1978 Israel
“Las personas como tú siempre terminan de tres maneras: de travestis,
prostituyéndose o sifilíticos”.
Aseveró mi mamá con gravedad cuando me
negué a asistir con el Doctor Numa Castro Guevara, un muy prestigiado psicoanalista,
director de la Clínica de la Conducta que había publicado diversos ensayos
sobre homosexualidad y terapeuta suyo. Mamá llevaba algunos años
trabajando y buscando respuestas en el subconsciente que le ayudaran a
entender su presente a partir del pasado, y poder entonces reconstruirse en un
mejor futuro. Pero la técnica freudiana de Castro Guevara estaba próxima a ser
rebasada por nuevas corrientes psicológicas menos ortodoxas.
Luego estuvo una
brevísima temporada en el consultorio de un patético loquero que la envolvió en
una retorcida teoría del porqué mi madre era una seductora compulsiva, y para
probarlo, tendría relaciones sexuales con ella, irónicamente sobre el mismo
diván donde mamá esperaba ser sanada.
Afortunadamente, un nuevo cambio de
terapeuta la llevó a una doctora con la que progresivamente pudo ir limpiando
las pústulas de sus heridas y retirar las costras que le impedían ver la carne viva de su
propia historia.
Pero eso pasó años después de la narración que hoy
escribo, porque la profecía que (como omnipotente bruja) ella lanzara en la víspera
de mi destierro, se cumpliría muy pronto.
En la Zona Rosa encontré a Israel,
que sin ser mulato parecía uno. Color canela, ojos grandes y rebosantes de
pestañas, labios muy carnosos y un año menor que yo. Cursaba el primer grado en
la Escuela Normal de Maestros. Inicié un noviazgo con él instantáneamente, cuya
consumación carnal en mi colchoneta, se dio con igual urgencia.
Debido a que estudiaba
y vivía con sus padres, únicamente lo podía ver una vez a la semana. A la sexta
semana, se sumaba a nuestros besos y arrumacos, un dolorcito en ambos lados de
la zona inguinal. Se había incrementado los últimos días hasta que aparecieron
unos abultamientos del tamaño de un haba. Decidí ir al departamento donde ahora
vivía mi mamá para contarle lo que pasaba. Habló por vía telefónica con un
compañero laboratorista del mismo hospital donde ella trabajaba y la mañana
siguiente me presenté ante él. Con una jeringa, extrajo sangre de mi brazo y
pidió que regresara 24 horas después.
Como Ifigenia cubierta de tragedia y
rumbo al matadero, caminaba hacia la casa de mi mamá para entregarle los
resultados. En el trayecto recordaba sus palabras, y que:
Yo había vencido a la
(plena de lentejuelas) tentación del travestismo.
Nunca nadie, volvería a tomar mi
verga o culo por dinero
(o con pistola).
Sin embargo, no pude escapar del
tercer hechizo... tenía sífilis.
Mi madre, con mucho menos dramatismo, sacó de su
bolso seis cajitas, cada una con un frasco de Benzetacil de
1 200 000 unidades y
un paquete de jeringas. Me inyectaría ese día una ampolleta en la nalga
derecha y otra en la izquierda, la misma dosis en ocho días y otra más en la
tercera semana.
Nietzsche, Rimbaud, Baudelaire, Goya o Catalina de Rusia no
tuvieron la suerte que tuve, al nacer después del descubrimiento de la
penicilina.
Misma suerte que compartí con Israel, al que llevé con Memo para
que lo inyectara. Nunca me aseguré mediante un estudio de laboratorio si él
tenía o no la enfermedad, pero coincidíamos en los mismos síntomas, de igual manera con la costumbre todavía universal de coger a pelo. La entrada en escena del
condón, todavía esperaría varios años más.
Para la tercera visita médica a la
casa de mamá, ya pesaban sobre mí dieciocho meses en los que el viento y el
azar me habían tratado cual hoja seca o pedazo de papel en un torbellino.
Con el orgullo machacado, le pedí a mi madre ayuda para encontrar un trabajo
formal.


