jueves, 5 de octubre de 2023

1981 Paulín

                                                                                                                                               1981 Paulín

   A pesar de haber logrado el objetivo de entrar hace unos meses a SEXPOL, debo dejar el grupo, mi trabajo y la Ciudad de México para vivir una temporada en Torreón, al norte del país.
   Es una ciudad joven que no tiene ni un siglo de haberse fundado, es agrícola, industrial y primordialmente ganadera. Hay riqueza, pero culturalmente está en la adolescencia. Eso se refleja en la dinámica social donde parece que lo más importante es hablar sobre la marca del auto que se maneja o la zona donde uno vive.
   Claro que eso no ha sido impedimento para conocer a algunos hombres en cuanto llegué.

   Paulín, un chico obrero de 22 años, no es el más atractivo de mis ligues, pero sí es muy avispado para hacer bromas, cualidad que lo baña de luz y encanto. Estoy tan “encantado” por él, que le doy las nalgas una ocasión. Aunque esa no es razón suficiente para dedicarle un cuento en esta antología, sí fue noticia para la pequeña comunidad homosexual de esa ciudad/pueblo, y más cuando dice que también cogió con mi hermano.
   Antes de hacerle un fuerte reclamo a Paulín, le pregunto a mi hermano sobre el asunto.

   Una disculpa… Olvidé mencionar que mi madre y hermanos Víctor y Miguel, llevaban medio año viviendo en Torreón debido a un proyecto empresarial que ella pretendía iniciar. Semanas después llegó Fidel y su chica (futura madre de mi sobrina Ximena) para buscar fortuna en aquellos rumbos, y por último los alcancé yo.

   Para sorpresa mía, Miguel me confirma enojado que en una borrachera conoció a Paulín, tuvo un encuentro sexual sin pena ni gloria y luego ese chismoso de pueblo lo anduvo divulgando.

   Creo que mi hermano no es gay. En todo caso entraría en el 30% de los hombres que sin ser homosexuales, según Alfred Kinsey, alguna vez en su vida han tenido sexo con otro hombre. Es lo que décadas más tarde se definirá como “heterocurioso” o "heteroflexible", entre otros.
   Y si lo fuera, yo no tendría ningún problema al respecto. Ese episodio, sería el menos trascendente dentro de su desgarradora historia.



   Apenas llevaban tres años de casados mis padres, cuando mamá se dio cuenta que esa unión no funcionaría. Mi padre era emocionalmente incapaz de cumplir ese papel. ¿Y económicamente?... tampoco. 
   Gracias a que fui el primogénito de su “niño”, mi abuela paterna pagó el hospital privado donde nací.
   Fidel, mi segundo hermano, nació en un paupérrimo sanatorio de la Beneficencia Pública. Era la víspera de Navidad y no había ningún médico que atendiera el parto, así que mientras la señora de la limpieza se sentaba sobre la panza de mi madre, alguna improvisada partera se valió de unos fórceps para jalar la cabeza de mi carnal. Siempre platicó mamá en tono de broma, que Fidel parecía un conejo azul y despellejado al momento en que se lo entregaron.
   Cuando mamá supo que esperaba una tercera cría, hizo lo posible para evitar su desarrollo. Tomó bebedizos abortivos, bajaba las escaleras con las nalgas, de sentón en sentón para ver si el embrión se desprendía, pero el minúsculo guerrero se aferró a la placenta con toda la fuerza que pudo y lo suficiente para ver la luz meses adelante.
   Irónicamente mi papá lo esperaba con deseo. Recién había conseguido trabajo en la Secretaría de Marina y Miguel Ángel nació en un buen hospital, aun así, mamá lo paría llena de culpa y terror al pensar que podría venir con algún daño provocado durante la batalla por impedir su llegada a tan ingrata vida.
   Es más, para hacer patente su victoria sobre ella, el bebé llegó vestido con la piel morena del papá. Era una diminuta réplica de mi padre. Al mismo tiempo en que lo amamantara, arrullara o bañara, vería el rostro de ese hombre con el que fue imposible construir una familia.

   Siendo justo, no puedo decir que durante nuestra niñez hubiera visto un trato diferenciado entre Miguel y nosotros (Fidel y yo). No recuerdo haber recibido caricias de mamá, tampoco ver que las obtuvieran mis hermanos.
   Ella perdió a su madre (mi abuela) cuando era niña, y la devoró durante años el dolor de no sentir sus besos y el calor de su piel al estrecharla. Eso, no pasaría con nosotros. Preferiría inmunizarnos antes que condenarnos, en el caso de que ella tuviera una prematura salida de este mundo.
   Cada uno fue adoptando una posición particular respecto al contacto físico con mamá. Yo la besaba en la mejilla cada vez que salía o regresaba a la casa, ya fuera para ir a trabajar o a sus asuntos personales. También hubo una temporada en que le masajeaba las piernas o la espalda. El contacto era de mi parte hacia ella, nunca a la inversa.
   No sé cuánto le afectaba a Fidel, pero él siempre pareció indiferente al respecto.
   Miguel en cambio, nunca se dio por enterado del rechazo de mi madre al contacto físico. Desde pequeño insistía en tocarla, en quererla besar, y ella invariablemente lo repelía, a veces de manera casi magnética. En respuesta, mi hermano redoblaba sus esfuerzos, creándose así una espiral perversa de anhelos frustrados y rechazo.

