1977 Alejandro
Llegamos Miguel Ramos (el mejor amigo que he tenido en mi vida) y yo
al Villamar, una cantina muy popular ubicada en el amplio sótano de un
edificio, a una calle del Palacio de Bellas Artes. La Celsa, una loca enorme con rasgos muy toscos y voz potente, está terminando de cantar:
♪♫
Madrid, Madrid, Madrid, en México
se piensa mucho en ti…♪♫
Es la última pieza de su presentación “espontánea”. El momento culminante es
cuando finaliza la canción y arroja a la multitud (que explota en gritos y
aplausos) un manojo de servilletas de papel de estraza que utilizaba simulando un abanico mientras cantaba. Igual que desde hace una infinidad de noches, ya
tiene garantizada la borrachera, pues para cualquiera de los presentes en
alguna de las treinta o cuarenta mesas del lugar, será un honor invitarle las
cervezas que refresquen su garganta.
Además de esta etílica estrella, siempre hay mucha
gente interesante que ver y conocer. Caminamos por la cantina buscando una mesa
disponible que no hay, y menos para dos chicos de 19 años sin dinero
para consumir, aunque casi siempre los hermosos ojos de Miguel o mis nalgas,
logran conseguir la invitación a una mesa y por lo menos un trago. Mi amiguis
dice que alguien está invitándonos a tomar asiento. Miguel se muestra muy
natural, pero yo estoy algo intimidado. Es Alejandro Braun.
Lo he visto en la
Zona Rosa y en otros bares. Es una leyenda, es un niño bien, es muy atractivo
y también tiene un poderoso magnetismo sexual. Todos desean estar con
Alejandro, pero es tan accesible o inaccesible como solo él lo decida, porque
nadie puede rechazarlo. Tiene unos 25 años, cuerpo atlético, blanco,
cabello oscuro rizado y ojos azules.
Apenas hemos tomado una cerveza y nos
invita a hacer un ménage á trois en su casa.
Aunque bebí poco alcohol, no sé si
tuve una buena faena en la cama. Apenas recuerdo que a causa de alguna
acrobacia sexual, fui a dar afuera de la cama, que caí al piso, quedé justo
enfrente del enorme hocico de una perra Rottweiler que amamantaba a sus
cachorros y que alguien me jaló hacia arriba.
A veces imagino que mi rostro (y
mi futuro) pudo haber sido despedazado esa noche.
Meses después, encontramos
nuevamente a Alejandro en una fiesta, intenta seducirme y lo rechazo. Se retira
del lugar. Miguel Ramos no puede creer que yo haya desairado a semejante
símbolo sexual.
En diez años más volveré a oír de él en los medios noticiosos,
lo llaman el Chacal de Acapulco, por el terrible asesinato que presuntamente
cometió en 1986.


