jueves, 5 de octubre de 2023

1977 Paúl

                                                                                                                                                                  1977 Paul


   Dejé Acapulco a mediados de febrero, viajé a la Ciudad de México y pasé a ver qué tal iban las cosas por mi antiguo hogar.
   Parece que la casa ya era muy grande para mamá y mi hermano menor. Unos días antes, Fidel también había sido expulsado de ahí. Miguel, el más chico de nosotros, los tres hermanos nacidos del primer matrimonio de mamá, fue el primero en ser exiliado (a sus catorce años) debido a su púber rebeldía. Afortunadamente lo acogió su padrino y se lo llevó a vivir al norte del país.
   Mi madre estaba desmontando la casa, guardando en cajas de cartón: ropa, libros y mil cosas. Al día siguiente, ella y Víctor (el nene de la familia, fruto del segundo matrimonio de mamá) se mudarían a un departamento.
   Al mismo tiempo en que la vieja casa familiar se sellaba bajo llave, yo tomaba un autobús con rumbo al Puerto de Veracruz.

   Por la tarde, ya estaba mezclado con los ríos de gente que bebía alcohol, gritaba y bailaba al ritmo de las batucadas del Carnaval de Veracruz. Mi estrategia de supervivencia durante esos cuatro días, sería la única que conocía: observar, sonreír y seducir.
   La segunda noche estaba fascinado, mirando cómo cientos de parejas (vestidas con sus mejores atuendos) bailaban danzón en la explanada del Zócalo, cuando un griterío y aplausos llamaron mi atención hacia la zona de bares y restaurantes de Los Portales. Me dirigí hacia allá. De la puerta del Hotel Imperial salía una “mujer” enorme (en altura y grosor), ataviada con un elegante vestido rojo, largo (y ancho, insisto) del que llovían gasas de chifón, encajes y holanes. Sobre el escote traía una ostentosa gargantilla de pedrería y, rematando sobre la cabeza, se elevaba un espectacular tocado de plumas unido a una corona (con más joyas). Su apariencia en conjunto era fastuosa.
   —¿Quién es? —Le pregunté a una jotita[1] que estaba a mi lado y no dejaba de aullar emocionada.
   —¡Es la Xóchitl! ¡La Reina de Reinaaaaas! 

   Claro, había oído hablar de “ella”. Se decía que tenía mucho poder. Que manejaba una red de prostitución para satisfacer a gente muy adinerada. Que era capaz de enviar jóvenes cadetes del Colegio Militar, enfundados con traje de gala, quepí y sable, a políticos o funcionarios de alto nivel (y de clóset sin duda) para cumplir sus fantasías. 
   Caminaba entre las mesas, saludando regia a la plebe. La acompañaba un séquito de cinco o seis personas. De pronto, la escena se descompuso. Parece que algún patán la había jaloneado y gritado ¡¡¡PUTOOO!!! e indignada regresó al hotel.
   Veinte minutos más tarde, reconocí a unos metros de mí a alguien que la escoltaba, le sonreí y me llamó. Al presentarse dijo ser el asistente personal de Xóchitl. Era de estatura pequeña, regordete, feíto y muy amable. Me invitó a tomar una cerveza, hablamos principalmente sobre el pésimo comportamiento de la chusma y creo que le agradé. Antes de retirarse preguntó si querría yo acompañarlos el día siguiente a almorzar.
Saldrían del hotel a las 11 de la mañana.

