jueves, 5 de octubre de 2023

1981 Julio

                                                                                                                                               1981 Julio

   A finales de los años 70, uno de los muchos opositores al gobierno de la República de El Salvador, trataba de poner a salvo a su joven hijo. La radicalización de la organización a la que pertenecía había llegado al extremo de secuestrar funcionarios y así financiar su lucha. En respuesta, grupos de paramilitares (parece que organizados por el Estado) iniciaron una serie de ejecuciones selectivas de líderes magisteriales, campesinos, estudiantiles y sindicales.
   El adolescente fue enviado a la ciudad de Los Ángeles en Estados Unidos y ahí pasaría los próximos seis años bajo el cobijo de algún familiar. Julio, aprendió a hablar perfectamente el idioma inglés y obtuvo un diploma en enseñanza de Jazz Dance.

   A principios de 1981 le avisó su madre que podía regresar a Centroamérica, necesitaba su apoyo, pues luego de que el padre de Julio muriera, ella se sentía muy sola.

   Camino a San Salvador, se detuvo unas semanas en la Ciudad de México y un día viajando por el Metro, nos conocimos.
   Me encantó su acento guanaco (que muy hábilmente aprendió a disfrazar para no ser molestado por alguna autoridad migratoria), también me atrapó ese sofisticado look de hispano/gringo, su cuerpecito atlético, la actitud campechana y sobre todo su inteligencia vivaz. Bastaron un par de encuentros sexuales para que yo le ofreciera vivir conmigo.
   Gracias a que hablaba muy buen inglés, consiguió trabajo por las mañanas en una escuela de idiomas y algunas tardes daba clases de jazz en academias de baile.

   Ya lo he mencionado en la descripción, Julio tenía una mente desprejuiciada. Esa cualidad en él, me animó a decirle de manera directa que no le encontraba sentido a la fidelidad, que había oído hablar sobre las relaciones “abiertas” y podríamos intentarlo.

   ¿Qué podía salir mal? Después de todo, ya estaba hablado, yo seguía haciendo trabajo de autoconocimiento en SEXPOL y al parecer solo se trataba de coger con quien uno quisiera y no hacer ningún reclamo a la pareja.
   Como el noviazgo era muy joven, estaba cargado de deseo y durante los primeros meses hubo poco interés por hacer efectivo el cheque del Banco de la Libertad, hasta que comenzó el juego.
   Llegó una tarde y alguno de los dos comentó sobre su aventura, seguro hubo risitas nerviosas y curiosidad. En unos días tocó el turno de la contraparte y el marcador quedaba uno a uno, aunque si se escuchaba con cierto detalle, el último punto “valía” más, ya que el galán atrapado estaba mejor que el del otro cazador. Sin siquiera sospecharlo, quedamos inmersos en una competencia para ver quién era el más habilidoso en cautivar un culo perfecto, a una verga poderosa, a ese apolo con auto, en probar… quién era el mejor. Y ese, definitivamente tenía que ser yo.
   En la última jugada, le anunciaba que había conocido a Alfonso, con quien a partir de ese momento iniciaría una relación “formal”. Julio estaba preparando una ensalada para la cena, se quedó pasmado unos segundos y enseguida aventó la ensaladera por la ventana, salió del cuarto y bajó corriendo las escaleras. Mientras escuchaba a lo lejos sus amargos lamentos, trataba de autoconvencerme de que… ¿había ganado?
   Una hora después cuando intentaba descansar, regresó Julio y desde la puerta me advirtió que no durmiera yo tan confiado, al tiempo que mostraba el cuchillo con el que preparaba minutos antes la merienda. 
   Ambos pasamos la noche agazapados y vigilantes, en rincones opuestos de la habitación.
   Julio se marchó de la casa a los dos días, y en otros más, partió a su tierra.


   Definitivamente era un buen hombre porque muy pronto llegó a mi casa una carta desde su país. Estaba contento de haber regresado y acompañar a su mamá, tenía trabajo como maestro de inglés y decía recordarme bien. 
   Las cartas seguirían fluyendo en ambas direcciones y en septiembre de 1986 decidí ir a El Salvador para visitarlo.
   Actualmente se puede hacer un compromiso por WhatsApp y deshacerlo 15 minutos antes sin ningún problema. Esa aplicación ha sustituido a la palabra. En aquel entonces la Palabra tenía que ver con el honor y valor de una persona.
   En la última carta con Julio, habíamos intercambiado información sobre la ruta, los autobuses, sus horarios, y la manera en que yo debería llegar un día de septiembre a la estación de Transportes Internacionales Centroamericanos en San Salvador, a una determinada hora. Con un desfase de apenas tres horas llegué a la cita.
   Julio estaba esperando, nos dimos un fuerte abrazo y fuimos al Centro Histórico para buscar hospedaje. En el camino le platicaba de la tremenda impresión que me había causado ver desde el autobús y a lo largo de toda la carretera, cientos de escondites camuflados con ramas, de donde se veía salir la punta de rifles y ametralladoras. Me explicó que, a pesar del gran avance en los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla, el país había quedado militarizado en su totalidad.
   Hecho que pude comprobar en el centro de la ciudad; en cada esquina, plaza, parque o monumento, había un soldado, y lo impactante era que el arma que portaba no apuntaba hacia el suelo sino hacia el frente, calculando que en cualquier momento tendría que ser disparada. Los siguientes días tuve que acostumbrarme a pasear en su presencia.
   Tuve la fortuna de que en el Teatro Nacional se presentaba un festival internacional de bailes tradicionales y folclóricos de todas las naciones de Centroamérica. Fueron dos noches llenas de música, colores y vitalidad, y debo decir que especialmente me fascinó la presentación del Ballet Garífuna de Honduras, sobre todo los bailarines, que mostraban sus lustrosos torsos desnudos, empapados de sudor y africanidad.
   Por cuestiones de trabajo, Julio no podía estar conmigo todo el día, y a pesar de que dormimos juntos en dos ocasiones, preferimos canjear algún posible coito, por tiernos abrazos y besos. También, arregló sus horarios para poder recorrer juntos los puntos de mayor interés cultural en la capital, sin embargo, el mejor día de mi estancia en El Salvador fue cuando visitamos Apulo y el Lago de Ilopango.



   Sentados bajo una palmera a la orilla del lago, bebíamos cerveza. Al mismo tiempo que disfrutaba la música de marimbas, hablábamos de las cosas que nos pasaron en los últimos cuatro años, de nuestros recuerdos y tonterías, o de qué tal le iba en el amor. Dijo que un colega profesor lo buscaba mucho y mostraba interés en él, pero era de clóset y cargaba con culpas y conflictos de aceptación.
   En un momento dado, el suave oleaje enganchó nuestra mirada y quedamos atrapados en su vaivén. Sin importar la intensidad del movimiento en las aguas superficiales, siempre había un instante en que se podía ver con total claridad el fondo del lecho.
   ¿Podría yo contemplar algún día y con total transparencia, el fondo de mi alma? ¿Estaría formado por cientos de piedritas multicolores? ¿O por fango…? Tal vez por ambos elementos, tal y como sucedía en ese inmenso lago.