1982 Alfonso
Después de
mi relación con Julio y en total contraste, decidí que con Alfonso podría
intentar por primera vez, ser fiel. Ese chico estaba lindo de verdad. Tenía la
clásica estampa del nativo de las tierras occidentales mexicanas, la de aquellos
que inspiraron al Maestro Helguera y que plasmó en sus famosos calendarios. Sus
personajes son mestizos por supuesto, pero a diferencia de los hombres del
sur sureste, la gente del Bajío es más “bonita” como he oído decir durante toda
mi vida a quienes hablan de los habitantes de Michoacán, Jalisco o Guanajuato.
Siempre sale a colación la leyenda de que fue “gracias” a muchos de los soldados
llegados durante la intervención francesa a finales del siglo XIX, y que hartos
de la guerra o enamorados de México, decidieron no volver a Europa. Formaron
familias con las mujeres locales y se asentaron en aquellas tierras, dejando
una descendencia de piel apiñonada, cuerpos estilizados, rostros con facciones
afiladas y con frecuencia, ojos claros.
Cuando vi a
Alfonso recargado en uno de los andadores del Metro, no dudé en lanzar mi anzuelo,
el cual duraba apenas unos segundos. Le sostuve la mirada y lo saludé levemente
con la cabeza mientras sonreía. Si él fruncía el entrecejo o volteaba la
mirada, yo retomaría mi camino. Respondió con una sonrisita burlona al tiempo
que arqueaba una de sus cejas. Muy confiado me acerqué para saludarlo y decir
hola, pero detuve esa intención de inmediato cuando preguntó con aire retador:
—¿Por qué te ríes de mí?
—No, no me río de ti, me rio contigo —le
aclaré. Supuse que el encuentro había terminado y antes de poner reversa a mis
piernas, extendió la mano y se presentó. Al sonreír se le hicieron dos hoyuelos
en las mejillas cubiertas por una barba de dos o tres días de edad.
Las primeras veces pasamos la noche en mi
casa, luego a petición de Alfonso, lo hicimos solo en su cuarto, porque era
encargado de una farmacia al norte de la ciudad y debía abrirla a las seis de
la mañana, lo que complicaba nuestros encuentros.
Sin ningún problema me adapté al rol de
pasivo, porque él no le hacía a “eso” de darse sentones sobre una verga. Conociéndome, calculé que el romance duraría poco, sin embargo, una invitación
a su pueblo durante la Semana Santa, sacaría del baúl de la adolescencia, una
de mis más anheladas fantasías, la mexicanísima historia de amor campirano.
En esas vacaciones, primero pasamos una pintoresca
tarde en Pátzcuaro. A la mañana siguiente, muy temprano salimos rumbo a Ario de
Rosales y de ahí se tomó una camioneta colectiva que se adentraba por una vía estrecha
flanqueada por pinos. Después de cuarenta minutos de camino, ordeno al chofer
que se parara en Agua Zarca, lo cual me sorprendió porque no vi ninguna casa
cercana (ni lejana).
Con la carretera, entroncaba un flaco sendero de tierra por el que caminamos durante veinte minutos hasta que apareció una casita, luego otras y varios metros adelante, la casa de Alfonso. Era un caserío formado por doce familias.
Todas
las cabañas eran de madera y techos de palma seca, que parecían competir entre
sí para ver cuál tenía el mayor número de macetas repletas con una increíble
variedad de flores que estaban sobre piedras y troncos rebanados o ahuecados, igualmente colgaban de las vigas del techo. El terreno de sus padres estaba
bardeado por gruesas ramas de árbol enterradas en el suelo y en ellas se
entretejía una alambrada, también colmada de vainas y flores silvestres. A
nuestro encuentro salió un perrito “corriente” que se desbarataba en meneos y
chillidos de felicidad. Unos segundos después salía de la cocina una mujer de
aspecto modesto que podría tener 40 o 60 años, no sé. Vestía una blusa bordada
y la típica falda purépecha sujetada a la cintura por un ceñidor. Tenía el
cabello recogido en una larga trenza que remataba con listones de varios
colores. Con una franca sonrisa llena de
dientes blanquísimos, nos ordenó pasar para almorzar.
