A alguna de las fiestas organizadas en casa de Fernando Esquivel, llegó Diego.
Era un año mayor que yo, pero lucía como un hombre “completo”; quiero decir, no
parecía estar pasando por ningún proceso de formación o duda o algo que turbara
mínimamente su ser.
Recargado en una pared, sus intensos ojos azules observaban
impasibles nuestras pasiones, euforia o desmadre. Vestía de manera informal
pero con buen gusto. Sus labios dibujaban una discretísima sonrisa que apenas
lo apartaba de parecer engreído. La luz que irradiaba me deslumbró y no
volvería a encontrarlo hasta un año después.
Los efectos del ritual de
bienvenida a la nueva década eran escasamente visibles, tal vez se relacionaban
con mi creciente desencanto y distanciamiento del FHAR.
Aunque todo marchaba
bien en el trabajo, comenzó a crecer por dentro una urgencia de cambiar mi
vida. El detonante fue una repentina reconciliación con Pancho, que ya
trabajaba en un consultorio odontológico y donde yo sería su ayudante. Renuncié
a la tienda a finales de febrero y entregué el cuarto de azotea para ir a vivir
con Francisco.
Sin embargo, a las tres semanas, en una reunión reencontré a Diego.
Charlamos durante horas y, para cuando nos despedimos, cada uno ya necesitaba
del otro. Dos visitas a su casa, una confesión de hechos ante Francisco, una
rabieta tremenda de su parte y… a las 11 de la noche de alguna noche, yo estaba
en camino a la casa de Diego, portando dos bolsas de plástico con ropa y
pertenencias.
Una vez instalado, creo que decidí tácitamente mi rol, nada que
él me pidiera. Simplemente adopté el papel de amo de casa. Yo preparaba el
desayuno antes de que Diego saliera a trabajar, tendía la cama y con el dinero
que dejaba sobre la mesa, iba al súper a comprar víveres para la comida. Por
la tarde cuando llegaba de trabajar, hacíamos Tai Chi Chuan juntos, leíamos un
rato y teníamos sexo antes de dormir. Los sábados llegaban sus amigos, una
chica que cantaba muy bien, otro que se travestía y hacía show, y algunos más.
Pasábamos veladas divertidas.
Antes de que se cumpliera el mes de nuestra relación, Diego partió por una semana hacia Cuba. Durante esos días imaginaba los
hermosos lugares y centros culturales que visitaría, a pesar (según había escuchado) de lo restrictivo
y peligroso que era esa nación socialista para los homosexuales.
Tres años
después, comprobaría en mi propia persona la riqueza “cultural” que la isla y sus mulatos
ofrecían a los visitantes. Armandito, un chico que el mismo Diego me recomendó
para no llegar a ciegas, me platicaría sobre el tórrido romance que tuvo con
quien entonces vivía, mi fantasía de pareja perfecta.
Semanas después de su regreso, dijo que iríamos a su
pueblo natal, Tlalpujahua en Michoacán. Pasamos primero a un balneario de aguas
termales y camino a su pueblo yo contemplaba desde la ventanilla del autobús,
el paisaje montañoso y las nubes. Me vino una especie de embeleso y le comenté muy
emocionado que soñaba con viajar y conocer muchos lugares y personas.
—Déjame entender…
¿tienes una pareja y ya estás pensando en viajar y conocer otras personas?
—O
sea que, ¿tú no te comprometes? —Comentó tajante.
No pude replicar nada ante el
implacable juicio al que fui sometido en un segundo.
Llegamos al
pueblo, a la preciosa casa rústica de los abuelos de Diego, salimos a caminar
para conocer la plaza principal y la iglesia, cenamos y regresamos a descansar, sin embargo, desde que bajamos del bus mi boca no había pronunciado una
sola palabra.
Salí de la casa, caminé hacia el atrio del templo y me detuve en
el centro del mismo. Estuve parado allí por horas, intentando procesar lo que
Diego dijo. ¿Era incorrecto soñar, si ya tenías una pareja? ¿Lo único que debe
ocupar tu mente cuando ya tienes a alguien, debe ser solamente ese alguien? ¿Si
lo dice ese hombre impecable aunque cuadrado, debe ser así? ¿Soy yo quien está
mal? No sabía qué hacer o pensar.
La luz plateada de una luna creciente
iluminaba de lleno mi cabeza, pero no su interior. Regresé a la finca,
permanecí sentado en los escalones de madera otro rato y calculé que era hora
para las primeras salidas de transporte hacia la Ciudad de México. Diego no
dijo nada cuando vio que tomé mi mochila y salí de la vivienda.
Al mediodía estaba en el departamento de la colonia Cuauhtémoc, sentado sobre la cama
pensando qué hacer, cuando sonó el teléfono. Era Diego, que con tono cordial
pedía que regresara para hablar. Me dirigí a la terminal de autobuses y volví a
Tlalpujahua.
En realidad no hablamos sobre el tema. El paseo continuó. Tal vez
así era mejor, quizás le estaba dando más importancia de la que merecía. Diego
lo olvidaría, yo lo olvidaría… pero mi cuerpo, no.
Cuando expresó su deseo de
tener relaciones sexuales dos días posteriores a nuestro regreso, solo me
negué.
Pasaban otras treinta y seis horas y con las mismas bolsas que llegué,
salía de la casa de Diego.
¿Qué pasó después?
Llegué a vivir a un cuarto de
azotea que había conseguido mi hermano Fidel meses atrás. Dormíamos en una litera que construyó él. Un amigo me avisó que en el banco Bancomer estaban
solicitando cajeros. Solamente se requerían estudios de secundaria y ellos
daban capacitación, no obstante era necesario tener la Cartilla de Servicio Militar
liberada. Yo no la tenía, pero Miguel, mi otro hermano era cafenauta. ¿Qué era
eso?, cargaba un gran termo lleno de café caliente sobre la espalda, mismo que
ofrecía de oficina en oficina y servía a través de una manguerita con la que
llenaba los vasos. Una de esas oficinas, era donde se daban de alta los
conscriptos que marcharían en diferentes cuarteles (cargando “escopetas” de
madera) cada fin de semana durante un año, para recibir su cartilla. Uno de sus
clientes en ese lugar, le comentó a mi hermano que yo fuera a verlo, aunque no saldría
gratis su ayuda. Tenía dinero ahorrado de cuando trabajé en la tienda y le
entregué una parte al comandante.
En una semana me otorgó el preciadísimo
documento.
Un amigo donó dos de sus sacos de vestir para mi causa, compré
pantalones baratos de corte formal, corbatas y algunas camisas.
Por fortuna fui
aceptado en el banco justo antes de que se agotaran todos mis fondos y laboré nueve meses ahí.