   Fuera de eso, al comprarnos ropa o zapatos, lo hacía exactamente igual para los tres. Las cacerolas con comida se ponían en el centro de la mesa y cada quien tomaba lo que deseaba. Lavábamos los trastos un día cada uno. Los fines de semana, todos participábamos en la limpieza de la casa y no pedía nada que ella misma no estuviera dispuesta a hacer.
   Cuando llegaba a casa, cansada de trabajar y encontraba algún adorno roto, un deber no hecho o cualquier otra fechoría, nos castigaba por igual a los tres con el mismo número de cintarazos en las nalgas; al menos teóricamente, porque el resultado variaba según el destinatario. Yo caminaba hacia la recámara, bajaba mis pantalones y me tendía estoico sobre la cama, lo que inhibía la fuerza que imprimía a la sanción. Miguel aguantaba orgulloso y retador el castigo; sin embargo, Fidel tenía la pésima costumbre de correr o agarrar el cinturón, lo que avivaba la ira de mamá y multiplicaba los azotes.

   Fue hasta la pubertad que comenzó a ser particularmente dura y distante con nuestro hermano menor. Si bien, todos fuimos expulsados de la casa (como medida disciplinaria), Miguel salió a los quince años.
   Sobrevivió trabajando de ayudante de albañil, vendiendo café y muy pronto dominaría lo que sería el oficio de toda su vida: chofer de tráileres y camiones de carga.
   Pasaría muchos años solo, atravesando todas las autopistas del norte del país, hasta que mi madre, después de pasar por un doloroso trabajo psicoterapéutico y descubrir las profundas motivaciones que la llevaron a rechazarlo de esa manera, trataría de acercarlo a su corazón. Invitación que sin dudar aceptó mi hermano y llegó a la ciudad de Puebla para vivir con ella y nuestro cuarto hermano, Víctor.

   ¿Cuánto habría marcado ese pasado a mi hermano? Nada más él lo sabía.
   Igual que el tipo aquel (Paulín), Miguel se hizo muy hábil para contar chistes. Su presencia en una fiesta era garantía de carcajadas y diversión. Eso no pasaba desapercibido entre las mujeres y siempre estaba enredado con novias en pueblos y paraderos, incluso con algunas de mis compañeras de trabajo, que encontraban su sentido del humor muy seductor.
   A los veintiséis años se casó con Laura, diez años menor que él y con quien procreó dos hijos.
   Tal vez los fantasmas del abandono incidieron sobre su vida en dos vertientes: en la primera, se expresó en un total desprecio por el cuidado de la propia salud. Sus hábitos alimenticios tanto en el hogar como en la carretera eran muy nocivos y en pocos años le acarrearían una creciente gota que le ocasionaba fuertes dolores articulares.
   La segunda se manifestaría en una obsesiva preocupación por garantizar todas las necesidades alimenticias, de vivienda, de vestido y recreativas para sus hijos y esposa. No importaba si eso implicaba manejar durante 12, 24 o 36 horas continuas si con ello ganaba más dinero.
   La combinación de ambos elementos, analgésicos para el dolor e inhibidores del sueño para largas jornadas al volante, desembocaron en el abuso de corticoides que dañaron irreversiblemente su organismo.
   Dos días antes de que cumpliera 36 años, en el año 1997 [1], nuestro hermano Miguel Ángel moría, dejando una viuda muy joven y dos niños de 7 y 2 años.

   Pude apoyarlos una temporada, no obstante, una serie de decisiones poco asertivas por parte de mi cuñada  (y más adelante de mis propios sobrinos) hizo que dejara de verlos permanentemente después de finiquitar los juicios testamentarios de la Tía Rosa y entregar la parte de la herencia correspondiente para mi hermano, a Laura y sus hijos Miguel y Alejandro.

   Deseo continuar esta narración sobre ti, mi hermano, aunque no puedo evocar más cosas. Vivimos experiencias maravillosas mientras fuimos niños y cuando los tres estuvimos juntos en el internado, eras solo un pequeñito de seis años. Sé que fuiste el favorito de la Tía Rosa y te llamaba mi negro. También recuerdo esa ocasión en la que mamá te castigó (no sé porque) he hizo que sacaras docenas de botes de tierra de un cuarto, para depositarlos en el patio, al tiempo en que todos comíamos sentados a la mesa. Fidel y yo te mirábamos en silencio, sin valor para reclamar o ayudar.

   ¿Éramos cómplices de esa injusticia?  
   ¿También llegué a ver en tu rostro el abandono de nuestro padre?
   ¿Por eso no quiero recordar?
   Ya lo platicaremos, espero, cuando te alcance. Aunque tal vez en ese lugar no entren las culpas y simplemente estaremos reunidos… todos.


   [1] Poco después de su fallecimiento, durante un “pasón” de marihuana, tuve una experiencia que documenté en la serie de cuentos, BITÁCORA DE VIAJES …..1997 Agosto: noveno viaje de mariguana    ENCAMINO A MI HERMANO MIGUEL ANGEL