1983 Agustín
Son la tres
de la tarde, acabo de salir de trabajar en la biblioteca y hoy, igual que todos
los días, hago una ronda por los pasillos de la estación Balderas del Transporte Colectivo Metro antes de ir a casa.
Creo que es mi día de suerte porque pronto hago contacto visual con un machito de aspecto fortachón. Sé que en unos segundos estaremos platicando, pero no puedo evitar que mi imaginación comience a calcular el rol sexual que jugaré, el tamaño de su pene, si será lampiño o tetón. Por los rastros de polvo o cemento en las botas industriales que trae puestas, apuesto a que trabaja en el ramo de la construcción, sus manos deben ser rasposas………...... Mi mente por su cuenta, comenzó impaciente a masturbarse. Ya está aquí, muestro alegría, ambos estiramos la mano para el saludo, y mientras él dice —"Hola"—, despliega su sexi sonri... ¡Santa Madre!, de su boca sale un hedor a tacos y tiene entre los dientes pedazos de cilantro.
Finalmente tendré sexo con Agustín, aunque el camino a casa es una tortura para mis ojos y nariz.
Urge llegar para invitarlo
sin que se sienta ofendido, a asearse la boca.
El Metro de la Ciudad de México fue uno de mis
proveedores de placer más importantes hasta inicios del nuevo milenio. Según los
registros que he hecho, tan solo veintitrés de los Nombres de mis Hombres surgieron
de ahí (eso sin considerar a quienes no ganaron un lugar en esta antología).
Incluso en sus pasillos conocí a tres de los
grandes amores de mi vida.
La acción entonces, era diferente a la que hoy se lleva a cabo en sus instalaciones, incluso admitiendo que la motivación siempre ha sido la misma. Hace 40 años los ligues se daban mientras esperabas parado en el andén o los pasillos de tránsito en estaciones donde había correspondencia entre dos líneas. Mis favoritas fueron Balderas e Hidalgo. El tipo de tocamientos sin ninguna limitación que hoy se realiza entre hombres, era impensable en esa época. El instrumento clave para contactar a chicos que no eran obvios, eran los ojos. Una primera ojeada bien calculada, apenas más corta de la que un machín podría interpretar como invitación a la bronca, te indicaba si tenías o no alguna posibilidad, ya sea porque al tipo no le gustabas o era hetero. Si te daba luz verde, lanzabas otra miradita más firme de la que se podía sacar información adicional, si respondía esquivo, pero siempre conectando contigo, deducías que era “tímido”, si la sostenía igual que tú, era el momento de sonreír si no es que lo hacía él antes. Los audaces y prácticos recurrían a la inequívoca mirada braguetera, o su contraparte, en la que mientras te miraba con aire de campeón, el amigo se sobaba fugazmente el paquete.
El
inconveniente de esta última respuesta era que existía la posibilidad de que se
tratara de un “gancho”, un extorsionador coludido con la policía asignada a este
servicio de transporte.
Una vez que el ligue cuajaba, se rompía el
hielo con las clásicas (casi rituales) interrogantes:
—¿Estudias o trabajas? o ¿Tienes un cigarro? —que derivaría más adelante en la cínica respuesta...
—No, pero si quieres te puedo dar la hora.
Luego venía el intercambio de nombres y datos que incluían la escuela o centro de trabajo, edad, rol sexual, etcétera. Siempre platicaba
con ellos, aunque fuera brevemente, antes de decidir si la aventura se consumaba
o no. Con el pretexto de invitarles a tomar un refresco, iba añadiendo a la
imagen física de mi ligue, elementos como la actitud o su tema de conversación,
que filtraba por un cedazo de intuición y psicología de bolsillo. Si esta etapa
era exitosa, había varios posibles desenlaces: ir a su casa, a la mía (en la
mayoría de los casos), ir a un hotel o a una sauna individual.
Igual que hubo magníficas cosechas en ese
huerto subterráneo, tuve días en los que mi obsesión por ligar me llevó a estar
parado hasta ¡seis horas! buscando el sabroso fruto que nunca cayó. Regresaba a
casa frustrado, enojado conmigo por haber tirado el tiempo de esa manera y
tachándome de ser un fiasco de “metrero”.
De esa forma en que lo mencioné al inicio, los gays siempre
hemos buscado sexo ocasional si de ligar se trata en el Metro, pero actualmente
no puedo dejar de sentir algo raro cuando, adentro de un vagón, veo a un chico
bajarse los pants deportivos y ser penetrado sin siquiera voltear a ver quién
lo hace. Sé que también sucede lo mismo en los cuartos oscuros, las cabinas o
en los saunas; yo he tenido sexo exprés ahí delante de otros hombres y lo
justifico pensando en que esos lugares son para “eso”. Mi objeción está en que el Metro es un
lugar público. Hace unos años, leí que varios integrantes del colectivo LGBT+ crucificaron
mediáticamente y tacharon de homofóbico a un veterano activista por los
derechos civiles de los homosexuales cuando éste mencionó que, coger en la
calle igual que lo hacían sus perros, era muchas cosas, menos una conquista
social.
Juro que intento encontrar la razón de mi
incomodidad ante el sexo en público, ¿resquicios de moralismo, prejuicios,
decadencia en mis principios revolucionarios o senilidad prematura?
De verdad mis
ideas se atascan cuando debo tomar una posición al respecto, y siempre recurro
a un truco muy extremo pero efectivo para desatorarlas. Me pregunto —¿Qué prefieres?: ver como encarcelan,
ahorcan o lanzan desde un edificio a un hombre homosexual en alguna de las
muchas naciones pobladas por casi mil millones de seres humanos, o ver que se
están tirando como gallina a tu amigüis en el último vagón.
¡Adelante
manitas!… ya lo dijo Mecano, —“si no gusto,
ya sé lo que hay que hacer”.



