jueves, 5 de octubre de 2023

1977 José Antonio

                                                                                                                                               1977 José


   Por alguna razón (desmadre sin control, fiestas, entrada y salida de machos, excesivos gastos) la “fraternidad” de estudiantes gays del Tec se desintegró. Homero me tomó en adopción y fuimos a vivir con su madre, a la que procuré auxiliar en el aseo de la casa. Aun así, deseaba ayudar con algo de dinero.
   Ya había aprendido a usar el transporte público y comencé a salir al centro de la ciudad, donde conocí a una loca apodada La Cubana, por su acento costeño artificialmente exagerado.
   Definitivamente, la mejor manera de conseguir dinero fácil, según su experiencia, era venderse y quien mejor que “ella” para enseñarme la forma de hacerlo.
   Sobre la acera de la calle, frente al aparador luminoso de un centro comercial (y lugar bien conocido para venta de sexo), nos paramos para esperar a que se solicitara un “servicio”. Mientras tanto me instruía:
   —Nomás debes pararte aquí, esperar a que se detenga un coche, te acercas a la ventanilla y le dices que cobras tanto.
   En unos minutos se paró un auto y mi tutor me animó a ir. Yo estaba paralizado, no sé si por temor o resistencia. Al ver que no hubo respuesta de mi parte, el auto arrancó y se fue. Pasó otro rato y un nuevo automóvil se detuvo, mi reacción fue la misma: mucho nerviosismo, respiración cortada, permanecer inmóvil, y la conciencia de que algo andaba mal. El conductor, con señas, insistía en llamarme y La Cubana me empujaba para que fuera con él, pero el cliente ya se estaba alejando. La loca estaba furiosa, amenazó que si volvía a hacer eso, se retiraría… ¡No!, el que se iría era yo, porque esa era su esquina.
   Un tercer vehículo llegó. Bloqueando todas mis emociones decidí que caminaría hacia allá, y antes de dar el primer paso, vi que descendieron dos individuos con muy mala pinta, iban armados, se acercaron a nosotros y nos subieron a empujones al carro. Hasta entonces caí en cuenta que una de las portezuelas estaba rotulada con las insignias de la Policía Judicial.
   Al mismo tiempo en que uno de ellos manejaba, el otro giraba su torso desde el asiento delantero para mirarnos. Lo primero que gritó fue:
   —¡Te lo dije pinche Cubana, te lo dije...! ¿Qué haces aquí?
   Algo respondió mi exmentora cuando el gorila volteó a verme y ladró:
   —¿¡Tú quién eres y qué estabas haciendo!?
   Le di mi nombre con apellidos y todo, y llorando le expliqué que era la prime… La Cubana me interrumpió para articular alguna frase que no pudo terminar, porque el policía le estrelló la cara con un brutal puñetazo y le ordenaba callarse.
   Mi probable ejecutor se dirigió de nuevo hacia mí y me condenó:
   —¡Me vale verga quién eres, pendejo; si te vuelvo a ver otra vez en ese lugar, vas a servir pa´ pura mierda!


   Bajó del auto, caminó hacia la puerta del lado donde yo estaba sentado, la abrió, me lanzó hacia afuera y cimbró mis nalgas con un patadón, al mismo tiempo que vociferaba:
   —¡¡¡LARGO!!!
   Todavía estaba tiritando por el shock cuando vi que la patrulla (con La Cubana adentro) desaparecía al dar vuelta en la siguiente esquina.

   No podía detener mis lágrimas y por todo el cuerpo me invadía una oleada de asco, deseaba arrancarme la piel.
   No había salido al mundo para ser tratado de esa manera.
   Esa noche, la vida me obsequiaba otra certeza: No sería prostituto.

   Por la mañana le conté lo sucedido a Homero. Comentó algo con su madre y después de almorzar, la señora dijo que iríamos al centro. Llegamos a un hotel donde pidió hablar con el gerente, el cual la recibió con mucho afecto. Minutos más tarde, señaló con el dedo en mi dirección y el hombre asintió.
   El siguiente día me presenté a trabajar.
   Durante la primera semana, lavé los trastes del restaurante, luego funcioné como mesero, y muy pronto ascendí a elevadorista, pues en palabras del patrón, yo me veía “fino”.
   Por primera vez desde que empezó a correr el caudaloso río que era mi vida, el cauce se detuvo en un remanso que duró algunas semanas.
   Hasta que apareció José Antonio, un velludo (casi afelpado) oso cocido por el sol, de bigote ancho, barba rasposa y cabello ensortijado. El vigoroso trabajo en el medio de la construcción le mantenía los músculos firmes y el cuerpo magro. Me cazó en un baile callejero, en el barrio donde vivía con mis protectores.
   Bastó que fuéramos una sola noche a su cueva, para que tres días después me despidiera del hotel y de la casa de Homero, pues DEBÍA seguir a mi macho.

