1977 José
Por alguna razón (desmadre sin control, fiestas, entrada y salida de
machos, excesivos gastos) la “fraternidad” de estudiantes gays del Tec se
desintegró. Homero me tomó en adopción y fuimos a vivir con su madre, a la que procuré auxiliar en el aseo de la casa. Aun así, deseaba ayudar con algo de dinero.
Ya había aprendido a usar el transporte público y comencé a salir al centro de
la ciudad, donde conocí a una loca apodada La Cubana, por su acento costeño
artificialmente exagerado.
Definitivamente, la mejor manera de conseguir dinero
fácil, según su experiencia, era venderse y quien mejor que “ella” para
enseñarme la forma de hacerlo.
Sobre la acera de la calle, frente al aparador luminoso
de un centro comercial (y lugar bien conocido para venta de sexo), nos paramos
para esperar a que se solicitara un “servicio”. Mientras tanto me instruía:
—Nomás debes pararte aquí, esperar a que se detenga un coche, te acercas a la
ventanilla y le dices que cobras tanto.
En unos minutos se paró un auto y mi
tutor me animó a ir. Yo estaba paralizado, no sé si por temor o resistencia. Al
ver que no hubo respuesta de mi parte, el auto arrancó y se fue. Pasó otro rato
y un nuevo automóvil se detuvo, mi reacción fue la misma: mucho nerviosismo,
respiración cortada, permanecer inmóvil, y la conciencia de que algo andaba
mal. El conductor, con señas, insistía en llamarme y La Cubana me empujaba
para que fuera con él, pero el cliente ya se estaba alejando. La loca estaba
furiosa, amenazó que si volvía a hacer eso, se retiraría… ¡No!, el que se iría
era yo, porque esa era su esquina.
Un tercer vehículo llegó. Bloqueando todas
mis emociones decidí que caminaría hacia allá, y antes de dar el primer
paso, vi que descendieron dos individuos con muy mala pinta, iban armados, se
acercaron a nosotros y nos subieron a empujones al carro. Hasta entonces caí en
cuenta que una de las portezuelas estaba rotulada con las insignias de la
Policía Judicial.
Al mismo tiempo en que uno de ellos manejaba, el otro giraba
su torso desde el asiento delantero para mirarnos. Lo primero que gritó fue:
—¡Te lo dije pinche Cubana, te lo dije...! ¿Qué haces aquí?
Algo respondió mi exmentora cuando el gorila volteó a verme y ladró:
—¿¡Tú quién eres y qué estabas
haciendo!?
Le di mi nombre con apellidos y todo, y llorando le expliqué que era la
prime… La Cubana me interrumpió para articular alguna frase que no pudo
terminar, porque el policía le estrelló la cara con un brutal puñetazo y le
ordenaba callarse.
Mi probable ejecutor se dirigió de nuevo hacia mí y me
condenó:
—¡Me vale verga quién eres, pendejo; si te vuelvo a ver otra vez en ese
lugar, vas a servir pa´ pura mierda!
Bajó del auto, caminó hacia la puerta del
lado donde yo estaba sentado, la abrió, me lanzó hacia afuera y cimbró mis
nalgas con un patadón, al mismo tiempo que vociferaba:
—¡¡¡LARGO!!!
Todavía
estaba tiritando por el shock cuando vi que la patrulla (con La Cubana adentro) desaparecía al dar vuelta en la siguiente esquina.
No podía detener
mis lágrimas y por todo el cuerpo me invadía una oleada de asco, deseaba
arrancarme la piel.
No había salido al mundo para ser tratado de esa manera.
Esa noche, la vida me obsequiaba otra certeza: No sería prostituto.
Por la
mañana le conté lo sucedido a Homero. Comentó algo con su madre y después de
almorzar, la señora dijo que iríamos al centro. Llegamos a un hotel donde pidió
hablar con el gerente, el cual la recibió con mucho afecto. Minutos más tarde, señaló con el dedo en mi dirección y el hombre asintió.
El siguiente día me
presenté a trabajar.
Durante la primera semana, lavé los trastes del
restaurante, luego funcioné como mesero, y muy pronto ascendí a elevadorista, pues en
palabras del patrón, yo me veía “fino”.
Por primera vez desde que empezó a
correr el caudaloso río que era mi vida, el cauce se detuvo en un remanso que
duró algunas semanas.
