1980 Luis
Ligué con Luis en el Marrakesh, una cervecería montada en el interior de lo que
fue un gran estacionamiento. Con los años se fue ampliando hasta tener tres
salones, cada uno con su propia sinfonola y pista de baile. Calculo que el
lugar llegó a tener al menos cien mesas, que sin problema se ocupaban un sábado
por la noche.
La concurrencia era muy variada, tirándole a obreros, oficinistas,
chichifos y ocasionalmente algunos travestis. Más de una vez me tocó ver a la
salida del lugar cómo se enfrascaban entre “ellas” en las peleas más
sanguinarias y feroces que haya visto. Usaban las puntas de sus tacones como
arma o rompían botellas de vidrio para charrasquearse la cara.
Lo que me
atrajo de Luis fue su pinta de hombre musculoso. Era de mi estatura, pero
años de ejercitarse en el fisicoculturismo habían desarrollado su espalda,
pectorales, bíceps y piernas lo suficiente para llevarlo a ganar concursos de
amateurs. Creo que lo único que le impedía desbordar su ego y lo mantenía con
una actitud humilde, era que su cara estaba severamente marcada por cicatrices
de acné.
Aun así, lo vi muy atractivo y no dudé en sentarme en sus piernas.
Cuando le pregunté si podía tomar asiento en una silla al parecer desocupada,
respondió que ahí estaba uno de sus amigos que había ido al baño, y en broma se
tocó los muslos invitándome a ocuparlos como butaca. No solo obedecí, en unos
minutos le pasé el brazo por la espalda, le acariciaba el pecho y lo besaba en
el cachete.
Dos cervezas más tarde, íbamos camino a un hotel de la zona. Yo
estaba fascinado con tanta carne firme y él se veía complacido de que no dejara
de besarlo.
Iniciamos un corto noviazgo que alcanzó para ir (aparte de otros
encerrones en hoteles) a una función de teatro donde vimos Y sin embargo se
mueven… divertidísimo estreno de José Antonio Alcaraz, y a una fiesta del FHAR
en Alfonso XIII, que resultó desastrosa para él, porque ahí estaba Pancho, al
que sin dudar comencé a besar en la madrugada.
Luis dejaría el lugar muy
encabronado, no sin antes gritarme que yo era un “pinche puto” que no sabía lo
que quería.
¡Por supuesto que yo no era un pinche puto!, pero era seguro que
NO sabía lo que quería.
Seguí trabajando en el banco y asistiendo a las
reuniones de concientización. En diciembre supe que SEXPOL haría una pequeña
intervención en el Primer Congreso Nacional Ordinario del FHAR y me las arreglé
para estar sentado ese día en el auditorio, al lado de Antonio Cué. Después de
escuchar la lectura del texto por parte de Zenaido, no me quedaba la menor duda
de que necesitaba trabajar con ese grupo.
Así (con vehemencia) se lo expresé
a Antonio y el siguiente domingo fui presentado ante mis nuevos
condiscípulos de lucha: Braulio Peralta, Juan Worner, Mauricio Peña, Zenaido
Rodríguez, Pepe Muñoz, Carlos Vázquez, Arturo Rodríguez y Fernando Almanza, en
este ciclo, y muchos más con los que tendré el honor de compartir un camino durante los siguientes años.