   Ese día,  estuve puntual en la entrada. Mi nuevo amigo me presentó con el resto del grupo y abordamos una camioneta de lujo. Xóchitl vestía de “civil”, pero seguía luciendo imponente: alto, muy robusto, moreno, rostro mofletudo y tosco, con pantalón formal y una guayabera impecable.
   Comenzaba a preguntarme si en realidad poseía tal poder, cuando arribamos a una casona estilo colonial, con los muros externos dañados por el salitre del mar, pero muy bien acondicionada por dentro. Nos recibió un matrimonio que nos condujo a un espacioso comedor. Había una mesa principal para Xóchitl y sus anfitriones, y otra para su corte.
   En mis adentros, bendecía mil veces a Dios por los manjares que comenzaron a servirse: coctel de caracol, pastel de cazón, jaibas rellenas, cerveza helada.
   Mientras un conjunto de músicos con marimba y arpa animaban el banquete, conversaba muy entusiasmado con mi pequeño mecenas. En un momento dado, me dijo que hablaría con la Reina para que yo trabajara como chambelán y así, acompañarlos en sus múltiples eventos.
   Embriagado por los sueños de un glamoroso futuro (y por la cerveza), advertí de repente que un tipo de aspecto machín estaba sentado frente a nosotros. Con mirada lánguida y todo, levanté mi vaso, él respondió al brindis y mostró una sonrisa medio retorcida que dejaba ver un casquillo de oro en uno de sus dientes.
   En ese momento, la temperatura del ambiente bajó a 30 grados bajo cero. Nadie volvió a mirarme o a hablar conmigo. Camino de regreso al centro, el único que me observaba, era mi diminuto rey mago con ojos tristes que parecían recriminar:
   “¡Y todo porque no supiste controlar tu putería!”.
   Nunca supe si era el semental de uno de ellos o alguien intocable.
   ¿Quién era esa familia que recibió a la Xóchitl y qué intereses los unían?
   Noté que la Señora de la casa no conocía a la Reina, porque cuando lo recibió no paraba de colmarlo de halagos y decirle: —¡Qué hermoso es usted, pero qué hermoso es! 

   Qué más daba. Estaba de nuevo rodando, suspirando, escuchando cantar a lo lejos a un trovador que repetía el estribillo:

                                        …♪♫por lo que pudo haber sido y no fue♪♫...


   Sin embargo, el carnaval no terminaba aún y tenía otra sorpresa para mí. En el Parque Zamora conocí a Paul. Sus apellidos eran totalmente compatibles con su apariencia: trigueño, con enormes y expresivos ojos negros, nariz grande, barba muy cerrada (aunque estaba afeitado, la piel de su mentón lucía azulada), delgado y con el pecho velludo. De descendencia árabe, estudiaba en la Universidad Veracruzana, en Xalapa. Había agotado todo su dinero en la fiesta y su autobús saldría en dos horas, mismas que aprovechamos para caminar y hablar.
   Lamentaba no haberme conocido antes, pues aseguraba que yo le gustaba mucho. Al despedirse, me dio un papel donde había anotado un número telefónico y varias instrucciones.
   El plan era que yo llegaría a Xalapa al mediodía siguiente, tomaría un autobús urbano al Parque de los Lagos, preguntaría por el Puente Xalapa, caminaría hacia el mismo, le llamaría desde un teléfono público y en unos minutos estaría allí. Simple.

   Efectivamente, llegó al encuentro tal como lo prometió. Creí que pasaríamos un romántico crepúsculo paseando por jardines y placitas; no fue así. En cambio, me llevó derechito a un hotel (que él pagó) y pasamos una tarde llena de pasión.
   Por primera vez, con Paul caigo en cuenta de que hay hombres con pezones grandes y carnosos (no chicos y planos iguales a los míos) y de que me excita mucho chuparlos o manipularlos. También descubro que estimulárselos de esa manera le provoca un placer tan intenso que literalmente se abren las puertas de su… ¿corazón?... no, pero sí las de su culo. Tuve muy buen sexo con él.
   Por la mañana almorzamos y luego me compró un boleto de autobús para la Ciudad de México.

   A pesar de que tengo memorizado su nombre completo, lo he rastreado, aunque me ha sido imposible saber de él.




[1] Jotita… diminutivo de Joto, a su vez sinónimo de: Maricón, Choto, Chayotón, Pulpo, Larailo, Salta´patras, Loca (y su hermana menor: Loquita), Mana, Fresco, Hueco, Mampo; Lilo y Mujercito (abuelitas de todos los aquí nombrados), Cachagranizo, Mesero sin charola, Al que se le hace agua la canoa (o científicamente: Hidrocanóico), Puñal, Obvia, Volteado, Torcida, Mano caída, Mariposón, Cangrejo, Alacrán (porque pica con la cola), Rarito; los cultos: Sodomita, Invertido y Degenerado, y por supuesto el término supremo: PUTO, son algunos de los calificativos que he recibido o usado a lo largo de mi vida.