1977 Guillermo
—¡Que bárbaro, de verdad, tú sí que eres un puto! —le recriminé a
Memo cuando lo pillé tres días consecutivos con el mismo número de hombres
distintos. El suceso no me afectó emocionalmente a pesar de que éramos
“novios”. La verdad es que disfrutaba tener sexo con él porque estaba
buenísimo.
Sin embargo, dentro de mí, sentía que yo no era el más calificado
para tacharlo de promiscuo. Pero me desconcertaba el hábito que tenía de meter
a su cuarto a un hombre diferente ¡todos! los días, sin importar si era
atractivo o no. Bastaba con que fuera joven y le colgara algo entre las
piernas.
Me autodefendía argumentando que, pese a mi facilidad para tirarme a
un fulano, yo era selectivo…
O, ¿no? Porque… si eres selectivo ¿ya no eres
promiscuo?
¿A partir de que te acuestas con cuántas personas, ya lo eres?
¿Hay
una regla de cálculo para medir la promiscuidad? ¿Un promiscuómetro?
¿Hay
medios putos, putos a secas y putísimos?
En cualquier caso, Guillermo había
nacido en República Dominicana y un año atrás obtuvo una beca para estudiar
Citotecnología en la Universidad Nacional Autónoma de México, aquí en la capital del país. Era de piel clara, nariz respingona, una pequeña boca roja y ojos
castaños muy vivaces. Se movía sin amaneramientos a pesar de que tenía las
nalgas más paradas que las mías (“nalgas de pato”, me contó que le dijo un
ligue que babeaba cuando lo vio desnudo), y como buen caribeño poseía una pinga demoledora.
Nos ligamos en la calle y fuimos a su guarida. Entre varios
cuartos de servicio que se apilaban en la azotea de un edificio en la colonia
Roma, él ocupaba uno. La única desventaja era que nada más había un sanitario
común para todos los que habitaban ahí arriba.
Digo, no es que yo viviera
mejor. Desde que llegué de Monterrey, ocupé junto con mi hermano Fidel el
interior de la vieja casona de Alfonso XIII, abandonada desde inicios de año,
por el remanente de lo que alguna vez fue una familia. Sus enormes salones,
habitaciones y espacios desiertos (con muros de hasta 5 metros de altura) la
hacían ver más vacía que nunca.
Pero sé que vivió tiempos gloriosos.
Una vez
que terminó esa terrible guerra civil llamada Revolución Mexicana, el bando
ganador, y no me refiero al pueblo sino a su élite militar, recibió entre
otras dádivas, el privilegio de comprar a inmejorables precios grandes lotes
de terreno para edificar sus residencias en el occidente del antiguo pueblo de
Mixcoac, en la capital de la nación.
En 1920, emigraban del sur del Estado de Puebla, desde una pequeña hacienda devastada por las huestes zapatistas: el General José Díaz y su esposa Rosa Quiroz. Los acompañaban Esther de 19 y Alicia de 9 añitos; eran hermanas menores de Rosa, misma que ya había sido investida antes de cumplir los treinta con el título de Matriarca de la familia, aun por encima de la vieja Sabas, que también venía en el grupo y era madre de todas ellas y de otros hermanos varones, la mayoría soldados, que fundaron sus propios feudos por aquí y por allá.
La casa abarcaba
originalmente dos mil metros cuadrados. La residencia principal llegó a ocupar la
cuarta parte. En el resto del terreno se construirían más espacios
habitacionales, cuartos para la servidumbre, garaje techado, biblioteca, una
caballeriza, corrales para pollos y gansos, un estanque, huertos y jardines con
todo tipo de árboles de sombra y frutales.
Durante el siguiente medio siglo, se
tuvo que desmantelar pedazo a pedazo la propiedad, para sobrevivir
únicamente la tremenda residencia estilo porfiriano.
La Tía Rosa, así nombrada desde siempre, era la mayor y se le asignó desde pequeña la tarea de
cuidar e imponer el orden entre sus once hermanos y hermanas restantes. Esto la
forjó una mujer muy dominante y administradora perfecta.
Para cuando se
casó con José, lo último que deseaba era criar más niños. Se las arregló para
evitar los embarazos o… eliminarlos si era preciso.
Pero José deseaba ser padre
a cualquier precio y sedujo a la morena y bella Esther (su cuñada). Esta le dio
a su anhelado hijo, mismo que creció con dos madres, a una, ligado por lazos
biológicos, a la otra por lazos jurídicos, porque en cuanto nació el niño, Rosa
se lo arrebató a su hermana y lo registró como hijo parido de su propio vientre
y legítimo matrimonio.
Con este acto, mataba (en el más terrible y trágico de
los sentidos) dos pájaros de un tiro. Para ver crecer a su hijo, Esther
permaneció el resto de su vida, sumisa y resentida, siendo la sombra de su
hermana mayor.
El general José por su parte, día tras día, mes tras mes, durante dieciseis años, soportó con resignación los amargos reproches de su esposa Rosa,
hasta que agobiado, descargó su condecorado revolver sobre la propia cabeza,
para por fin liquidar la deuda adquirida por su debilidad.
Unos años después, la pequeña Alicia (para
entonces profesora de primaria) se entregaba enamorada a un cadete de la
Heroica Escuela Naval, próximo a egresar con el grado de Capitán de Navío.
Sus padres lo
convencieron de que no arruinara su brillante carrera con esa unión impropia.
Alicia quedó estigmatizada al ser madre soltera y en 1938 nacía Martha, mi mamá.
Mi
abuela Alicia murió antes de que su hija cumpliera los 9 años de edad y la
Tía Rosa, fiel a su vocación, se hizo cargo de la niña Martha.
Y la casa siguió
siendo espectadora de nacimientos y muertes, de historias de amor y traición,
de mentiras y verdades desgarradoras, pero sobre todo, de espléndidos homenajes
a la soberana de la familia. Fiestas en las que con los años, participaríamos
mis hermanos y yo representando a la más reciente generación.
Finalmente, la Tía Rosa moriría en 1975, consumida por un duradero y lacerante cáncer de
seno.
A veces pienso que en ese proceso, ella administró gota a gota su
sufrimiento, tal vez como penitencia o el medio para expiar sus culpas.
Mi
madre y nosotros sus cuatro hijos, fuimos bendecidos con su voluntad para
heredar la casa.
Ahora que regresaba a esta casona fantasmal, recordaba todas
esas historias que mi madre nos narró.
A pesar de que los vecinos de la calle
la llamaban “la Casa de los Monsters”, no tenía miedo de estar ahí. Nuestra única posesión, eran unas colchonetas viejas en las que Fidel y yo
dormíamos sobre el piso de madera del salón principal, un par de cobijas, algo
de ropa y un reproductor de discos de vinil con una enorme bocina que, junto
con muchos discos, le había encargado a mi hermano uno de sus excompañeros de
preparatoria. Fidel había logrado conectarse clandestinamente a un cable
de electricidad, y por eso podíamos escuchar el aparato todo el día.
Se podía decir que
“casi” vivíamos bien. Teníamos techo, baño, agua potable y música.
El mayor
desafío del día consistía en conseguir 10 pesos con los que podría comprar un kilo de plátanos, un litro de leche y cuatro huevos, suficientes para cubrir (según
mis conocimientos sobre nutrición) las necesidades alimenticias de ambos.
Con
las monedas sobrantes se podía pagar el boleto del Metro que me llevaba todos
los días a mi alma mater, la calle, para seguir disfrutando de las nalgas del
promiscuo Memo, o de los hombres con los que yo “selectivamente” tropezaba.


