jueves, 5 de octubre de 2023

Bitácora de viajes

1996 Octubre: séptimo viaje de Marihuana                                        ¡BUEN VIAJE!

 
   Las cosas marchan bien, se cierran varios ciclos.
   A principios de septiembre me comunicaron en la empresa para la que trabajaba, que debido a la severa crisis financiera por la que pasaba, tenían que reducir por tercera ocasión el personal. No lo hicieron antes conmigo porque estaban muy contentos con mi desempeño, pero no había más alternativa.
   Varios compañeros/as salían llorando de la oficina del director, con la cara desencajada tras recibir la noticia. Yo mostré serenidad. En compensación, me aseguraron que recibiría hasta el último centavo que correspondía por ley.
   Pasé con la responsable de Recursos Humanos (que era mi amiga) y dijo con una expresión muy afligida, que me darían casi $60,000.00 como indemnización.
   Me contuve… estuve a punto de estallar.

   Quería brincar de felicidad, besarlos, anhelaba gritar: "¡GRACIAAAAAS! los amo a todos".
 
   Hace unos meses que ya no encontraba satisfacción en mi trabajo, lo único que hacía que continuara ahí era el buen salario que recibía. Me había prometido que después de recibir la gratificación de fin de año en diciembre, entregaría mi renuncia. Para entonces, había ahorrado lo que al parecer, era una fortuna.
   Juré que ese “extra” lo disfrutaría en un gran antojo.
 
   Comencé por ir unos días a Acapulco. Al tercer día, uno de los amigos con los que convivía en la playa comentó que su prima trabajaba para Aeroméxico, que una vez al año le regalaban un pasaje redondo para volar a España, y le preguntaba si sabía de alguien que pudiera interesarse por el boleto; solo estaba pidiendo $5,000.00.
   Sin pensarlo siquiera, le dije que yo lo quería. Más tarde, desde la recepción del hotel, llamó a su pariente, me comunicó con ella y en unos minutos cerramos el trato.
   Había oído que las personas de piel morena tienen mucho éxito por Europa (al menos en el ámbito gay), así que prolongué mi estancia por diez días más. Regresé a la Ciudad de México con un color espléndido.

   Además, varios días atrás, me las arreglé para realizar con Víctor Hugo el ritual de luna y sangre, la última carta para sacarlo definitivamente de mi vida.
 
 


 
 
   Mañana temprano vuelo hacia Madrid, estoy muy emocionado, las cosas han pasado tan rápido que no he tenido oportunidad de rumiar dudas. Para despedirme, me pondré marihuano.
 
   Llevo un rato sentado muy tranquilo en el sillón de la casa, checo los residuos del cigarro, sí, efectivamente fumé todo el porro. Mi respiración es profunda y pausada, otro signo de haber quemado mota. Me levanto y asomo en el enorme espejo de la sala, checo mis pupilas y… por supuesto, también están dilatadas hasta el límite. Camino hasta el muro donde cuelgan las fotos de mamá, luce lindísima, incluso a través de esa mirada gelatinosa que no deja duda de que "la hierba prendió”. Pero nada más.
 
   No hay revelaciones, tampoco hay saltos en el tiempo o el espacio, no hay una conciencia alterada,
no surgen culpas ni miedos, no hay premoniciones.
   Entre mi cerebro y el universo, se ha pactado una tregua. Únicamente, me dejo llevar.
   Mi viaje de marihuana es un lienzo en blanco, limpio, como el viaje que emprenderé en unas horas.




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