jueves, 5 de octubre de 2023

1978 Israel

                                                                                                                                                1978 Israel


   “Las personas como tú siempre terminan de tres maneras: de travestis, prostituyéndose o sifilíticos”.
   Aseveró mi mamá con gravedad cuando me negué a asistir con el Doctor Numa Castro Guevara, un muy prestigiado psicoanalista, director de la Clínica de la Conducta que había publicado diversos ensayos sobre homosexualidad y terapeuta suyo. Mamá llevaba algunos años trabajando y buscando respuestas en el subconsciente que le ayudaran a entender su presente a partir del pasado, y poder entonces reconstruirse en un mejor futuro. Pero la técnica freudiana de Castro Guevara estaba próxima a ser rebasada por nuevas corrientes psicológicas menos ortodoxas.
   Luego estuvo una brevísima temporada en el consultorio de un patético loquero que la envolvió en una retorcida teoría del porqué mi madre era una seductora compulsiva, y para probarlo, tendría relaciones sexuales con ella, irónicamente sobre el mismo diván donde mamá esperaba ser sanada.
   Afortunadamente, un nuevo cambio de terapeuta la llevó a una doctora con la que progresivamente pudo ir limpiando las pústulas de sus heridas y retirar las costras que le impedían ver la carne viva de su propia historia.
   Pero eso pasó años después de la narración que hoy escribo, porque la profecía que (como omnipotente bruja) ella lanzara en la víspera de mi destierro, se cumpliría muy pronto.

   En la Zona Rosa encontré a Israel, que sin ser mulato parecía uno. Color canela, ojos grandes y rebosantes de pestañas, labios muy carnosos y un año menor que yo. Cursaba el primer grado en la Escuela Normal de Maestros. Inicié un noviazgo con él instantáneamente, cuya consumación carnal en mi colchoneta, se dio con igual urgencia. 
   Debido a que estudiaba y vivía con sus padres, únicamente lo podía ver una vez a la semana. A la sexta semana, se sumaba a nuestros besos y arrumacos, un dolorcito en ambos lados de la zona inguinal. Se había incrementado los últimos días hasta que aparecieron unos abultamientos del tamaño de un haba. Decidí ir al departamento donde ahora vivía mi mamá para contarle lo que pasaba. Habló por vía telefónica con un compañero laboratorista del mismo hospital donde ella trabajaba y la mañana siguiente me presenté ante él. Con una jeringa, extrajo sangre de mi brazo y pidió que regresara 24 horas después.


   Como Ifigenia cubierta de tragedia y rumbo al matadero, caminaba hacia la casa de mi mamá para entregarle los resultados. En el trayecto recordaba sus palabras, y que:

   Yo había vencido a la (plena de lentejuelas) tentación del travestismo.

   Nunca nadie, volvería a tomar mi verga o culo por dinero
(o con pistola).

   Sin embargo, no pude escapar del tercer hechizo... tenía sífilis.

   Mi madre, con mucho menos dramatismo, sacó de su bolso seis cajitas, cada una con un frasco de Benzetacil de
1 200 000 unidades y un paquete de jeringas. Me inyectaría ese día una ampolleta en la nalga derecha y otra en la izquierda, la misma dosis en ocho días y otra más en la tercera semana.

   Nietzsche, Rimbaud, Baudelaire, Goya o Catalina de Rusia no tuvieron la suerte que tuve, al nacer después del descubrimiento de la penicilina.
   Misma suerte que compartí con Israel, al que llevé con Memo para que lo inyectara. Nunca me aseguré mediante un estudio de laboratorio si él tenía o no la enfermedad, pero coincidíamos en los mismos síntomas, de igual manera con la costumbre todavía universal de coger a pelo. La entrada en escena del condón, todavía esperaría varios años más. 


   Para la tercera visita médica a la casa de mamá, ya pesaban sobre mí dieciocho meses en los que el viento y el azar me habían tratado cual hoja seca o pedazo de papel en un torbellino. Con el orgullo machacado, le pedí a mi madre ayuda para encontrar un trabajo formal.