1977 Paul
Dejé Acapulco a mediados de febrero, viajé a la Ciudad de México y pasé a ver qué tal iban las cosas por mi antiguo hogar.
Parece que la casa ya era muy grande
para mamá y mi hermano menor. Unos días antes, Fidel también había sido
expulsado de ahí. Miguel, el más chico de nosotros, los tres hermanos nacidos
del primer matrimonio de mamá, fue el primero en ser exiliado (a sus catorce
años) debido a su púber rebeldía. Afortunadamente lo acogió su padrino y se lo
llevó a vivir al norte del país.
Mi madre estaba desmontando la casa, guardando
en cajas de cartón: ropa, libros y mil cosas. Al día siguiente, ella y Víctor
(el nene de la familia, fruto del segundo matrimonio de mamá) se mudarían a
un departamento.
Al mismo tiempo en que la vieja casa familiar se sellaba bajo
llave, yo tomaba un autobús con rumbo al Puerto de Veracruz.
Por la tarde,
ya estaba mezclado con los ríos de gente que bebía alcohol, gritaba y bailaba
al ritmo de las batucadas del Carnaval de Veracruz. Mi estrategia de supervivencia durante esos cuatro días, sería la única que conocía: observar,
sonreír y seducir.
La segunda noche estaba fascinado, mirando
cómo cientos de parejas (vestidas con sus mejores atuendos) bailaban danzón en
la explanada del Zócalo, cuando un griterío y aplausos llamaron mi atención
hacia la zona de bares y restaurantes de Los Portales. Me dirigí hacia allá. De
la puerta del Hotel Imperial salía una “mujer” enorme (en altura y grosor),
ataviada con un elegante vestido rojo, largo (y ancho, insisto) del que llovían
gasas de chifón, encajes y holanes. Sobre el escote traía una ostentosa gargantilla
de pedrería y, rematando sobre la cabeza, se elevaba un espectacular tocado de
plumas unido a una corona (con más joyas). Su apariencia en conjunto era
fastuosa.
—¿Quién es? —Le pregunté a una jotita[1] que estaba a mi lado y no
dejaba de aullar emocionada.
—¡Es la Xóchitl! ¡La Reina de Reinaaaaas!
Claro, había oído hablar de “ella”. Se decía que tenía mucho poder. Que manejaba
una red de prostitución para satisfacer a gente muy adinerada. Que era capaz
de enviar jóvenes cadetes del Colegio Militar, enfundados con traje de gala,
quepí y sable, a políticos o funcionarios de alto nivel (y de clóset sin duda)
para cumplir sus fantasías.
Caminaba entre las mesas, saludando regia a la
plebe. La acompañaba un séquito de cinco o seis personas. De pronto, la escena
se descompuso. Parece que algún patán la había jaloneado y gritado ¡¡¡PUTOOO!!!
e indignada regresó al hotel.
Veinte minutos más tarde, reconocí a unos metros
de mí a alguien que la escoltaba, le sonreí y me llamó. Al presentarse dijo ser el asistente
personal de Xóchitl. Era de estatura pequeña, regordete, feíto y muy amable. Me
invitó a tomar una cerveza, hablamos principalmente sobre el pésimo
comportamiento de la chusma y creo que le agradé. Antes de retirarse preguntó
si querría yo acompañarlos el día siguiente a almorzar.
Saldrían del hotel a
las 11 de la mañana.
Ese día, estuve puntual en la entrada. Mi nuevo amigo
me presentó con el resto del grupo y abordamos una camioneta de lujo. Xóchitl
vestía de “civil”, pero seguía luciendo imponente: alto, muy robusto, moreno,
rostro mofletudo y tosco, con pantalón formal y una guayabera impecable.
Comenzaba a preguntarme si en realidad poseía tal poder, cuando arribamos a una casona estilo colonial, con los muros externos dañados por el salitre del mar, pero muy bien acondicionada por dentro. Nos recibió un matrimonio que nos condujo a un espacioso comedor. Había una mesa principal para Xóchitl y sus anfitriones, y otra para su corte.
Comenzaba a preguntarme si en realidad poseía tal poder, cuando arribamos a una casona estilo colonial, con los muros externos dañados por el salitre del mar, pero muy bien acondicionada por dentro. Nos recibió un matrimonio que nos condujo a un espacioso comedor. Había una mesa principal para Xóchitl y sus anfitriones, y otra para su corte.
