1981 Paulín
A pesar de haber logrado el objetivo de entrar hace unos meses a SEXPOL, debo
dejar el grupo, mi trabajo y la Ciudad de México para vivir una temporada en
Torreón, al norte del país.
Es una ciudad joven que no tiene ni un siglo de
haberse fundado, es agrícola, industrial y primordialmente ganadera. Hay
riqueza, pero culturalmente está en la adolescencia. Eso se refleja en la
dinámica social donde parece que lo más importante es hablar sobre la marca
del auto que se maneja o la zona donde uno vive.
Claro que eso no ha sido
impedimento para conocer a algunos hombres en cuanto llegué.
Paulín, un chico
obrero de 22 años, no es el más atractivo de mis ligues, pero sí es muy
avispado para hacer bromas, cualidad que lo baña de luz y encanto. Estoy tan “encantado”
por él, que le doy las nalgas una ocasión. Aunque esa no es razón suficiente
para dedicarle un cuento en esta antología, sí fue noticia para la pequeña
comunidad homosexual de esa ciudad/pueblo, y más cuando dice que también cogió
con mi hermano.
Antes de hacerle un fuerte reclamo a Paulín, le pregunto a mi
hermano sobre el asunto.
Una disculpa… Olvidé mencionar que mi madre y hermanos
Víctor y Miguel, llevaban medio año viviendo en Torreón debido a un proyecto
empresarial que ella pretendía iniciar. Semanas después llegó Fidel y su chica
(futura madre de mi sobrina Ximena) para buscar fortuna en aquellos rumbos, y
por último los alcancé yo.
Para sorpresa mía, Miguel me confirma enojado que
en una borrachera conoció a Paulín, tuvo un encuentro sexual sin pena ni
gloria y luego ese chismoso de pueblo lo anduvo divulgando.
Creo que mi hermano
no es gay. En todo caso entraría en el 30% de los hombres que sin ser
homosexuales, según Alfred Kinsey, alguna vez en su vida han tenido sexo con
otro hombre. Es lo que décadas más tarde se definirá como “heterocurioso” o "heteroflexible", entre otros.
Y si lo fuera, yo no tendría ningún problema al respecto.
Ese episodio, sería el menos trascendente dentro de su desgarradora historia.
Apenas llevaban tres años de casados mis padres, cuando mamá se dio cuenta que
esa unión no funcionaría. Mi padre era emocionalmente incapaz de cumplir ese
papel. ¿Y económicamente?... tampoco.
Gracias a que fui el primogénito de su
“niño”, mi abuela paterna pagó el hospital privado donde nací.
Fidel, mi segundo
hermano, nació en un paupérrimo sanatorio de la Beneficencia Pública. Era la
víspera de Navidad y no había ningún médico que atendiera el parto, así que
mientras la señora de la limpieza se sentaba sobre la panza de mi madre, alguna
improvisada partera se valió de unos fórceps para jalar la cabeza de mi carnal. Siempre platicó mamá en tono de broma, que Fidel parecía un conejo azul y
despellejado al momento en que se lo entregaron.
Cuando mamá supo que esperaba una tercera
cría, hizo lo posible para evitar su desarrollo. Tomó bebedizos abortivos,
bajaba las escaleras con las nalgas, de sentón en sentón para ver si el embrión se desprendía, pero el minúsculo guerrero se aferró a la placenta con toda la fuerza que pudo y lo suficiente para ver la luz meses adelante.
Irónicamente
mi papá lo esperaba con deseo. Recién había conseguido trabajo en la Secretaría
de Marina y Miguel Ángel nació en un buen hospital, aun así, mamá lo paría
llena de culpa y terror al pensar que podría venir con algún daño provocado durante
la batalla por impedir su llegada a tan ingrata vida.
Es más, para hacer
patente su victoria sobre ella, el bebé llegó vestido con la piel morena del
papá. Era una diminuta réplica de mi padre. Al mismo tiempo en que lo amamantara, arrullara
o bañara, vería el rostro de ese hombre con el que fue imposible construir
una familia.
Siendo justo, no puedo decir que durante nuestra niñez hubiera visto un trato diferenciado entre Miguel y nosotros (Fidel y yo). No
recuerdo haber recibido caricias de mamá, tampoco ver que las obtuvieran mis
hermanos.
Ella perdió a su madre (mi abuela) cuando era niña, y la devoró
durante años el dolor de no sentir sus besos y el calor de su piel al estrecharla. Eso, no pasaría con nosotros. Preferiría inmunizarnos antes que
condenarnos, en el caso de que ella tuviera una prematura salida de este mundo.
Cada uno fue adoptando una posición particular respecto al contacto físico con
mamá. Yo la besaba en la mejilla cada vez que salía o regresaba a la casa, ya
fuera para ir a trabajar o a sus asuntos personales. También hubo una temporada
en que le masajeaba las piernas o la espalda. El contacto era de mi parte hacia
ella, nunca a la inversa.
No sé cuánto le afectaba a Fidel, pero él siempre
pareció indiferente al respecto.
