Según mi registro de información básica[1], a Ignacio lo conocí en la cantina El Villamar. Tenía 26 años de edad, moreno, guapo y vestía con buen gusto; era hijo del dueño de una línea de autobuses foráneos establecida en
Chilpancingo, Guerrero, y se encargaba de los negocios de su padre concernientes
a la Ciudad de México.
¿Qué más?... salimos tres veces en su auto a la
carretera panorámica de Cuernavaca, seleccionábamos un lugar con vista linda y
realizábamos sobre la hierba un picnic con vino, queso y embutidos. El resto de
la tarde lo aprovechábamos en un motel. Me gustaba su facha solo que…… besaba muy
mal.
Pasarán tres décadas antes de que yo disfrute coger con o sin besos.
Pero
en ese entonces habría sido imposible. Besar en la boca a otro hombre resultaba, en ocasiones, suficiente para provocarme un orgasmo. Desde que entré al mundo
gay, muy rápido me hice catador de todos y cada uno de los elementos que
intervienen en un beso:
° el tamaño y grosor de boca y labios, su suavidad o
aspereza;
° la textura en la superficie de la lengua (por ambas caras ya que cada
lado es diferente), su longitud y flexibilidad;
° la densidad, color y sabor de
la saliva;
° el aroma del aliento y
° el estado de la dentadura.
Eso sin
hablar de la habilidad de la boca para segregar saliva cuando se besa, o babas
cuando llega el momento de la penetración (“Jalea Reina” oí que las llamaba un
amigo mío).
Saber besar es fundamental para ser un buen amante. Sin embargo, con
Ignacio no había forma de disfrutarlo.
Todos sabemos que al besar hay un mayor
o menor intercambio de salivas y que de manera imperceptible ambas partes la ingieren. Es el efecto de la succión por la misma mecánica del beso.
De alguna manera este hombre almacenaba en su boca la saliva de los dos y de repente la vaciaba dentro de mí. Tal vez unos mililitros menos harían la experiencia excitante. Pero era un chorro completo de este fluido. Al principio yo la tragaba rápidamente, pero luego terminaba arrojándola por la comisura de la boca. El resultado era que la almohada y sábanas terminaban batidas. Pasé pronto de él.
Además de eso, ya no tengo nada que contar sobre Ignacio. Aunque
el nombre, no deja de hacerme ruido en la memoria. Es un Nacho que ocupa un
gran espacio en mis recuerdos e historia. No cogí con él porque lo veía como a
un hermano mayor, muy por encima de un culo o verga. Su nombre era Ignacio
Álvarez, del FHAR.
Muchas de las reuniones del Frente, al menos durante la
época en que milité, eran en su casa, ubicada sobre la calle de Mazatlán.
Podría aventurarme a decir que era el epicentro del movimiento homosexual mexicano,
o al menos de la versión radical de este.
Las jornadas de trabajo con Nacho
eran una experiencia de estímulos lúdicos, intelectuales y hasta gastronómicos.
De su pequeña cocina siempre salían cosas ricas que compartir entre los
presentes: pasta, sopa, quesadillas, agua de frutas y… marihuana (bueno, esa
salía de una maceta en su terraza).
Cuando lo visitaba, invariablemente se encontraba trabajando sobre su escritorio, repleto de reglas y escuadras de medición, tijeras, navaja cutter, pegamento, hojas blancas de papel y, sobre todo, una montaña de periódicos y revistas. Era material gráfico donde Nacho había localizado información relacionada con la homosexualidad en México (aunque creo que también internacional), sin importar el tipo o la calidad de la publicación; ya fuera de un diario con prestigio nacional o la amarillista “Alarma”, Ignacio recortaba y pegaba sobre una hoja de papel el artículo. Rotulaba sobre la misma, todos los datos de la fuente impresa, la fecha, el título de la nota y su autor.
A
principios de los 80 pasé a saludarlo y tenía un alboroto en casa. Me platicó que la
Universidad de California Los Ángeles (la UCLA) se había enterado de su
trabajo y ofreció comprarle ¡todo! el archivo. Nacho rechazó la oferta, pero
accedió a que fuera fotocopiado. La primera vez que fui, estaba un gringuito
rubio con cara de nerd ordenando una serie de cajas. Una semana después cuando
regresé, Ignacio estaba saliendo de la casa. Acompañaba a un joven negro
que cargaba un archivero de cartón y se dirigían a una papelería para
fotocopiar documentos. Mientras platicábamos, ocasionalmente el becario
volteaba a vernos y Nacho le gritaba ¡Negra! El chico levantaba los
hombros, cerraba los ojos y apretaba los labios fingiendo que le aventaban algo a la cara. Sé que tenía un agudo sentido del humor, pero quedé frío.
En aquel entonces no entendía sus sarcasmos y el elevado nivel de empatía y
complicidad que Nacho manejaba, que había adquirido a través de sus viajes por
el mundo. Era un hombre cosmopolita.
Una de esas reuniones en casa de Nacho se ocuparía para hacer “trabajo interior”, vaya, sonaba original.
"La conciencia política, debía estar respaldada por una tarea de conciencia personal, y eso requería no solo la convicción de principios, también y obligadamente, conocer nuestras motivaciones más profundas y por qué no, oscuras".
