que también forman parte del Movimiento Homosexual Mexicano, son del Grupo Lambda y a las chicas lesbianas de Oikabeth, que tienen un gran ajetreo moviendo banderas y mantas de tela con sus insignias estampadas. Busco a mis compañeros y los encuentro más adelante, tirados sobre el piso de la explanada, rotulando con pinceles o plumines varias cartulinas con diferentes consignas de lucha.
   Reconozco a Juan Jacobo, camino hacia él, lo saludo con un abrazo y le menciono:

   —Te presento a mi mamá.          



   No sé si se sorprende o lo oculta muy bien, pero toma inmediatamente una cartulina y escribe sobre ella:










                                    
   En unos minutos nos entrega el cartel. El tiempo corre tan rápido que de repente ya ha iniciado la marcha. Mamá y yo, caminando, nos colocamos al lado de una de las hermanas de Fernando Esquivel (lamento no recordar su nombre, el de las otras dos es Margarita y Pera).
   Aunque sigue al contingente un mundo de periodistas que aprietan el botón de sus cámaras sin descanso, en un tramo de la marcha, todos nos mantenemos apretujados, y junto con mi madre los del centro pasamos desapercibidos. Pero cuando los grupos comienzan a extenderse sobre la avenida, los fotógrafos pudieron leer el cartel que sostenemos entre ambos y comienzan los disparos sobre nosotros. Al principio, mi madre trata de ocultar su rostro detrás de la pancarta. 
   Unas calles más adelante, se para frente a nosotros una chica muy joven que al leer el cartel se dirige hacia mi madre y le pregunta que si puede besarla en la mejilla. Mi mamá se acerca a la muchacha, ésta la abraza y la besa al mismo tiempo que le dice muy emocionada:

   —Gracias, representas la esperanza de todos nosotros… 
   Y se reintegra a su grupo dando brinquitos de alegría.
   Mamá ha sido profundamente tocada,
está en shock y yo me siento ante el mundo, enaltecido por ella. A partir de ahí, baja la cartulina a la altura de su pecho y caminamos juntos hasta el final de la marcha.
   La gay y la del resto de nuestras vidas.






   Semanas más tarde me platicaría que después de la marcha, también tenía sesión de psicoterapia. Cuando le dijo a su doctora de dónde venía, la mujer no podía creer lo que escuchaba. Quizás estaba harta de oír durante décadas, las mismas historias aburridas en todos sus cuasidifuntos pacientes.
Al terminar la consulta le hizo saber a mi madre que, a partir de entonces, la falta de recursos para cubrir sus honorarios no sería razón para dejar de ir con ella. Con oír su historia, se daría por bien pagada.