jueves, 5 de octubre de 2023

Bitácora de viajes

1984 Septiembre: viaje con Peyote                                                          MI NAHUAL

 

   Salimos en automóvil de la Ciudad de México, Toño, Desiderio, Diego y yo por la mañana con rumbo a San Luis Potosí. Después de unas horas llegamos a la capital, comemos algo, damos una vuelta por la Plaza de Armas y continuamos el camino a Real de Catorce.
   A media tarde, una hora antes de llegar, Toño estaciona el auto sobre una saliente de la carretera; estamos en el desierto. Dice que todos vamos a buscar peyote, que nos separemos. No tengo ni la más remota idea de cómo es, aunque he leído que es parecido a una pequeña biznaga. Camino unos cien metros peinando la zona, localizo cactus de muchos tipos, matas espinosas y hoyos que pienso son madrigueras de tarántulas o bichos.


   El sol pega de lleno sobre mí pero lo soporto. Pasan unos treinta minutos y de repente nos llama Toño; también regresa Diego y vemos que Desiderio trae un morral que nos muestra. En su interior hay diez o quince peyotes de varios tamaños. Pregunto qué hizo para dar con ellos. Desiderio luce radiante y a Toño le da risa mi pregunta, responde que no se encuentran; se cazan y Desiderio, es EL CAZADOR. Tal vez eso ya lo sabía Toño, o intuitivamente nos envió a todos para ver quien era capaz de descubrir las sagradas huellas del Hikuri sobre esa tierra bendita: Wirikuta.


   Poco después llegamos a Real, nos hospedamos en una posada. Está hecha completamente de piedra y todo el mobiliario es de madera rústica. El resto de la tarde la pasamos caminando por el pueblo hasta que a las 8 o 9 de la noche vamos a dormir.

   Despertamos temprano, tras tomar un desayuno ligero salimos para caminar por todo el sendero que conduce a El Quemado, todos vamos vestidos con ropa blanca.
   En el camino, Toño habla acerca de la montaña. Entonces me entero que es el lugar más venerado por los Huicholes, que el peyote es representado con un venado llamado el gran maestro; que a diferencia del hongo, su método de enseñanza es muy sutil y si no sabes hacer las preguntas correctas, es fácil que sus lecciones desaparezcan como agua entre los dedos.
   Llegar a la cima toma dos horas. Después de descansar un rato, se enciende una fogata y, sentados en círculo alrededor del fuego (en realidad es un cuadrado pues cada uno ocupa un punto cardinal) sacamos los peyotes del morral para ponerlos cerca de la lumbre. Por unos minutos se hace una corta meditación.

   Toño entrega 5 piezas a cada uno, él no come pues cuidará de nosotros. Yo los voy partiendo en gajos, cada gajo parece una oruga verde y gorda, comienzo a comerlo y quedo pasmado con su sabor increíblemente amargo. Toño nota mi reacción y advierte a todos que si queremos hablar con el maestro peyote, primero tendremos que aceptarlo a él tal cual es.
   Mastico uno, mastico dos, voy por tres, cada vez tardo más en tragarlo. Con el cuarto peyote comienzo a tener espasmos, no controlo las ganas de volver el estómago. En uno de esos movimientos, mi boca se llena con vómito, pero recuerdo lo que ha dicho Toño, aprieto los labios y vuelvo a tragar ese licuado de hiel. Parece una eternidad mas logro terminarlos todos. Los espasmos paran.

   Camino hacia un costado de la cima de la montaña. Sentado en una piedra contemplo el paisaje. Pasa un rato (supongo que unos 20 o 30 minutos) y comienzo a salivar cada vez más, viene una contracción imposible de controlar y vomito un solo chorro de líquido verde; por la fuerza y cantidad, imagino que son litros.
   Lo lamento y me digo que ahora no podré hablar con el maestro.

   En cuanto vuelvo a sentarme sobre la piedra, segundo a segundo se acrecienta mi percepción sobre la grandeza del valle frente a mí. Es enorme, casi infinito, perfecto.
   De pronto observo que algo pasa volando muy rápido a lo lejos. Se acerca, sube hacia el cielo, baja en caída libre y vuelve a elevarse, reconozco a un ave cazadora y no está sola, hay otra que le sigue. La primera vuela directo hacia mí, pasa por un lado, la sigo con la mirada y se posa sobre el brazo de un órgano muy grande ubicado a unos diez metros de donde estoy parado. El ave es de tamaño mediano, color café, pico y patas muy poderosas, doy por hecho que es un gavilán.
   Nuestros ojos se conectan durante un rato, no sé cuánto.  
   Por simple impulso pongo el brazo de la forma en que lo hacen los cetreros para que el gavilán se pose ahí. El ave se agacha para tomar impulso y, cuando comienza a volar derecho hacia mí, siento miedo y bajo el brazo. El gavilán pasa por encima de mi cabeza y se aleja volando por el cielo sobre el valle.
   Contemplando ese valle vuelvo a maravillarme con su extensión. En mi cabeza se sobrepone la imagen del valle y la del espacio, el valle y el sistema solar, el valle y la galaxia, el valle y el universo, en todos los casos veo que su estructura y misterio funcionan exactamente igual en unos y otros.
 
   Oigo a lo lejos que alguien aulla como lobo, es Diego, trato de localizarlo mientras corre entre las piedras. Me acerco hacia donde arde la fogata. A unos metros se encuentra Desiderio de pie, parado en un montículo. Observo con detalle y descubro que es un enorme nido de hormigas rojas y Desiderio está ¡descalzo! sobre ellas. Toño se ha ido acercando a él, lo toma del brazo y con cuidado lo saca de ahí. Lo sorprendente es que no ha recibido ninguna mordida o picadura.
   Le pregunto cómo se halla y responde que muy cansado, que ya ha pasado mucho tiempo. En ese momento se revela a mis ojos la imagen de un viejo sabio con un espíritu muy antiguo.
 
   Toño anuncia que debemos comenzar a bajar porque atardecerá pronto.
   No sé si es el mismo camino por donde subimos, no lo reconozco, este tiene piedras únicas, algunas son muy grandes, hay blancas, lisas, suaves, con pequeños depósitos de agua. Llegamos a un puente ancho y de piedra, con una banca en su punto más alto. La banca tiene incrustado en el respaldo un mosaico con la imagen de la virgen de Guadalupe. Nos sentamos un momento. Poco después vemos que lo cruzan un hombre trepado en un burro y su mujer, que viene a pie. Son gente de campo. El hombre pregunta si estamos perdidos y la mujer con tono sarcástico le responde: —No, qué van a estar perdidos. Se alejan y retomamos el camino.
   Llegamos a la posada justo cuando el sol se oculta tras las montañas. Tengo mucha hambre igual que los demás; pasamos al comedor y ordenamos sopas de hongos, quesadillas, café y pan.






   Ya en la habitación y antes de dormir estoy recostado en el piso para sondear el cielo a través de la ventana. Yo pensaba que el efecto del peyote había pasado hace horas, pero caigo en cuenta que no es así porque las estrellas comienzan a decirme sus nombres y a contar su historia.
Duermo.







 
   De camino a la Ciudad de México, le comento a Toño que durante mi viaje apareció un gavilán en la montaña.
   Nos dice que una de las cosas que el peyote muestra, es tu Nahual, el espíritu animal que te da fuerza y protección.



 



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