jueves, 5 de octubre de 2023

1979 Ignacio


                                                                              1979 Ignacio

   Según mi registro de información básica[1], a Ignacio lo conocí en la cantina El Villamar. Tenía 26 años de edad, moreno, guapo y vestía con buen gusto; era hijo del dueño de una línea de autobuses foráneos establecida en Chilpancingo, Guerrero, y se encargaba de los negocios de su padre concernientes a la Ciudad de México.
   ¿Qué más?... salimos tres veces en su auto a la carretera panorámica de Cuernavaca, seleccionábamos un lugar con vista linda y realizábamos sobre la hierba un picnic con vino, queso y embutidos. El resto de la tarde lo aprovechábamos en un motel. Me gustaba su facha solo que…… besaba muy mal.
   Pasarán tres décadas antes de que yo disfrute coger con o sin besos.

   Pero en ese entonces habría sido imposible. Besar en la boca a otro hombre resultaba, en ocasiones, suficiente para provocarme un orgasmo. Desde que entré al mundo gay, muy rápido me hice catador de todos y cada uno de los elementos que intervienen en un beso: 
   ° el tamaño y grosor de boca y labios, su suavidad o aspereza;
   ° la textura en la superficie de la lengua (por ambas caras ya que cada lado es diferente), su longitud y flexibilidad;
   ° la densidad, color y sabor de la saliva;
   ° el aroma del aliento y
   ° el estado de la dentadura.
   Eso sin hablar de la habilidad de la boca para segregar saliva cuando se besa, o babas cuando llega el momento de la penetración (“Jalea Reina” oí que las llamaba un amigo mío).


   Saber besar es fundamental para ser un buen amante. Sin embargo, con Ignacio no había forma de disfrutarlo.
   Todos sabemos que al besar hay un mayor o menor intercambio de salivas y que de manera imperceptible ambas partes la ingieren. Es el efecto de la succión por la misma mecánica del beso.

De alguna manera este hombre almacenaba en su boca la saliva de los dos y de repente la vaciaba dentro de mí. Tal vez unos mililitros menos harían la experiencia excitante. Pero era un chorro completo de este fluido. Al principio yo la tragaba rápidamente, pero luego terminaba arrojándola por la comisura de la boca. El resultado era que la almohada y sábanas terminaban batidas. Pasé pronto de él.


   Además de eso, ya no tengo nada que contar sobre Ignacio. Aunque el nombre, no deja de hacerme ruido en la memoria. Es un Nacho que ocupa un gran espacio en mis recuerdos e historia. No cogí con él porque lo veía como a un hermano mayor, muy por encima de un culo o verga. Su nombre era Ignacio Álvarez, del FHAR.


   Muchas de las reuniones del Frente, al menos durante la época en que milité, eran en su casa, ubicada sobre la calle de Mazatlán. Podría aventurarme a decir que era el epicentro del movimiento homosexual mexicano, o al menos de la versión radical de este.
   Las jornadas de trabajo con Nacho eran una experiencia de estímulos lúdicos, intelectuales y hasta gastronómicos. De su pequeña cocina siempre salían cosas ricas que compartir entre los presentes: pasta, sopa, quesadillas, agua de frutas y… marihuana (bueno, esa salía de una maceta en su terraza).


   Cuando lo visitaba, invariablemente se encontraba trabajando sobre su escritorio, repleto de reglas y escuadras de medición, tijeras, navaja cutter, pegamento, hojas blancas de papel y, sobre todo, una montaña de periódicos y revistas. Era material gráfico donde Nacho había localizado información relacionada con la homosexualidad en México (aunque creo que también internacional), sin importar el tipo o la calidad de la publicación; ya fuera de un diario con prestigio nacional o la amarillista “Alarma”, Ignacio recortaba y pegaba sobre una hoja de papel el artículo. Rotulaba sobre la misma, todos los datos de la fuente impresa, la fecha, el título de la nota y su autor.
Lo hizo sistemáticamente durante AÑOS.


