1979 Rommel
Apenas iba a cumplir 18 años y ya tenía claro lo que quería para su vida: éxito
y bienes materiales.
La frialdad de su cabeza contrastaba con su cuerpo
pequeño, robusto y cálido, con el rostro de chico malo y voz aniñada. Le pedí a
un conocido que me lo presentara, cuando los vi juntos caminando por la Zona
Rosa. Su nombre era Rommel.
Fue un noviazgo breve, no porque yo así lo decidiera. Las pasadas tres semanas se sentía insatisfecho de que solamente lo llevara al cine (lo ideal habría sido al cine, a cenar y a algún bar). Mi salario no daba para eso.
Nuestra última noche no pudo o no quiso tragarse su opinión y después de hacer el amor me preguntó si de verdad ésa era mi “casa”, al tiempo que echaba un vistazo general al cuarto y fruncía la nariz como si oliera caca. No contesté nada a sus palabras, pero volvería a recordárselas algún día.
Tengo un vago recuerdo de que fuimos juntos a un evento cultural del FHAR a donde también asistía Antonio Cué. Le presenté a Rommel, hubo química entre ambos y comenzaron una relación.
Fue un noviazgo breve, no porque yo así lo decidiera. Las pasadas tres semanas se sentía insatisfecho de que solamente lo llevara al cine (lo ideal habría sido al cine, a cenar y a algún bar). Mi salario no daba para eso.
Nuestra última noche no pudo o no quiso tragarse su opinión y después de hacer el amor me preguntó si de verdad ésa era mi “casa”, al tiempo que echaba un vistazo general al cuarto y fruncía la nariz como si oliera caca. No contesté nada a sus palabras, pero volvería a recordárselas algún día.
Tengo un vago recuerdo de que fuimos juntos a un evento cultural del FHAR a donde también asistía Antonio Cué. Le presenté a Rommel, hubo química entre ambos y comenzaron una relación.
Rommel encontrará su camino. Vivirá con un amante en Nueva York donde aprenderá una vanguardista técnica para poner extensiones de cabello. Llevará su habilidad para crear peinados a niveles de altísima sofisticación. Su trabajo aparecerá en las portadas de las mejores revistas de moda internacional y ganará toda clase de premios y distinciones.
Lo sé porque nos encontraremos en el antro El Taller veinte años después, me invitará a tomar una copa en su lujoso departamento. Hablará de los viejos tiempos y de que siempre recordaba la forma en que mis brazos lo envolvían y lo hacían sentirse querido. Yo le diré que también recuerdo cuando me hizo experimentar la sensación de que vivía en la mierda. Terminará la velada y oiré unos años después, que ha fallecido a los 47 años de edad.
Sin embargo, la interrogante que Rommel me hizo aquella noche, era algo que me había cuestionado ya. Sabía trabajar, ser autosuficiente y defender mi derecho a existir, pero… ¿era todo?
Después de reconquistar el amor y respeto de mi madre, lo demás… ¿era lo de menos?
Por razones que no logro entender, buscaba templar mi espíritu y
nervios. Por ejemplo: me ponía a prueba al caminar sobre una viga de concreto que tenía unos veinte centímetros de ancho y cruzaba a lo largo el cubo de luz del edificio. A ambos costados quedaba el vacío. Lo atravesaba
midiendo mis pasos, guardando el equilibrio para no caer ocho pisos y reventar
sobre la plancha de cemento. ¡Yo hacía eso!, y sufriendo de amnesia, qué fácil
se me haría 40 años en el futuro, tachar de adolescentes estúpidos a los jóvenes
protagonistas de videos extremos.
Recordé que cuando salíamos de paseo Francisco y los amigos, visitamos varias ocasiones el bosque de Los Dinamos, al que se ascendía por una estrecha carretera que terminaba en un mirador con rústicos comedores hechos de madera y techos cubiertos con tablas y ramas. Ahí disfrutábamos sopa de setas, tlacoyos y bebíamos pulque mientras se podía contemplar hacia el fondo de la barranca un arroyo de agua clarísima y helada. Hacia el frente, se erguía un imponente peñasco alto y escarpado.
En la cumbre
se alcanzaba a ver una pequeña cruz pintada de blanco. Supe por la señora
cocinera, que allá arriba había una plataforma donde una vez al año, un grupo
de perseverantes peregrinos llegaban para bailar, adornar y agradecer a Dios
las bondades otorgadas.
Faltaban dos días para que terminara el año y se fue metiendo en mi cabeza la idea de que podría recibir el nuevo año en ese lugar.
Sería un ritual mágico.
Hoy es lunes 31 de diciembre, por lo que debí trabajar. Sé que habrá frío, pero seguro lo aguantaré. Voy preparado con calcetines dobles, camiseta de algodón y una buena chamarra con borrega y gorra para la cabeza. Comí bien y tuve la precaución de comprar un trozo grande de queso maduro.
Tomo el transporte que me lleva al pueblo de Contreras, de ahí otro camión que cada hora sube hasta el cuarto y último dinamo. Llego a las cinco de la tarde.
Camino la vereda que conduce al pie del peñón. Comienzo a escalarlo, parece fácil pero quizás a unos 30 metros de altura la pendiente se ha hecho más vertical. Asciendo otros metros y de repente, cuando cambio de opinión y decido retornar, me encuentro con que no puedo subir, ni bajar. Parezco una iguana pegada al muro, cada pie sobre una roca y con los dedos de las manos enterrados en las pequeñas fisuras entre las piedras. Siento una oleada de miedo que crece con los temblores incontrolables de mis piernas, el temor llega a tal extremo que considero la posibilidad de aventarme al despeñadero; si me va bien podré caer sobre un árbol que amortiguará el trancazo. Logro dominarme y comienzo el descenso muy lentamente. Estoy donde al principio.