Hasta que apareció José Antonio, un velludo (casi
afelpado) oso cocido por el sol, de bigote ancho, barba rasposa y
cabello ensortijado. El vigoroso trabajo en el medio de la construcción le
mantenía los músculos firmes y el cuerpo magro. Me cazó en un baile
callejero, en el barrio donde vivía con mis protectores.
Bastó que fuéramos una
sola noche a su cueva, para que tres días después me despidiera del hotel y de
la casa de Homero, pues DEBÍA seguir a mi macho.
Cuando hablo de su cueva,
es literal. Pepetoño y su familia compartían la vida en un espacio formado por
dos cuartos y un patio donde se encontraba el baño. Eran: el abuelo, la mamá, cuatro
hermanas (dos de ellas, madres solteras con un niño cada una), un hermanito, mi
galán y, a partir de ese día… yo.
Uno de los cuartos tenía la función de cocina,
comedor y almacén. Era también el centro de mando de la mamá, a la que rara vez
vi alejada de un estufón con un gran comal encima, donde preparaba todo el día
los alimentos para el clan, principalmente tortillas de harina, ¡5 kilos! de
ellas diariamente (confieso que jamás he vuelto a comerlas tan sabrosas como
aquéllas).
El patio siempre se encontraba lleno de ropa lavada y tendida en
cables que lo cruzaban en todas direcciones. Por su parte, el baño era
requerido todo el tiempo y debía usarse con rapidez, más aún porque el abuelo
sufría incontinencia de esfínteres. A lo largo del día se le oía gritar:
—“¿¿¿Ta´ ocupaoooo???”— mientras corría al sanitario. Si alguien lo estaba
usando, el viejo se cagaba en el patio y el culpable de la tardanza debía lavar
la mierda.
La segunda habitación era el dormitorio de todos. Afortunadamente, faltaban unos meses para la escasa temporada de lluvias y Pepetoño dispuso que
durmiéramos en la azotea. Fue una gran idea, no pasábamos calor y podíamos
coger todas las noches (y así sucedió hasta el último día que viví con él).
Yo
lo acompañaba a trabajar diario; algunas veces pintábamos una casa, otras se
reparaba un muro o se desyerbaba un lote. Decía que el trabajo rudo me haría
más recio. La fórmula funcionó con su hermanito de 11 años, que un año atrás
se portaba muy suave. El niño había adquirido la fea costumbre de abrazarlo y
acurrucarse con él (su hermano mayor). Se lo llevó a trabajar una temporada y
cualquier error por parte del pequeño era castigado con fuetazos. Aseguraba con
orgullo, que así le “quitó” lo putito.
Fuera de eso, mi paga era buena, lo
tenía a ÉL. Complacía mis antojos (como la vez que compró una sandía bien fría,
la partió con el machete y la devoramos). Pero lo que realmente disfrutaba eran
sus arranques; en uno de ellos, se encontraba enfadado, resoplando y sudoroso
porque algo no estaba saliendo bien, aventó la cubeta llena de cemento, con una
sonrisa pícara fijó sus ojillos en mí, comenzó a besarme, desabotonó y bajó mis
pantalones, y me la metió.
Tal cual lo cantó la Diva: “yo me dije para mí… es mi
hombre”.
Una noche, tras una jornada de duro trabajo y después de un buen baño,
nos engalanamos para ir a beber a una cantina. Él portaba jeans ajustados,
camisa a cuadros (desabotonada para dejar ver su pecho peludo) y botas tejanas;
yo, nada más vestía… altivez, pues no dejaba de felicitarme a mí mismo por ser
tan afortunado de tenerlo.
Luego de tomar varias cervezas se levantó para ir a
orinar. Tardaba en regresar y caminé hacia el baño para ver si estaba bien; y
sí, estaba bien empinado a 90 grados y un cabrón se lo estaba cogiendo. ¡A mi MACHO!
Mi
corazón, con recientes fracturas (igual que mi esquema sobre los roles de
género), sumaba nuevas afectaciones.
Algún día del mes de julio, ambos
llorábamos y, en la puerta de su casa yo le decía adiós a Pepetoño. Tomé un
autobús que me llevó a la salida de Monterrey. Parado en el camellón vial de una
autopista de dos sentidos (que iba hacia el sur o el norte del país), levanté
ambos pulgares, cada uno en direcciones opuestas para pedir un aventón.
El
destino no importaba, el otro destino (el hado) lo decidiría.
Lo esencial era, seguir caminando.


