1980 Vinicio
Carl G. Jung
No sé qué había entendido yo por Revolución Sexual. De la revolución
socialista sabía por algunas lecturas en el bachillerato; de la URSS por muchas
películas sobre la Guerra Fría: Teléfono Rojo, Desde Rusia con amor, Rojo
Atardecer, Juegos de Guerra, El Día Después o Sol de Medianoche; y de Cuba por
mis creadores, especialmente mi mamá, que adoraba a Fidel Castro (por eso
nombró así a mi hermano). Defendía rabiosamente las bondades de la Revolución
Cubana y siempre colgaba en una pared de la casa, el clásico retrato del Che.
A
diferencia de infinidad de “comunistas” que conocí, mi madre era muy coherente
con su creencia en aquellos movimientos que abanderaban la justicia social.
Viajaba por lo menos una vez al año a Cuba.
Tuvo un frustrado intento por
integrarse junto con mi hermano de nueve años, a la comunidad de Los Horcones
en Sonora, inspirada por un ideal colectivo y agrícola del tipo Walden Dos.
Regresó frustrada cuarenta días después porque descubriría que también se
regían por un sistema vertical de mando.
Haría un último intento, al ingresar
sus papeles en la Embajada de Nicaragua para prestar sus servicios de radióloga en la recién victoriosa Revolución Sandinista.
“Casi” la entendía,
porque en realidad mis pensamientos giraban más cercanos a las historias de
amor hollywoodense, hasta que apareció el FHAR.
No obstante, el que alguien se declarara socialista no estaba bastando para romper las raíces ideológicas que seguían reproduciendo la misma dinámica de poder, no solo en el ámbito social, sino también el que mayormente motivaba mi existencia: el del mundo emocional.
Alguna vez oí decir a Fernando Esquivel que la verdadera bandera política se
mostraba en la cama.
Yo creía (y creo) totalmente en esa consigna, pero cada
vez miraba con mayor frecuencia, juegos de traición entre parejas de
militantes; compañeras lesbianas que manejaban sus harenes cual patriarca
bíblico; escenas de celos y despecho que incluían súplicas y arrastrarse
(literal) por el suelo para abrazar las piernas del “amado”. Estaba el macho
que sí podía putear y el pasivo que representaba a la parte femenina, sumisa y
obediente.
También se daba el robo de amantes. Así me lo describiría Vinicio,
un hombre con facciones bien marcadas y muy masculinas, alto, moreno y con voz
grave. Compañero del FHAR con quien tuve sexo dos o tres veces. Se lamentaba
mucho sobre haber vivido una truculenta historia de amor, llena de deslealtad
entre él, su amante y su mejor amigo (también integrantes del Frente).
Y eso,
sin considerar que dentro del conjunto de partidos y organizaciones que
buscábamos un fin común, únicamente una pequeña fracción de la izquierda mexicana se
solidarizaba con el Movimiento Homosexual, porque el fortachón PCM (Partido
Comunista Mexicano), de impronta estalinista, mostraba la misma moralina que
nuestros opresores gobernantes[1].
Más de una vez mi homosexualidad fue
calificada por algunos de sus integrantes como:
“Producto de la decadencia
capitalista”.
Vi la transformación de compañeros heterosexuales, cuando estos
eran estudiantes de Ciencias Políticas o Sociología, que pasaban de
predicar el amor libre y sin compromisos pequeñoburgueses con sus múltiples
compañeras, a respetables catedráticos o funcionarios de medio pelo, que se
casaban (incluso por la Iglesia) con señoritas decentes. Claro, lo hacían
porque “ése” era el sueño de sus fragilísimas madres, y ser comunista no estaba
reñido con ser un piadoso guadalupano.
Bien por aquellos que pensaban que el
mero cambio de sistema económico, era suficiente para desechar de manera
automática los vicios “propios” del capitalismo patriarcal.
Yo, me sentía
incompleto.
En algún momento supe que uno de los integrantes del grupo SEXPOL
cuyo líder era Antonio Cué, realizaba de manera semanal reuniones de
concientización. Las dirigía Zenaido Rodríguez en su propio departamento, que
créase o no, estaba a cuatro calles de la tienda donde yo trabajaba.
Comencé a
participar en ellas. Zenaido era psicólogo y manejaba con mucha destreza técnicas
de integración y sensibilización. Haciendo uso de juegos, tocaba temas que
atrapaban al instante mi atención: emociones, conciencia, armonía, arquetipos y
lo que simbolizaban, roles familiares y jerarquías.

Cuanto haya dicho sobre el
FHAR, los eventos referidos y mis compañeros de lucha, es por supuesto, la
interpretación de mis vivencias en ello. Aun así, he procurado cotejar archivos
personales e información disponible en diversas fuentes y publicaciones para
ajustarme lo más posible a los hechos.
La Historia Jota de Bronce, se
la dejo a quienes manejan con mejor oficio la Historia, el Periodismo, a los
protagonistas principales y obviamente, a quien sepa escribir con mucho más
respeto por la gramática, que yo.
[1] Fue hasta 1981, que el Partido Comunista
Mexicano publicó una serie de tesis políticas que declaraban una posición más
empática con la cuestión homosexual.

