1983 Carlos
Carlos me platicó que en la secundaria donde
estudió lo apodaban Pancho Pantera, un personaje que ilustraba el envase de
un producto a base de chocolate y leche en polvo, que prometía poner fuertes a
los niños que lo tomaran. El sobrenombre le quedaba al dedo. Su pecho era
ancho, con brazos fuertes, nalgas pequeñas y firmes, cara redonda, grandes y
expresivos ojos negros con las pestañas caídas (similares a los de un venado).
Su
padre, a quien no veía desde hace una década, tenía una tienda de artesanías
mexicanas en alguna ciudad del norte de los Estados Unidos. Logró salir
adelante a pesar de ser ilegal, pero no podía arriesgarse a dejar aquella
nación, no obstante, en ningún momento dejó de enviar el suficiente dinero para que la familia
pudiera vivir sin penurias y estudiaran lo que desearan, siempre y cuando fuera
en alguna universidad pública.
Como sentía mucha atracción por este novio,
en unas semanas pasé a formar parte de su séquito, pendiente para complacerle
con algún pequeño capricho (un helado o refresco, una salida al cine,
etcétera.)
Después de varios meses, comenzó a ser indiferente a mis caricias, no llamaba por teléfono durante días y cuando yo marcaba a su casa, recibía insultos de sus hermanas que a través del auricular me gritaban antes de colgar, que dejara en paz a su hermano pues "ya estaban cansadas de que lo hostigaran tantos maricones".
Finalmente cuando logré que aceptara una invitación para tomar cerveza, apenas terminó la primera,
Después de varios meses, comenzó a ser indiferente a mis caricias, no llamaba por teléfono durante días y cuando yo marcaba a su casa, recibía insultos de sus hermanas que a través del auricular me gritaban antes de colgar, que dejara en paz a su hermano pues "ya estaban cansadas de que lo hostigaran tantos maricones".
Finalmente cuando logré que aceptara una invitación para tomar cerveza, apenas terminó la primera,
Pasaron cuatro años y lo reencontré, tenía el mismo cuerpo macizo, pero había cambiado su
actitud. Algo en esos pocos años quebró su garbo.
A la mamá, siempre ocupada en tomar café y jugar cartas en casa de sus amigas, le tenía sin cuidado la carencia de relaciones sexuales durante una década, y aseguraba que su marido lo tomaba con igual filosofía. Hasta que el señor terminó por confesar a su esposa, que allá había formado otra familia.
Desde ese día la mujer y las hijas vivirían echando pestes de ese ingrato al que le habían dado “todo”. Carlos se fue a Texas para vivir una tóxica relación con algún hombre celoso y controlador.
Regresó para terminar sus estudios y comentaba que le gustaría continuar con lo “nuestro”.
A la mamá, siempre ocupada en tomar café y jugar cartas en casa de sus amigas, le tenía sin cuidado la carencia de relaciones sexuales durante una década, y aseguraba que su marido lo tomaba con igual filosofía. Hasta que el señor terminó por confesar a su esposa, que allá había formado otra familia.
Desde ese día la mujer y las hijas vivirían echando pestes de ese ingrato al que le habían dado “todo”. Carlos se fue a Texas para vivir una tóxica relación con algún hombre celoso y controlador.
Regresó para terminar sus estudios y comentaba que le gustaría continuar con lo “nuestro”.
Mientras lo escuchaba, trataba de
encontrar algo de aquel brillo en sus ojos que me cautivó, mas solo sentía a
un hombre apagado, sin energía vital, conduciendo el vehículo de su existencia
en automático.
Es posible que únicamente necesitara tiempo para reconstruirse, aunque tampoco me preocupaba, así que lo nombre el primer integrante del Club de flores de un día.
Es posible que únicamente necesitara tiempo para reconstruirse, aunque tampoco me preocupaba, así que lo nombre el primer integrante del Club de flores de un día.
Y no hablo como aquellos que después de haber
asistido al reencuentro de la generación mil novecientos setenta y tantos, de
la secundaria X, aseguran que sus excompañeros parecían pergaminos. No.
Tiene que ver con aquellos hombres y mujeres cuyo brevísimo resplandor, dependió nada más de esa chispa de juventud y luz otorgada a todos, y que tal vez no se supo
o pudo alimentar con sueños, rebeldía, placer, salud, propósitos, espíritu o inteligencia, y se extinguió antes de que se dieran cuenta.