En mis adentros, bendecía mil veces a
Dios por los manjares que comenzaron a servirse: coctel de caracol, pastel de
cazón, jaibas rellenas, cerveza helada.
Mientras un conjunto de músicos con
marimba y arpa animaban el banquete, conversaba muy entusiasmado con mi pequeño mecenas. En un momento dado, me dijo que hablaría con la Reina para que
yo trabajara como chambelán y así, acompañarlos en sus múltiples eventos.
Embriagado por los sueños de un glamoroso futuro (y por la cerveza), advertí de
repente que un tipo de aspecto machín estaba sentado frente a nosotros. Con
mirada lánguida y todo, levanté mi vaso, él respondió al brindis y mostró una
sonrisa medio retorcida que dejaba ver un casquillo de oro en uno de sus
dientes.
En ese momento, la temperatura del ambiente bajó a 30 grados bajo
cero. Nadie volvió a mirarme o a hablar conmigo. Camino de regreso al centro,
el único que me observaba, era mi diminuto rey mago con ojos tristes que
parecían recriminar:
“¡Y todo porque no supiste controlar tu putería!”.
Nunca
supe si era el semental de uno de ellos o alguien intocable.
¿Quién era esa
familia que recibió a la Xóchitl y qué intereses los unían?
Noté que la Señora
de la casa no conocía a la Reina, porque cuando lo recibió no paraba de
colmarlo de halagos y decirle: —¡Qué hermoso es usted, pero qué hermoso es!
Qué
más daba. Estaba de nuevo rodando, suspirando, escuchando cantar a lo lejos a
un trovador que repetía el estribillo:
…♪♫por
lo que pudo haber sido y no fue♪♫...
Sin embargo, el carnaval no
terminaba aún y tenía otra sorpresa para mí. En el Parque Zamora conocí a Paul.
Sus apellidos eran totalmente compatibles con su apariencia: trigueño, con
enormes y expresivos ojos negros, nariz grande, barba muy cerrada (aunque
estaba afeitado, la piel de su mentón lucía azulada), delgado y con el pecho
velludo. De descendencia árabe, estudiaba en la Universidad Veracruzana, en
Xalapa. Había agotado todo su dinero en la fiesta y su autobús saldría en dos
horas, mismas que aprovechamos para caminar y hablar.
Lamentaba no haberme
conocido antes, pues aseguraba que yo le gustaba mucho. Al despedirse, me dio un
papel donde había anotado un número telefónico y varias instrucciones.
El plan
era que yo llegaría a Xalapa al mediodía siguiente, tomaría un autobús urbano
al Parque de los Lagos, preguntaría por el Puente Xalapa, caminaría hacia el
mismo, le llamaría desde un teléfono público y en unos minutos estaría allí.
Simple.
Efectivamente, llegó al encuentro tal como lo prometió. Creí que
pasaríamos un romántico crepúsculo paseando por jardines y placitas; no fue
así. En cambio, me llevó derechito a un hotel (que él pagó) y pasamos una tarde
llena de pasión.
Por primera vez, con Paul caigo en cuenta de que hay hombres
con pezones grandes y carnosos (no chicos y planos iguales a los míos) y de que me
excita mucho chuparlos o manipularlos. También descubro que estimulárselos de
esa manera le provoca un placer tan intenso que literalmente se abren las
puertas de su… ¿corazón?... no, pero sí las de su culo. Tuve muy buen sexo con
él.
Por la mañana almorzamos y luego me compró un boleto de autobús para la
Ciudad de México.
A pesar de que tengo memorizado su nombre completo, lo he
rastreado, aunque me ha sido imposible saber de él.
[1] Jotita… diminutivo de Joto,
a su vez sinónimo de: Maricón, Choto, Chayotón, Pulpo, Larailo, Salta´patras, Loca
(y su hermana menor: Loquita), Mana, Fresco, Hueco, Mampo; Lilo y Mujercito
(abuelitas de todos los aquí nombrados), Cachagranizo, Mesero sin charola, Al
que se le hace agua la canoa (o científicamente: Hidrocanóico), Puñal, Obvia,
Volteado, Torcida, Mano caída, Mariposón, Cangrejo, Alacrán (porque pica con la
cola), Rarito; los cultos: Sodomita, Invertido y Degenerado, y por supuesto el
término supremo: PUTO, son algunos de los calificativos que he recibido o usado
a lo largo de mi vida.