   Cuando hablo de su cueva, es literal. Pepetoño y su familia compartían la vida en un espacio formado por dos cuartos y un patio donde se encontraba el baño. Eran: el abuelo, la mamá, cuatro hermanas (dos de ellas, madres solteras con un niño cada una), un hermanito, mi galán y, a partir de ese día… yo.
   Uno de los cuartos tenía la función de cocina, comedor y almacén. Era también el centro de mando de la mamá, a la que rara vez vi alejada de un estufón con un gran comal encima, donde preparaba todo el día los alimentos para el clan, principalmente tortillas de harina, ¡5 kilos! de ellas diariamente (confieso que jamás he vuelto a comerlas tan sabrosas como aquéllas).
   El patio siempre se encontraba lleno de ropa lavada y tendida en cables que lo cruzaban en todas direcciones. Por su parte, el baño era requerido todo el tiempo y debía usarse con rapidez, más aún porque el abuelo sufría incontinencia de esfínteres. A lo largo del día se le oía gritar:
“¿¿¿Ta´ ocupaoooo???”— mientras corría al sanitario. Si alguien lo estaba usando, el viejo se cagaba en el patio y el culpable de la tardanza debía lavar la mierda.
   La segunda habitación era el dormitorio de todos. Afortunadamente, faltaban unos meses para la escasa temporada de lluvias y Pepetoño dispuso que durmiéramos en la azotea. Fue una gran idea, no pasábamos calor y podíamos coger todas las noches (y así sucedió hasta el último día que viví con él).

   Yo lo acompañaba a trabajar diario; algunas veces pintábamos una casa, otras se reparaba un muro o se desyerbaba un lote. Decía que el trabajo rudo me haría más recio. La fórmula funcionó con su hermanito de 11 años, que un año atrás se portaba muy suave. El niño había adquirido la fea costumbre de abrazarlo y acurrucarse con él (su hermano mayor). Se lo llevó a trabajar una temporada y cualquier error por parte del pequeño era castigado con fuetazos. Aseguraba con orgullo, que así le “quitó” lo putito.
   Fuera de eso, mi paga era buena, lo tenía a ÉL. Complacía mis antojos (como la vez que compró una sandía bien fría, la partió con el machete y la devoramos). Pero lo que realmente disfrutaba eran sus arranques; en uno de ellos, se encontraba enfadado, resoplando y sudoroso porque algo no estaba saliendo bien, aventó la cubeta llena de cemento, con una sonrisa pícara fijó sus ojillos en mí, comenzó a besarme, desabotonó y bajó mis pantalones, y me la metió.
   Tal cual lo cantó la Diva: “yo me dije para mí… es mi hombre”.

   Una noche, tras una jornada de duro trabajo y después de un buen baño, nos engalanamos para ir a beber a una cantina. Él portaba jeans ajustados, camisa a cuadros (desabotonada para dejar ver su pecho peludo) y botas tejanas; yo, nada más vestía… altivez, pues no dejaba de felicitarme a mí mismo por ser tan afortunado de tenerlo.
   Luego de tomar varias cervezas se levantó para ir a orinar. Tardaba en regresar y caminé hacia el baño para ver si estaba bien; y sí, estaba bien empinado a 90 grados y un cabrón se lo estaba cogiendo. ¡A mi MACHO!
   Mi corazón, con recientes fracturas (igual que mi esquema sobre los roles de género), sumaba nuevas afectaciones.

   Algún día del mes de julio, ambos llorábamos y, en la puerta de su casa yo le decía adiós a Pepetoño. Tomé un autobús que me llevó a la salida de Monterrey. Parado en el camellón vial de una autopista de dos sentidos (que iba hacia el sur o el norte del país), levanté ambos pulgares, cada uno en direcciones opuestas para pedir un aventón. 

   El destino no importaba, el otro destino (el hado) lo decidiría.
   Lo esencial era, seguir caminando.