   A principios de los 80 pasé a saludarlo y tenía un alboroto en casa. Me platicó que la Universidad de California Los Ángeles (la UCLA) se había enterado de su trabajo y ofreció comprarle ¡todo! el archivo. Nacho rechazó la oferta, pero accedió a que fuera fotocopiado. La primera vez que fui, estaba un gringuito rubio con cara de nerd ordenando una serie de cajas. Una semana después cuando regresé, Ignacio estaba saliendo de la casa. Acompañaba a un joven negro que cargaba un archivero de cartón y se dirigían a una papelería para fotocopiar documentos. Mientras platicábamos, ocasionalmente el becario volteaba a vernos y Nacho le gritaba      ¡Negra! El chico levantaba los hombros, cerraba los ojos y apretaba los labios fingiendo que le aventaban algo a la cara. Sé que tenía un agudo sentido del humor, pero quedé frío. En aquel entonces no entendía sus sarcasmos y el elevado nivel de empatía y complicidad que Nacho manejaba, que había adquirido a través de sus viajes por el mundo. Era un hombre cosmopolita.

   No sé si mintió (no tendría ningún caso), pero una tarde me platicó que había trabajado para un organismo internacional, que pisó lugares como Afganistán, Europa, Norteamérica y otras regiones. Hablaba inglés y francés. Parecía la trama de un fantástico libro de aventuras.

   Una de esas reuniones en casa de Nacho se ocuparía para hacer “trabajo interior”, vaya, sonaba original.
"La conciencia política, debía estar respaldada por una tarea de conciencia personal, y eso requería no solo la convicción de principios, también y obligadamente, conocer nuestras motivaciones más profundas y por qué no, oscuras". 
Era el planteamiento de desarrollo que ofrecía Antonio Cué a los integrantes del FHAR. Quedé muy impresionado con sus palabras.

   Al inicio de esa sesión se habían realizado unos ejercicios de relajamiento y contacto con el propio cuerpo, sin embargo, el lugar no daba para un nivel más intenso de trabajo. Lo ideal sería otra sesión con muchos más participantes en un espacio grande.
   Yo sentía mucho respeto y confianza por Ignacio Álvarez y le comenté que podríamos usar la vieja casona familiar. Solo necesitaría algo de limpieza.


   Esa tarde en Alfonso XIII, estábamos quizás una veintena o más de participantes en el salón principal de la casa, muchos formábamos parte de los nuevos cuadros del Frente, pero también se encontraban miembros de la vieja guardia. Sé porque me lo dijeron ellos mismos, que los fundadores del FHAR, incluso de otros grupos, ya habían trabajado con Antonio Cué unos años atrás y que eso movió fuerzas internas en ellos, que los catapultó hacia la lucha en la que ahora interveníamos todos.


   Teníamos veinte minutos realizando ejercicios respiratorios, de relajación y algunas posturas aparentemente sin sentido para muchos. Antonio había elaborado un muñeco (o bulto) de trapo de tamaño real y que había sentado en una silla. Invitó a los participantes que desearan pasar al frente para que se conectaran con alguna emoción negativa (coraje, frustración o resentimiento) y la descargaran sobre el títere con una raqueta que les daría para tal propósito. Intervenimos algunos, imprimiendo mayor o menor fuerza en los golpes y hubo diferentes respuestas: gritos, llanto o alivio. Le pregunté a Alberto si deseaba pasar y respondió con tono despectivo que esa estrategia para nuestra revolución le sonaba, muy bucólica.
   Pancho pidió intervenir en el ejercicio, tomó la raqueta y comenzó a golpear al maniquí. Para el tercer golpe la rompió, siguió golpeando la raqueta contra la pared hasta que la deshizo, tomó la silla y poseído la estrelló contra el muro las veces suficientes para dejarla en astillas. Parecía una represa llena hasta el tope de rabia líquida, que al reventar arrasaba con todo lo que se encontraba a su paso. Hasta que laxó su furia, se tranquilizó.
   Ya no había forma de que los demás miembros del grupo pudieran completar la dinámica, así que Cué los organizó en parejas, les indicó que establecerían un duelo solamente con la mirada, a través de ella expresarían sus emociones encriptadas. Parecía que no iba a funcionar, pero segundos después, algunos estallaban en llanto. El trabajo estaba próximo a culminar, cuando en un pestañeo, Nacho y la Mema (Gerardo) se trenzaron en una salvaje pelea. El encono que mostraba uno por otro en sus golpes era tremendo. La Mema tomaba a Ignacio de la cabeza y lo agachaba hacia su rodilla (con un estilo que Antonio definiría más tarde de “penitenciaril”). Fueron necesarios muchos compañeros para separarlos y detener la riña. 
   Fui a buscar a Alberto, que impactado por la escena, salió corriendo hacia una de las recámaras del fondo de la casa. Lo encontré agazapado en una esquina y llorando me preguntaba por qué había pasado eso.