Sabiamente, la cocina estaba hecha de adobe y separada de la cabaña, tenía muchas repisas de madera sobre las que se almacenaban tarros con diferentes tipos de granos y semillas, café, hierbas secas o azúcar. De las vigas de madera sobre la que se sentaba la estructura del techo (lejos de gatos, tlacuaches o cacomiztles), colgaban en lazos, bolsas con pan, bolas de queso o carne seca. Sobre el piso había dos enormes jarrones de barro llenos de agua y en el centro estaba la estufa de leña; una especie de cubo con tres de cuatro paredes hechas con barro de un metro de largo y alto. Un entrepiso lo dividía. En la parte baja se almacenaban ramas y troncos de madera seca, encima ardían las brasas de carbón y hasta arriba lo cruzaba una serie de varillas de metal que podían sostener el peso de las cazuelas o el enorme comal, también de barro, donde se cocían las tortillas de maíz, que por cierto era pulverizado en un molino de mano instalado sobre una mesita en la esquina, aunque la señora nada más lo usaba cuando tenía flojera, porque lo ideal era moler el maíz en el metate (o iauali), ubicado en el piso y cubierto por un paño, “quesque” (según me informaba Alfonso con tono burlón) para evitar que alguna vecina tentona lo levantara y robara las fuerzas de su mamá.
Por la textura y suavidad de la masa resultante, la señora
podía asegurar si la mujer de una casa, era una fodonga y mal hecha.
Luego de disfrutar los exquisitos frijoles
machacados y refritos con manteca de puerco (que yo cuchareaba con pedazos de
tortilla recién cocida), Alfonso preguntó a su madre si el diablo estaba donde siempre, ella le dijo que sí —¿pues dónde más?
Entramos a la cabaña, se quitó los zapatos y
los canjeó por un par de huaraches de cuero, puso sobre su cabeza un sombrero
de palma y salió del cuarto. Oí que caminaba por la parte trasera de la cabaña.
Unos minutos después, escuché que gritó mi nombre y salí. Del otro lado de la valla
de ramas, lo vi encaramado sobre un musculoso caballo de tonos rojizos. En
cuanto llegué a la cerca, le soltó al animal un varazo en el cuarto trasero y
salió galopando a toda velocidad por la vereda, avanzaba un tramo, daba la
vuelta y regresaba a donde me encontraba, hacía relinchar y bufar al diablo para reiniciar nuevamente la
carrera. Era obvio que estaba presumiendo, y si creía que iba a impresionarme… superó con mucho su objetivo. Ver cabalgar (casi flotar) a Alfonso, montado a
pelo sobre ese hermoso animal y con la camisa desabotonada, humedecía mis
pensamientos. De nuevo parado frente a mí, decía que me acercara para
acariciarlo… —"¿al caballo? o tus pies
descalzos papito…" —respondí mentalmente, traicionado
por el culo. Afortunadamente salió al rescate la mamá. Mostraba una pequeña
cesta con un envoltorio de tela en el interior y avisaba que ya estaba listo el
lonche para su papá, el cual se
encontraba trabajando en la parcela desde que amaneció.
El
resto de ese y los demás días, almacené una gran cantidad de preciosos
recuerdos y experiencias:
° Nadamos
en un arroyo cercano, lleno en ambas orillas, de jóvenes ahuehuetes (mientras
yo abrazaba uno de ellos, Alfonso me cogió).
° Nos internamos en un bosque tupido de pinos para que pudiera conocer, o al menos escuchar
a los pájaros carpinteros (mientras oía como uno de ellos ametrallaba
el tronco de un árbol… Alfonso, me cogió).
° Íbamos
a subir una colina cercana para observar su poblado desde las alturas (y donde
muy probablemente él me cogería) pero a medio camino se detuvo, escuchamos un
cascabeleo a varios metros y Alfonso salió corriendo despavorido, advirtiéndome
que era una serpiente.
° Otra
mañana, levantando piedras me apostaba a que pronto hallaría un alacrán (esta
ocasión, al que se cogió fue al pobre bicho). Cuando lo encontró, sujetó su
cola con una pequeña horqueta y con otra rama le trozaba el aguijón. Entonces
lo tomó con los dedos y se lo puso en la frente, retándome a imitarlo, al mismo
tiempo que el escorpión corría por toda su cara.
