1981 Román
Lo primero que me impactó cuando vi desnudo a Román, fueron sus impresionantes
cicatrices. Una le atravesaba el estómago de arriba a abajo, la otra se marcaba
a lo largo de todo su pene, que por cierto funcionaba de maravilla. La
cicatrización queloide las hacía ver más severas. Quiero confesar que mirarlas,
y sobre todo tocarlas, provocó un cosquilleo morboso en mi psique.
Fue mi
primer coqueteo con la estigmatofilia, a la que seré presentado en el futuro.
Mientras lo besaba, no dejaba de pensar en que estaba haciendo el amor con el
guerrero sobreviviente de alguna épica batalla; si fue violenta o clínica, que
importaba, estaba ahí tibio y vigoroso.
Ligué con Román en el Butterfly, una
discoteca muy popular en el centro de la ciudad. Era de estatura mediana,
cabello rizado y de piel more… A ver, a ver, a ver; la descripción de los
hombres que aparecen en esta antología empieza a sonar cada vez más repetitiva
y sería bueno dejar algunas cosas ya asentadas para agilizar la lectura.
En
efecto, la casi totalidad de los hombres con quienes he mantenido relaciones
sexuales o emocionales han sido (y serán):
° Morenos. Esto abarca desde tonos
trigueños hasta muy oscuros. ¿Por qué? Tal vez porque es el color de la
mayoría de los mexicanos y me gusta.
° Tienen rasgos indígenas. Somos mayoritariamente
una raza mestiza; mezcla de etnias originarias,
de españoles (y otros
europeos), de africanos y asiáticos. Lo único que varía es el porcentaje de
estos ingredientes genéticos en el coctel resultante, que en lo personal,
prefiero cargadito de maíz y chocolate.
° Son jóvenes. Al menos hasta la
entrada del nuevo milenio, el promedio de edad de mis amantes era de los 20 a los 30 años. Asertivamente del 2000 en adelante, podré adaptarme con
facilidad a todos los rangos de edad.
° Son delgados. Quien mire imágenes o
películas de las últimas dos décadas del siglo, verá que las personas eran
delgadas. No por moda, simplemente se tenían otros hábitos alimenticios. Claro,
si a eso se le agregaba un poco de ejercicio, el resultado era un cuerpo
armonioso y de apariencia saludable. Igual que en el rubro anterior, con los
años (y los kilos) flexibilizaré mi política con respecto a la talla o volumen
de los invitados a mi cama.
° Elementos como el cabello, ojos, nariz, boca,
estatura, extremidades, tono de voz, simetría en los rasgos, etcétera, forman parte
de un conjunto total, que si resulta armonioso para mis ojos, influye mucho en
la atracción y deseo que produce sobre mí. Por eso repito los adjetivos:
guapo, hermoso, bello, delicioso, con total independencia de los cánones de
belleza impuestos en esta sociedad. Son mis ojos y no una fórmula comercial los
que deciden verlos así.
Digo, tampoco creo estar totalmente libre de
enajenaciones o estímulos externos. En un momento hablaré sobre eso.
° No es
que todos los hombres que tengan esas características me gusten y ya. Digamos
que siempre hay algo que los hace sobresalir del resto: la figura entallada, el
porte o el arreglo personal. Es bien sabido que los heterosexuales están
convencidos de que nosotros los gays somos más “guapos”. No entraré en debate y
por esta vez les daré la razón. A propósito, el tema da pie a una breve
anécdota...
.
Yo estaba como espectador en una marcha del orgullo gay aquí en la
Ciudad de México. Veía pasar a los participantes, y escuché atrás de mí a
una chica que le decía a su novio:
—Mira mi amor, a ese hombre gay tan guapo…
¡qué desperdicio!
Simplemente ignoré lo que escuché. Pero unos segundos después
volvía a hablar.
—¿Ya viste a ese? está lindísimo… de verdad, qué lástima.
