jueves, 5 de octubre de 2023

Bitácora de viajes

1997 Agosto: noveno viaje de Marihuana                     ENCAMINO A MI HERMANO MIGUEL ÁNGEL

 
   Sigo muy enojado con la manera en que se fue mi hermano Miguel Ángel a los 36 años de edad.  
   La considero una muerte estúpida. Meses atrás habíamos tenido una discusión muy fuerte cuando aparecieron los primeros síntomas de su deterioro. Yo le preguntaba si valía la pena tanto trabajo, contestó furioso que haría lo que fuera para dar a sus hijos lo que él no pudo tener.
 
   Era chofer de tráileres, ganaba lo suficiente para darle una vida digna a su familia. Pero digno no era suficiente para Laura su esposa; siempre hacía falta más. Una tele más grande, otra tele para los niños, más ropa, pero ropa de marca, más de todo. El dinero no alcanzaba, así que pedía viajes cada vez más lejanos, que requerían 12, 18, 24, 36 horas de manejar sin parar. Además, tenía pésimos hábitos alimenticios que transmitió a toda su familia.
Esta combinación de muchas horas sentado, pastillas inhibidoras del sueño, coca cola, embutidos, tacos en la casa y en la carretera, le provocó daño y dolor en los riñones, al principio controlables con aspirina, luego con prodolina. Después de un tiempo ya no funcionó.
   En una farmacia le recomendaron unas pastillas que decían ser “milagrosas” y le quitarían todas las molestias sin necesidad de hacer ningún cambio en su rutina. Era cortisona.
   Comenzó tomando una a la semana. Cinco años después eran necesarias 3 pastillas diarias, hasta que un día su cuerpo no le obedeció, no pudo levantarse. Los médicos del hospital me dijeron que no entendían por qué seguía vivo, tenía el hígado, riñones y corazón deshechos. Cayó en coma y murió dos semanas más tarde.
 

   Ya estuvo bueno. Te he regañado lo suficiente, hermano. Debo dejarte descansar en paz.  
   Compré para ti, la fosa en la que yace tu cuerpo, mas no tengo un lugar donde colocar tu alma, la de ninguno de los que he amado y amaré.
   Buena idea... debería construirlo. Creo que sé cómo hacerlo.
 

   Acostado boca arriba sobre el edredón, miro hacia la pantalla de luz que instalé en el techo del dosel que rodea mi cama. La luz que atraviesa la tela es muy suave, tiene un tono azulado, el color del cielo, un cielo con nubes majestuosas por donde estoy volando, buscando. Se despeja un poco y encuentro una colina, justo lo que necesito.

   ¿Cómo será la construcción? La referencia más cercana a un mausoleo digno de mi proyecto es… el Taj Mahal. ¡Por supuesto! Hace poco estuve frente a él, sentado sobre
el pasto de sus jardines, pasmado por su silueta. Recordando que cuando era niño, vi a mi papá armar durante muchos días, un pequeño modelo a escala de ese edificio. Recordando que ir a la India, era el sueño de mamá. Supongo que el de ambos.
   Y yo lo contemplaba con mis ojos, con los ojos de mamá, con los ojos de papá.
   Una pequeña adecuación y listo: el mármol blanco es translúcido, casi etéreo.
   En el interior, aprovecharé la enorme bóveda para construir un mecanismo.
   En el centro de la cúpula flota un punto luminoso del que brotan haces de luz muy bien definidos.
En el extremo de cada haz hay otro punto luminoso, del que salen a su vez más rayos que rematan con puntos luminosos que se interconectan indefinidamente. Una especie de estructura geodésica multidimensional, pero de luz.
   El punto en el centro soy yo, el extremo de cada rayo que se desprende de mí, representa a cada una de las personas que llevo en mi alma: mamá, papá, abuelas y abuelos, a mis amados, a todo aquel que forma parte de mi memoria, y por supuesto, a mi hermano Miguel.
   Lo prodigioso de esta maquinaria es que en cuanto localizo el punto de mi hermano, en ese instante toda la estructura se acomoda de manera en que ahora Miguel (su fuente luminosa) pasa a ser el nuevo punto central de la cúpula. De él irradian muchas líneas de luz. En cada extremo, puedo ver que surgen sus hijos, sus amores, nosotros su sangre. Todos ocupando un punto del que nacen más y más centros de luz.

   No solamente se manifiestan los que ya se han ido, estamos todos, pues ese espacio es intemporal.
   Quiero hacer otra prueba para comprobar su capacidad, regreso a mi punto, identifico aaaaaaa, Martín. ¡Oh maravilla! Ahí estás, en el centro, con toda tu corte de afectos. ¡Funciona!
   Aquí podría caber muy bien, toda la humanidad.


   Descansa hermano, te amo, nos vemos luego. De hecho… ya estamos juntos.
 




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