Al observar sobre el piso pedregoso, descubro una discreta vereda que bordea el precipicio, es ascendente así que la sigo. Fue agotador, pero llego a la cima justo cuando el sol se está ocultando. Camino a la plataforma donde se halla empotrada la cruz, que es mucho más grande de lo que se miraba desde abajo.
Sentado y con el aliento ya recuperado, contemplo a mi lado izquierdo que comienza a iluminarse una parte del gigantesco lago alguna vez lleno de agua y que ahora se inunda de millones de puntos luminosos, cada uno fuente de
sueños y deseos, cada cual aguardando el inicio de la nueva década. Demandando
una nueva oportunidad para el trabajo, la riqueza, el amor o el poder... para
Vivir.
Desde la cumbre alcanzo a ver que en el fondo del sombrío barranco se desplazan un par de lucecitas que zigzaguean en dirección al pueblo. Deben ser los últimos propietarios de los negocios de comida que se retiran para descansar. Hemos quedado:
° la negrura del cielo;
° la del bosque a mis espaldas;
° la de las montañas frente a mí;
° la del inmenso vacío que se presenta a mis pies;
° la piedra que me sirve de asiento,
° y yo.
Desde la cumbre alcanzo a ver que en el fondo del sombrío barranco se desplazan un par de lucecitas que zigzaguean en dirección al pueblo. Deben ser los últimos propietarios de los negocios de comida que se retiran para descansar. Hemos quedado:
° la negrura del cielo;
° la del bosque a mis espaldas;
° la de las montañas frente a mí;
° la del inmenso vacío que se presenta a mis pies;
° la piedra que me sirve de asiento,
° y yo.
La luna, desde atrás de la cordillera llega puntual para acompañarme a ver el lejano espectáculo de juegos pirotécnicos que brotan en diferentes puntos sobre la superficie de la laguna urbana. Pálidos chorros de luz que quedan eclipsados por el baño de plata que Mi Señora trajo consigo.
Tengo poco de conocerla, pero ya es la regente absoluta de las tierras mágicas que cubren la mitad del globo terráqueo que es mi cerebro. Ha estado conmigo cuando viví en la calle, en las carreteras desiertas, en las noches de placer, es ella a quien supliqué para que me concediera el corazón de Pancho y es a la que ofrendaré esta noche.
En algún momento me quedé dormido, el frio ha logrado traspasar la ropa que me abriga y despierto. El plenilunio ilumina una parte del paisaje, aunque no será suficiente para penetrar la espesa oscuridad del abismo y señalarme el camino de bajada, así que deshecho esa opción.
Además puedo escuchar el viento que ruge allá abajo, vivo y acechante, como un voraz tiburón en un océano azabache.
Ocasionalmente oigo algún pequeño crujido de ramas a mis espaldas y trato de adjudicarlo a un pájaro o rata. Me convenzo de que aún en este bosque alejado de la ciudad, han desaparecido los osos, pumas o lobos que en un lejano pasado existieron. Es más, para corroborarlo, bajo de la plataforma de piedra donde está la cruz y camino unos metros al interior del monte, auxiliado por pequeños rayos de luz que la Diosa de los Sueños me ha obsequiado.
El viento helado deja sus manoseos sobre mí y encuentro una oquedad en la tierra, formada por rocas y hierba, a la que confío mi cuerpo para que lo cobije el resto de la noche. Cierro los ojos un momento.
Cuando los vuelvo a abrir, la posición de la luna indica que pronto se despedirá. Pretendo incorporarme y descubro que las piernas no soportan mi peso, ni siquiera las siento. Tomo con ambas manos un pie, lo levanto y dejo caer contra el piso, no siento nada, parece que fuera de madera. Tengo la inquietante sospecha de que mis patas se han congelado.
A pesar de ello, no entro en pánico (tal vez porque mi cerebro también se enfrió), comienzo a masajear los pies por encima de las botas, intento mover los dedos y estiro las piernas. Lentamente convenzo a la noche de que me devuelva las extremidades.
Puedo erguirme.
Al sacudir la tierra y hojarasca de los pantalones y chamarra, siento un pequeño bulto en una de las bolsas, es el trozo de queso que traje. Lo ingiero agradecido de saber que me brindará combustible para bajar.
La oscuridad sigue siendo dueña de la
montaña, en respuesta mis pupilas se dilatan tanto que puedo encontrar en el
suelo el rastro de un camino descendente que recorro con muchos, muchos pasos
hasta que se hace más amplio y definido. Llego a la zona de comedores (vacíos
de guisanderas y comensales), recargado de optimismo redoblo el paso por la
serpenteante carretera.
Escucho a lo lejos el ruido de un motor que se acerca,
me muevo hacia la orilla del camino y detengo la marcha. De la siguiente curva
emerge un camión que deslumbra mis ojos con sus potentes faros, me baña de luz
un segundo y continúa su vía ascendente. Debe llevar a los primeros
trabajadores que darán durante el día, humo de fogón y presencia humana al lugar.
Disfruto al pensar que para el chofer, la anécdota del día será que vio a un espectro pálido y escurridizo aparecer de la penumbra. Y en realidad soy eso… un espíritu lleno de fuerza y confianza que surge de la oscuridad para recibir el primer día de esta que llamaré:
Disfruto al pensar que para el chofer, la anécdota del día será que vio a un espectro pálido y escurridizo aparecer de la penumbra. Y en realidad soy eso… un espíritu lleno de fuerza y confianza que surge de la oscuridad para recibir el primer día de esta que llamaré:




