jueves, 5 de octubre de 2023

1980 Diego

                                                                                                                                               1980 Diego


   A alguna de las fiestas organizadas en casa de Fernando Esquivel, llegó Diego. Era un año mayor que yo, pero lucía como un hombre “completo”; quiero decir, no parecía estar pasando por ningún proceso de formación o duda o algo que turbara mínimamente su ser.
   Recargado en una pared, sus intensos ojos azules observaban impasibles nuestras pasiones, euforia o desmadre. Vestía de manera informal pero con buen gusto. Sus labios dibujaban una discretísima sonrisa que apenas lo apartaba de parecer engreído. La luz que irradiaba me deslumbró y no volvería a encontrarlo hasta un año después.


   Los efectos del ritual de bienvenida a la nueva década eran escasamente visibles, tal vez se relacionaban con mi creciente desencanto y distanciamiento del FHAR.
   Aunque todo marchaba bien en el trabajo, comenzó a crecer por dentro una urgencia de cambiar mi vida. El detonante fue una repentina reconciliación con Pancho, que ya trabajaba en un consultorio odontológico y donde yo sería su ayudante. Renuncié a la tienda a finales de febrero y entregué el cuarto de azotea para ir a vivir con Francisco.


   Sin embargo, a las tres semanas, en una reunión reencontré a Diego. Charlamos durante horas y, para cuando nos despedimos, cada uno ya necesitaba del otro. Dos visitas a su casa, una confesión de hechos ante Francisco, una rabieta tremenda de su parte y… a las 11 de la noche de alguna noche, yo estaba en camino a la casa de Diego, portando dos bolsas de plástico con ropa y pertenencias.


   Una vez instalado, creo que decidí tácitamente mi rol, nada que él me pidiera. Simplemente adopté el papel de amo de casa. Yo preparaba el desayuno antes de que Diego saliera a trabajar, tendía la cama y con el dinero que dejaba sobre la mesa, iba al súper a comprar víveres para la comida. Por la tarde cuando llegaba de trabajar, hacíamos Tai Chi Chuan juntos, leíamos un rato y teníamos sexo antes de dormir. Los sábados llegaban sus amigos, una chica que cantaba muy bien, otro que se travestía y hacía show, y algunos más. Pasábamos veladas divertidas.
   Antes de que se cumpliera el mes de nuestra relación, Diego partió por una semana hacia Cuba. Durante esos días imaginaba los hermosos lugares y centros culturales que visitaría, a pesar (según había escuchado) de lo restrictivo y peligroso que era esa nación socialista para los homosexuales.
   Tres años después, comprobaría en mi propia persona la riqueza “cultural” que la isla y sus mulatos ofrecían a los visitantes. Armandito, un chico que el mismo Diego me recomendó para no llegar a ciegas, me platicaría sobre el tórrido romance que tuvo con quien entonces vivía, mi fantasía de pareja perfecta.


   Semanas después de su regreso, dijo que iríamos a su pueblo natal, Tlalpujahua en Michoacán. Pasamos primero a un balneario de aguas termales y camino a su pueblo yo contemplaba desde la ventanilla del autobús, el paisaje montañoso y las nubes. Me vino una especie de embeleso y le comenté muy emocionado que soñaba con viajar y conocer muchos lugares y personas.
   —Déjame entender… ¿tienes una pareja y ya estás pensando en viajar y conocer otras personas?
   —O sea que, ¿tú no te comprometes? —Comentó tajante.
   No pude replicar nada ante el implacable juicio al que fui sometido en un segundo.
   Llegamos al pueblo, a la preciosa casa rústica de los abuelos de Diego, salimos a caminar para conocer la plaza principal y la iglesia, cenamos y regresamos a descansar, sin embargo, desde que bajamos del bus mi boca no había pronunciado una sola palabra.
   Salí de la casa, caminé hacia el atrio del templo y me detuve en el centro del mismo. Estuve parado allí por horas, intentando procesar lo que Diego dijo. ¿Era incorrecto soñar, si ya tenías una pareja? ¿Lo único que debe ocupar tu mente cuando ya tienes a alguien, debe ser solamente ese alguien? ¿Si lo dice ese hombre impecable aunque cuadrado, debe ser así? ¿Soy yo quien está mal? No sabía qué hacer o pensar.
   La luz plateada de una luna creciente iluminaba de lleno mi cabeza, pero no su interior. Regresé a la finca, permanecí sentado en los escalones de madera otro rato y calculé que era hora para las primeras salidas de transporte hacia la Ciudad de México. Diego no dijo nada cuando vio que tomé mi mochila y salí de la vivienda.
   Al mediodía estaba en el departamento de la colonia Cuauhtémoc, sentado sobre la cama pensando qué hacer, cuando sonó el teléfono. Era Diego, que con tono cordial pedía que regresara para hablar. Me dirigí a la terminal de autobuses y volví a Tlalpujahua.

   En realidad no hablamos sobre el tema. El paseo continuó. Tal vez así era mejor, quizás le estaba dando más importancia de la que merecía. Diego lo olvidaría, yo lo olvidaría… pero mi cuerpo, no.
   Cuando expresó su deseo de tener relaciones sexuales dos días posteriores a nuestro regreso, solo me negué.
   Pasaban otras treinta y seis horas y con las mismas bolsas que llegué, salía de la casa de Diego.




   ¿Qué pasó después?
   Llegué a vivir a un cuarto de azotea que había conseguido mi hermano Fidel meses atrás. Dormíamos en una litera que construyó él. Un amigo me avisó que en el banco Bancomer estaban solicitando cajeros. Solamente se requerían estudios de secundaria y ellos daban capacitación, no obstante era necesario tener la Cartilla de Servicio Militar liberada. Yo no la tenía, pero Miguel, mi otro hermano era cafenauta. ¿Qué era eso?, cargaba un gran termo lleno de café caliente sobre la espalda, mismo que ofrecía de oficina en oficina y servía a través de una manguerita con la que llenaba los vasos. Una de esas oficinas, era donde se daban de alta los conscriptos que marcharían en diferentes cuarteles (cargando “escopetas” de madera) cada fin de semana durante un año, para recibir su cartilla. Uno de sus clientes en ese lugar, le comentó a mi hermano que yo fuera a verlo, aunque no saldría gratis su ayuda. Tenía dinero ahorrado de cuando trabajé en la tienda y le entregué una parte al comandante.

En una semana me otorgó el preciadísimo documento.
   Un amigo donó dos de sus sacos de vestir para mi causa, compré pantalones baratos de corte formal, corbatas y algunas camisas.
   Por fortuna fui aceptado en el banco justo antes de que se agotaran todos mis fondos y laboré nueve meses ahí.   



   ¿Qué pasó con Diego?
    Vivió una temporada en Europa con un amante español. Fuimos amigos y compañeros en SEXPOL y en la Secretaría de Educación Pública, a donde le ayudé a ingresar varios años después. Pasó por una crisis de extravío existencial, hasta que se encontró en la danza del descendimiento en la oscuridad, el Butoh.
   Para mediados de la década de los 90 ya era el exponente más serio de la danza Butoh en México. María (una amiga en común) y yo, fuimos en una ocasión a Tlalpujahua para conocer su proyecto arquitectónico destinado a construir una escuela internacional.
   Por la noche, sentados frente a una enorme fogata que encendimos en el patio, salió el tema de las relaciones amorosas. Diego aseguraba que no había tenido relaciones emocionales ni sexuales en los anteriores cinco años.
   Si era verdad lo que aseguraba Freud y la sublimación de la libido sexual había sido el cimiento sobre el cual se erigió la cultura; Diego había creado su propio mundo, canalizando hasta el último joule de su energía para ese fin.

   ¡Dios mío! ¿Qué hubiera podido crear yo con toda esa fuerza vital que destiné para centenares de formidables explosiones pirotécnico/orgásmicas a lo largo de mi vida?
   Quién lo sabe…
   No he visto a Diego desde hace más de veinte años.