jueves, 5 de octubre de 2023

1980 Vinicio

 

                                          1980 Vinicio

                                                                                                          "Eres lo que haces, no lo que dices que vas a hacer".
                                                                                                                                                                                                                   Carl G. Jung



   No sé qué había entendido yo por Revolución Sexual. De la revolución socialista sabía por algunas lecturas en el bachillerato; de la URSS por muchas películas sobre la Guerra Fría: Teléfono Rojo, Desde Rusia con amor, Rojo Atardecer, Juegos de Guerra, El Día Después o Sol de Medianoche; y de Cuba por mis creadores, especialmente mi mamá, que adoraba a Fidel Castro (por eso nombró así a mi hermano). Defendía rabiosamente las bondades de la Revolución Cubana y siempre colgaba en una pared de la casa, el clásico retrato del Che.
   A diferencia de infinidad de “comunistas” que conocí, mi madre era muy coherente con su creencia en aquellos movimientos que abanderaban la justicia social. Viajaba por lo menos una vez al año a Cuba.
   Tuvo un frustrado intento por integrarse junto con mi hermano de nueve años, a la comunidad de Los Horcones en Sonora, inspirada por un ideal colectivo y agrícola del tipo Walden Dos. Regresó frustrada cuarenta días después porque descubriría que también se regían por un sistema vertical de mando.
   Haría un último intento, al ingresar sus papeles en la Embajada de Nicaragua para prestar sus servicios de radióloga en la recién victoriosa Revolución Sandinista.


   “Casi” la entendía, porque en realidad mis pensamientos giraban más cercanos a las historias de amor hollywoodense, hasta que apareció el FHAR.

   No obstante, el que alguien se declarara socialista no estaba bastando para romper las raíces ideológicas que seguían reproduciendo la misma dinámica de poder, no solo en el ámbito social, sino también el que mayormente motivaba mi existencia: el del mundo emocional.


   Alguna vez oí decir a Fernando Esquivel que la verdadera bandera política se mostraba en la cama.

Yo creía (y creo) totalmente en esa consigna, pero cada vez miraba con mayor frecuencia, juegos de traición entre parejas de militantes; compañeras lesbianas que manejaban sus harenes cual patriarca bíblico; escenas de celos y despecho que incluían súplicas y arrastrarse (literal) por el suelo para abrazar las piernas del “amado”. Estaba el macho que sí podía putear y el pasivo que representaba a la parte femenina, sumisa y obediente.
   También se daba el robo de amantes. Así me lo describiría Vinicio, un hombre con facciones bien marcadas y muy masculinas, alto, moreno y con voz grave. Compañero del FHAR con quien tuve sexo dos o tres veces. Se lamentaba mucho sobre haber vivido una truculenta historia de amor, llena de deslealtad entre él, su amante y su mejor amigo (también integrantes del Frente).

 
   Y eso, sin considerar que dentro del conjunto de partidos y organizaciones que buscábamos un fin común, únicamente una pequeña fracción de la izquierda mexicana se solidarizaba con el Movimiento Homosexual, porque el fortachón PCM (Partido Comunista Mexicano), de impronta estalinista, mostraba la misma moralina que nuestros opresores gobernantes[1].
   Más de una vez mi homosexualidad fue calificada por algunos de sus integrantes como:

   “Producto de la decadencia capitalista”. 
   Vi la transformación de compañeros heterosexuales, cuando estos eran estudiantes de Ciencias Políticas o Sociología, que pasaban de predicar el amor libre y sin compromisos pequeñoburgueses con sus múltiples compañeras, a respetables catedráticos o funcionarios de medio pelo, que se casaban (incluso por la Iglesia) con señoritas decentes. Claro, lo hacían porque “ése” era el sueño de sus fragilísimas madres, y ser comunista no estaba reñido con ser un piadoso guadalupano.
   Bien por aquellos que pensaban que el mero cambio de sistema económico, era suficiente para desechar de manera automática los vicios “propios” del capitalismo patriarcal.
   Yo, me sentía incompleto.


   En algún momento supe que uno de los integrantes del grupo SEXPOL cuyo líder era Antonio Cué, realizaba de manera semanal reuniones de concientización. Las dirigía Zenaido Rodríguez en su propio departamento, que créase o no, estaba a cuatro calles de la tienda donde yo trabajaba.
   Comencé a participar en ellas. Zenaido era psicólogo y manejaba con mucha destreza técnicas de integración y sensibilización. Haciendo uso de juegos, tocaba temas que atrapaban al instante mi atención: emociones, conciencia, armonía, arquetipos y lo que simbolizaban, roles familiares y jerarquías.

   Cada vez me acercaba más a Cué y con ello, a la siguiente etapa de desarrollo en mi vida. A una nueva y tal vez más cruenta revolución, donde el campo de batalla y el enemigo a vencer se encontraban en el interior de mi propio ser.


 
  Cuanto haya dicho sobre el FHAR, los eventos referidos y mis compañeros de lucha, es por supuesto, la interpretación de mis vivencias en ello. Aun así, he procurado cotejar archivos personales e información disponible en diversas fuentes y publicaciones para ajustarme lo más posible a los hechos.
   La Historia Jota de Bronce, se la dejo a quienes manejan con mejor oficio la Historia, el Periodismo, a los protagonistas principales y obviamente, a quien sepa escribir con mucho más respeto por la gramática, que yo.




[1] Fue hasta 1981, que el Partido Comunista Mexicano publicó una serie de tesis políticas que declaraban una posición más empática con la cuestión homosexual.