Escuchar
los chismes sobre los vecinos, que la mamá de Alfonso compartía conmigo, era
una delicia.
El matrimonio de la
primera casa le tenía envidia porque únicamente procreaba niñas; tuvieron ¡18
hembras! seguidas, antes de que al fin naciera el machito. La de al lado se
creía muy fina porque tenía ojos azules, pero era una cochina que no mantenía
dentro del chiquero a sus cerdos, que iban y se comían la mierda que toda esa
familia hacía en el “baño” (que en realidad era una empalizada al final de su
terreno). También lamentaba no haberle
quitado lo berrinchudo a su hijo (mi galán).
Todo esto me lo contaba en lo que limpiaba su estufa al final de la jornada. Sin duda una rutina maravillosa. De una olla sacaba un puño de tierra roja que conseguía al pie de un cerro cercano, la mezclaba con agua y con una escobetilla de paja frotaba las paredes del fogón con ese caldo sangriento, hasta que el hollín negro desaparecía. Al secar la arcilla, el mueble quedaba como si se acabara de construir y pintar. Nunca he dudado que era, un ama de casa perfecta.
Por su parte, Don Alfonso (padre) era un hombre corpulento y de trato áspero, mas platicar con él por las noches también resultaba mágico. El caserío no tenía electricidad y las cabañas se alumbraban con quinqués de petróleo, aunque algunas noches prefería no encenderlos para contemplar las estrellas.
La última vez que fui a esa casa, llevé un atlas astronómico que ilustraba las constelaciones. Al señor le encantó ver que existía un mapa de estrellas.
Entre los dos localizábamos las figuras más conocidas en el atlas y luego en el cielo. Cuando yo decía el nombre de dicha constelación, él la nombraba de la manera en que la conocía. El cinturón de Orión eran los Reyes Magos, al sistema estelar binario dentro de Tauro le llamaba los ojitos de Santa Lucía y la Osa Mayor era conocida como la carreta.
Incluso
por la noche ya en la cama, cuando deberíamos dormir cobijados por una
oscuridad total, Alfonso me instruía sobre el nombre de los animales que afuera
emitían tal o cual sonido, y claro… también me cogía. La cama de sus padres
quedaba a escasos metros, así que yo debía mantenerme mudo y estático en lo que
él molía (sin metate, aunque sí con su metlapil) mi trasero, conteniendo las convulsiones que nacían de mi
venida.
¿Que por qué se acabó tan buena historia?
° Tenía problemas para controlar su ira. La moderaba tomando Valium todos los días, que tenía a su total disposición en la farmacia.
° Era muy celoso, soberbio y orgulloso.
° La combinación de esos defectos lo llevó en un arranque, a asestarme un horrible cachetadón en público… Que vergüenza, pero debo revelar que ya me había dado otro en su casa unas semanas atrás, y después de llorar y jurarme que no volvería a pasar, lo “perdoné”.
° Entonces recordé que mi madre siempre decía, que una vez que la pareja te golpeaba, no dejaría de hacerlo y por el contrario, iniciaría una escalada con tristes consecuencias.
Desde ese momento dejé de contestar sus
llamadas. Alfonso se presentó al tercer día en la biblioteca para pedir que
habláramos. Durante dos horas insistió. Al principio pedía con timidez otra
oportunidad para “cambiar”, luego intentó con el clásico:
—No
voy a enojarme, solo dime si es que ya hay alguien más… —a lo que respondí...
—No
hay nadie, pero cuando lo haya, no va a ser un golpeador.
Entonces modificó el
tono hacia la amenaza, no cedí.
Toda la siguiente semana telefoneó con persistencia
al trabajo o a mi casa, hasta que en la última llamada en la que regresaba a la
intimidación, le grité que hiciera lo que le diera su puta gana, pero no
volvería con él jamás.
Hasta
el día de hoy me provocaba mucha rabia recordarlo, ese idiota lo echó todo a
perder. Sin embargo, escribir este cuento, ha puesto en su justo lugar mis
sentimientos.
Esa región
en la actualidad está controlada por los narcotraficantes. Si Alfonso estuviera
vivo, ¿habrá podido conservar la tierra de sus padres? O tal vez, su perfil
psicológico resultó ser ideal para convertirse en un capo… Será???