Miguel en cambio, nunca se dio por enterado
del rechazo de mi madre al contacto físico. Desde pequeño insistía en tocarla,
en quererla besar, y ella invariablemente lo repelía, a veces de manera casi
magnética. En respuesta, mi hermano redoblaba sus
esfuerzos, creándose así una espiral perversa de anhelos frustrados y rechazo.
Fuera de eso, al comprarnos ropa o zapatos, lo hacía exactamente igual
para los tres. Las cacerolas con comida se ponían en el centro de la mesa y
cada quien tomaba lo que deseaba. Lavábamos los trastos un día cada uno. Los
fines de semana, todos participábamos en la limpieza de la casa y no pedía nada
que ella misma no estuviera dispuesta a hacer.
Cuando llegaba a casa, cansada
de trabajar y encontraba algún adorno roto, un deber no hecho o cualquier otra
fechoría, nos castigaba por igual a los tres con el mismo número de cintarazos
en las nalgas; al menos teóricamente, porque el resultado variaba según el
destinatario. Yo caminaba hacia la recámara, bajaba mis pantalones y me tendía
estoico sobre la cama, lo que inhibía la fuerza que imprimía a la sanción.
Miguel aguantaba orgulloso y retador el castigo; sin embargo, Fidel tenía la pésima
costumbre de correr o agarrar el cinturón, lo que avivaba la ira de mamá y
multiplicaba los azotes.
Fue hasta la pubertad que comenzó a ser
particularmente dura y distante con nuestro hermano menor. Si bien, todos
fuimos expulsados de la casa (como medida disciplinaria), Miguel salió a los
quince años.
Sobrevivió trabajando de ayudante de albañil, vendiendo café y muy pronto
dominaría lo que sería el oficio de toda su vida: chofer de tráileres y
camiones de carga.
Pasaría muchos años solo, atravesando todas las autopistas
del norte del país, hasta que mi madre, después de pasar por un doloroso trabajo
psicoterapéutico y descubrir las profundas motivaciones que la llevaron a
rechazarlo de esa manera, trataría de acercarlo a su corazón. Invitación que
sin dudar aceptó mi hermano y llegó a la ciudad de Puebla para vivir con ella y
nuestro cuarto hermano, Víctor.
Igual que el tipo aquel (Paulín), Miguel se hizo muy
hábil para contar chistes. Su presencia en una fiesta era garantía de
carcajadas y diversión. Eso no pasaba desapercibido entre las mujeres y siempre
estaba enredado con novias en pueblos y paraderos, incluso con algunas de mis
compañeras de trabajo, que encontraban su sentido del humor muy seductor.
A los
veintiséis años se casó con Laura, diez años menor que él y con quien procreó
dos hijos.
Tal vez los fantasmas del abandono incidieron sobre su vida en dos
vertientes: en la primera, se expresó en un total desprecio por el cuidado de
la propia salud. Sus hábitos alimenticios tanto en el hogar como en la
carretera eran muy nocivos y en pocos años le acarrearían una creciente gota
que le ocasionaba fuertes dolores articulares.
La segunda se manifestaría en
una obsesiva preocupación por garantizar todas las necesidades alimenticias, de
vivienda, de vestido y recreativas para sus hijos y esposa. No importaba si eso
implicaba manejar durante 12, 24 o 36 horas continuas si con ello ganaba más
dinero.
La combinación de ambos elementos, analgésicos para el dolor e
inhibidores del sueño para largas jornadas al volante, desembocaron en el abuso
de corticoides que dañaron irreversiblemente su organismo.
Dos días antes de
que cumpliera 36 años, en el año 1997 [1], nuestro hermano Miguel
Ángel moría, dejando una viuda muy joven y dos niños de 7 y 2 años.
Pude
apoyarlos una temporada, no obstante, una serie de decisiones poco asertivas por parte
de mi cuñada (y más adelante de mis propios sobrinos) hizo que dejara de verlos
permanentemente después de finiquitar los juicios testamentarios de la Tía
Rosa y entregar la parte de la herencia correspondiente para mi hermano, a
Laura y sus hijos Miguel y Alejandro.
Deseo continuar esta narración sobre ti, mi hermano, aunque no puedo evocar más cosas. Vivimos experiencias maravillosas mientras fuimos niños y cuando los tres estuvimos juntos en el internado, eras
solo un pequeñito de seis años. Sé que fuiste el favorito de la Tía Rosa y te
llamaba mi negro. También recuerdo esa ocasión en la que mamá te castigó (no
sé porque) he hizo que sacaras docenas de botes de tierra de un cuarto, para depositarlos
en el patio, al tiempo en que todos comíamos sentados a la mesa. Fidel y yo te
mirábamos en silencio, sin valor para reclamar o ayudar.
¿Éramos cómplices de
esa injusticia?
¿También llegué a ver en tu rostro el abandono de nuestro
padre?
¿Por eso no quiero recordar?
Ya lo platicaremos, espero, cuando te
alcance. Aunque tal vez en ese lugar no entren las culpas y simplemente
estaremos reunidos… todos.
[1] Poco después de su fallecimiento,
durante un “pasón” de marihuana, tuve una experiencia que documenté en la serie
de cuentos, BITÁCORA DE VIAJES …..1997 Agosto: noveno viaje de mariguana ENCAMINO A MI
HERMANO MIGUEL ANGEL



