jueves, 5 de octubre de 2023

1981 Alejandro

                                                                                                                                          1981 Alejandro


   La experiencia en Torreón fue un chasco, mamá terminó enredándose con un tipo casado. Cuando la relación acabó, despechada, malbarató el equipo que había adquirido para su proyecto y regresó a la Ciudad de México. La seguí a los tres meses y poco después Fidel, Greta y la recién nacida Ximena.
   El único que apechugó valiente fue Miguel, que estaría algunos años más por aquella región.

   Todos llegamos a repoblar la casa de Alfonso XIII, solamente que esta vez se delimitó con muros, el área que cada uno ocuparía.
   Yo escogí la antigua biblioteca, construida afuera de la casa principal, sobre el taller mecánico y a la que se accedía por una escalinata de fierro. También instalé un baño, lo que me dio independencia total.

   Muy pronto ya era novio de Alejandro, un tapatío muy sexy al que agradeceré eternamente el espléndido regalo que me hizo al cumplir veintitrés años.
   Era una entrevista con la directora del recién nacido proyecto de bibliotecas infantiles. 
   Hasta entonces los libros destinados para los menores que visitaban una biblioteca, se apilaban sobre un librero colocado en algún rincón invisible. Silvia, Maestra en Bibliotecología, iniciaba un proyecto experimental en cuatro bibliotecas públicas de la ciudad, mismas que contarían con un lugar espacioso, cómodo, con mobiliario especial para niños y, sobre todo, con un amplio acervo de libros que además de cubrir los requerimientos en temas escolares, también ofrecerían lectura recreativa: cuentos, novelas, fábulas, etc. Aunado a todo lo anterior, en esas salas infantiles trabajaría personal capacitado y sensible en el trato con niños.
   Durante la entrevista, debía decir que trabajé como el auxiliar de una educadora (compañera de mamá en la Escuela de Psicología) en un jardín de infantes.
   Alejandro era asistente personal de Silvia y éste hablaría positivamente a mi favor.

   Iniciaba una nueva y creativa relación laboral, mucho más duradera que la del galán y yo. Sin embargo, pude corresponder a su generosidad, ya que la casona todavía tenía disponibles dos cuartos de servicio en el traspatio, y Alejandro se integró de lleno a nuestra singular familia. De hecho, fue testigo directo de las últimas dos sesiones con güija, que marcarían el final de una era de magia y espiritualidad.




   Yo tenía quizás ocho años cuando fui por primera vez con mamá a un centro espiritualista. Aunque no recuerdo qué hicimos ahí, la relación entre misticismo e incienso, quedaría incrustada en mi nariz para siempre.
   Supongo que hizo amigas en ese lugar porque de repente ya teníamos tías nuevas; la tía Aida (judía) que un día nos invitó a su casa para participar en una celebración, de la que solo tengo la imagen de un candelabro de siete velas y haber comido cosas “raras”. También estaba la tía Nelly. Todas apreciaban a mi madre porque tenía el don de conectarse fluidamente con la güija.
   En una sesión muy importante, La Madre Universal, creadora de TODO, comenzó a escribir sobre la tabla (a través de la ágil mano de mamá) el nombre de alguno de los grandes iniciados, el cual era asignado a cada uno de nosotros. El guía de mi mamá sería Siddhartha Gautama, el de papá, Hermes Trismegisto, para Fidel también estaba Siddhartha, a Miguel lo cuidaría Confucio, y mi maestro sería Krishna.
   También supe de miembros del grupo que habían quedado bajo el cobijo de Jesús, Brahma o Moisés entre otros hombres iluminados.

   Vino el divorcio de mis padres, luego los tres años en el internado y eventualmente regresaríamos a la tabla, pero esta ocasión solamente lo haríamos mamá y nosotros sus hijos. Las sesiones se daban por la tarde o noche y antes de comenzar se formaba sobre la mesa un círculo con listón de color rojo, dentro de él, un triángulo con sal, al lado de cada una de las tres líneas se colocaba una vela encendida, y en el centro del triángulo, se ponía un vaso lleno de agua limpia.
   Mi madre y solo uno de nosotros ponía los dedos sobre el puntero con forma de corazón. Después de unos minutos de espera, el puntero con nuestros dedos encima, comenzaba a deslizarse en forma circular por la tabla. De repente se detenía unos segundos y retomaba fuerza para comenzar a “hablar” señalando letra por letra.
   Siempre lo hacía La Madre con un lenguaje purísimo y sabio [1]. Tenía lecciones y consejos para cada uno de los presentes, hacía uso de metáforas, citas o bellísimas figuras gramaticales, todas encaminadas a enraizar lo revelado, en nuestro espíritu.
   El movimiento del puntero llegaba a tomar en algunos momentos, una velocidad prodigiosa y la única capaz de interpretar tan fluida comunicación era mamá, que mantenía la mirada fija, casi en trance sobre ese metafísico aparato de fax. Uno de nosotros transcribía el mensaje en hojas de papel.
   Años después, Fidel platicaría que en más de una ocasión quiso gritar o aventar la libreta debido a la enorme presión que tenía para escribir los textos con tanta rapidez.
   La sesión terminaba siempre con una frase en lengua sánscrita, que sonaba a Súnkali Ronda Semoali, y cerraba con el pedimento: —“Bajad vuestras testas”.