Al inicio de esa sesión se habían realizado unos ejercicios de
relajamiento y contacto con el propio cuerpo, sin embargo, el lugar no daba para un
nivel más intenso de trabajo. Lo ideal sería otra sesión con muchos más
participantes en un espacio grande.
Yo sentía mucho respeto y confianza por Ignacio Álvarez y le comenté que podríamos usar la vieja casona
familiar. Solo necesitaría algo de limpieza.
Esa tarde en Alfonso XIII,
estábamos quizás una veintena o más de participantes en el salón principal de
la casa, muchos formábamos parte de los nuevos cuadros del Frente, pero también
se encontraban miembros de la vieja guardia. Sé porque me lo dijeron ellos
mismos, que los fundadores del FHAR, incluso de otros grupos, ya habían
trabajado con Antonio Cué unos años atrás y que eso movió fuerzas
internas en ellos, que los catapultó hacia la lucha en la que ahora
interveníamos todos.
Teníamos veinte minutos realizando ejercicios
respiratorios, de relajación y algunas posturas aparentemente sin sentido para
muchos. Antonio había elaborado un muñeco (o bulto) de trapo de tamaño real y
que había sentado en una silla. Invitó a los participantes que desearan pasar
al frente para que se conectaran con alguna emoción negativa (coraje,
frustración o resentimiento) y la descargaran sobre el títere con una raqueta
que les daría para tal propósito. Intervenimos algunos, imprimiendo mayor o menor
fuerza en los golpes y hubo diferentes respuestas: gritos, llanto o alivio. Le
pregunté a Alberto si deseaba pasar y respondió con tono despectivo que esa
estrategia para nuestra revolución le sonaba, muy bucólica.
Pancho pidió
intervenir en el ejercicio, tomó la raqueta y comenzó a golpear al maniquí.
Para el tercer golpe la rompió, siguió golpeando la raqueta contra la
pared hasta que la deshizo, tomó la silla y poseído la estrelló contra el muro
las veces suficientes para dejarla en astillas. Parecía una represa llena
hasta el tope de rabia líquida, que al reventar arrasaba con todo lo que
se encontraba a su paso. Hasta que laxó su furia, se tranquilizó.
Ya no había
forma de que los demás miembros del grupo pudieran completar la dinámica, así
que Cué los organizó en parejas, les indicó que establecerían un duelo
solamente con la mirada, a través de ella expresarían sus emociones
encriptadas. Parecía que no iba a funcionar, pero segundos después, algunos
estallaban en llanto. El trabajo estaba próximo a culminar, cuando en un
pestañeo, Nacho y la Mema (Gerardo) se trenzaron en una salvaje pelea. El
encono que mostraba uno por otro en sus golpes era tremendo. La Mema tomaba a
Ignacio de la cabeza y lo agachaba hacia su rodilla (con un estilo que Antonio
definiría más tarde de “penitenciaril”). Fueron necesarios muchos compañeros
para separarlos y detener la riña.
Fui a buscar a Alberto, que impactado por
la escena, salió corriendo hacia una de las recámaras del fondo de la casa. Lo
encontré agazapado en una esquina y llorando me preguntaba por qué había pasado
eso.
—No lo sé, tal vez es lo que desea mostrarnos Antonio —respondí, y al
ayudarlo a levantarse, añadí con tono cáustico a la frase anterior:
—¿Te sigue
pareciendo “bucólico” el asunto?
Durante el cierre de la sesión, Antonio advertía a quienes lo escuchábamos sentados sobre la duela del piso, que muchos movimientos con ideales nobles no se habían desintegrado o corrompido por factores ideológicos tanto, como por las peleas intestinas, el deseo de poder y las ambiciones ocultas de quienes los dirigían. Que a la par de una revolución externa, tendríamos que derrotar al dictador, al pequeño señor feudal que vivía dentro de nosotros y esperaba pacientemente su oportunidad para surgir.
En 1980 tuve que vivir un tiempo en Torreón. Digamos que a Nacho le otorgué el comodato para continuar usando la casa, hasta que me avisó que en una de las farras, entró un tipo armado, hizo varios disparos al techo y finalmente fue sometido. En ese instante le pedí que sellara la casa. Fue muy respetuoso con mi petición y guardó las llaves hasta que pude recogerlas una vez que retorné a la ciudad meses más adelante.
La última vez que vi a Nacho fue al inicio de los noventa. Yo vivía en la Ciudad de Puebla, vine por unos asuntos y pasé a saludarlo. Supe que se estaba planeando (nada seguro todavía), una especie de fiesta/homenaje por el próximo cumpleaños 50 de Juan Jacobo.
Si se hizo la celebración, no lo supe. Pero si hubiera asistido, no habría dudado en gritar jubiloso:
Quince o veinte meses después, cuando recién dejaba Puebla y vivía nuevamente en Alfonso XIII, salí a tomar una cerveza al centro. En algún bar encontré a Jaime Morales y en la borrachera le pregunté por Nacho. Con esa rapidez con la que se asesta una puñalada en el estómago, me comunicó:
—Ignacio Álvarez murió… —mis entrañas mezcladas con el llanto, se desbordaron durante todo el trayecto de regreso a casa.
Al menos me consuela pensar que se fue colmado del amor y cuidados de Gustavo, su pareja, durante su tortuoso final.
Descansa en paz Nacho. Si estás en el cielo, enséñale a Dios a organizar la desmadrada y caótica historia que guarda con su creación.



