jueves, 5 de octubre de 2023

1980 Luis

                                                                                                                                               1980 Luis

   Ligué con Luis en el Marrakesh, una cervecería montada en el interior de lo que fue un gran estacionamiento. Con los años se fue ampliando hasta tener tres salones, cada uno con su propia sinfonola y pista de baile. Calculo que el lugar llegó a tener al menos cien mesas, que sin problema se ocupaban un sábado por la noche.
   La concurrencia era muy variada, tirándole a obreros, oficinistas, chichifos y ocasionalmente algunos travestis. Más de una vez me tocó ver a la salida del lugar cómo se enfrascaban entre “ellas” en las peleas más sanguinarias y feroces que haya visto. Usaban las puntas de sus tacones como arma o rompían botellas de vidrio para charrasquearse la cara.

   Lo que me atrajo de Luis fue su pinta de hombre musculoso. Era de mi estatura, pero años de ejercitarse en el fisicoculturismo habían desarrollado su espalda, pectorales, bíceps y piernas lo suficiente para llevarlo a ganar concursos de amateurs. Creo que lo único que le impedía desbordar su ego y lo mantenía con una actitud humilde, era que su cara estaba severamente marcada por cicatrices de acné.
   Aun así, lo vi muy atractivo y no dudé en sentarme en sus piernas.
   Cuando le pregunté si podía tomar asiento en una silla al parecer desocupada, respondió que ahí estaba uno de sus amigos que había ido al baño, y en broma se tocó los muslos invitándome a ocuparlos como butaca. No solo obedecí, en unos minutos le pasé el brazo por la espalda, le acariciaba el pecho y lo besaba en el cachete. 
   Dos cervezas más tarde, íbamos camino a un hotel de la zona. Yo estaba fascinado con tanta carne firme y él se veía complacido de que no dejara de besarlo.

   Iniciamos un corto noviazgo que alcanzó para ir (aparte de otros encerrones en hoteles) a una función de teatro donde vimos Y sin embargo se mueven… divertidísimo estreno de José Antonio Alcaraz, y a una fiesta del FHAR en Alfonso XIII, que resultó desastrosa para él, porque ahí estaba Pancho, al que sin dudar comencé a besar en la madrugada.
   Luis dejaría el lugar muy encabronado, no sin antes gritarme que yo era un “pinche puto” que no sabía lo que quería.
   ¡Por supuesto que yo no era un pinche puto!, pero era seguro que NO sabía lo que quería.




   Seguí trabajando en el banco y asistiendo a las reuniones de concientización. En diciembre supe que SEXPOL haría una pequeña intervención en el Primer Congreso Nacional Ordinario del FHAR y me las arreglé para estar sentado ese día en el auditorio, al lado de Antonio Cué. Después de escuchar la lectura del texto por parte de Zenaido, no me quedaba la menor duda de que necesitaba trabajar con ese grupo.
   Así (con vehemencia) se lo expresé a Antonio y el siguiente domingo fui presentado ante mis nuevos condiscípulos de lucha: Braulio Peralta, Juan Worner, Mauricio Peña, Zenaido Rodríguez, Pepe Muñoz, Carlos Vázquez, Arturo Rodríguez y Fernando Almanza, en este ciclo, y muchos más con los que tendré el honor de compartir un camino durante los siguientes años.