jueves, 5 de octubre de 2023

1977 Humberto

                                                                                                                                                  1977 Humberto


   Una tarde, llegué a la Ciudad de México proveniente de Veracruz. Creo que Fidel y yo nos conectamos mentalmente y decidimos resolver nuestra necesidad de vivienda con la misma idea: ocupar uno de los cuartos de servicio que se ubicaban en el patio trasero de la vieja casa familiar. Brinqué el enrejado de herrería que daba hacia la calle, atravesé el predio, subí las escaleras y al abrir la puerta de la habitación, encontré a mi hermano. La primera hora de nuestra charla estuvo llena de relatos y aventuras de uno y otro. Después, quedó claro que no teníamos nada, simplemente la tarea de sobrevivir.
   Pasaron dos semanas; yo había vuelto a mis pesquisas por la Zona Rosa, a la que no dejaban de ingresar nuevos miembros. Uno de ellos era Cachito, de la ciudad de Monterrey. Había pasado un mes en esta ciudad y regresaría a su casa en cuanto terminara la Semana Santa. 
   Presumía que en su tierra sí había machos de verdad. "¿Reales machos? ¡mmm!", pensé, no sonaba mal. Le pregunté si era costoso llegar allá y respondió afirmativamente, pero también era fácil irse en “aventones”. 
   Acordamos viajar juntos en dos días.

   El primer dedo nos llevó hasta Querétaro, aunque arribamos en la noche. Decidimos descansar en la Central de Autobuses Foráneos. Teníamos mucha hambre y no dejábamos de mirar hacia las mesas que ocupaban la zona de venta de comida exprés. De pronto, se levantó del comedor una persona que dejaba más de media porción de comida en su plato. Como relámpago corrimos hacia la mesa, tomamos el plato y devoramos el sobrante entre risotadas. Por fin, pudimos dormir.
   Al despertar, supe que mi colega de aventuras se había ido, ¡me botó! Aun así el plan continuaría. Caminé a la carretera, levanté el pulgar y una hora más tarde un chofer de tráiler hizo parada.
   No es que Monterrey estuviera muy lejos, pero las constantes paradas, cargas y descargas, alargaron el viaje. Más de doce horas después el conductor paró en un crucero, me señaló una avenida e indicó que lo único que debía hacer, era caminar derecho hasta toparme con el Tecnológico de Monterrey. Llegué, pero el inconveniente era que faltaban unos minutos para las 10 de la noche. Recordé que Cachito (¡ese hijo de puta!!!) dijo que vivía en una unidad habitacional de la Colonia Tecnológico, frente al Parque Río Roma. Tardé otros veinte minutos en encontrar el conjunto de edificios, todos lucían idénticos.
   Recorrí cual autómata y con la mente en blanco, los andadores vacíos de gente. Entonces, a lo lejos, vi caminar muy apurado y en mi dirección a un sujeto con portafolios. Pasó a mi lado, lo miré a los ojos, disminuyó la velocidad y se detuvo un par de metros adelante, giró el cuello y me sostuvo la mirada lo suficiente para que yo articulara un —Hola—.
   Tenía pinta de intelectual, casi 30 años, ojos saltones, gafas y el cabello le llegaba a los hombros. Él comentó que terminaba de dar clases. Hablé del porqué yo estaba ahí, y ¡lo juro! es verdad, Homero me dijo que podía dormir en el departamento que compartía con otros chicos.
   Entramos al depa, llamó a sus compañeros de vivienda, les explicó brevemente mi situación, y entre gritos y meneos se acercaron para darme la bienvenida con la absoluta confianza de saber que, igual que todos ellos, también era jotito.
   ¡DIOS EXISTE!, ¡Dios…existe!, no dejaba de repetir en mi mente.
   En el lugar vivían siete personas; dos por habitación. Yo dormiría con Homero (sin ninguna intención carnal), que era profesor en el Tec. Los demás estudiaban diversas licenciaturas. Provenían de diferentes regiones del norte del país, todos hablaban con el característico acento bronco de aquel territorio y por supuesto, les divertía mi “cantadito” de capitalino.
   Seguro pertenecían a familias de elevado nivel económico, porque esa universidad siempre fue muy cara.

   Corrieron días llenos de risas, bailes y mariconadas. Para cooperar con el grupo, aprendí a robar alimentos de los centros comerciales. Con un movimiento muy rápido, introducía por la cintura del pantalón, a la altura de mi bajo vientre, ruedas de hasta un kilo de queso asadero o de jamón. Acto seguido, cubría la protuberancia con mi holgada camisa vaquera y pasaba a la caja para pagar un paquete de tortillas de harina o una bolsa de pan. Ya en casa, preparaba quesadillas o molletes para todos.

   En una de esas jornadas, en la calle, me hizo plática Humberto, un chico varonil y muy directo. Le pedí permiso a Homero para que pudiera comérmelo en la habitación y aceptó.
   En otra ocasión, lo hicimos en un área boscosa del Parque Chipinque al que fuimos a pasear.
   En la que sería nuestra tercera cita, tras días de no vernos, Humberto me pidió que lo acompañara. Caminamos varias calles, llegamos y pasamos a la sala de espera de un consultorio médico. Entró con el doctor. Luego de 20 minutos salió, se sentó y así, de golpe, dijo que le pegué la purgación en su verga. Sentí mucha vergüenza y comencé a llorar. Parece que el doctor escuchó, porque salió al recibidor y me exhortó a pasar. Estando adentro hizo unas preguntas y una breve exploración en mi pene y ano.


   Dejó muy en claro que yo NO había contagiado a nadie de gonorrea. Añadió con un gesto de desprecio que, por mi bien, no volviera a tener relaciones sexuales con ese tipo o con ningún otro.
   Al menos cumplí con el 50% de sus exigencias, porque con Humberto no cogí nunca más.
   Él sería apenas el primero de una larga lista de pendejos, sin huevos para hacerse responsables de sus actos. 
   Independientemente de quién pudiera ser el portador de una infección de transmisión sexual, prometí que cuando eso me pasara (y pasó), plantearía la cuestión con un:
                                                                                                                                                                                  “Tenemos un problema y debemos resolverlo.”