Solo me limité a pensar que era una pendeja, aunque de nuevo volvía a gritar
cuando se acercaba un grupo de chicos con muy buen cuerpo, la barbita delineada impecablemente, vestidos de vaqueros y descamisados, lo que dejaba ver sus pechos bien trabajados.
—¡¡¡Ayyyy qué bárbaros!!! ¡No es justo! Pero cuánto
desperdicio de hombres…
No pude contenerme más, di la vuelta y le pregunté:
—Oye amiga, ¿tú a cuántos hombres te has comido?
—¿Qué? no te entiendo… —contestó con cara de idiota.
—Sí, que con cuántos hombres has cogido… con 5,
con 10, con 20, con cuántos. —le pregunté con fingida complicidad.
La tipa
respondió muy indignada —¡Qué te pasa! Pues ni que yo fuera una……
—Y antes
de que pudiera terminar la frase le aclaré:
—Lo digo porque yo SÍ me he tirado
a unos 100… —y disfrutando con toda mi alma el ver su bocota y ojos abiertos,
rematé:
—¿Ya viste quién es la que está desperdiciando hombres?
La mujer miraba
a su macho exigiéndole ser defendida, pero él se limitó a decirle —¿Ya
viste?...
° La contraparte, o sea, los rasgos físicos o de carácter (al menos
obvios) que denotan violencia, vulgaridad, estridencia, homofobia, suciedad o
cualquier otro que pudiera significar un riesgo para mi integridad física o
bienes, activarán la alerta interior y una retirada inmediata de mi parte, sin
importar lo atractivo que pudiera parecerme el tipo.
Volviendo a las
descripciones, de aquí en adelante daremos por obviados esos detalles físicos,
con las excepciones que pudieran presentarse. Hecha la aclaración, quiero
agregar que definitivamente, el común denominador en la mayoría de los hombres
que deseo, por encima de todos los rasgos enumerados arriba, es que me atrae su
apariencia masculina.
¡Upsss! ¿Qué significa eso? Muy seguramente tiene que ver
con toda la información (oral, escrita, visual, subliminal, etc.) que he
recibido a lo largo de mi vida sobre lo que significa ser hombre o mujer.
Aparte de que la Tía Rosa decía que el hombre tenía que ser Feo, Fuerte y
Formal, de manera burda, aprendí por medio de los estereotipos en películas,
revistas y televisión, que la imagen física de un hombre tiene que ver con su
cuerpo, no necesariamente por el volumen tanto como en la firmeza. Si las fibras
musculares se marcan aun siendo delgado, implica vigor, resistencia, trabajo
físico. Lo mismo veo en una espalda en forma de V, en las manos y pies grandes
o en las venas palpitantes sobre la piel. En cambio, la panza fofa, los muslos
flácidos, la papada, me significan debilidad o infantilismo.
También observé
que las figuras típicas para representar fuerza y poder, eran la del guerrero,
el militar, el marino, un vaquero, un bombero, el charro o una de mis
favoritas, el chacal de barrio, entre muchas.
Por su parte, el alma masculina
tenía que ver con la audacia y capacidad para sortear cualquier reto.
Significaba compromiso, protección, guía, aventura y vitalidad.
Por eso decidí sortear el conflicto con una estrategia muy simple, bastaría con que mi compañero de orgasmos luciera físicamente masculino (o lo que décadas más adelante se podrá definir con el término cisgénero, independientemente de su orientación sexual) para dar el primer paso, que normalmente era hacia mi casa. Después, si el encuentro daba para más, se irían desvelando las virtudes internas.
Haciendo
una analogía, estar con hombres muy “hombres”, verdaderos machos en estampa y
actitud, sería como los quesos y vinos importados, muy costoso para
disfrutarlos por tan poco tiempo (sin mencionar que todos, queso y hombres, terminan en el
excusado). Forzando un poco más la comparación, diría que con queso “tipo”
manchego o vino espumoso “tipo” champaña, podría compartir la mesa (y cama) con
hombres “tipo” Pancho Pistolas, “tipo” Guerrero Águila o “tipo” King Kong.
Mmmm!!! bon appetit.



