jueves, 5 de octubre de 2023

1983 Carlos

                                                                                                                                                                                                             1983 Carlos

   Carlos me platicó que en la secundaria donde estudió lo apodaban Pancho Pantera, un personaje que ilustraba el envase de un producto a base de chocolate y leche en polvo, que prometía poner fuertes a los niños que lo tomaran. El sobrenombre le quedaba al dedo. Su pecho era ancho, con brazos fuertes, nalgas pequeñas y firmes, cara redonda, grandes y expresivos ojos negros con las pestañas caídas (similares a los de un venado).

     La escuela para maestros donde estudiaba le pidió un trabajo sobre las culturas del mundo, expuestas en el Museo Nacional de Historia. Yo lo visitaba también. En alguna de las salas lo descubrí haciendo apuntes, 
y obtuve un 10 de calificación al seducirlo. Tenía cuatro hermanas mayores y él era el único varón, por lo que siempre recibió la atención y mimos de ellas y la mamá.
   Su padre, a quien no veía desde hace una década, tenía una tienda de artesanías mexicanas en alguna ciudad del norte de los Estados Unidos. Logró salir adelante a pesar de ser ilegal, pero no podía arriesgarse a dejar aquella nación, no obstante, en ningún momento dejó de enviar el suficiente dinero para que la familia pudiera vivir sin penurias y estudiaran lo que desearan, siempre y cuando fuera en alguna universidad pública.
 
   Como sentía mucha atracción por este novio, en unas semanas pasé a formar parte de su séquito, pendiente para complacerle con algún pequeño capricho (un helado o refresco, una salida al cine, etcétera.)            
   Después de varios meses, comenzó a ser indiferente a mis caricias, no llamaba por teléfono durante días y cuando yo marcaba a su casa, recibía insultos de sus hermanas que a través del auricular me gritaban antes de colgar, que dejara en paz a su hermano pues "ya estaban cansadas de que lo hostigaran tantos maricones".
   Finalmente cuando logré que aceptara una invitación para tomar cerveza, apenas terminó la primera,
y dejó el lugar acompañado por uno de mis amigos. ¡Está bien! lo entendí...
 
 

   Pasaron cuatro años y lo reencontré, tenía el mismo cuerpo macizo, pero había cambiado su actitud. Algo en esos pocos años quebró su garbo.
   A la mamá, siempre ocupada en tomar café y jugar cartas en casa de sus amigas, le tenía sin cuidado la carencia de relaciones sexuales durante una década, y aseguraba que su marido lo tomaba con igual filosofía. Hasta que el señor terminó por confesar a su esposa, que allá había formado otra familia.
   Desde ese día la mujer y las hijas vivirían echando pestes de ese ingrato al que le habían dado “todo”. Carlos se fue a Texas para vivir una tóxica relación con algún hombre celoso y controlador.
   Regresó para terminar sus estudios y comentaba que le gustaría continuar con lo “nuestro”.
   Mientras lo escuchaba, trataba de encontrar algo de aquel brillo en sus ojos que me cautivó, mas solo sentía a un hombre apagado, sin energía vital, conduciendo el vehículo de su existencia en automático.
   Es posible que únicamente necesitara tiempo para reconstruirse, aunque tampoco me preocupaba, 
así que lo nombre el primer integrante del Club de flores de un día.
   Y no hablo como aquellos que después de haber asistido al reencuentro de la generación mil novecientos setenta y tantos, de la secundaria X, aseguran que sus excompañeros parecían pergaminos. No. Tiene que ver con aquellos hombres y mujeres cuyo brevísimo resplandor, dependió nada más de esa chispa de juventud y luz otorgada a todos, y que tal vez no se supo o pudo alimentar con sueños, rebeldía, placer, salud, propósitos, espíritu o inteligencia, y se extinguió antes de que se dieran cuenta.