   —No lo sé, tal vez es lo que desea mostrarnos Antonio —respondí, y al ayudarlo a levantarse, añadí con tono cáustico a la frase anterior:
   —¿Te sigue pareciendo “bucólico” el asunto?


   Durante el cierre de la sesión, Antonio advertía a quienes lo escuchábamos sentados sobre la duela del piso, que muchos movimientos con ideales nobles no se habían desintegrado o corrompido por factores ideológicos tanto, como por las peleas intestinas, el deseo de poder y las ambiciones ocultas de quienes los dirigían. Que a la par de una revolución externa, tendríamos que derrotar al dictador, al pequeño señor feudal que vivía dentro de nosotros y esperaba pacientemente su oportunidad para surgir.



A partir de entonces, la casa haría la función durante unos meses de cuartel general del FHAR.
Para la noche de muertos se organizó una multitudinaria fiesta con el objetivo de recabar fondos, a la que llegaron por lo menos 300 personas. La noche tuvo un acento de pluralidad. La Guchi llegó con sus amigos darketos, La Mema con la raza de Ciudad Neza, Miss Alex dio su show de globos, había anarquistas y niñas “fresas”.
No recuerdo si en aquellos tiempos ya existían los dark rooms en los antros, creo que no, pero los cuartos de servicio del traspatio vieron correr en esa noche más semen, que en los últimos sesenta años.
   La fama de las fiestas se esparció por el barrio y jóvenes de vecindades cercanas lograban colarse. Aún hoy, cuarenta años después, tengo vecinos, respetables padres y abuelos de familia, que aseguran que esos momentos fueron “el mejor desmadre de toda su vida”. 

   En 1980 tuve que vivir un tiempo en Torreón. Digamos que a Nacho le otorgué el comodato para continuar usando la casa, hasta que me avisó que en una de las farras, entró un tipo armado, hizo varios disparos al techo y finalmente fue sometido. En ese instante le pedí que sellara la casa. Fue muy respetuoso con mi petición y guardó las llaves hasta que pude recogerlas una vez que retorné a la ciudad meses más adelante.

   La última vez que vi a Nacho fue al inicio de los noventa. Yo vivía en la Ciudad de Puebla, vine por unos asuntos y pasé a saludarlo. Supe que se estaba planeando (nada seguro todavía), una especie de fiesta/homenaje por el próximo cumpleaños 50 de Juan Jacobo.
   Si se hizo la celebración, no lo supe. Pero si hubiera asistido, no habría dudado en gritar jubiloso:
   ¡Larga vida a la Reina! ¡Viva el verdadero progenitor que parió al nuevo…¿Hombre?... Quizás no, pero sí al nuevo JOTO.
 
   Quince o veinte meses después, cuando recién dejaba Puebla y vivía nuevamente en Alfonso XIII, salí a tomar una cerveza al centro. En algún bar encontré a Jaime Morales y en la borrachera le pregunté por Nacho. Con esa rapidez con la que se asesta una puñalada en el estómago, me comunicó:
   —Ignacio Álvarez murió… —mis entrañas mezcladas con el llanto, se desbordaron durante todo el trayecto de regreso a casa.
   Al menos me consuela pensar que se fue colmado del amor y cuidados de Gustavo, su pareja, durante su tortuoso final.

   Descansa en paz Nacho. Si estás en el cielo, enséñale a Dios a organizar la desmadrada y caótica historia que guarda con su creación.



   [1] Una vez que decidí organizar toda la información desmadejada en agendas o papelitos sobre mis novios y ligues, lo primero que hice fue asentar sus características y datos más relevantes, junto a palabras clave que conectaban con mis vivencias al lado de ellos. Obviamente, sobre algunos nombres habría mucho de qué hablar, de otros apenas exprimiría algunas letras, como puede verse en el listado de Los nombres de mis OTROS hombres.
   Tal es el caso de este registro de información básica, concerniente al nombre (hombre) que ocupó este cuento, que en realidad solo fue un pretexto para hablar sobre alguien infinitamente más memorable.
   Más adelante explicaré con mayor detalle el significado de algunas claves y las opciones que cada rubro puede contener.