jueves, 5 de octubre de 2023

2018 Sergio


                                            2018 Sergio
                                                                                                     "No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma".

                                                                                                                                                                                                                  J. Krishnamurti


   Con frecuencia se escucha o ve en medios de comunicación y redes sociales, que esta o aquella persona con discapacidad logró superar sus propias limitaciones y se integró plenamente a la sociedad.


   Sergio de 42 años era sordo-mudo, estudió, se esforzó y consiguió una plaza laboral dentro del sector de la educación. Igual que pocos afortunados pudo obtener un crédito con el que adquirió su departamento en una zona con buena plusvalía, también participaba por las tardes en un grupo de voluntarios que deseaban dar a conocer y enseñar a quien estuviera interesado, el lenguaje de señas mexicano. Hacía poco había terminado una relación de pareja que duró una década y tenía una preciosa perrita chihuahua… todo cuanto una persona normal desearía conquistar del mundo.

   A veces pienso que Sergio intuyó que ser “normal” en esta sociedad resultaba tan discapacitante como la misma sordera o ceguera, entendió que todos padecíamos de una especie de conciencia y sentido crítico parapléjicos; y fue así que optó por incorporarse al submundo del erotismo divergente.



   Encontré a Sergio en una visita al Chikero, un lugar de encuentro para hombres leathers y fetichistas. Era un rarísimo “todo en uno”, varonil, fuerte, magníficas tetas, culo voraz, verga grande y muy, muy perverso. El tiempo para cuanto deseaba yo hacerle, no bastaba en ese lugar y después de juguetear un rato con él, solicité su número telefónico, entonces me expresó con señas que ni oía ni hablaba. Estaba muy atento a mi reacción, que pronto se tradujo en señalarlo con un dedo, con la otra mano hice un ademán de hablar por teléfono e inmediatamente simulé que escribía sobre la palma de mi mano un número. Pasé la primera prueba, la segunda requirió de más suerte que habilidad con los dedos, pero la tuve, Sergio tenía WhatsApp y por ese medio concertamos la primera y las subsecuentes citas en su casa, también locación para las imágenes y videos que formaron el expediente XXX con nombre “sergay”.

   Durante año y medio pasamos sesiones muy intensas experimentando aparte de la penetración clásica, los ya conocidos para mí, fist fuck, dildos, tit torture, y para no variar, cada vez que creo saberlo todo llega algo que me sorprende nuevamente.
   En una sesión sacó del cajón de su buró tres pelotas de billar 🎱🎱🎱 y con señas me indicó que introdujera una de ellas por su ano aseado a la perfección y extra lubricado, lo hice empujándola suavemente al tiempo que miraba la soberbia dilatación de su culo para cerrarse al momento en que se tragaba la pulida esfera. Con esa conocida señal que Neo el súper héroe de Matrix hace siempre que invita a alguien a luchar con él, Sergio me retó a meter la segunda.......... la tercera.......... y.......... ¿qué? ¡ya no hay más pelotas! intenté comunicárselo mostrando las palmas de mis manos abiertas y vacías, él señaló mi verga bien tiesa por causa del “jueguito” y, tan incrédulo como presto se la sambutí hasta el fondo. El choque de mi glande con las pelotas causaba en el interior de su recto, además de placer, un singular sonido al topar unas con otras… tac, tac, tac, tac, tac, y más tacs, un tac por cada arremetida, hasta que mi rítmico goce se vio interrumpido ante la duda que surgió dentro de mi cabeza:

¿Y qué va hacer para sacarse esas pelotas del culo? Extraje el pene, seguro Sergio leyó mi mente e indicó con sus dedos lo que supuse significaba un …espera tantito y observa… Fijé mi vista en su culo, él pujaba apretando dientes y ojos, y el ano comenzó a abrirse cual roja corola de flor, pronto apareció un pequeño y brillante punto que se fue agrandando de forma gradual y finalmente expulsó la bola con fuerza. Mientras miraba salir el resto de las pelotas, yo fantaseaba que tenía la fortuna de presenciar el espectacular desove de la Reina Alien, y curaba a lengüetazos las heridas de su abrumado ovopositor.

   Y entre señas, nuevas citas y frases escritas en la libretita que Sergio siempre tenía a la mano, llegué a la graduación, a la culminación de mi paso por las homúnculas filias extremas. Filias en las que al menos en UNA yo debía ser el receptor para ganarme el propio respeto y el de sus adeptos.
El sounding fue la respuesta.
   Una tarde de consabida oralidad tomó una nueva ruta al ver que Sergio sacó de ese sombrero de mago que era el cajón de su buró, un kit para sounding, eran tres varillas de acero quirúrgico y del todo lisas, su grosor oscilaba de los 4 y 6 a los 8 milímetros de espesor. Sin falso recato él tomó la de mayor calibre, la embadurnó de lubricante e insertó por el orificio de la uretra en su pene, metió la barra hasta el fondo (unos 15 centímetros de largo quizás), la tomaba de la punta, la sacaba y remetía con parsimonia, luego me invitó a manipular la barra en su pito. Había visto en internet videos con dicha práctica, que provocaban una gran excitación y morbo en mi mente, y sin mediar racionalización alguna, simplemente le señalé a Sergio que deseaba probarlo en mi mismo. Empezamos con la barra de menor diámetro, la sensación era la de un suave y estimulante picor en las paredes de toda la uretra.


   Según leí, es precisamente el efecto que causan los diminutos filamentos en que se pulverizan los cuernos de rinoceronte, que ingeridos logran pasar el filtro de los riñones y llegan a las vías urinarias otorgando esas cosquillas que hombres asiáticos confunden con efecto afrodisiaco. Sería mucho más sencillo si se metieran el mango de un pincel por el falo y dejaran en paz a esos grandiosos animales.


   Al poco rato de haber iniciado mis escarceos intrapeneales, le solicité a Sergio pasar a la mediana y luego a la varilla de gran formato. ¡Era real y no una sugestión!, los cuerpos cavernosos de mi pene férreo estaban saturados de sangre hasta el límite. Ahora Sergio me la mamaba con todo y la varilla en su interior, que jugueteaba con la lengua; en los siguientes minutos ya le pedía que uniera su miembro al mío... yo sacaba la barra hasta la mitad y lo exhortaba a ensartarse en la otra mitad.
Sí, mi verga se cogió a la suya y su verga a la mía, y así unidos los dos, pito con pito, recibí las sobaciones, perdón... las ovaciones de mi ser convulsionado por esa descarga de energía cósmica que es el orgasmo.

Creo que visité a Sergio otra vez, no recuerdo… y poco a poco cesaron por siempre nuestros mensajes.