1978 Raymundo
Una tarde fui al cuarto donde vivía Guillermo, no para tener sexo, nada más
para saludarlo pues decidimos que solo seríamos amigos. No estaba. Sin embargo, un chico con un copete muy bien peinado abrió la puerta y me dejó entrar. Comentó, que aquel a quien yo buscaba había salido a hacer unas cosas y
regresaría más tarde. Dijo llamarse Raymundo y también ser amigo de Memo. Él había
llegado treinta minutos antes.
A pesar de haber trabajado en la mañana, le habían
solicitado regresar por la tarde para cubrir el turno de alguien que no se
presentaría ese día. Así que le pidió a Memo dejarlo dormir unas horas antes de
regresar a su centro de trabajo.
Mientras el chaval me ponía al tanto de sus
asuntos, se fue despojando; primero de los zapatos acharolados, luego de una
camisa blanca muy bien almidonada y por último, del pantalón negro
perfectamente planchado. Con mucho cuidado iba colocando cada prenda sobre una
silla. Seguí la serie de movimientos con bastante interés… y morbo.
En la primera toma, apareció un par de pectorales abombados sobre su pecho lampiño.
En
la segunda escena, estaba erguido y lo único que arropaba el apetitoso cuerpo
moreno era su ropa interior. Para entonces creo que mis pupilas se habían
dilatado como telescopios. Si es verdad lo que decían los manuales de
sexología, él debió haber interpretado mi señal sexual, porque en el tercer y último acto, la tela en la bragueta de sus
calzoncillos comenzó a levantarse más y más.
El telón cayó, junto con mi ropa. Ese día, Ray trabajaría tres
turnos.
Raymundo era mesero en un famoso restaurante llamado Los Guajolotes. Llevaba un lustro trabajando ahí desde que salió a los 22 años de una
pauperizada comunidad otomí. Ganaba buenas propinas y eso le permitió rentar, a
una hora de camino, una habitación bien acondicionada con cocineta y baño
propios.
“Dormí” varias ocasiones en su casa. Me agradaba su actitud de hombre
serio y pulcro, no obstante estaba lleno de ideas fijas.
Una vez, se sintió
confiado para mostrarme una marchita foto donde él aparecía vestido con calzón
y camisa de manta blancos, a la usanza de sociedades indígenas agrícolas,
guiando una yunta por el campo de cultivo. Para mí fue revelador descubrir que
el impulso homosexual no tenía nada que ver con región o grupo social alguno.
A
pesar de que Raymundo me gustaba mucho, cada vez que tenía relaciones con él,
yo procuraba alargar la fase de juegos y estímulos eróticos (caricias, besos,
mamadas, etc.) lo más posible, porque una vez que me penetraba, se
movía como gallo y en unos segundos se vaciaba.
Eso, ya no me sorprendía tanto.
De hecho, se estaba volviendo un rasgo común en los hombres con los que ejercía el rol de pasivo.
Suponiendo que esa fuera la regla, entonces mi objetivo
serían las excepciones que había vivido en culo —perdón—, en carne propia.
En mi
cabeza, comencé a trabajar la tesis de que (hablando en términos de leyes de
mercado) había mucha oferta de pasivos y pocos pero muy demandados activos,
incluso a pesar de su bajo desempeño. La competencia entre quienes daban las
nalgas era muy reñida y casi siempre la ganaban los rostros lindos, los ojos
claros, la nariz finísima y la piel blanquita. Me encontraba, quizás, a la mitad del
camino. Haciendo proyecciones, resultaría más rentable endurecer la postura,
fruncir el ceño y rascarme con mayor frecuencia los huevos; bueno, no tanto,
pero sonaba promisorio.
Respecto al rol que jugaría en la cama, simplemente
trasladé mis expectativas de lo que esperaba al ser penetrado, a lo que YO
debería hacer cuando penetrara a alguien.
¿Me gustaba ser besado?: besaría
mucho.
¿Gustaba de ser acariciado?: acariciaría más.
¿Esperaba ser disfrutado?:
disfrutaría cada centímetro de sus cuerpos.
¿Deseaba satisfacerme?: entonces,
sus orgasmos serían mis trofeos.
Además, toda esa “filosofía” era compatible
con las enseñanzas sobre sexualidad que mamá nos brindó. Siempre la oímos decir
que el placer sexual era un regalo de la vida para ser felices. Estaba ahí, en
nuestros cuerpos y solamente había que descubrirlo y ejercerlo.
Ella misma lo
había vivido. Todo ese misterio que envolvía al “amor sensual”, ese que
brotaría de manera natural una vez que se casara, desapareció la misma noche de
su boda, para ser sustituido por una aplastante y duradera frigidez que la
acompañaría los nueve años que estuvo unida a mi padre.
Fueron precisamente sus
primeros orgasmos con un amorío en la clínica donde comenzó a trabajar, los
que llenaron de poder su espíritu, y convencimiento para divorciarse de mi
papá. Desde entonces se hizo gestora de su propio placer y descubrió, igual que lo haría yo décadas más tarde, que la mejor vía para garantizar el propio orgasmo era tomar el control del juego, era ser ACTIVOS.
Incluso en el caso de que quisiera comerme una verga que me gustara (¡claro! Por qué no iba yo a
desearla, aun después de mi cambio de rol) sería con hombres que gozaran el
dejarse hacer, más que el hacer.
Hasta para ser pasivo, yo sería activo.