   Si mamá hacía trampa o no con la güija, para mí es intrascendente, por obvio. Con los años entendí que lo prodigioso del asunto, era su afán por crear una cosmovisión o mitología incluyente, donde cabían todas las doctrinas, todas las enseñanzas de los representantes de la sabiduría y grandeza humana.
   Sobre la religión católica siempre nos dijo que tendríamos que saber diferenciar a la Iglesia como institución y empresa creada por los hombres, de la naturaleza de Dios. Que eran dos cosas totalmente diferentes, incluso opuestas.
   No era necesario tener un intermediario para comunicarse con la divinidad. Dios no castigaba;
eran nuestros actos los que tenían consecuencias.

   Pronto aprendí que tampoco debía compartir mis creencias a otros compañeros de la escuela. Invariablemente al día siguiente de que platicaba con alguno de ellos, se portaban hostiles o me insultaban. Sus padres les habían ordenado no ser más mis amigos.

   Mi relación con Dios o lo divino, siempre fue muy cercana, y con los años iría entretejiendo realidades y fe, de manera que hicieran sostenible mi paso por esta vida [2]





   Sobre esas dos últimas sesiones en las que participó Alejandro, diré que la güija ordenó cavar en el jardín trasero y durante tres noches seguidas, un hoyo para encontrar las monedas de oro que la Tía Rosa había ocultado hace décadas. Así lo hicimos la primera noche por horas, hasta formar un hoyo de casi tres metros de profundidad y donde no pudimos continuar porque topamos con una tierra tan dura que ya no entraban los picos.
   La siguiente velada decidimos que continuaríamos cavando horizontalmente hacia adentro, formando un túnel que iluminábamos con velas y del cual se extraía la tierra con botes y un lazo. Esa noche avanzamos a lo mucho, dos metros. Cada vez que el pico tocaba algún obstáculo duro y grande, nuestros corazones latían violentamente, aunque al final resultaba ser una piedrota.
   La tercera noche seguimos avanzando muy lento por el túnel. Todos estábamos exhaustos por no dormir tanto tiempo, ya que por la mañana íbamos a trabajar. En algún momento mi madre nos pidió salir del oscuro agujero para tomar café caliente y comer unos sándwiches. Estábamos alistando la escalera y los botes para continuar trabajando, cuando se escuchó un horrible estruendo. El domo de tierra sobre el túnel se colapsó.
   Todos quedamos conmocionados por el suceso y por adivinar el destino de quienes hubieran estado allí adentro. Habríamos muerto asfixiados o aplastados por el peso de la tierra.

   Esa misma tarde se preguntó a la tabla qué había pasado. En el mensaje, escuetamente, “alguien” agradecía por la penitencia hecha en favor de su alma, aunque……. esperaba más. 
   Desde ese día nunca se volvería a tocar la güija.



[1] En parte de la transcripción de un mensaje de La Madre Universal se decía:

…Desechad las amarguras que hay en vuestros corazones,
   tenedla como parte de vuestro ser, pero nunca como fin del mismo,
   tomadla como enseñanza, mas no como castigo.

   Lleváis en vosotros la imagen fiel y divina de mi fe,
   de mi dulzura, de mi amor, reflejad en vuestros rostros éstas gracias
   y seréis dignos de llegar a mí, como lo serán todos vuestros hermanos.

   Llenad de dulzura, de amor y de fe,
   a todos aquellos que lleguen a vuestro lado,
   tenéis en vuestro camino, como destino la enseñanza, el ejemplo.

   No recordéis, no volváis la cara atrás,
   como si vieses algo que os haya causado desdichas,
   aun en ellas hay felicidad, pues de ello está formada vuestra existencia.

   Vosotros luchareis, tendréis infinitas amarguras,
   pero las veréis coronadas con la felicidad
   de los seres que a vosotros rodean.

   Dad siempre sin esperar recompensa,
   ella está en vuestro espíritu, no en la materia,
   buscad lo infinito,
   buscad lo eterno,
   buscad a Dios.


   [2] Dieciseis años después, cualquier duda con respecto a mis creencias en Dios, quedaría resuelta durante un “viaje” con marihuana y del cual hablo en la serie de narraciones: BITÁCORA DE VIAJES: 1997 Febrero octavo viaje de mariguana TODOS SON IGUALES o ANTE EL ABISMO